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Se
mueve como dibujando / una rúbrica antigua, con
esa gracia, y / sin embargo, está hiriendo, buscando
el punto / de muerte / de su enemigo, el aire no, un
invisible / de mil años.
Hay
que considerar la distancia del espectador y la conversión
del cuerpo en una línea. Se dibuja a trazos,
líneas; la rúbrica está hecha de
líneas sinuosas, onduladas, circunvoluciones,
rizos, retorcimientos muy concentrados, se produce una
suerte de enmarañamiento grácil. Si bien
esta expectación causa placer a la vista, por
sus formas gráciles, y por ello se da un contentamiento,
una elevación sensorial, hay que distinguir que
ésta es sólo una de las apariencias de
la acción y la lucha. El “sin embargo,
está hiriendo...” funciona como la esencia
de la acción. Esas formas gráciles buscan
“el punto de muerte” y esto causa la sensación
de sorpresa, de tener en cuenta que tener presente la
muerte en la cosa llena de gracia, el peligro del objeto
perfeccionado, en este caso para la pelea.
El
poeta no hace sino recoger la intensidad de las sensaciones
provocadas por la muerte, la belleza, la locura y volver
sobre ellas creando un tiempo mítico sin principio
ni fin: “cuerpo viejo”, “un invisible
de mil años”. Pero la muerte no trasciende
no en tanto ella, sino a su símbolo: es la muerte
jugando a ser bella, plena, divina, poderosa. En la
primera parte del poema, se da lugar a la implantación
de un determinado lugar propio dentro del universo de
la naturaleza (algún punto en las playas de Barranco
en algún momento de la madrugada), que da cuenta
de un particular universo regido por ella.
La
expresión “punto de muerte” puede
ser entendida como buscar la muerte, su fin o meta es
la muerte, la victoria es la muerte, el logro es la
muerte del otro, la plenitud del descanso habiendo cumplido
una misión; o puede ser entendido también
como “talón de Aquiles”, “punto
débil”, “puntos flacos”, zonas
más vulnerables, más expuestas o más
protegidas, más delicadas. Ambas sensaciones
pueden transmitirse simultáneamente en la expresión.
La
figura de la rúbrica
El
cuerpo tiene que transformarse en una línea para
poder, con su movimiento, dibujar una rúbrica.
Consideramos ya no al cuerpo sino a la concepción
pura de la línea que no es otra que la unión
de muchos puntos que posibilitados por esa unión
tienen acceso al movimiento, y con el movimiento a la
vida (arte, danza, dibujo, gracia), permanentemente
enfrentada con la otra concepción pura del punto:
el punto único, solitario y mortal, el no movimiento,
la suspensión de la individualidad, el solo no
vive, el corte con la vida, el cese, el stop del movimiento
y lo que esto implica. Vida y muerte entendidas, simbolizadas
en concepciones geométricas puras-básicas.
De
otro lado, podemos considerar la paradoja: rúbrica
como símbolo de pacto, de armisticio, acuerdo.
Sin embargo, ocurre una guerra, una lucha. Para concluir
con la relación entre la forma y el ritmo, citemos
a Boas “… otro elemento fundamental de la
forma decorativa es la repetición rítmica...
movimientos regularmente repetidos dan lugar a repeticiones
rítmicas en la dirección del momento.”
(Lukács, 1963).
El
otro no se ve
Para
completar el cuadro, el otro personaje importante de
la escena es el enemigo o adversario, “un invisible
de mil años”, que no puede ser percibido
por el espectador que habla en el poema, sino a través
de su maestro. Éste replica los movimientos de
animales agresivos de su enemigo: “los replica
/ en su carne”. Adapta diferentes formas: “tigre,
águila, serpiente van sucediéndose”.
Estos animales se caracterizan por ser sumamente veloces
y astutos, así como por su alto grado de peligrosidad
(los nombres de animales mencionados, a su vez, son
formas definidas de lucha que se imparten en la enseñanza
del kung fu).
Hace
unos párrafos atrás hice alusión
a la consideración de una danza mágica,
pues, como diría Goethe, “el ritmo tiene
algo mágico y hasta nos hace creer que lo sublime
nos pertenece”. Este personaje (el invisible)
está danzando y peleando tanto como el maestro.
En abono de lo cual volvemos por última vez a
Lukács, quien sostiene que el ritmo en relación
con su aspecto estético no tiene mundo ni sujeto,
pero lejos de suprimir sus determinaciones estéticas,
se determinan con más detalle. Ello hace que
abstractamente sea referible a cualquier contenido,
si bien los reflejos de momentos determinables están
aislados de la realidad, lo que originariamente se alió
a la “faena” mágica.
“ —Usted ha supuesto
que yo creo a mi adversario / cuando danzo— me
dice el maestro.”
El
maestro y el discípulo están mucho más
cerca espacialmente, pues incluso se puede percibir
el tono confidencial del maestro. El pelear con un invisible
es, para nuestros ojos y entendimiento occidental, pelear
contra nada. Lo que se “ve” generalmente
tiene mayor peso de realidad que lo que no se puede
ver (la referencia alude a las palabras de santo Tomás
en Juan 20, 24-28). El maestro toma en cuenta esta predisposición
del alumno por el “supuesto”, en la cual
el maestro genera las formas invisibles, los movimientos
invisibles del enemigo, ya que puede ver al maestro
(incluso, piensa él, podría tocarlo).
El maestro porta un entendimiento que comprende, abarca
la mirada de su discípulo. El maestro dice: “él
me hace danzar a mí”. La expresión
indica que a él otra fuerza lo está generando
y que ésta tiene o presenta otros rasgos de percepción
para los cuales el maestro puede reconocerlos con el
propósito de entrar en conexión con estos
fenómenos de existencia y poder.
Toda
formación histórica, según Gilles
Deleuze, dice todo lo que puede decir y ve todo lo que
puede ver. De ello se desprende que el problema del
conocimiento no puede resolverse apelando a una correspondencia
determinada, sino que el “hilo” de relación
ocurre ya en otra dimensión. Entenderse con un
escritor es entenderse con una rama familiar. De otro
lado, Deleuze menciona la existencia de una “última”
dimensión, entendida como la voluntad del poder,
el querer artístico: el maestro y el rival del
maestro pueden estar luchando en esa dimensión
(Deleuze y Guattari 1997).
Budismo
Quisiera
hacer referencia al fascinante estudio que del budismo
zen hiciera R. T. Deshimaru en La voz del valle
(1985), y del que he tomado algunas categorías
para este análisis.
En
la cultura oriental y en particular dentro de la enseñanza
del budismo zen, “la forma es el vacío
y el vacío es forma”. El término
“Ku”, traducido como vacío, excede
esa significación y así puede referirse
de él lo siguiente: toda existencia es Ku. La
existencia es la resultante de los diferentes fenómenos
que ocurren al interior del poder cósmico fundamental.
Se halla más allá del mundo de la física
y de la metafísica. Trasciende tanto el materialismo
como el espiritualismo. Únicamente el poder cósmico
fundamental es absoluto. Y, no obstante, puesto que
no podemos encontrar nóumeno alguno dentro de
esta fuerza cósmica, también ésta
es Ku (Deshimaru 1985).
La
cuestión de la vida y la muerte reviste una enorme
importancia para la humanidad y el budismo la explica
a través de la lógica de la interdependencia.
El Ku, que es la nada, se transforma en algo a través
de la interdependencia. Shiki, que son los fenómenos,
se transforma en Ku debido a la misma causa. La interdependencia
es la fuerza de propulsión de la causa y provoca
el efecto, por lo que es una condición. Nuestros
cuerpos son dirigidos por la causalidad. No obstante,
mediante la voluntad, la mente puede influir en la causalidad
y así llegamos al principio de interdependencia
mutua (Deshimaru 1985).
Ku
es el vacío y significa pensar en no pensar.
Ku es no pensar. Ku es concentración. A su vez,
la concentración del Ku es el regreso de los
pensamientos al cerebro central. Ku es regreso a la
naturaleza, es la originalidad de nuestra naturaleza.
El Ku, que es vacío, significa la conciencia
del macrocosmos. Y el Ku está conectado con el
orden cósmico. El vacío se convierte en
fenómeno. Es una afirmación. El fenómeno
se transforma en vacío. Ésta es una negación
(Deshimaru 1985).
Mencionaré
paralelamente cómo otros tratamientos poéticos
reconocidos en Occidente, como el caso de Octavio Paz,
han manejado y se han nutrido de esta concepción
de vacuidad proveniente del budismo. Efectúo,
pues, algunas observaciones acerca del aprovechamiento
este mismo vacío para acceder nuevamente, en
una dinámica compuesta de ciclos y nexos, a la
vida, la acción y el cuerpo: “La realidad
real es el vacío; ahora bien, como el vacío,
a su vez, está vacío de su vacío,
la realidad concreta aparece”. Otra idea involucrada
en esta dinámica es la duración. En el
libro de los cambios, o I Ching, el hexagrama
de la duración es Heng: trueno y viento, que
sostiene Paz, alude a la unión y separación
de los contrarios, en donde la paradoja resalta por
ser el movimiento continuo el que engendra la duración:
“El gran misterio es que las cosas duran porque
cambian.” Los cambios de las existencias funcionan,
entonces, no en tanto huida como en reiteración.
Queda sentada así, en el marco de esta concepción,
la doble realidad de las identidades (Paz 1995).
La
lucha y la danza
Los
luchadores deben hallarse libres de intenciones o propósitos,
alertas, sin disposición especial, pero listos
para cualquier cosa. Debe plantarse plenamente en el
presente. Resultaría desastroso para cualquiera
de ellos considerar cuál sería su siguiente
movimiento. No tiene que pensar en el futuro antes de
que llegue éste o en el pasado que acaba de pasar.
La
danza es en su totalidad un fenómeno de nuestro
karma. El hombre desea moverse. En tiempos antiguos,
el hombre estaba obligado a moverse para trabajar, pero
en la civilización moderna el hombre no se mueve
tanto. Así que se mueve intensamente de noche:
baila (Deshimaru 1985).
Percepción
y sensación
Llegados
a este punto, podemos recapitular aquí los dos
planos de la significación, dimensiones en las
que se mueve el observador: percepción y sensación,
desarrollados por Jacques Fontanille en su Sémiotique
du Discours (1998), y que se pueden aplicar a “El
maestro de kung fu”.
En
el discurso, el cuerpo del sujeto observador se constituye
como eje decisivo para la configuración de la
danza del maestro, pues su visión la logra tomar
en cuanto conjunto escénico. En relación
con el plano de la percepción, la zona que media
entre el sujeto de la visión y la escena es distante
espacialmente, mas es por completo familiar tanto a
lo perceptible (o captado en una operación de
participación) como a lo sensible (o “mira”
en una operación de selección) del centro
de referencia del poema. Dos —siempre más
de dos— cosmovisiones se presentan en él,
dos órdenes perceptivos como sensibles: uno
desde un enfoque occidental y otro oriental.
El sujeto de la visión está incapacitado
para dar cuenta de ambos. Se erige el personaje espectado
(maestro) como sujeto del saber.
En relación con el plano de la sensación,
“experimentamos” grados de intensidad (o
de los afectos) y grados de extensión (o numérico)
entre el centro y los horizontes. Así, podemos
decir de la primera que es máxima y de la segunda,
de gran medida. La intensidad se percibe artísticamente,
estética en formas gráciles; y la extensión
en conceptos puros geométricos. La nada (vacío)
y cosmos (infinito) son también considerados.
Transculturación
La
transculturación se planteó como término
—presentado por Fernando Ortiz— más
adecuado para designar la introducción de una
cultura determinada en otra distinta. El término
aculturación designaba al respecto la pérdida
de la cultura propia en aras de asumir la cultura que
se imponía —la externa— y como la
de mayor jerarquía. Sin embargo, lo que sucede,
según Ortiz, no es precisamente un “vacío”
y posterior “llenado” cultural, sino más
bien una suerte de transición en que ciertos
elementos de la cultura externa encuentran bajo “recepción”
en el mundo de la cultura en cuestión, pero que
no llegan a introducirse de manera “intacta”,
sino que son moldeados por los códigos cognitivos
que esta cultura le aplique para poder asumirlos, es
decir, se produce una transformación, una alteración
en la convivencia de dos culturas que se involucran,
así la primera enarbole una superioridad “intelectual”
basada en el dominio de otros campos —económico,
político, etcétera— y la segunda
configure un rol de sumisión, o viceversa. Entre
ambas culturas se formará una neocultura, que
va más allá de la simple mezcla de conceptos
y costumbres, puesto que se trata de dos culturas que
ya originaron una nueva entidad cognitiva, con recursos
y elementos tomados de ambas, pero irreconocibles si
se comparasen las “mismas” en su contexto
originario (Ortiz 1978).
Los
aspectos que sustentan este proceso se dan en la lengua,
que producirá una suerte de sistema más
amplio y complejo, tanto en el marco semántico
de las referencialidades como en el aspecto estructural
de la sintaxis. En los textos se reflejarán movimientos
con mayores permisibilidades y sujetos a mayores acepciones
significantes; en la estructura literaria ocurren también
transformaciones en cuanto a las preferencias estilísticas
y a las configuraciones de corrientes estéticas
que se asumen, sobre todo en América Latina,
que no alcanza magnitudes estéticas ni revoluciones
del vuelo de Occidente, aun a pesar de querer influenciarse
por ellas —se habla de un provincianismo que sin
más tiene que ver con las mismas formas en que
se mueve culturalmente América Latina. Sucede
que —y lo que importa— el mito lejos de
ser una creación propia de culturas primitivas,
se asocia más bien, en su estatuto de interpretación
legítima del mundo, con las formas que se consideran
las tendencias universales de la literatura (Ortiz 1978).
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