Una actitud como la de Hidalgo rozaba con el “suicidio” en términos de reconocimiento literario, teniendo en cuenta el poder que detentaban los personajes a los que, con razón o no, apaleó.

 

 

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  En torno a una Teoría Literaria Latinoamericana (por Álvaro Sarco. El Hablador Nº3. Marzo 2004)

 

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Alberto Hidalgo como libelista

por Álvaro Sarco

 

Nacido bajo el signo de la inconformidad, el desacuerdo, la rebeldía contra todo y contra todos, la obra de Alberto Hidalgo refleja con fidelidad lo que fue la personalidad compleja y conflictiva de su autor. Pero Hidalgo no era solamente un inconforme sino también un exaltado practicante de la ‘religión del yo’ que canta en un poema (podría pensarse incluso que en la actitud egocéntrica están las raíces de su rebeldía) y un hombre que hacía del culto apasionado a la libertad otra de sus más características señas de identidad. Y todo ello está presente en diversas proporciones en su poesía y en su prosa teórica, en sus fulminantes libelos y en sus piezas teatrales.

–Jorge Cornejo Polar.


No hace mucho se publicó una primera antología de libelos del poeta y escritor Alberto Hidalgo (Arequipa, 1897-Buenos Aires, 1967): De muertos, heridos y contusos. Libelos de Alberto Hidalgo (*). En la confección de dicho volumen participé como editor junto a David Ballardo. Se creyó conveniente ocuparse de esta faceta de Hidalgo porque es, quizá, la máxima expresión, la más alta cota de una tradición que se ha desarrollado con denodado acierto en el Perú: el género libelista. Por añadidura, porque representaba la oportunidad de poner sobre el tapete el nombre de un escritor que si quizá en su momento fue explicablemente silenciado, hoy debería —ya extintos los actores de los entredichos— ser estudiado y revalorizado tal y como su importante producción literaria lo amerita.

A raíz de la aparición de De muertos, heridos y contusos. Libelos de Alberto Hidalgo, muchos han emitido juicios alrededor de la obra libelista del connotado arequipeño. Algunas opiniones no han podido menos que sorprender. Por ahí se aventuró la especie, por ejemplo, de que los libelos de Hidalgo (y que Alberto Hidalgo mismo) nos refleja como sociedad. Tal aserto se refería indudablemente a la serie de prejuicios (homofobia o racismo) de los que profusamente se valió Hidalgo para desacreditar y mofarse de sus adversarios —gratuitos o no. Frente a lo anterior cabría preguntar cómo tales lastres —al no ser privativos de los “peruanos”— podrían caracterizarnos como “sociedad”. Una lectura más atenta de los libelos de Hidalgo, por el contrario, nos da cuenta de una característica excepcional en el comportamiento de los “peruanos”, de modo tal que Hidalgo representaría más bien una rara avis en nuestro entorno. No es un secreto para nadie que lo que predomina en el medio local —por ejemplo, el literario— es la hipócrita adulación estratégica o calculada, el colgarse del saco de alguna celebridad para obtener metas privadas, el egoísta espíritu de camarilla o el más execrable “argollerismo”, y no una actitud como la de Hidalgo que rozaba con el “suicidio” en términos de reconocimiento literario, teniendo en cuenta el poder que detentaban los personajes a los que —con razón o no— apaleó.

En el mismo sentido, es por decirlo menos una ligereza creer que Hidalgo escribía sus libelos contra figuras de renombre para obtener notoriedad y así lograr algún tipo de rédito. Sobre este punto, nadie mejor que el mismo Hidalgo para contarnos el precio que debía de pagar por sostener sus puntos vista, por su actitud principista en la defensa a ultranza de lo que él creía correcto:

La vida de un libelista: he ahí un heroísmo verdadero. Todas las conjuraciones son pocas contra él. Mas hablaré concretamente: esas conjuraciones son pocas contra mí. No hay arma con la cual no se haya querido invalidarme. Desde la calumnia hasta el ataque físico, pasando por el hambre. A mis enemigos les digo que sólo con la muerte podrán acallarme. No temo la calumnia, ya que mi pureza me consta a mí, y eso me basta. Las agresiones somáticas apenas tienen una eficacia invertida: irritan más; quien me lleve ventaja en las vías de hecho, puede estar seguro de que con eso perjudicará a su esposa o a su madre, porque en seguida revelaré sus lenocinios. En cuanto a lo último se ha hecho mucho; se ha visto a los diarios y a las revistas para que no admitan mis trabajos; se aconseja a los editores no publicar mis libros; se me hace perder los empleos. Pero a pesar de todo nunca he conocido la miseria y varias veces he estado en la opulencia. Además sé que en el fondo mis adversarios no desean quitarme el pan, sino sólo cortarme los medios de comunicación con el público. No han de conseguirlo, pues conservo, para vender en caso de pobreza y publicar lo que se me antoje, una docena de riquísimos calzoncillos de seda, regalo corydoniano de un Óscar Wilde criollo que en vano me adula los huevos (1).

Numerosos fueron los lapidados por la terrible como apreciable pluma de Alberto Hidalgo, tan numerosos como diversas sus nacionalidades. No obstante, en De muertos, heridos y contusos. Libelos de Alberto Hidalgo, se prefirió seleccionar sólo aquellos libelos descargados contra personajes peruanos (entre militares (2), políticos y literatos). No se presume de la consecución de una antología perfecta, mas existe la seguridad de que no hay ninguna clamorosa omisión. Certifica lo dicho el que los escasísimos entendidos en la libelística de Hidalgo no han echado de menos libelo alguno sancionado ya como representativo.

Si bien Alberto Hidalgo ya había dado tempranas muestras de su talento como libelista en revistas y diarios de Arequipa con el seudónimo de “Divino Quechua” (3), fue recién con su arribo a Lima en 1917 que su producción en ese género se afiató. De Manuel González Prada, por ejemplo, recogió todo lo que en él encontró de encomiable. La devoción que Hidalgo mantendría por Manuel González Prada le llevaría a escribir:

Cuando don Manuel González Prada apareció en la tribuna del Ateneo de Lima, allá por el año de 1886, debieron sentir los que le escucharon una atracción tan sólo comparable a la de las agujas de acero cuando se las acerca el imán. Jamás en estos lados del Pacífico se vió figura más completa que la de este hombre nacido en Lima por una lamentable ‘calamidad geográfica’. González Prada debió haber nacido en un país de Europa, cualquiera que fuese. En el Perú resulta exótico. Lanzad de pronto un Pegaso en un aprisco y veréis cómo todos los carneros se desconciertan […] Polemista terrible, combatió ferozmente, desde el periódico, la tribuna y el libro, todos los vicios sociales y todas las enfermedades de su época, y pasó por la vida, cara a cara con el peligro, enseñando las garras ensangrentadas, siempre dispuesto a luchar […] Dueño de un dinamismo verbal que anonadaba como un torrente, definió valores y derribó prestigios con la misma violencia con que la desgajada cabeza de una montaña fuese echando por tierra las piedrecillas de la base […] González Prada murió en Lima el 22 de julio de 1918. Con él perdió el Perú el espíritu más puro, el cerebro más vigoroso, la conciencia más honrada, el corazón más abnegado, la voluntad más firme que haya tenido en todos los tiempos […] había ingresado, poco tiempo hacía, en calidad de director, a la Biblioteca Nacional, de la que sacó en las garras, por los cabellos, chorreando ridículo, al antiguo bibliotecario, aquel jacarandoso Ricardo Palma. Allí, en la Biblioteca Nacional, solía verle de continuo. Allí, a su lado, yo, que tuve el orgullo de que me llamara ‘amigo’, pasé algunas de las más felices horas de mi vida. Cada palabra suya era una enseñanza, cada mirada una confortación (4).

El examen de la vasta lista de “víctimas” de Hidalgo —figuras y figurones que desfilan por los libros y folletos de corte libelista del arequipeño: Hombres y bestias (1918), Jardín zoológico (1919), Muertos, heridos y contusos (1920), España no existe (1921), Sánchez Cerro o el excremento (1932) (5), Por qué renuncié al Apra (1954), entre otros— nos confirma hasta qué punto influyó en él Manuel González Prada (6), quien no sólo acentuó el ya furibundo ánimo crítico de Hidalgo y le infundió un aprecio por un estilo acre pero de rango literario (7), sino que le transfirió también sus propios enemigos.

Mariátegui nos indica dos elementos más que ayudaron a perfilar esa hiperbólica destreza para la injuria que Hidalgo alcanzó y que lo llevaría a superar a su antiguo maestro: su anexión al grupo Colónida y el influjo del futurismo. Mariátegui escribe en su clásica nota:

Alberto Hidalgo significó en nuestra literatura, de 1917 al 18, la exasperación y la terminación del experimento ‘colónida’. Hidalgo llevó la megalomanía, la egolatría, la beligerancia del gesto ‘colónida’ a sus más extremas consecuencias. Los bacilos de esa fiebre, sin la cual no habría sido posible tal vez elevar la temperatura de nuestras letras, alcanzaron en el Hidalgo, todavía provinciano de Panoplia Lírica, su máximo grado de virulencia […] Si con Valdelomar incorporamos en nuestra sensibilidad, antes estragada por el espeso chocolate escolástico, a D’Annunzio, con Hidalgo asimilamos a Marinetti, explosivo, trepidante, camorrista. Hidalgo, panfletista y lapidario, continuaba, desde otro punto de vista, la línea de González Prada y More. Era un personaje excesivo para un público sedentario y reumático. La fuerza centrífuga y secesionista que lo empuja se lo llevó de aquí en un torbellino. Hoy Hidalgo es, aunque no se mueva de un barrio de Buenos Aires, un poeta del idioma […] El clima austral ha temperado y robustecido sus nervios un poco tropicales, que conocen todos los grados de la literatura y todas las latitudes de la imaginación […] Hidalgo ha visitado las diversas estaciones y recorrido los diversos caminos del arte ultramoderno. La experiencia vanguardista le es, íntegramente, familiar […] Pero Hidalgo, por su espíritu está, sin quererlo y sin saberlo, en la última estación romántica. En muchos versos suyos, encontramos, la confesión de su individualismo absoluto (8).

Eso que Mariátegui llamó “máximo grado de virulencia” y que Alberto Hidalgo plasmó en sus libelos quizá revele su origen si se atiende a esta confesión de parte que figura en Jardín zoológico:

El comienzo de mi vida puede servir para último acto de una tragedia esquiliana. Mis padres abandonaron el suelo terrestre casi simultáneamente. Un medicucho llamado Ladislao Corrales Díaz, fingiéndose amigo suyo, les envenenó allá por el año 1901, para atrapar su hacienda que, a decir verdad, era bastante holgada. Con esto empezó para mí una época de amargura, la más amarga de mi vida: la niñez. Como el otro, puedo decir más tarde ‘yo no jugué de niño’. Fui creciendo en medio de un hogar que no era el mío; hostil, como que era madriguera de ladrones y prostitutas. No supe de las dulzuras del beso maternal. Cuando alguien, por acariciarme, me besaba, sentía como la hincadura de un alfiler. Las caricias de las viejas de la casa se me antojaban bofetadas; las risas, muecas de amenaza; los abrazos, serpientes de dolor: la alegría de los demás, sarcasmo de mi tristeza (9).

Así, lo que ante una primera impresión denunciaría una desbocada inquina o un mero afán de pelear por pelear, revertiría en aparente si atendemos al móvil de tipo biográfico –insinuado por Jorge Cornejo Polar– y que apunta a la ya citada traumática niñez de Hidalgo (10), o a la interpretación de Magda Portal que insiste en un apasionado “amor por el Perú”, de manera que “no es que Hidalgo lanzara sus destructores ataques porque sí, sin base ni fundamento alguno: no. Si él escogía sus víctimas para destruirlas, incinerarlas, hacerlas trizas, era porque éstas se habían puesto en el camino del Perú” (11). Sea pues una u otra, ambas razones, o lo que Hidalgo llamaba simplemente manía suya, la que explique los desmedidos odios de nuestro autor, el caso es que el escritor arequipeño escogería casi exclusivamente el libelo para su prosa, al punto de convertir tal género en parte consustancial de su estilo, e incluso en una poética de parte de su lírica, como en Odas en contra (1957) que, en palabras de su autor, son:

Los libelos más horrendos que se haya escrito jamás en cualquier lengua y desde que el mundo es mundo […] Sé que estos poemas apestan, pero no puedo evitarlo […] La propia poesía parece haber gozado encanallándose para ponerse a la altura de tanta bajeza […] La justipreciación de mi obra no debe dejarse influir ni en pequeño grado por la desazón que pudiera suscitar la lectura de mis libelos. Estos, pues, constituyen un sacrificio y son, además un óbolo, una limosna que caritativamente arrojo a mis enemigos, para que al fin tengan algo concreto, un trozo de carne en el que, solazándose, como por un pretexto más o menos justificable, puedan hundir sus dientes y sus babas de perro (12).

Intentando hacer una defensa de su producción libelista, Hidalgo escribió en el prólogo de Muertos, heridos y contusos que:

Hay aquí muchas páginas agresivas, violentas, rudas. Por ellas, como insultándome, se me ha llamado panfletario . Acepto el mote y lo agradezco. Es del ‘panfleto’ de lo que suele hablarse con más injusticia y menos conocimiento […] El panfleto es algo que está bien lejos de la grosería arrabalera. No basta ser soez para dominarlo (14). La procacidad es propia de los carreteros. Como que el arte es manifestación espiritual, la inmundicia tiene que andar alejada de él […] y el panfleto es arte… (15)

Treinta y siete años después retomaría tal defensa en otro prólogo, esta vez en el ya aludido Odas en contra:

De todos los géneros literarios, el panfleto es aquel que más sirve al hombre para reivindicarse como Dios, para reasumir su jerarquía de Dios […] Para sentirse de veras feliz, para tomarle por completo el gusto a su papel de creador, necesita hacer también las tempestades y las inundaciones, los terremotos y los huracanes, las enfermedades y la muerte; necesita también ser malo. Así son el poeta, el escritor, el artista supremos […] Aparte de mi condición de poeta, o sea de varón consagrado a descubrir las correspondencias secretas de las cosas, a recrear las palabras violentándolas por la vía de la catacresis, aparte de eso que es la función primaria y esencial de mi vida, soy sin duda un libelista nato (16).

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(*) Tal florilegio libelista consigna también un prólogo del reconocido escritor Fernando Iwasaki, quien se ofreciera gentil y desinteresadamente a elaborarlo, además de un noticioso epílogo que arrastra mi firma (es justo mencionar igualmente que el profesionalismo de Rodolfo Loyola materializó cumplidamente el concepto gráfico de los editores, y que tal volumen no habría visto aún la luz pública sin la mediación de Walter Sanseviero y Jorge Zevallos Quiñones Pita, quienes confiaron en el proyecto y tuvieron a bien financiarlo).

 

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