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José Cabrera Alva

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Juan Montes

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Moisés Sandoval Calderón

 

 

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Las horas muertas

por Moisés Sandoval Calderón

 

Esta es la peor hora del día. Me deprime esta hora muerta. Hay que tener cierto don para soportar estas cosas. El calor, el clima seco, el suelo ardiente, el sol violento, la soporífera melancolía de la tarde ¿Qué estaría pensando Nuño de Guzmán cuando se le ocurrió erigir una ciudad en este infierno? ¿Por qué no nací en una urbe hermosa y fresca, como tantas que hay en Europa, Paris, Suiza tal vez?

El hombre avanza sin levantar sus ojos abstraídos, caminando a lo largo del arroyo, calle tras calle, entre el tropel de pies apresurados. Un mudo eructo raja su hambre. Se detiene, abre un instante los labios y apoya la mano nerviosa sobre su vientre. Tacos, lengua, buche, panza. Glándulas tiernas, intestinos de animales rezumando grasa. Mariscos, ni soñarlo. La mano se introduce en el bolsillo, cuenta al tacto las tres monedas de diez pesos. De que murió el muchacho ese. Salmonela, infección viral, algo así.

Sus pasos lentos lo llevan por el centro. En una esquina descubre a la hija del tendero. Buen Dios, el vestido de la pobre chica no deja nada a la imaginación. Como se atreve. Parece prostituta. Quisiera saber si sus padres son cristianos.

Sigamos. La tarde empieza. ¿No será mejor irme al mall ese, nuevo? Ahí tienen aire acondicionado. Gasto, todo significa un gasto. No puedes andar como estúpido sin una bolsa en la mano. Además aquí hay más cosas que ver. Aparadores, muchachas.

Me fue revelado que. Espera, en la plaza de catedral alguien reza bajo el quiosco acompañándose de una guitarra. Los veo, un menesteroso da gracias a todo pulmón, tres mujeres indigentes, Biblia en mano, faldas largas, pelo encanecido, le consuelan ante la indiferencia de la gente que no lo ve ni lo oye. Como si no existiera. Paso precipitadamente y levanto la mano. Casi lo señalo con el dedo. Veo el gastado puño de mi camisa manchada. Ellos no levantan los ojos. Hay una sonrisa luminosa dentro de sus miradas oscuras. Tendría que protestar por tanta infamia ¿Quién les mete ideas en la cabeza? Alguien debe haber detrás de ellos. No, no se mueven solos. Alguno picándoles el amor propio. Las bancas ocupadas por los viejos. Ni una banca libre. Un anciano moreno pide al otro ¿Un cigarrillo? Quizás una moneda para pagar el urbano porque se está levantando. Aquí en Culiacán todos piden. Nadie ofrece. Te pide la Maria en una esquina del mercado, los sempiternos indigentes que pagan con antigüedad sus sitios inamovibles, sus babeantes bandejas petitorias a la mano. Que no se acerquen. Una mirada furiosa hay que lanzarles. En los semáforos, los viciosodelincuentes te escupen el cristal de tu vehículo. Una presencia. ¡Alma mía! Que trasero, la sigo con la mirada, la cintura desnuda, el ombligo al aire me prohibió contemplar su rostro. Se pierde entre los transeúntes hacia los frentes de las tiendas. Ahí está el vidente. Adelanta su barba gris, contempla absorto esa otra belleza que desfila. Tiene invitados en la cabeza. Conseguía espacios en revistas. Literato o algo así. Todos terminan locos.

Desde la esquina, frente al banco, los remates en los aparadores. Bajísimos pagos casi regalados. Los sombrerudos con sus botas de piel de avestruz relucen sus calvas. Están de moda. Es de moda ser narco y estar calvo. O parecer narco, da lo mismo. Es el sello de la violencia. Buscan el bisnes. ¿Cómo se dice? Business, con doble ese, creo.

Ahora cruza hacia el lado de la sombra. Rostros pasando, sudorosos. ¿No es la maestra Méndez la que viene a su encuentro? Por Dios, se dará cuenta de que no estoy enfermo. Mejor voltear para otro lado. Hacerme el desentendido.

–¡Profesor Pérez! ¿Cómo está usted? –Los ojos enormes, saludadores de la compañera.

–¡Oh! Muy bien. Para qué quejarnos.

–Este calor ¿No impartió clases ahora? No lo vi en la escuela.

–No me sentí bien. Este golpe de calor.

–Espero que no sea nada grave ¿Mañana tiene clases?

–Sí, señora. Mañana me toca dar en el turno matutino y en el nocturno. No puedo darme el lujo de faltar a los dos.

–Yo impartiré solo en la noche. Bueno, hasta mañana entonces.

–Sí, claro. Hasta mañana.

  Las dos figuras se pierden en el caluroso vaho de la tarde.

 

© Moisés Sandoval Calderón, 2006

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Moisés Sandoval Calderón: (Sinaloa-México, 1965) Reside en la ciudad de Culiacán. Actualmente cursa la carrera de Derecho en la Universidad Autónoma de Sinaloa. Ha publicado sus relatos en Almiar, Margen Cero, y Axolotl y No retornable.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento13_5.htm
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