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La clase nocturna

por Juan Montes

 

No hay cosa que más odie que dejarme alguna legaña en la cara, le dice Sofía al espejo. El estrecho camino que abre la puerta es suficiente: “no hay cosa que más odie que dejarme una legaña en la cara”.

–¿Hablas sola, cariño?–. Es algo que le ataca los nervios: ahora es cuando tiene que cerrar a toda prisa los botes, ponerse dos gotitas de perfume en el cuello y calzarse rápidamente sin perder un segundo. Porque sabe que es automático, que su sola presencia en el dormitorio desarma a su marido; le hace poner una sonrisa de bobo que incluso hoy la conmueve. Por regla general, Ricardo suele esperarla perfectamente tapado, bien incorporado sobre la almohada y siempre, desnudo –le ha explicado que está más a gusto sintiendo el pene y los testículos “liberados”; le insiste a menudo en que es un placer rozarlos con las sábanas, o probar de vez en cuando contra sus músculos. Nunca fuma en la cama. Tampoco le divierte prepararse una copa: está convencido de que siempre acaba manchándose algo –el irremediable aperitivo de foigras, las inevitables aceitunas. Si algo le caracteriza, noche tras noche, es recibir a su mujer firme y rígido como un soldado.

Entrar en la cama es lo más difícil. Sumergirse entre las sábanas representando su papel. ¡Cuánto le cuesta a Sofía cruzar la habitación, colocar los pendientes en la cajita del escritorio y volverse sin más hacia él, como un objeto subastado y vendido! Bien segura de que no quedan restos de esmalte en las uñas, se abre paso con el pie izquierdo y tiende a esperar una noche de desgana por parte de su marido, un sueño temprano y profundo. Se equivoca. Aunque ella se arrima al borde de la cama, imaginando su cuerpo como una torre inexpugnable, él se deja caer, le rodea la cintura con su brazo y la trae para sí. Sofía lo nota respirar en su pelo. Siente deslizarse el camisón por sus caderas; el mínimo tirante caer por su hombro. Como siempre se equivoca, acaba insultándose para sus adentros: idiota, idiota.

Su marido tiene predilección por la entrepierna. Logra hacerse un hueco y frota. Frota de atrás hacia delante con todo el brazo: a veces Sofía siente las cosquillas de sus dedos, posados en su vientre como las patas de una araña. Lo más desagradable viene después, cuando su marido cambia de objetivo y se concentra en los pechos y el cuello. Los pezones acaban morados y erectos, el cuello húmedo por las babas. Si les hiciera caso a sus amigas y respondiera uno de esos cuestionarios sobre sexo de las revistas de moda; no dudaría: rellenaría todas las casillas correspondientes al “marido sobón”. ¿Qué pensaría su ángel de estos manoseos? Está segura de que su ángel se tumbaría perezosamente en la cama, manteniendo en lo alto la copa de vino, y repetiría aquello que dijo una vez, preguntando a la habitación entera: “¿quién de entre todos los vecinos, quién podría imaginarse que una señora como ella, con los cincuenta cumplidos, cierra tras de sí puertas que no son las de su hogar?”.

Las citas con su ángel son cortas, intensas, placenteras. Fijan las fechas con antelación, de manera que Sofía puede memorizarlas y prescindir de la agenda. Cuando se acerca el día elegido, deja más pronto el trabajo y conduce hasta un centro comercial cercano. Poco a poco, la rutina ha ido imponiéndose: compra dos botellas de vino de Borgoña, una de tinto y otra de blanco, un conjunto juvenil de braga y sujetador, y esmalte de uñas de algún color exótico. Conoce el camino hasta el servicio de mujeres y allí se cambia, se maquilla y se hace los pies –cierra el pestillo, desliza de su bolso una alfombrita blanca que coloca sobre la tapa del retrete. Si su marido supiera las tonterías que tiene que hacer después para entrar en la letra B del quinto piso. Subir en ascensor al sexto. Bajar las escaleras con la luz apagada. Sacar las llaves a tientas. Tirar suavemente del pomo mientras gira la cerradura. ¡Cuántas cosas hay que Ricardo no sabe! En noches como esta, cuando todavía siente dentro de ella un calor distinto al suyo, tiene ganas de levantarse de la cama y abofetearle con todas sus fuerzas; gritarle y abofetearle hasta hacerle comprender que su mujer, Sofía, de cincuenta y dos años, tiene algo que contarle. Le gustaría ver en su cara de bobo un signo de nerviosismo, de duda, mientras ella se lo va soltando todo con su mejor voz, con sus mejores sentimientos. Al fin y al cabo, Ricardo no se ha enterado de este, como no se enteró del anterior, como tampoco sabrá nada del de más adelante.

Esta noche, por ejemplo, Sofía querría contarle a su marido que por fin se siente recompensada. Si sujeta hoy con fuerza las riendas de su vida –ha aprendido a disfrutar de su cuerpo, tiene pleno control de sus relaciones con los hombres–, ¿por qué no puede decir lo mismo de su juventud? Sin embargo, es la misma persona: una vez eliminados los finos surcos que ha abierto su sonrisa a ambos lados de la boca, y las diminutas pecas que el sol ha espolvoreado como pimienta por su nariz, dorando su rostro a lo largo de los años, aparece sin esfuerzo la joven que fue. (Es posible hacer la prueba con las fotos que guarda todavía enmarcadas bajo la pila de camisones viejos, al fondo del último cajón del armario: es la misma respuesta honda en los ojos, el mismo retraimiento involuntario del cuerpo) Aun así, impactada por haber cumplido los cincuenta, Sofía se ha propuesto de dos años a este tiempo, recuperar para sus mejillas un ligero tono rosado juvenil, otorgar a sus partes más visibles una nueva luminosidad que adecente y realce una figura maltrecha por los dos parto de sus treinta. Usando la expresión favorita de sus amigas, que resume los kilos de maquillaje gastados y el dinero invertido en gimnasios: “Sofía ha vuelto a la adolescencia”. Pues esta noche es distinta para la “adolescente” Sofía: mientras que otras veces las palabras nacen desfiguradas, componiendo dibujos abstractos y símbolos extraños que la reducen al sueño, hoy no es así, y casi sin proponérselo las palabras han surgido enteras en su cabeza, desfilan ahora ordenadas y forman frases comprensibles que despiertan su memoria.

–Te diré para empezar que cuando me casé contigo, yo sólo conocía un tipo de hombre. El tipo de hombre encantador, sonriente y egoísta que fue mi padre. Esto ya lo sabes: acuérdate de lo que dijo mamá cuando murió, el próximo enero ya va a hacer dos años, Ricardo, dos años, acuérdate de eso de que papá había muerto como había vivido. ¡Y había muerto solo, enfermo, lejos de su familia, rodeado de extraños y de tubos! Me sorprendió también porque nunca se me había ocurrido pensar que mamá tuviera una opinión sobre papá. No discutían entre ellos, tú lo sabes, jamás les oímos un comentario el uno del otro, ni siquiera una broma, un mal tono, nada. Tampoco los vi besarse delante de mí. ¿Los viste tú? Las cosas han cambiado desde que mamá ha tenido que apañárselas sola y yo he tenido que ayudarla a salir adelante. Paso por su casa una vez a la semana, quito el polvo, recojo la ropa sucia, le llevo una pequeña compra de supervivencia... sí, fui yo, no ella, quien propuso que viniera a comer con nosotros los sábados. Desde que la bañé con mis propias manos, desde que descubrí en sus movimientos la inseguridad de una anciana, he empezado a relacionarme con ella de persona a persona. Sólo desde que la recibí desnuda en mis brazos para dejarla llorar tranquila en mi pecho... Así que mamá también tenía motivos para quejarse. ¿Por qué cierro los ojos y no soy capaz de recordar ni una sola caricia de mi padre? ¿Por qué en estos dos últimos años nunca he oído su voz y siempre he sentido la presión silenciosa de su mirada? –la brisa tierna que la noche le regala, una noche con personalidad propia que cierra las ventanas abiertas y seca los vasos de agua, aligera el sudoroso peso de su marido. Por un momento, cuando el aire suave se mece ante sus ojos y extiende sus dedos cariñosos bajo las sábanas, los brazos que oprimen su cintura aflojan de repente sus correas, las manos que guardan sus pechos se desprenden misteriosamente como la corteza entera de una naranja. Ricardo duerme; Sofía sabe que es mejor así. 

Si pudiéramos recuperar los objetos que construyen una infancia y volver a colocar el árbol de Navidad en el salón, la silla alta con su pila de cojines en la cocina, el inocente escaparte de peluches y muñecas en la cama, el diminuto albornoz colgado del toallero del baño..., cualquiera concluiría que sí, que Sofía era una niña rica, mimada, caprichosa... y también una niña completamente solitaria y callada. Pero en ese cuadro faltarían dos personajes: “mamá” y “papá”.

Mamá era una madre de buenas intenciones. Siempre se dirigía a su hija con la misma expresión. Gritaba: “¡amorcito!”. Abría sin aliento la puerta de casa, cargada con kilos de bolsas de zapatos –le obsesionaban los zapatos nuevos– y lo gritaba. Necesitaba algo y lo gritaba. No es que fuera exigente; pensaba que Sofía era de su propiedad. Si mamá abría la boca era para mostrarle cómo había que hacer las cosas, y sobre todo, cómo nunca debían hacerse. A veces daba tantas instrucciones, incluso por pequeñas tonterías, y hablaba tan deprisa y tan bajito, que parecía que rezaba. Papá era diferente. Bastaba verlo caminar para hacerse una idea. Siempre derecho, siempre atento y dispuesto a ayudar a las “damas” a bajar las escaleras. Cuando organizaba sus cenas multitudinarias, su familia debía acompañarlo a él. Mamá tenía que estar tomando una copa en el sofá del salón para cuando llegaran los primeros invitados, porque así papá podía presentarse con una bandeja repleta de copas y botellas y demostrar su excelente pulso –le preocupaba no perder su buena salud y que sus amigos la apreciaran. Era comprensivo con Sofía: la escuchaba (con el tiempo se supo que era indiferencia). Nunca daba órdenes salvo esos días que le ponían tan nervioso. “Les llevas los bombones de chocolate que hay en la cocina y te subes”, le decía con una sonrisa a su hija. Y el cuerpecito encantado de Sofía recorría inmediatamente el salón como una mariposa nocturna en busca de la luz, ansiosa por cumplir el deseo de papá que le había sido encomendado sólo a ella.

–¿No crees que hay una edad en la que hacen falta unos padres que te toquen? Un padre o una madre de los que aprender a besar y acariciar, mientras tu propio corazón está creciendo y aprende a mostrase a los demás. ¿No lo crees? Ricardo, ellos me están enseñando a mí y aprendo rápido. Si se acerca sonriendo, me detengo; junto los labios y extiendo los brazos. Le invito a venir. Todavía escuchamos el tintineo de las llaves y el suspiro que empuja la puerta. Entrelaza sus dedos con los míos y me da la bienvenida. Me dice que me quiere. ¿Qué hago yo? Le abrazo tan fuerte como puedo, o alguna tarde... esta tarde yo también le he besado en la boca. Pero si me espera desnudo en la cama, ¡es tan excitante! Un latigazo de calor me recorre la columna y siento el corazón en las yemas de los dedos, y los párpados también palpitan. ¡Un latigazo de calor, Ricardo! Me tumbo a su lado y ahí empieza el movimiento, la turbulencia, ¿cómo decirlo?, el amor. Sabe cómo proporcionarme placer –yo todavía dudo: muchas veces no sé dónde colocar las manos, si acariciar o simplemente apretar. Él adora sentarse en el borde de la cama y chuparme los dedos. ¡Chuparme los dedos de los pies! Se pone a ello y me gusta: sus labios corren arriba y abajo, formando dibujos en mi piel, y de cuando en cuando, un escalofrío, noto en las uñas cómo sus dientes hacen tic-tic, tic-tic en la punta de los dedos. Luego ocurre eso de siempre. Verás, ocurre que al final, en un silencio muy confortable que se repite siempre al final, pienso en ellas. Me vienen a la cabeza las niñas... Hoy que Helena y Marta han traído a sus novios a cenar, me ha dado más pena que nunca verme sola. ¿No te has fijado en lo cariñosas que han estado? He visto cómo les demostraban su afecto delante de nosotros. Helena ha estado muy tierna. Le ha cogido la mano al suyo y no se la ha soltado en toda la cena, ni siquiera para responderte cuando les has interrumpido con esa estúpida pregunta sobre el porvenir, el futuro, lo que no es todavía pero está por llegar. Y Marta, Marta también con el suyo, colgada de su cuello y de puntillas y besándolo, besándolo con todas sus ganas. Ricardo, de este éxito debería vivir y me debería bastar. Hablo con ellas cuando creo que me necesitan Me siento a escucharlas y hago de madre. Me esfuerzo por demostrarles que pueden acercarse en los momentos malos, contarme sus dudas y cobijarse en una caricia mía. ¡No me habría perdonado una noche como esta en desvelo, preguntándome con los ojos hundidos en la almohada por qué no he sabido relacionarme con mis hijas! Dicho así, hasta me emociono, y llego a pensar por un momento que no tengo motivo para salirme de vuestro trozo del campo. Que vosotros tres podéis darme lo que yo necesito. Pero es una completa estupidez por mi parte. ¿Dónde ha estado mi esperanza cada día, cada hora, cada minuto de los dos últimos años? No ha estado en casa; ha estado en la cama de un desconocido. Me falta sólo un empujón para hacer las maletas, Ricardo, unas maletas tan ligeras que no se llenan de ropa, que no te llevan de viaje. Estarán ahí conmigo para hacerme tropezar, y caeré con toda seguridad. Se levantará en mi lugar una jovencita con mi nombre bordado en su jersey, una chica que irá caminando sola a su colegio, por la larga avenida de árboles en flor, con la mochila a la espalda.

Hace treinta y cinco años Sofía no llegaba a su colegio por ninguna avenida de árboles en flor; no había árboles, allí no crecían las flores. Tampoco hay nada de eso ahora. Sus hijas recorren el mismo camino que ella se supo una vez con los ojos cerrados. Oye a su propia madre: no salgas nunca por la puerta de atrás, que tienes que rodear la manzana para total, acabar llegando al mismo sitio. La oye: utiliza el atajo, no gires en la plaza, llegas hasta la parada y esperas en la esquina a las otras chicas. Levantarse todas las mañanas con la música clásica que elige papá para cada día de la semana, bajar a desayunar perfectamente vestida y con los zapatos atados –recuerdos tan arraigados en su memoria como la costumbre familiar de no hablar nunca de temas personales. No tocar los sentimientos.

Sofía siempre hacía caso de mamá, así que las compañeras de colegio que esperaba pacientemente en la esquina del autobús acabaron por llamarse amigas. Estas “amigas” desconfiaban de Sofía: caminaban con ella todos los días del colegio a casa y de casa al colegio, pero no lograban encontrar esas diminutas piezas personales que necesitamos para hacernos amigo de alguien, y reconocerlo con sólo oír su voz a través de una puerta o con sentir la caricia de su palma en nuestro hombro. En la conversación, se cansaron de interpretar a cada frase los verdaderos deseos de Sofía, y dieron por sentado desde el principio que no había nada que hacer con ellas. Eran tan conscientes de las inseguridades de Sofía que sabían mantenerse a distancia, como de un mal olor con el que hay que convivir. A fin de cuentas, resultaba molesto para unas chicas de diecisiete años no poder hablar con naturalidad de sexo, amor o ropa interior, y tener que esforzarse con unas palabras que ninguna de ellas quería pronunciar. Así que un día decidieron escarmentar una actitud que les parecía extraña, indigna de una chica normal.

Fue fácil encontrar al chico adecuado, el chico dispuesto a llevar a cabo el trabajo sólo por dinero. Ocurrió una tarde cuando ya aclaraba la luna, y Sofía se presentó con su vestido verde manzana abotonado de arriba abajo, del cuello a las rodillas. En el cuarto los muebles se amontonaban desordenados como si lo nuevo nunca hubiera sustituido a lo viejo –una pila de sillas ocultaba unos tablones desmontados de las estanterías, dos mesitas de niño pintarrajeadas ocupaban un extremo del escritorio– y la luz tenue de la única bombilla rivalizaba con el incipiente esfuerzo de la luna. El cuarto estaba sucio, más sucio y oscuro de lo que Sofía había visto nunca, y por un instante algo le dijo en su interior que debía salir corriendo. No lo hizo. Ya le había costado bastante encontrar el edificio de la residencia, subir sola por unas escaleras desiertas y buscar el número que venía en la carta. Ya se le había acelerado demasiado el corazón cuando encontró la puerta entreabierta y dio el primer paso dentro de la habitación. ¿Que no había nadie allí? Le parecía sentir movimiento en la terraza –una respiración, un crujido–, pero Sofía no encontró valor para acercarse a la oscuridad y descorrer las cortinas. Su cuerpo vibraba en el centro de la habitación como preso de un campo de fuerza. Las paredes forradas de papel marrón daban vueltas a su alrededor convertidas en un tiovivo de colores chillones. Acabó por descolgar una de las sillas y se sentó. No pasó nada hasta que sintió cómo una mano helada descargaba toda su aspereza dentro del vestido. Sintió el desgarro de la tela en su espalda y sintió los botones cayendo al suelo, sonando al caer como un millón de granos de arroz. Cuando los ojos de Sofía se encontraron con él, pudo ver en su mirada pena y desprecio. Él sólo encontró en ella sorpresa.

–Me pregunto por qué hay pequeños detalles que siempre recuerdo y verdaderos acontecimientos que he olvidado con el tiempo. Por ejemplo, no me acuerdo de los partos de las niñas ni de nuestro día de boda. Pero me basta con cerrar los ojos, Ricardo, un mínimo esfuerzo de concentración, Ricardo, para encontrarme otra vez con esa mirada. Cierro los ojos... ¡de todo aquello sólo recuerdo a una niña asustada de diecisiete años y unos gigantes ojos marrones que todavía hoy me observan inmóviles! ¿Por qué no voy a poder aprenderlo todo de nuevo? ¿Qué me debería retener, Ricardo? Esta misma tarde, con él,  justo después de hacer el amor, he tenido una sensación tan nueva y tan auténtica... He descansado en su pecho mientras medio dormía, y he notado cómo todo su cuerpo se pegaba poco a poco al mío, poco a poco, hasta abrazarme. Era un abrazo fuerte y lleno de calidez, como si hubiera querido extender una red sobre mí para mantenerme a su lado. Me he sentido a gusto y he deseado alargar ese momento. Ni papá, ni mamá, ni tú... Ricardo, cuando llega la hora no hacen falta palabras entre nosotros. Recojo mi ropa y mientras me voy vistiendo en el baño, oigo el ruido de la puerta. ¿Sabes el vínculo tan frágil que se crea entonces? Cinco minutos después estoy en la calle. Conduzco directamente a casa y no hay día que deje de preguntarme si es también mi hogar.

A esta hora de la madrugada cambian los vientos y el barco corrige su rumbo. Ya basta de tonterías, se dice Sofía. ¿Acaso alguien está escuchando? ¿Acaso importaría? A dormir. Como empieza a hacer frío, busca a tientas la manta y se cubre las piernas y los pies helados. Los párpados pesaban abiertos, por fin se cierran cansados. Es cuando las palabras se confunden y nacen desfiguradas en su cabeza, componiendo los dibujos abstractos y los símbolos extraños que la reducirán poco a poco al sueño. Por fortuna, Ricardo está profundamente dormido en su lado de la cama.

Pero la felicidad del primer sueño no dura mucho. Parece mentira que después de veintiséis años de casada no lo haya tenido en cuenta. Ni se le haya pasado por la cabeza cuando se repitió confiada: “mañana será otro día”. Su marido tiene la manía muy suya de revolverse en la cama en mitad de la noche. Tira de las sábanas con todo su cuerpo y las menea a un lado, a otro, hasta dejarlas hechas un ovillo a los pies. Emite unos ruidos monótonos y desagradables, parecidos a los resoplidos de sus tristes orgasmos. Lo peor es que si antes ocupaba su parte de la cama, después de tanta gimnasia vuelve a montarse encima de Sofía. Sofía suele estar dormida, pero ahora no le queda más remedio que escurrirse hábilmente de tanta ternura.

Una luz reconocible le hace pararse delante de la ventana. Al otro lado de la calle, la joven pareja por la que tantas veces bajaba las persianas, ha vuelto a casa de su cena de los viernes. Apoyada en el cristal, la pregunta surge con naturalidad: ¿por qué Ricardo? Sofía, ¿por qué te casaste con Ricardo? Le viene a la mente una de esas dichosas fotos que guardó ya no se acuerda dónde. Un chico de aspecto conformista y satisfecho de sí mismo abraza a una jovencita mucho más alta que él, de sonrisa tan infantil como vacía. Un chico y una chica definitivamente vulgares, felizmente corrientes. Los ojos de Sofía se colman de gruesas lágrimas. Recuerda el largo noviazgo, los primeros años de casados, el temor inicial a tener hijos. Recuerda la primera vez. Lo poco que todavía no ha olvidado le forma un nudo amargo en la garganta. ¿Amor? Por más que rebusca, no logra encontrar ese sentimiento en su interior. Sabe que una chica vulnerable y necesitada de afecto construyó los muros adecuados que ahora son pura ruina. Pero Ricardo... está convencida de que Ricardo nunca ha dejado de amarla, al menos de la forma en que Ricardo es capaz de amar. Él todavía es el chico de la foto. Le basta el abrigo de su mujer para conciliar el sueño cada noche. Sofía siente una extraña sensación de pena y desprecio, pero es algo por lo que ella no puede hacer nada.

Cuando vuelve a la cama, la madrugada sigue extendiendo sus hondas como una piedra que se arroja al agua. Ricardo duerme de nuevo plácidamente. Sofía le da la espalda y sonríe. Lentamente, sigilosamente, despega las rodillas y desliza sus manos entre las piernas, empezando otro juego del que su marido tampoco va a enterarse.

© Juan Montes, 2006

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Juan Montes (Madrid-España, 1983) Periodista. Actualmente realiza sus prácticas en el diario español El País.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento13_2.htm
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