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Orientalismo
De
otro lado, en el campo de los estudios culturales existe
el término “orientalismo” para designar
una vastísima y simplificada noción de
lo que en Occidente se entiende por “lo oriental”.
Concepto manejado para designar indistintamente territorios
culturales muy disímiles (Rusia, Japón
o Palestina) y darles un mismo rostro, generalmente
uno de connotaciones negativas. En ese sentido, si bien
Watanabe despliega cultural y manifiestamente, como
en esta declaración:
…
Nos atribuyen a los nikkei un japonesismo cerrado
o, en todo caso, muy vigente en nuestra cultura diaria.
Pero sí, algo, o “alguito”, de
japonés hay en la composición de nuestra
personalidad…siempre me pregunto hasta qué
punto esta herencia puede permitirnos hablar de una
identidad de grupo. Hay ciertos elementos obvios que
podrían convencernos de la existencia de esa
identidad, desde nuestros rasgos físicos hasta
la promocionada cocina nikkei. Nuestros rasgos, tiempo
más, tiempo menos, terminarán como debe
ser: disueltos en el paisaje mestizo de nuestro país…
¿Qué hay de más profundo? ¿Qué
herencia todavía está viva en nuestra
subjetividad y determina nuestra conducta?, me pregunto
a veces… Hay ocasiones en que descubro con cierta
claridad que soy descendiente de japonés. Generalmente
sucede en situaciones críticas, y me sorprendo
porque siento que algo profundo viene y cambia el
rumbo de mis reacciones previsibles… (9).
una actitud de fusión sin retorno, no menos cierto
es que la visión de su obra poética, distante
de producir una suerte de orientalismo “artístico”,
es más una pista develadora de la especificidad
de una determinada complejidad cultural. Condición
ya descrita en el proyecto crítico de Edward
Said, por la que “... the scholar is obliged to
study more focused and smaller culturally consistent
regions. The person who has until now been known as
‘the Oriental’ must be given a voice.”
(Said 1978)
De
hecho, tenemos diferentes culturas mostrándose
en el poema y podemos configurar al sujeto que enuncia
como perteneciente a una cultura distinta a la del maestro:
“Y niega, muy chino”. También por
la distinta nominación que aplican para referirse
a un mismo personaje: el discípulo-observador
nombra “enemigo”, que desde un enfoque cristiano
occidental activa la oposición: amigo/enemigo
(carga positiva/carga negativa; bueno/malo; sensato/necio;
sabio/ruin; amor/odio; buena voluntad/mala jugada).
Mientras que el maestro aplica “adversario”,
que se asocia más a una dinámica lúdica
o confrontación política y no genera necesariamente
la esencia de las cargas, otorgando, en todo caso, atributos
de poder a cada uno. Aunque llegar a tales conclusiones
no se ampare más que en el intento de observar
el alcance semántico de dos términos desde
una determinada lengua y esfera cultural, nunca en la
garantía de un juicio avalado por una legitimidad
universal inexistente, mucho menos con la intención
de reproducir una especie de eco de dualismo maniqueo,
en el sentido en que Andreas Huyssen se refiriera al
proyecto de Jurgen Häbermas, al contraponer las
fuerzas oscuras del conservadurismo antimoderno a las
fuerzas ilustradas e iluminadoras de la modernidad,
hace más de 30 años (Huyssen 1981).
Cine
Mucha
es la crítica y muchas son las declaraciones
de Watanabe a favor de emparentar e identificar elementos
y efectos propios del cine con aquellos que intervienen
en la composición y trazado de su poesía.
...
Leyéndolo muchas veces uno tiene la impresión
de que el hablante tiene el rol de una cámara,
un hablante que plantea escenas de gran visualidad...
Hablo
de escenografías... relación estrecha
con el cine... Mi poética es la del ojo, consiste
en ver, en mirar... y trato de escribir como se describe
en cine, con cierta objetividad, aunque el texto sea
eminentemente subjetivo. Me interesan las imágenes
objetivas. (10)
Más
que establecer una adecuación entre la forma
de representación en el poema y la representación
fílmica a través de la cámara,
que puede resaltar por su evidencia, quisiera aprovechar
este nexo cinematográfico para ajustar ciertos
conceptos deleuzianos en relación con el tratamiento
filosófico del cine y de sus instancias estéticas
en la esfera significante de nuestro poema.
Para
Deleuze, las cosas son imágenes. No hay diferencias
entre imágenes, cosas y movimiento. En el cine
las imágenes son signos —recordemos que
lo que produce la idea es el signo—, figuras que
se definen por sus irregularidades internas y los puntos
singulares que conecta. En dicha dirección, percibir
es sustraer de la imagen lo que no nos interesa, por
lo que ella llega a nosotros con algo de menos. La función
del cine es precisamente restituir aquello que le falta,
de modo que obtengamos una relación de equivalencia
entre lo que percibimos y la imagen que percibimos:
velar por la integridad al interior de la imagen.
De
otro lado, el mencionado acto de percibir corre con
un determinado acto de pensar que, sostiene Deleuze,
consiste en:
-
Ver “a condición de que el ojo no se
quede en las cosas sino que se eleve hasta las visibilidades”,
lo que constituye una operación de extracción
(se deben abrir las cosas).
-
Acto de poder que envuelve una estrategia definida.
-
Proceso de subjetivación en que el sujeto existe,
pero no en tanto él sino como obra de arte,
para que el pensamiento pueda devenir en pensamiento-artista.
Para Deleuze,
éste es un proceso infinito.
Uno
de los postulados deleuzianos más apasionantes
es el que plantea la fricción entre líneas
versus conjuntos, y que aplica cuando se refiere al
cine de Godard —y que en buena cuenta se puede
aplicar a “El maestro de kung fu”—,
en donde las líneas representan la micropolítica
de las fronteras en oposición a la macropolítica
de los grandes conjuntos, pues es en la frontera donde
las imágenes se revelan más plenas. Una
de las funciones del cine estribaría en “ver”
las fronteras, hacer visible lo imperceptible. Pues
como sentencia Giscard d’Estaing, “los fuertes
no son quienes ocupan uno u otro campo, lo potente es
la frontera.” Sin la frontera, ni uno ni otro
fueran (Deleuze y Guattari 1997).
Aquello
que es frontera para el maestro y para el que lo observa
es el cuerpo. No hay posibilidad de trascender o superar
al cuerpo, pues está funcionando como límite.
Sin embargo, será ese cuerpo carente la única
vía de acceso que tienen espectado y
espectador hacia formas y competencias que nos están
vedadas normalmente. La sucesión de conversiones
del cuerpo del maestro es agitada: una rúbrica
antigua, un felino, un ave y un reptil. Pero, sobre
todo, la “captura” de poder que cada uno
comprende. El “cuerpo” invisible también
sufre las mismas transformaciones, de hecho, él
las genera en el maestro (“él me hace danzar
a mí”). Incluso la muerte del hombre concierne
a las formas y a las fuerzas.
Para
trazar un recorrido imaginario del ojo que especta la
danza, quiero referirme al concepto del “mapa”
o “diagrama”. Se trata de un conjunto de
líneas sincronizadas que actúan simultáneamente.
Se dan en el nivel de la sociedad o de una persona y
representan cosas o abstracciones, dependiendo de lo
cual forman contornos o no —entre estas últimas
se cuentan las más hermosas. Todas las cosas
tienen su cartografía y las líneas pueden
ser compuestas, prestadas o creadas, lo que implicaría
su tipo de formación voluminosa (Deleuze y Guattari
1997).
En
referencia al enfrentamiento y a las potencias enfrentadas
en el poema, quiero aludir al concepto “máquinas
de guerra”, que constituyen una suerte de disposición
lineal construida sobre líneas de fuga. Su objeto
no es la guerra, sino el “espacio liso”
que compone, ocupa y propaga. Deleuze aplica, asimismo,
el interesante término de “nomadismo”
para aludir a una combinación de máquinas
de guerra y espacio liso. Después de todo, una
máquina de guerra tiene la capacidad de ser más
estética que bélica. La cartografía
señala rutas y desplazamientos, pero no se puede
distinguir la naturaleza buena o mala de estas líneas,
tan sólo la circunstancia que les genera niveles
de fortuna y peligro. De ahí que la idea de totalidad
abierta se acopla con precisión a un sentido
cinematográfico, pues en ella los conceptos remiten
a circunstancias, no a esencias (la totalidad abierta
asume conexiones racionales entre las imágenes,
dentro de ellas, y entre las imágenes y el todo).
Lo que se produce es un circuito de imágenes
que en el cine va más lejos: la imagen-movimiento
se convierte en imagen-tiempo (Deleuze y Guattari 1997).
La
narración es en el cine como lo imaginario: una
consecuencia muy indirecta derivada del movimiento y
el tiempo. Luego de la Segunda Guerra Mundial nace la
posibilidad de temporalizar la imagen cinematográfica.
En ella, ocurren conexiones irracionales que se vuelven
esenciales. Aquí ya no hay totalización
ni interiorización o exteriorización de
un todo. Lo que priman son las resonancias. Se trata
del tiempo en estado puro, ya no hay movimiento (Deleuze
y Guattari 1997).
Una
suerte de contraste, en ese sentido, puede estar ocurriendo
en el poema. Hay dos actores y dos performances.
Uno, el maestro, un cuerpo viejo, que es percibido por
sus movimientos incesantes; y su adversario, que si
bien comparte con él el deber del enfrentamiento
y realiza los mismos movimientos, no es percibido por
el que observa, él permanece inmutable. Y, no
obstante, porta mil años en ese estado.
En
el poema encontramos palabras que indican una suerte
de legendariedad, lo cual entra en consonancia con el
mismo arte del kung fu (maestro de kung fu, cuerpo viejo,
invisible de mil años, rúbrica antigua,
infinita coreografía, enemigo, mañana
volverán a enfrentarse) y de la que se rescata
el tiempo y la perfección del arte de la lucha.
En buena cuenta podríamos ver en la danza del
maestro una danza contra el tiempo, o contra el mismo
kung fu. La perennización de la lucha, del interminable
enfrentamiento, es el fundamento de la categoría
de verdad del saber y el mantenimiento de la vida. La
renovación que permite sucederse la noche al
día, la continuidad y relación de los
elementos de la naturaleza, la armonía con las
leyes del universo. 
©
Ericka
Herbias,
2005
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Notas
bibliográficas
(9)
“Elogio
del refrenamiento” En: Quehacer Nº
117, 2000.
(10)
“El
estilo es el lugar donde poso mi alma”.
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Ericka Herbias: Estudió
Literatura en la Universidad Nacional Mayor de
San Marcos. Sus áreas de investigación
son las vanguardias y la poesía latinoamericana
contemporánea. Ha publicado artículos
y reseñas en la Revista de Crítica
Literaria Latinoamericana, entre otros.
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Para
citar este documento:
http://www.elhablador.com/herbias.htm
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