Ante todo, para que alguien pudiera estar en Hora Zero debía ser valiente y no callarse nada. Para eso estaban los pateros. Nosotros decidimos levantarnos contra toda esa farsa. No estábamos dispuestos a seguir los preceptos de Hinostroza y su célebre frase de los desnudos griegos y los cholos calatos, ni tampoco el preciosismo de Eielson, o el verso hermético de otros poetas. Nuestra opción fue otra.

 

 

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Nos condenaron a muerte, como apestados

por Juan Francisco Ugarte

 

La primera vez que Jorge Pimentel me recibió en su casa fue hace unos meses atrás. Yo tenía pensado realizar una entrevista corta, sobre temas puntuales como Hora Zero, su obra en conjunto y específicamente la reedición del libro Ave Soul (Doble Príncipe, 2008). Aquella vez conversamos cerca de dos horas, pero había ciertas cosas que aún faltaban decir, espacios por llenar, anécdotas que relatar. Por ello, decidí concretar otra fecha para una nueva entrevista, esta vez más amplia y respecto a otros asuntos. Sin embargo, debido a múltiples motivos, no pudimos reunirnos hasta después de tres meses. Para ese entonces, recién se había presentado el libro Los broches mayores del sonido, conjunto de textos, documentos, manifiestos, poemas y cartas agrupados por Tulio Mora sobre la historia de Hora Zero. Así, se habló en esta última conversación acerca de los años 70, el manifiesto “Palabras urgentes” (1970), Roberto Bolaño, la poesía del ochenta y noventa, Pablo Guevara, entre otros aspectos.

¿Dentro del contexto de los años 70, cómo surgió Hora Zero?

El movimiento Hora Zero nace en las aulas de la Universidad Villarreal, que era en ese entonces un espacio totalmente distinto a otros como San Marcos o Católica. Aquí nos encontramos al azar gente que venía de provincia; por ejemplo, Juan Ramírez Ruiz (Chiclayo), Jorge Nájar (Pucallpa), Mario Luna (Chimbote) o Manuel Morales (Iquitos). Es decir, había una diversidad increíble. Y todo comenzó cuando un día yo estaba viendo unas notas en la universidad y me encuentro a mi lado con Ramírez Ruiz, quien también estaba buscando su nota. Ambos habíamos desaprobado. Desde ese día empezamos a andar juntos, básicamente por el interés que teníamos sobre la poesía. De ahí se integraron los demás. Y eso ayudó mucho a lo que finalmente fue Hora Zero, pues cada uno traía una visión distinta de lo que era el país en ese entonces.

¿Qué tanto influyeron las revistas anteriores, como Gleba, Antara, Páramo, de las cuales tú también formaste parte, en la aparición de Hora Zero?


Gleba o Páramo fueron simplemente revistas que no llegaron a conformar grupos. Se trataba de amigos que tenían poemas y los divulgaban; o sea, revistas de amigos que se publicaban entre ellos. No fueron un movimiento porque no rompieron con nada. Ya con Hora Zero se forma el movimiento, que se realiza sin algunos de esos amigos y con Juan Ramírez Ruiz, Mario Luna, Verástegui, Manuel Morales, todos ellos. A partir de ahí, Hora Zero ha tenido ochenta, cien integrantes.

Entonces lo que diferencia a Hora Zero de estas pequeñas revistas es la propuesta.


La propuesta de ruptura, decir: “La poesía peruana hasta acá fue esto y a partir de aquí va a ser otra cosa”. Sobre todo darnos cuenta de que tenía que cambiarse la poesía en el Perú. No nos identificábamos con lo que se estaba haciendo en esos momentos, podía ser excelente o buena, pero no reflejaba la manera de ser del ciudadano común y corriente.

El primer número de Hora Zero sale en enero de 1970…


Sí. En realidad lo teníamos desde diciembre del 69, pero decidimos retrasarlo un poco. Faltaban tan sólo cuatro días para el nuevo año, por eso preferimos esperar.

Y es ahí donde aparece el manifiesto “Palabras urgentes”…


Claro, que fue muy importante. En realidad, “Palabras urgentes” es el acta de libertad de la poesía peruana. Tuvimos la lucidez de darnos cuenta, porque si tú sacas “Palabras urgentes” o, mejor dicho, si Hora Zero no existiese, todo hubiera sido lo mismo. En cambio, al existir Hora Zero, al escribir “Palabras urgentes”, ya todo cambia.

Según esto, ¿qué es lo que cambia específicamente?


Cambia toda la poesía, es decir, la manera de ver el poema, la manera de sentirlo y de cuestionar permanentemente. Unos estarán de acuerdo y otros no, pero el cambio es lo democrático. Y se cambió para bien, porque Hora Zero lo que hace es liberar a la poesía, hacerla libre; ahora todo el mundo escribe como le da la gana, hay más poetas mujeres, ya no hay jefes ni patrones ni ídolos ni nada. Entonces hicimos que los que transcurran por las avenidas de la poesía sean más libres para poder juzgar o hablar. Antes de Hora Zero te ponían cabezas, topes, techos; y lo que hicimos nosotros fue volar todos esos techos para que la poesía sea más democrática e integradora. Si te das cuenta, a partir de Hora Zero se descentraliza toda la poesía. Ya los poetas, por ejemplo, de Huancayo, Trujillo, Chiclayo o Chimbote podían escribir desde su tierra, poner los personajes de la selva, de la costa, etcétera. Ya no los dioses griegos (Hinostroza), ni los incas del Haití de Miraflores de Mirko Lauer o las canchas de golf de Cisneros, ni las tías, los sobrinos… Nosotros, por el contrario, poetizábamos al otro, al que encontrábamos en la calle, a los personajes de los pueblos, de las regiones, de todo el Perú. Entonces cada poeta a partir del manifiesto de Hora Zero se dio cuenta que la poesía no estaba en Lima, sino en donde ellos estaban, en donde sea. Desde ahí, al leer el manifiesto vieron que ellos sí valían, se rompió el tabú, se rompieron los maestros y todo. Entonces, carajo, yo puedo hacer poesía desde mi tierra, con mis personajes, mis circunstancias y eso es universal. Pero sobre todo se trata del cambio del lenguaje, que luego de Hora Zero se abrió, se poetizó, desde las combis o las calles. Antes, en cambio, se poetizaba desde Londres, París; por eso, Rodolfo Hinostroza tiene una frase que dice: “Más vale un desnudo griego que un peruano calato” o “más vale contemplar el Támesis que el río Rímac”. Bueno, ahí fue la gran equivocación de la poesía peruana, desde ahí se equivocaron. Lo mismo que otros poetas, quienes muy bien pueden quedar como Ricardo Palma: el gran cronista de Lima, pero de la Lima de una determinada clase social. Sin embargo, eso no es una apertura como la que dio, por ejemplo, Tulio Mora en Cementerio general o Enrique Verástegui, etcétera. En Hora Zero hay una infinidad de poetas.

Pero también en ese manifiesto se hace una crítica de toda la poesía peruana, con excepción de Vallejo y Heraud.


Es que Hora Zero es la continuidad de Vallejo. Si tú lo quitas a él todo se desmorona. En realidad, acá hay dos columnas importantes: Vallejo y Hora Zero. Si sacas a cualquiera de estos dos no quedaría nada de la poesía peruana, sólo un intermedio que resulta intrascendente.

Ustedes, sin embargo, decían que la poesía posterior a Vallejo era sólo una copia…

Claro, una poesía españolizada. Nosotros no estábamos ni con la poesía “social” ni con la poesía “pura”. Por ejemplo, como dice César Calvo: “Venir a ver el cuarto del poeta”. Te lo pongo así: a alguien como Juan Ramírez Ruíz, que viene de Chiclayo y vive en una pensioncita del jirón Ancash, o a poetas como Tulio Mora de Huancayo, ¿tú les vas a decir “venir a ver el cuarto del poeta”? Es una visión romántica. César Calvo fue un gran tipo, excelente persona, tiene libros interesantes; pero en poesía todavía poseía ese arraigo español. Otro ejemplo es Romualdo con su “Canto Coral a Túpac Amarú, que es la libertad”: “Lo golpearán y no podrán matarlo, querrán pisarlo y no podrán pisarlo”, etcétera. Ya, está bien, ¿pero qué más? La poesía “social” en el Perú no funcionó. No dijeron nada. En un poema tú tienes que fundamentar. Por eso es mejor escribir un poema sobre el primer día de mayo en junio del próximo año; es decir, no ser coyunturales. La poesía es muy coyuntural. Preferible es escribir un poema y guardarlo un año. Con el tiempo te vas a dar cuenta si funciona o no. Pero, ¿qué funciona en un poema? El lenguaje. La actitud puede funcionar, así como en el poema de Romualdo. Sin embargo, lo más importante es el lenguaje. Y eso tiene mucho que ver con la duración de la poesía. Hay libros que sólo duran meses y luego desaparecen, se llenan de telarañas; eso ocurre por el lenguaje. Pero, bueno, te decía que no estuvimos nunca en la poesía “social” ni en la poesía “pura”. ¿Por qué? Porque creamos el poema integral. Esta vía permitió que todos los poetas pudieran potencializar más el poema, con voces y puntos de vistas. Mira, todo esto no es para vanagloriarnos ni mucho menos. Nosotros no nos creemos la última chupada del mango. Lo que intento decir es que hemos hecho un trabajo de cuarenta años, que se entienda eso.

Al momento de sacar el manifiesto, ¿ustedes se imaginaron todo lo que vendría después?


No. Nosotros no teníamos ninguna ambición de posicionarnos dentro de un establishment o canon. Lo que pasaba era que no nos reconocíamos en la tradición peruana. Tanto yo como Ramírez Ruiz, Morales, Luna, Mora y el resto teníamos lenguajes distintos de los que la poesía había ofrecido desde siempre. En otras palabras, traíamos un lenguaje nuevo, renovado y, sobre todo, auténtico. Cada uno poseía una experiencia absolutamente personal y eso permitió una apertura completa. En mi caso, trasladé muchos elementos de las barriadas, porque por algún tiempo estuve trabajando como supervisor de camiones en Inka Kola y, por esta circunstancia, conocí todo Lima a través de estos viajes. Las rutas eran larguísimas y los lugares totalmente lejanos. Entonces me di cuenta que la poesía estaba ahí, en esas personas que, quizá para otros, no tenían nada de literario, pero que para mí constituían la esencia de la poesía.

¿Y cómo así surge la decisión de pronunciarse en contra de la tradición?

Se trató de una decisión valiente. Ante todo, para que alguien pudiera estar en Hora Zero debía ser valiente y no callarse nada. Para eso estaban los pateros. Nosotros decidimos levantarnos contra toda esa farsa. No estábamos dispuestos a seguir los preceptos de Hinostroza y su célebre frase de los desnudos griegos y los cholos calatos, ni tampoco el preciosismo de Eielson, o el verso hermético de otros poetas. Nuestra opción fue otra. Hubiese sido muy fácil escoger ese camino y así obtener becas, premios, currículum. Pero decidimos dejar el festín que significa la poesía peruana y nos fuimos para el otro lado, construyendo una nueva alternativa poética, lejos de los oropeles, los diamantes y el oro de nuestra poesía anterior. Y al tomar esta medida, nos condenaron a muerte, como apestados.

¿Tanto así?


Claro, nadie nunca nos invitó a ningún recital, incluso a muchos nos botaron de empleos por ser horazerianos, entre otras cosas. Pero no nos quedamos atrás. Desde que salió el movimiento nunca hemos dependido de nada, ni le hemos pedido favores a nadie. Todo lo conseguíamos nosotros, desde amigos que tenían talleres de imprenta hasta personas que creían en el proyecto y nos alquilaban casas para que podamos vivir en grupo.

Imagino que eso permitió que se integrasen más.

Así es. Hora Zero siempre fue una familia. Primero estuvimos viviendo en jirón Huancavelica y luego en una casita de Torres Paz. Nosotros mismos nos cocinábamos y conseguíamos para el trago, los pasajes, todo en comunidad. Pero, en realidad, esto empezó en mi casa, con mi madre, quien incluso le lavaba la ropa a Enrique Verástegui y a los demás. Ella se volvió también horazeriana y siempre nos apoyó. Lo esencial para los poetas era eso: su comida, su trago y su lavada de ropa. Luego el grupo creció y nos mudamos a jirón Huancavelica, donde ya dependíamos solo de nosotros. Éramos un montón. Algunos, como Manuel Morales, llegaban los fines de semana con botellones de alcohol y piernas de chancho. Después de esto, solíamos jugar cachito. Manuel siempre decía: “Acá sólo se juega cachito y se habla de poesía”. Y así era.

Y
luego de esto te fuiste a España para formar Hora Zero Internacional. Sin embargo, no funcionó.

No funcionó en su momento, pero después sí. Tú puedes ver manifiestos en París y en otras ciudades. También hay poetas de Hora Zero en lugares como Marruecos o México.

Uno de esos poetas es José Carlos Rodríguez, que vive ahora en Francia.


Sí, y que vino para la presentación del libro Los broches mayores del sonido.

¿Y cómo se conformó la segunda etapa de Hora Zero, en la cual ya no estaba Ramírez Ruiz?

Lo que sucede es que la primera etapa fue todo pura insurgencia, discusión, debates. Por eso, llegó el momento en que cada uno necesitaba escribir, publicar libros, hacer poesía. Una vez que las provincias se constituyeron y organizaron, creímos conveniente ampliar el panorama, y es ahí cuando me voy a España para fundar Hora Zero Internacional. Al llegar, me reuní con cierto grupo de poetas y mandé una carta pidiendo permiso a los integrantes para formar el Movimiento allá. Me dijeron que no. Y yo democráticamente –porque si Hora Zero sigue vivo es porque nunca existieron caudillismos, ni jefes o líderes dentro del grupo– acepté lo que me respondieron desde Lima. Entonces decidí regresar y fue en ese momento que hablé con Juan Ramírez, incluso ambos fuimos visitar a Eloy Jáuregui que estaba preso en Lurigancho por haber robado dinero de un banco para financiar una de nuestras revistas. Lo que quiero que se entienda es que nadie se peleó con Juan Ramírez, como la gente suele creer. Simplemente él decidió alejarse.

Con respecto a los años 70, ¿cómo era la relación de Hora Zero con los otros poetas de ese entonces, por ejemplo Estación Reunida de San Marcos?

No teníamos ningún conflicto. Algunos siguen siendo amigos nuestros. Pero luego sucedieron algunas cosas. Ahora, hay personas de literatura en la Católica, San Marcos o la de Lima que forman a los estudiantes para que odien a Hora Zero. Hay profesores que detestan al grupo y lo transmiten. Esto lo sé porque los mismos alumnos me lo han contado. Algunos poetas jóvenes que seguían la línea de Hora Zero han sido marginados en estas universidades.

¿Por qué crees que pasa esto?

Por lo que hicimos desde “Palabras urgentes” y los demás manifiestos. Estas personas jamás nos lo van a perdonar y desde esos años han intentado vengarse de nosotros. Sabemos cómo es la situación. No nos quejamos de nada. Pero así es.

Sin embargo, uno de los pocos poetas que apoyó a Hora Zero y al manifiesto fue Pablo Guevara, pese a que a él también lo criticaron en el manifiesto.

Sí, recuerdo que nos encontramos con Pablo y él nos comentó que ya había comprado la revista en el Parque Universitario, precisamente en el quiosco del papá de Eloy Jáuregui. Se acercó, nos saludó y nos dijo que le parecía muy interesante lo que habíamos escrito. Desde ahí nos respetó, a pesar de que a él también lo habíamos nombrado en la lista negra. Y eso lo enaltece. Cualquier persona se hubiese enojado, como lo hicieron el resto de poetas. Pero Pablo no. Luego de este primer encuentro, tuvimos un acercamiento maravilloso, desde esos años hasta que falleció en 2006. Siempre estuvo junto a nosotros en las casas, en los cafés, en las calles. Con Pablo establecimos una amistad muy grande, prácticamente de hermandad. Él estaba de acuerdo con Hora Zero y “Palabras urgentes”. Por eso yo aconsejaría a los jóvenes, aquellos que no están muy enterados del asunto, a que lean el prólogo que le hace a mi libro Tromba de agosto. Se trata de un excelente ensayo. Pero lamentablemente, a Pablo lo marginaron, lo apartaron de los círculos, de su propia generación, incluso en San Marcos sufrió maltratos, todo porque avaló nuestro trabajo. La gente se portó mal con él. Y quiero reivindicarlo ahora, porque fue una persona que desde el inicio nos apoyó. Con él conocimos a Ernesto Cardenal en los años 70 en su casa de Pachacamac. Conocimos a su familia y siempre la respetamos mucho, eran como nuestra familia. Desde el inicio Pablo apostó por criticar la poesía peruana permanentemente, al lado de Hora Zero. Porque Pablo era eso: un cuestionador. Incluso él presentó el libro de Tulio Mora, Mitología, en el hotel La Casona, en jirón Moquegua, cuando nadie quería presentarlo. En este sentido, Pablo fue el único que se dio cuenta de lo que sucedía en la poesía peruana. Y tuvo el valor para discutir y participar con nosotros.

Ahora bien, Hora Zero siempre estuvo un poco ligado a lo político. ¿Cómo se estableció esta relación, teniendo en cuenta la época en que se vivía bajo el gobierno de Velasco?


Hora Zero nunca fue un grupo político. Hacíamos política, pero desde la poesía.

Pero estaban al límite…

Claro, al límite, pero siempre como poetas. Me acuerdo que sacábamos pancartas, así como la CGTP, y caminábamos hacia las calles. La diferencia era que mientras ellos colocaban, por ejemplo, “Reivindicación de los derechos de los trabajadores”; las nuestras decían: “Por una poesía que destruya la burguesía”. Eran pancartas bravas, en realidad (risas). Y salíamos del Queirolo, bien entonados con bastante ron, pero desfilando. Era increíble, tú podías ver a tres filas de puros poetas, marchando, mientras los políticos nos miraban asados (risas). Para mí, los poetas saben más de política que los propios políticos. 

Cambiando de tema, ¿qué opinas de las generaciones que vinieron después de Hora Zero, de la poesía del ochenta, noventa, hasta la actual?


Ellos, los poetas a partir del ochenta, fueron como compañeros de viaje. Si tú lees, por ejemplo, la poesía del noventa te das cuenta inmediatamente de la influencia de Hora Zero: la visión, el lenguaje, los modos poéticos, etcétera. Así, Hora Zero abrió un nuevo espacio. Ahora, ellos no creen en nadie, incluso pueden no creer en nosotros y está bien. Yo pienso que la poesía tanto del noventa como la actual no está del lado de la tradición del cincuenta o sesenta, sino con la que viene después, con Hora Zero. Es más, dudo mucho que ahora los jóvenes sigan pensando en los dioses griegos o en las canchas de golf. Por el contrario, me parece que eligen su propio camino, sin pensar en normas o cosas similares.

¿Y sobre la obra de poetas como Domingo de Ramos o Roger Santiváñez?


Domingo de Ramos, así como Roger Santiváñez, si bien no siguieron la línea de Hora Zero, siempre estuvieron en nuestro lado. Inclusive Santiváñez militó en Hora Zero.

Cuando sale Ave Soul (1973) empieza tu vínculo con Roberto Bolaño, ¿cierto?

Sí, con Roberto tuvimos una amistad epistolar. En el prólogo a la segunda edición de Ave Soul, él comenta una parte de la historia, pero hay ciertas cosas que no sabía. Lo que ocurrió fue que cuando yo retornaba de España, luego de mi intento por fundar Hora Zero Internacional, en el barco me encontré con un mexicano que desde el inicio me había caído muy bien. Entonces lo que hice fue entregarle gran cantidad de ejemplares del Ave Soul recién editado, que yo llevaba hacia Lima para repartirlo. Se los doné y le pedí que los divulgara por México. Al parecer, uno de estos libros llegó a las manos de Roberto. Luego, empezamos a cartearnos continuamente. Se trataban de mensajes kilométricos, donde hablábamos de infinidad de cosas. Esta relación duró mucho tiempo, hasta los últimos años de su vida.

De ese modo se unen infrarrealistas y horazerianos…


Claro, ambos grupos se gestaron casi a la par. Aunque Hora Zero era como el hermano mayor del infrarrealismo. Siempre estábamos en contacto y discutíamos respecto a diversos temas. Teníamos muchos puntos en común y eso permitió que nos juntáramos más. 

Y ahora, luego de cuarenta años, ¿contra qué se pronuncia Hora Zero?


Hora Zero siempre ha tenido un ojo vigilante. Nunca dejaremos de pronunciarnos respecto de lo que sucede con la poesía peruana. Por eso, vamos a sacar un manifiesto, conmemorando los cuarenta años del movimiento. Pero eso viene después. Por ejemplo, volviendo a lo que decías, en este debate que hubo entre andinos y criollos, Hora Zero fue un actor principal de la discusión. En realidad, fue quien detonó todo el problema. Y así, nosotros estamos en contra de los pateros de la literatura peruana, aquellos que no saben “agarrar” la poesía. Te pongo un caso: el libro que Hinostroza publicó, llamado Memorial de Casa Grande, es malísimo; sin embargo nadie lo dice, todos se quedan callados. Hinostroza tiene un par de libros interesantes, pero este no es uno de ellos. Lo que ocurre es que la crítica no ha tenido los pantalones suficientes para decir que el libro es realmente malo. Estas cosas deben decirse. Toda la vida ha sido así en el Perú, simplemente porque no quieren chocar con ciertas personas o con algunos grupos o normas. Pero eso debe cambiar.

Por último, quiero referirme brevemente a tu obra. Siempre has señalado que cada libro es distinto a los demás.


Si yo tuviera una poética en donde todos mis libros fueran iguales, entonces mi poesía sería bastante aburrida, ¿no?

Sin embargo, hay ciertos hilos que los une.


Yo creo que la creatividad, la calle, la dinámica, lo vital. Por ejemplo, En el hocico de la niebla es un poemario totalmente reflexivo, a diferencia de Ave Soul y otros que son inéditos. Es decir, siempre intento variar. No soy estático.

Y hablando propiamente de Ave Soul, cuya reedición se realizó el año pasado, ¿cómo nace la idea de las baladas?


Las baladas son un intento de recoger varias voces en la calle. Es como si alguien que recorre muchos sitios con el único motivo de mirar y escuchar. Con las baladas pretendo dar a conocer rostros distintos.

Algo que es evidente en este libro es el interés por los personajes subalternos, marginales, aquellos que no tienen voz. Además, es notoria la preocupación por la intimidad biográfica (pienso en el poema del Sargento de Aguas Verdes, por ejemplo). Esto es diferente en otros poetas de Hora Zero, donde vemos una visión centrada en la colectividad.


Claro, pero también en Tromba de agosto aparece lo colectivo. Aquí, como dices, vemos el caso del Sargento de Aguas Verdes o la madre que le llora a su hijo. Lo que pasa es Hora Zero tiene una mirada solidaria, y por eso en Ave Soul no me miro a mí mismo, sino miro hacia el otro. Dejo hablar al otro. Y de eso se trata el poema integral: una herramienta para poder democratizar la poesía.

Para finalizar, ¿qué proyectos tienes en adelante?


Lo que viene en el 2010 son puras fiestas, con grandes actividades que vamos a realizar por los cuarenta años de Hora Zero. Además, pienso publicar en octubre mi libro Jardín de uñas. Tengo también cuatro libros inéditos que aún los estoy trabajando. A mí no me gusta apresurarme para publicar, prefiero el proceso de escritura. Es lo que más disfruto.

 

© Juan Francisco Ugarte, 2009

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Juan Francisco Ugarte: (Lima-Perú, 1988). Estudia literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Escribió reseñas en el blog literario Porta 9. Es editor responsable de la Bitácora de El Hablador.

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