[página
2 de 3]
3. La creación metafórica como
poder y verdad
Definición
3: (During: 1999, 26)
Yet
importantly engaged, cultural studies also examines
its own constitutive borders and divisions —
or, more simply, the relation between what it includes
and what it excludes. It examines its temporal border:
the separation of past from present (asking, what
the role history is in contemporary cultural studies).
It examines the power barriers it assumes and contests:
the division between hegemonic (“above”)
and counter-hegemonic (“bellow”) —or,
to swap terms, the borders between margins and centers.
And it examines structural divisions: the boundaries
between “culture” on the one hand, and
“society” or the “economy”
on the other (asking, for instance, to what degree
is culture shaped by economic structures— ...).
We might add to these problems concerning boundaries,
though it’s been much less discussed, that cultural
studies also addresses the basic distinction between
the political (or the engaged) and the non-political
(or the disengaged) where it touches culture.
En
este fragmento tenemos la finalización de un
proceso teórico-político en los moldes
en que Foucalt define arriba como discurso de poder:
la definición de fronteras que, lejos de ser
fruto de un diálogo democrático entre
disciplinas, parte de una posición autocrática
de los Estudios Culturales, que se arrogan el derecho
de apropiación sobre las categorías ajenas
en un proceso, no de préstamo, sino de expropiación.
Explicando: expropiación de la propiedad ajena
que se usurpa como suya, justificándose por el
mal uso de la misma, por parte del propietario.
Eso realmente es un hecho, cuando, basándose
en la supuesta apolitización de las teorías
adyacentes, los Estudios Culturales las declaran territorio
franqueado a la usurpación de su parte. Al volver
a poseerlos, también los recreará de forma
aleatoria, pues está claro que las condiciones
específicas de creación de los conceptos
no le interesan, dada la posición de desvalorización
de lo histórico, económico o social del
momento en que tales conceptos surgieron.
El presentismo teleológico y ultra-moderno, que
prescinde del pasado como componente del presente, vive,
de verdad, en un futurismo inmediatista, en que su acción
se construye y remodela a partir del olvido. Recordemos
aquí al Borges de Funes el memorioso
y El tiempo, este último un texto que
puede explicar el carácter crítico del
personaje Funes (Borges: 1985, 45):
El
presente no se detiene. No podríamos imaginar
un presente tan puro; no tendría valor. El
presente tiene siempre una partícula de pasado,
una partícula de futuro... Somos, por tanto,
algo cambiante y algo permanente. Somos algo esencialmente
misterioso. ¿Qué sería de cada
uno de nosotros sin la memoria? Es una memoria en
gran parte hecha de ruido, pero que es esencial.
Nos
parece extraña esa negación de la historicidad
de los eventos y de los conceptos. Como si el peso de
la materialidad humana pudiese ser eliminado por el
nuevo tiempo que se inaugura. Paralelamente a esa materialidad
del tiempo que podemos sentir, como nos recuerda Borges,
por la memoria, se conecta la materialidad del espacio,
que también se anula, a través del discurso
culturalista.
Tales aseveraciones nos remiten a Barthes en sus Mitologías
(Barthes: 1993, 136) cuando nos describe el mito moderno.
Barthes nos aclara que, para el discurso mítico,
los signos se vuelven nuevamente significantes, siendo
resignificados a partir del discurso que lo reinscribe
y que, obviamente, le da un significado político.
Queremos creer, por tanto, que la reapropiación
política e ideológica vorazmente consumista
perpretada por los culturalistas en torno a los discursos
de las disciplinas y de las minorías tiene un
claro significado político —que a toda
hora es resaltado por los mismos— pero que el
grado de apropiación en que esto ocurre lleva
a una perversidad de la lectura que se aproxima a aquello
que Barthes llama mítico.
Así, el discurso y la teoría culturalistas
presentarían, desde nuestra perspectiva, un rasgo
fuertemente ideológico que recrea y recentra
verdades que se proponen neo-hegemónicas, a pesar
de que insistan en lo contrario y, de modo voluntario
o no, seriamente comprometidas con prácticas
del nuevo poder transnacional que evitan en todo momento
desaparecer.
Pasaremos ahora al análisis de algunas de las
categorías culturalistas, apropiadas o de propia
hechura, en que pretendemos ver y poder demostrar cómo
esa relación se hace explícita.
4.
La parte por el todo: una visión autocentrada
de la globalización
Si
consideramos el discurso culturalista ahistórico
sobre la globalización, veremos algo bastante
semejante a lo que citamos (Marx: 1978, 577-8):
Por
un lado tuvieron acceso a la vida fuerzas industriales
y científicas que ninguna época anterior,
en la historia de la humanidad llegara a sospechar.
Por otro lado, estamos frente a síntomas de
decadencia que sobrepasan en mucho los horrores de
los ultimos tiempos del Imperio Romano. En nuestros
días, todo parece estar impregnado de su contrario.
La máquina, dotada del maravilloso poder de
amenizar y perfeccionar el trabajo humano, sólo
hace como se ve, sacrificarlo y sobrecargarlo. Las
más avanzadas fuentes de salud, gracias a una
misteriosa distorsión, se volvieron fuentes
de penuria. Las conquistas del arte parecen haber
sido conseguidas con la pérdida del carácter.
En la misma instancia en que la humanidad domina la
naturaleza, el hombre parece esclavizarse a otros
hombres o a su propia infamia. Hasta la pura luz de
la ciencia parece incapaz de brillar sino en el oscuro
paño de fondo de la ignorancia. Todas nuestras
invenciones e progresos parecen dotar de vida intlectual
las formas materiaes, estupidizando la vida humana
al nivel de la fuerza material.
En
este fragmento, Marx nos parece como una voz de previsión
de aquello que los Estudios Culturales hoy llaman el
efecto nefasto, ya sea el del Estado neoliberal o de
la globalización y hasta de la industria de consumo.
Por lo tanto, aquello que estamos viviendo es histórico
y tuvo sus preliminares desde la modernidad: ¿por
qué entonces esa insistencia culturalista en
negar la historia, y que se presenta como una voluntad
de poder sobre la creación?
Paralelamente a este aspecto, se destaca también
la ambigüedad culturalista en relación al
término “globalización”. ¿Por
qué no mundialización? La mundialización
traería implícita, en nuestra opinión,
una variedad de naciones que se comportan dentro del
mapamundi. Es un término que insertaría,
dentro de la categorización mundial, la materialidad
de una entidad supranacional, que vuelve ineficaces
todas las fronteras de forma autoritaria, borrando las
fronteras políticas, económicas y sociales.
La globalización, que nunca pronunciamos sin
cierto toque de extranjerismo, borra, intencionalmente,
cualquier perspectiva de lo nacional, dado que el globo
contiene todo el planeta en una unidad geográfica
apolítica y, por ende, pretendidamente igualitaria.
En este momento, por extensión, somos inmediatamente
llevados a la pretendida transnacionalidad del culturalismo.
Esa definición carga en sí la perversidad
de la eliminación del término “regional”,
al que se superpone el ambiguo “local”,
otro término extranjero. “Local”,
como “global”, es una instancia multiforme
que, por ser nueva y sin significación local,
nos transporta a una geografía mítica
que no representa, al igual que lo global, una geografía
definida.
Así, después de haber sido expropiados
del tiempo, por Fukuyama (que, por cierto, ya se retractó)
ahora fuimos dislocados de nuestro lugar en el mundo.
Estamos fluctuando, por lo tanto, en el espacio sideral,
sin tiempo, espacio, identidad o cualquier otro tipo
de referencia. A partir de entonces, somos náufragos,
unos Robinson Crusoe, pero sin la misma suerte, porque
no podemos recrear una identidad que ya no poseemos
o no tenemos más derecho a la memoria histórica
ou geográfica. Aparentemente, en este caso, somos
el otro náufrago, Viernes.
La citación de esta obra no puede ser fortuita.
Si tomamos a la literatura como representación
–que nos permitan, los más puristas, todas
las licencias- entenderemos que, después del
naufragio de la Modernidad, todos son náufragos
y en este punto cesan las semejanzas. Porque alguien
llegó primero y este alguien se encuentra, quiéranlo
o no, imbuido de las mejores intenciones salvadoras.
Robinson Crusoe borra la identidad de Viernes —ya
desde el nuevo nombre— con la mejor de las intenciones
“sanitarias”: es necesario salvarlo de la
ignorancia, del paganismo y de la pereza. Robinson Crusoe
reconstruye un mundo en aquel no-lugar a partir de su
memoria. Es un imperativo atribuir a las cosas el significado
que conocemos de ellas, cualequiera que este sea. Y
el nuevo mundo proyectado por Crusoe y concretizado
por Viernes tiene los aires de la Inglaterra que Crusoe
conocía. No la misma, donde él era un
ciudadano, sino aquella que desea, donde él es
rey.
Necesariamente, tiene que haber un lugar para Viernes:
el del súbdito. Aquel que está apropiado
por la memoria y el discurso autocentrado del otro,
debe encontrar un lugar en la subalternidad. A partir
de ahí, Crusoe construirá para Viernes
una nueva identidad, que cambia su memoria, su religión,
su economía y su sociedad, además, claro,
de su idioma.
Ahora, no podemos dejar de considerar la geografización
establecida por Hall (1996, 273) en su texto Cultural
Studies and its theoretical legacies: la Universidad
de Birmingham, en Inglaterra, y toda América
del Norte. During se extenderá un poco más:
Australia, Nueva Zelanda y universidades angloparlantes.
Es decir, los Estudios Culturales tienen una lengua
y un lugar definido que no deja de ser centrado: aquellos
países que heredaron de Ingaterra no sólo
el idioma sino también el ideal imperialista
(recordemos de la doctrina Monroe de 1823: América
para los americanos) de salvar el mundo recreándolo
a partir de su propia cultura.
Para aclarar las semejanzas entre la experiencia de
Robinson Crusoe y las ocurridas en estos países
apenas será necesario recordar el papel del indio
como subalterno en esos países y los efectos
“democráticos” sentidos hasta hoy
por sus minorías. Tales aspectos son definitivamente
heredados de Inglaterra, a saber, el racismo, el patriarcalismo,
la xenofobia, además de aquel ideal de poder
que pertenece hoy a una unidad supra-nacional que tiene
su oficina de negocios en Estados Unidos, el mismo país
donde los Estudios Culturales encontraron su incubadora
transnacional.
Nos queda la última metonimia: la universalización
de lo subalterno.
5. La extensión de los prejuicios: El
subalterno globalizado
Además del mito de una cultura global, se univerzalizan
también unas otredades específicas. En
primer lugar, quiero poner en tela de juicio esta recreación
atemporalista de la subalternidad: el término
Gramsciano —que reconocemos no conocerlo profundamente—
nos parece fuertemente enganchado a un significado más
político que necesariamente étnico o de
género.
Lo subalterno, en la concepción Gramsciana, por
tanto, representa un igual, en términos sociales,
que es expoliado –de forma casi voluntaria- de
su poder político, ya que a través de
las prácticas hegemónicas del populismo
(término que no encontré entre los culturalistas)
se siente representado por los discursos del poder.
Y esta relación de populismo y subalternidad
trae dentro de sí una noción bastante
fuerte y contraria a los ideales marxistas de Gramsci,
pero que enmudecen tanto a los subalternos como a los
señores del poder populista: el concepto de nacionalidad.
Así, a partir de una creencia común, la
de la nación, tales subalternos se sometían
a un poder que, siendo de forma espúrea, representaba
sus intereses contra una situación de peligros
externos: la amenaza de la opresión extranjera.
Curiosamente, las nociones de nacionalismo o identidad
desaparecen en una subalternidad —bastante específica,
en Gramsci— de los culturalistas. En una práctica
que consideramos una perversión de los conceptos
foucaultianos y Gramscianos, los culturalistas —sabiamente
ahistoricistas— diluyen la noción de identificación
entre subalternos y populistas, eliminan el carácter
nacionalista de los conceptos y crean, a partir de esto,
una plurisubalternización que tienen muy poco
con qué identificarse y mucho menos aún
contra qué rebelarse.
Si el poder nacional no se encuentra relacionado a un
ideal nacionalista, pudiendo por ello denominarse multiculturalista
y de esa forma no unirse definitivamente a nadie, este
poder local tampoco representa mayor expresividad política
o social, y por lo tanto, no es poder. Tales minorías,
entonces, acabarán por descurbrir que, contra
sí mismas, están las otras minorías
no consideradas, como por ejemplo los blancos, los hombres
o las mujeres conservadoras. ¿Como entonces,
crear negociaciones e identidades en esos grupos en
el sentido de la utopía culturalista?
Al final, ¿como ser subalterno, en el sentido
gramsciano, si no hay populismo? Por otro lado, el énfasis
de las identidades minoritarias como universales representa
otra falacia que demuestra el autocentrismo del discurso
pretendidamente “global”: ¿Los prejuicios
anglosajones que generaron tales minorías, no
encuentran ecuanimidad en sociedades –y aquí
contrariamos voluntariamente a During— de jerarquías
tan poco rígidas como en el caso del Brasil?
Nuestros prejuicios, al contrario de los anglosajones,
tienen formación menos rígida, al punto
de crear una necesaria identidad minoritaria. No significa
que no tengamos problemas como el machismo o prejuicios
étnicos. Pero, en nuestro caso, las minorías
no se pretenden minorías y, muy por el contrario,
luchan por ser iguales.
La ignorancia de hechos como esos, sólo nos revela,
claramente, aquel autocentrismo que hemos venido defendiendo
hasta aquí. Por tanto, en este punto, nos queda
preguntar: ¿Qué significan, de hecho,
los Estudios Culturales.
Conclusión: ¿Con qué sueñan
los Estudios Culturales?
La primera respuesta remite, necesariamente, a la historia:
la creación de un nuevo universo, perfecto, que
se materializará desde la mente mítica
de los culturalistas, donde todas las fronteras se reducen
apenas a una y donde todos los hombres diferentes viven
sus diferencias en una paz posible.
El idealismo de los Estudios Culturales nos parece demasiado
bueno para ser verdad. Y creemos que no lo es. Como
pretendemos haber demostrado, lo pretendidamente democrático
de tales proposiciones demostraron una mirada universalista
autocentrada que preversamente niega la idea de un centro.
Y eso no puede ser casual. Muy por el contrario, se
aproxima bastante a las prácticas populistas
que se enseñorean con los sueños de los
subalternos, recreándolos y volviéndolos
aceptables.
Abolir las posibilidades de diferencia histórica
y geográfica es prometer un edén que no
engaña a nadie. Ya se hizo antes, y tiene nombre:
imperialismo. Esconder la explotación económica,
social y política a través de la imputación
de la explotación a entidades cercanas, estimulando
las luchas entre minorías étnicas, era
una práctica muy común de los colonizadores,
desde la antigüedad, y no nos deben engañar.
Aludir a una inexistencia de fronteras, a una igualdad
transnacional que no se vive y no se conoce, en el olvido
de memorias específicas, es de una malicia bastante
recurrente en las nuevas formas de poder insurgente.
A los Estados Unidos, tal ideología le es muy
conveniente. Tiene sentido que haya recibido de brazos
abiertos a los Estudios Culturales. A las ex-colonias
británicas tal alianza les parece oportuna y
oportunista. El hecho de que apenas una universidad
inglesa se haya enrolado en esta causa, también
nos parece bastante oportunista. Muy clara se nos presenta
la posición del resto de Inglaterra y de Europa
como un todo: los Estudios Culturales representan una
ideología que no les interesa.
En cuantro a nosotros, por tanto, los eternos otros,
nuestro lugar está ya reservado: aún somos,
siempre, los subalternos.
©
María Maroca, 2004
1
- 2
- BIBLIOGRAFÍA |