Nacido
bajo el signo de la inconformidad, el desacuerdo, la
rebeldía contra todo y contra todos, la obra
de Alberto Hidalgo refleja con fidelidad lo que fue
la personalidad compleja y conflictiva de su autor.
Pero Hidalgo no era solamente un inconforme sino también
un exaltado practicante de la ‘religión
del yo’ que canta en un poema (podría pensarse
incluso que en la actitud egocéntrica están
las raíces de su rebeldía) y un hombre
que hacía del culto apasionado a la libertad
otra de sus más características señas
de identidad. Y todo ello está presente en diversas
proporciones en su poesía y en su prosa teórica,
en sus fulminantes libelos y en sus piezas teatrales.
–Jorge Cornejo Polar.
No
hace mucho se publicó una primera antología
de libelos del poeta y escritor Alberto Hidalgo (Arequipa,
1897-Buenos Aires, 1967): De muertos, heridos y
contusos. Libelos de Alberto Hidalgo (*).
En la confección de dicho volumen participé
como editor junto a David Ballardo. Se creyó
conveniente ocuparse de esta faceta de Hidalgo porque
es, quizá, la máxima expresión,
la más alta cota de una tradición que
se ha desarrollado con denodado acierto en el Perú:
el género libelista. Por añadidura, porque
representaba la oportunidad de poner sobre el tapete
el nombre de un escritor que si quizá en su momento
fue explicablemente silenciado, hoy debería —ya
extintos los actores de los entredichos— ser estudiado
y revalorizado tal y como su importante producción
literaria lo amerita.
A raíz de la aparición de De muertos,
heridos y contusos. Libelos de Alberto Hidalgo,
muchos han emitido juicios alrededor de la obra libelista
del connotado arequipeño. Algunas opiniones no
han podido menos que sorprender. Por ahí se aventuró
la especie, por ejemplo, de que los libelos de Hidalgo
(y que Alberto Hidalgo mismo) nos refleja como sociedad.
Tal aserto se refería indudablemente a la serie
de prejuicios (homofobia o racismo) de los que profusamente
se valió Hidalgo para desacreditar y mofarse
de sus adversarios —gratuitos o no. Frente a lo
anterior cabría preguntar cómo tales lastres
—al no ser privativos de los “peruanos”—
podrían caracterizarnos como “sociedad”.
Una lectura más atenta de los libelos de Hidalgo,
por el contrario, nos da cuenta de una característica
excepcional en el comportamiento de los “peruanos”,
de modo tal que Hidalgo representaría más
bien una rara avis en nuestro entorno. No es
un secreto para nadie que lo que predomina en el medio
local —por ejemplo, el literario— es la
hipócrita adulación estratégica
o calculada, el colgarse del saco de alguna celebridad
para obtener metas privadas, el egoísta espíritu
de camarilla o el más execrable “argollerismo”,
y no una actitud como la de Hidalgo que rozaba con el
“suicidio” en términos de reconocimiento
literario, teniendo en cuenta el poder que detentaban
los personajes a los que —con razón o no—
apaleó.
En el mismo sentido, es por decirlo menos una ligereza
creer que Hidalgo escribía sus libelos contra
figuras de renombre para obtener notoriedad y así
lograr algún tipo de rédito. Sobre este
punto, nadie mejor que el mismo Hidalgo para contarnos
el precio que debía de pagar por sostener sus
puntos vista, por su actitud principista en la defensa
a ultranza de lo que él creía correcto:
La
vida de un libelista: he ahí un heroísmo
verdadero. Todas las conjuraciones son pocas contra
él. Mas hablaré concretamente: esas
conjuraciones son pocas contra mí. No hay arma
con la cual no se haya querido invalidarme. Desde
la calumnia hasta el ataque físico, pasando
por el hambre. A mis enemigos les digo que sólo
con la muerte podrán acallarme. No temo la
calumnia, ya que mi pureza me consta a mí,
y eso me basta. Las agresiones somáticas apenas
tienen una eficacia invertida: irritan más;
quien me lleve ventaja en las vías de hecho,
puede estar seguro de que con eso perjudicará
a su esposa o a su madre, porque en seguida revelaré
sus lenocinios. En cuanto a lo último se ha
hecho mucho; se ha visto a los diarios y a las revistas
para que no admitan mis trabajos; se aconseja a los
editores no publicar mis libros; se me hace perder
los empleos. Pero a pesar de todo nunca he conocido
la miseria y varias veces he estado en la opulencia.
Además sé que en el fondo mis adversarios
no desean quitarme el pan, sino sólo cortarme
los medios de comunicación con el público.
No han de conseguirlo, pues conservo, para vender
en caso de pobreza y publicar lo que se me antoje,
una docena de riquísimos calzoncillos de seda,
regalo corydoniano de un Óscar Wilde criollo
que en vano me adula los huevos (1).
Numerosos fueron los lapidados por la terrible como
apreciable pluma de Alberto Hidalgo, tan numerosos como
diversas sus nacionalidades. No obstante, en De
muertos, heridos y contusos. Libelos de Alberto
Hidalgo, se prefirió seleccionar sólo
aquellos libelos descargados contra personajes peruanos
(entre militares (2),
políticos y literatos). No se presume de la consecución
de una antología perfecta, mas existe la seguridad
de que no hay ninguna clamorosa omisión. Certifica
lo dicho el que los escasísimos entendidos en
la libelística de Hidalgo no han echado de menos
libelo alguno sancionado ya como representativo.
Si bien Alberto Hidalgo ya había dado tempranas
muestras de su talento como libelista en revistas y
diarios de Arequipa con el seudónimo de “Divino
Quechua” (3),
fue recién con su arribo a Lima en 1917 que su
producción en ese género se afiató.
De Manuel González Prada, por ejemplo, recogió
todo lo que en él encontró de encomiable.
La devoción que Hidalgo mantendría por
Manuel González Prada le llevaría a escribir:
Cuando
don Manuel González Prada apareció en
la tribuna del Ateneo de Lima, allá por el
año de 1886, debieron sentir los que le escucharon
una atracción tan sólo comparable a
la de las agujas de acero cuando se las acerca el
imán. Jamás en estos lados del Pacífico
se vió figura más completa que la de
este hombre nacido en Lima por una lamentable ‘calamidad
geográfica’. González Prada debió
haber nacido en un país de Europa, cualquiera
que fuese. En el Perú resulta exótico.
Lanzad de pronto un Pegaso en un aprisco y veréis
cómo todos los carneros se desconciertan […]
Polemista terrible, combatió ferozmente, desde
el periódico, la tribuna y el libro, todos
los vicios sociales y todas las enfermedades de su
época, y pasó por la vida, cara a cara
con el peligro, enseñando las garras ensangrentadas,
siempre dispuesto a luchar […] Dueño
de un dinamismo verbal que anonadaba como un torrente,
definió valores y derribó prestigios
con la misma violencia con que la desgajada cabeza
de una montaña fuese echando por tierra las
piedrecillas de la base […] González
Prada murió en Lima el 22 de julio de 1918.
Con él perdió el Perú el espíritu
más puro, el cerebro más vigoroso, la
conciencia más honrada, el corazón más
abnegado, la voluntad más firme que haya tenido
en todos los tiempos […] había ingresado,
poco tiempo hacía, en calidad de director,
a la Biblioteca Nacional, de la que sacó en
las garras, por los cabellos, chorreando ridículo,
al antiguo bibliotecario, aquel jacarandoso Ricardo
Palma. Allí, en la Biblioteca Nacional, solía
verle de continuo. Allí, a su lado, yo, que
tuve el orgullo de que me llamara ‘amigo’,
pasé algunas de las más felices horas
de mi vida. Cada palabra suya era una enseñanza,
cada mirada una confortación (4).
El
examen de la vasta lista de “víctimas”
de Hidalgo —figuras y figurones que desfilan por
los libros y folletos de corte libelista del arequipeño:
Hombres y bestias (1918), Jardín
zoológico (1919), Muertos, heridos y
contusos (1920), España no existe
(1921), Sánchez Cerro o el excremento
(1932) (5),
Por qué renuncié al Apra (1954),
entre otros— nos confirma hasta qué punto
influyó en él Manuel González Prada
(6),
quien no sólo acentuó el ya furibundo
ánimo crítico de Hidalgo y le infundió
un aprecio por un estilo acre pero de rango literario
(7),
sino que le transfirió también sus propios
enemigos.
Mariátegui nos indica dos elementos más
que ayudaron a perfilar esa hiperbólica destreza
para la injuria que Hidalgo alcanzó y que lo
llevaría a superar a su antiguo maestro: su anexión
al grupo Colónida y el influjo del futurismo.
Mariátegui escribe en su clásica nota:
Alberto
Hidalgo significó en nuestra literatura, de
1917 al 18, la exasperación y la terminación
del experimento ‘colónida’. Hidalgo
llevó la megalomanía, la egolatría,
la beligerancia del gesto ‘colónida’
a sus más extremas consecuencias. Los bacilos
de esa fiebre, sin la cual no habría sido posible
tal vez elevar la temperatura de nuestras letras,
alcanzaron en el Hidalgo, todavía provinciano
de Panoplia Lírica, su máximo grado
de virulencia […] Si con Valdelomar incorporamos
en nuestra sensibilidad, antes estragada por el espeso
chocolate escolástico, a D’Annunzio,
con Hidalgo asimilamos a Marinetti, explosivo, trepidante,
camorrista. Hidalgo, panfletista y lapidario, continuaba,
desde otro punto de vista, la línea de González
Prada y More. Era un personaje excesivo para un público
sedentario y reumático. La fuerza centrífuga
y secesionista que lo empuja se lo llevó de
aquí en un torbellino. Hoy Hidalgo es, aunque
no se mueva de un barrio de Buenos Aires, un poeta
del idioma […] El clima austral ha temperado
y robustecido sus nervios un poco tropicales, que
conocen todos los grados de la literatura y todas
las latitudes de la imaginación […] Hidalgo
ha visitado las diversas estaciones y recorrido los
diversos caminos del arte ultramoderno. La experiencia
vanguardista le es, íntegramente, familiar
[…] Pero Hidalgo, por su espíritu está,
sin quererlo y sin saberlo, en la última estación
romántica. En muchos versos suyos, encontramos,
la confesión de su individualismo absoluto
(8).
Eso que Mariátegui llamó “máximo
grado de virulencia” y que Alberto Hidalgo plasmó
en sus libelos quizá revele su origen si se atiende
a esta confesión de parte que figura en Jardín
zoológico:
El comienzo de mi vida puede servir para último
acto de una tragedia esquiliana. Mis padres abandonaron
el suelo terrestre casi simultáneamente. Un
medicucho llamado Ladislao Corrales Díaz, fingiéndose
amigo suyo, les envenenó allá por el
año 1901, para atrapar su hacienda que, a decir
verdad, era bastante holgada. Con esto empezó
para mí una época de amargura, la más
amarga de mi vida: la niñez. Como el otro,
puedo decir más tarde ‘yo no jugué
de niño’. Fui creciendo en medio de un
hogar que no era el mío; hostil, como que era
madriguera de ladrones y prostitutas. No supe de las
dulzuras del beso maternal. Cuando alguien, por acariciarme,
me besaba, sentía como la hincadura de un alfiler.
Las caricias de las viejas de la casa se me antojaban
bofetadas; las risas, muecas de amenaza; los abrazos,
serpientes de dolor: la alegría de los demás,
sarcasmo de mi tristeza
(9).
Así,
lo que ante una primera impresión denunciaría
una desbocada inquina o un mero afán de pelear
por pelear, revertiría en aparente si atendemos
al móvil de tipo biográfico –insinuado
por Jorge Cornejo Polar– y que apunta a la ya
citada traumática niñez de Hidalgo (10),
o a la interpretación de Magda Portal que insiste
en un apasionado “amor por el Perú”,
de manera que “no es que Hidalgo lanzara sus destructores
ataques porque sí, sin base ni fundamento alguno:
no. Si él escogía sus víctimas
para destruirlas, incinerarlas, hacerlas trizas, era
porque éstas se habían puesto en el camino
del Perú” (11).
Sea pues una u otra, ambas razones, o lo que Hidalgo
llamaba simplemente manía suya, la que explique
los desmedidos odios de nuestro autor, el caso es que
el escritor arequipeño escogería casi
exclusivamente el libelo para su prosa, al punto de
convertir tal género en parte consustancial de
su estilo, e incluso en una poética de parte
de su lírica, como en Odas en contra (1957)
que, en palabras de su autor, son:
Los
libelos más horrendos que se haya escrito jamás
en cualquier lengua y desde que el mundo es mundo
[…] Sé que estos poemas apestan, pero
no puedo evitarlo […] La propia poesía
parece haber gozado encanallándose para ponerse
a la altura de tanta bajeza […] La justipreciación
de mi obra no debe dejarse influir ni en pequeño
grado por la desazón que pudiera suscitar la
lectura de mis libelos. Estos, pues, constituyen un
sacrificio y son, además un óbolo, una
limosna que caritativamente arrojo a mis enemigos,
para que al fin tengan algo concreto, un trozo de
carne en el que, solazándose, como por un pretexto
más o menos justificable, puedan hundir sus
dientes y sus babas de perro (12).
Intentando
hacer una defensa de su producción libelista,
Hidalgo escribió en el prólogo de Muertos,
heridos y contusos que:
Hay
aquí muchas páginas agresivas, violentas,
rudas. Por ellas, como insultándome, se me
ha llamado panfletario . Acepto el mote y lo agradezco.
Es del ‘panfleto’ de lo que suele hablarse
con más injusticia y menos conocimiento […]
El panfleto es algo que está bien lejos de
la grosería arrabalera. No basta ser soez para
dominarlo (14).
La procacidad es propia de los carreteros. Como que
el arte es manifestación espiritual, la inmundicia
tiene que andar alejada de él […] y el
panfleto es arte… (15)
Treinta
y siete años después retomaría
tal defensa en otro prólogo, esta vez en el ya
aludido Odas en contra:
De
todos los géneros literarios, el panfleto es
aquel que más sirve al hombre para reivindicarse
como Dios, para reasumir su jerarquía de Dios
[…] Para sentirse de veras feliz, para tomarle
por completo el gusto a su papel de creador, necesita
hacer también las tempestades y las inundaciones,
los terremotos y los huracanes, las enfermedades y
la muerte; necesita también ser malo. Así
son el poeta, el escritor, el artista supremos […]
Aparte de mi condición de poeta, o sea de varón
consagrado a descubrir las correspondencias secretas
de las cosas, a recrear las palabras violentándolas
por la vía de la catacresis, aparte de eso
que es la función primaria y esencial de mi
vida, soy sin duda un libelista nato (16).
__________________
(*)
Tal
florilegio libelista consigna también un prólogo
del reconocido escritor Fernando Iwasaki, quien se ofreciera
gentil y desinteresadamente a elaborarlo, además
de un noticioso epílogo que arrastra mi firma
(es justo mencionar igualmente que el profesionalismo
de Rodolfo Loyola materializó cumplidamente el
concepto gráfico de los editores, y que tal volumen
no habría visto aún la luz pública
sin la mediación de Walter Sanseviero y Jorge
Zevallos Quiñones Pita, quienes confiaron en
el proyecto y tuvieron a bien financiarlo).
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