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La espera posible relee un discurso basado en el sujeto marginal histórico de la nación, el indigenismo literario, y concede densidad simbólica a discursos emergentes: el feminista, el gay/lesbian y el género novela en el mercado nacional/global.

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Grecia Cáceres y La espera posible: del a-indigenismo a las políticas culturales de género

por Nelson Ramírez

 

IV. Historia, historia familiar, escrituras y novela

El relato transcurre, grosso modo, durante las dos primeras décadas del siglo XX y los estertores de la República Aristocrática, como ya señalé, con ciertos eventos claves como telón de fondo: la Guerra del Pacífico (1879-1883), aludida por Aurelio (sin traza de resentimiento nacionalista), y, en torno a Vicente, las luchas indigenistas, Haya, Mariátegui y el nacimiento de los partidos populares: el APRA y el Partido Socialista en el oncenio de Leguía (1919-1930). El arco cronológico, por último, salta hasta su lugar y espacio de enunciación: el tono reivindicacionista de una mujer de los 90 y una ligazón con el discurso de los derechos homosexuales.

La presencia en la modernidad decimonónica y principios del novecientos del discurso indigenista y de la literatura, propia a las élites letradas, atentas a los modelos educativos de la razón occidental, en diálogo con un lector contemporáneo, el texto de Cáceres la representa a fin de construir su mecanismo simbólico, un andamiaje que matiza las asociaciones. Las protagonistas, subalternas en el sentido de género, por otro lado pertenecen a la élite terrateniente. En aprovechamiento del privilegio que ello entraña, leen poesía y novela, práctica que las saca del espacio doméstico a salones literarios, a interactuar con las esferas de poder de la palabra escrita, en esa “ciudad letrada” a la que Rama hizo catastro histórico.

La muerte del hacendado de ideas políticas progresistas y de vanguardia, pero que no lee, simboliza la persistencia de las letras en el imaginario del ciudadano civilizado que la nación necesita para dejar la barbarie, pues el papel protector de Isabel, ante la muerte de su montaraz padre, lo asumirá Aurelio, su futuro esposo, que también gusta de la literatura. “‘Materia para una novela’, exclamó el joven en el colmo del entusiasmo…” (198), nos cuenta la narradora que comenta Aurelio de tener que pedirle la mano a su propio padre para casarse con su prima. Ese sentido civilizador asociado al matrimonio de la clase terrateniente, a la continuidad y la vida, traspuesto a la actualidad de los 90, de hecho responde a otra necesidad: reafirmar el género novela, su valía, lo saludable de “aprender” a leer y escribir, sus cuantiosas posibilidades.

En ese vaivén de matices, el texto acentúa un prejuicio de época: los peligros para la mujer en tanto lectora. Lo que aprende y lo que deja de hacer cuando cede a esos hábitos de consumo. “Ay, si se casara, era joven y muchas mujeres todavía suspiraban al oír su nombre, si se estableciera junto a una mujer hacendosa y obediente, no una como esa huaracina que se la pasaba leyendo, la cabeza en las nubes, no, no más una así, no más …” (148), piensa Marcial sobre su hermano y Aurora; además, se infiere, de su propia esposa. A ese criterio-macho del rol social de la mujer y la literatura opone su empatía la narradora-historiadora con el desdén que siente Aurora por el mundo no leído (su límite es Vicente, su esposo), y a Francisca la describe, “Francisca, mujer sin marido, mujer que ha leído” (13); en otras palabras, que dispone de otro tipo de poder y libertades.

La literatura ofrece no sólo la oportunidad de evasión del anodino ambiente local, sino la de construirse realidades subjetivas, con el amor como gran tema del imaginario. Sin embargo, será el amor heterosexual su modelo. “Yo misma puse ese amor en su corazón, fueron los libros, maldecía Francisca. Ella ve en él lo que yo, pero no como ejemplo, lo quiere para ella, sólo para ella” (178), la narradora recuerda a Francisca lamentar el matrimonio de su prima, recriminándose haberle proporcionado literatura, “los libros”, fuente de narrativas contraproducentes a su deseo. El libro que el lector o lectora sostiene en sus manos, obviamente, les presenta lo contrario: una narrativa de modelo abierto que reconoce esos conflictos como anacrónicos o, por lo menos, que no debieran suceder en su tiempo.

Un aspecto de la trama, la relación con Chile, será una reescritura de la Historia pertinente al presente neoliberal. No todo fue animadversión en las décadas posteriores a la guerra, como lo sugiere Aurelio, educado en Santiago. Es decir, hay gradación de la identidad respecto a lo nacional en esas décadas iniciales del siglo XX. Las nuevas generaciones en la postrimerías: profesionales en un mundo globalizado donde se redefinen viejas diferencias y sentimientos nacionalistas. El gobierno de Fujimori espera emular el próspero caso chileno(16), cuyos grupos inversionistas han entrado a jugar un rol protagónico en la economía peruana, y propaga el discurso de la modernización, reactivación y salud económicas. Lejos está de ser casual, entonces, que el texto en Aurelio represente la superación del resentimiento de generaciones previas, más acorde con la autocrítica de intelectuales como Matto de Turner y González Prada que atribuyeron el fracaso a la falta de patriotismo del indio, pero encontraron a la oligarquía responsable directa de su situación(17). Quizá más importante: tampoco parece gratuito el respeto que siente Aurelio por las mujeres lectoras chilenas. En el subtexto social que permea esa caracterización, las capas medias observan con admiración el llamado “milagro chileno de la economía” y los niveles de lectoría del vecino país sureño.

La escritura, práctica de agencia, liberará de los parámetros represivos de la nación. Las cartas de Francisca contienen lo que no había entrado a la historia familiar: el sujeto homoerótico; mucho menos a la Historia del Perú que documenta la era. Las sexualidades homoeróticas se canalizan en el espacio privado de la comunicación epistolar, pero finalmente serán silenciadas en el discurso público. La lectura historicista de la narradora, su decodificación histórica, reconstruye para nosotros la vida encorsetada de su linaje femenino, sus restricciones, junto a los goces del realismo de Dickens, el romanticismo de De Vigni y de Victor Hugo en las lecturas de Aurora en el original, así como de Isabel, quien “en su silloncito retomó la lectura de su Dickens preferido” (200). Esa historización de la literatura supone un juicio o un inquirir, más que del plano temporal representado, acerca de su consumo, sus funciones educacionales, éticas y culturales en la nación circunscrita a leyes de mercado, de lecturas sospechosas (la prensa y televisión tabloides, entre ellas), en esa primera década de neoliberalismo económico en el Perú.

Las frustraciones del sujeto homoerótico del siglo XIX —Francisca sublima a través de la literatura, la fe católica y la música— podría leerse en paralelo a la decepción de las elites cultas por la desacralización/mercantilización de la novela en la década de los años 90, y su esfuerzo por hacer de la literatura, todavía, un artefacto social y cultural necesarios(18). No hay censura ni quema de libros en un colegio militar, con excepciones(19), pero a las masas y al poder les es indiferente.

Francisca, la “tía beata”, solterona, sin hijos, en otras palabras, improductiva, encontrará la manera de reconfigurar su valor social, así como de constituirse personaje simbólico de un Perú futuro, en que se hayan superado prejuicios étnicos y de identidades de género que impedían su unidad. Tras el matrimonio de Aurora, para evadir el suyo, marcha al convento en Lima. Luego, cuando retorna a Recuay, aparece a ojos de la comunidad devota católica dirigiendo un coro de niños indígenas, a quienes da lecciones de canto en su casa. Recuerdos de su pecaminosa experiencia erótica y deseos de juventud la asaltan. En diálogos de arrepentimiento con Dios y gesto indigenista se esforzará por expiar sus culpas. En un episodio, Isabel ha llegado a visitarla y una niña indígena que la llama “tía Francisca” le abre la puerta. Francisca le dice a Isabel:

“ ‘¿La princesa te abrió? ... discúlpame, estaba tan absorbida con el coro que olvidé la hora’, susurró asombrada mirando el reloj que colgaba de su cintura, ‘hace media hora que acabó la clase, los niños deben irse a casa, va a oscurecer pronto, viven bastante lejos ... Tienen voces de ángeles” (94).

Ese paternalismo con los niños, propio del discurso indigenista, ocurre en la casa gótica, creación de un ingeniero francés, muerto prematuramente. La presencia de la cultura hegemónica de entonces, en la arquitectura del lugar que habita Francisca, “mujer que ha leído”, será coherente con el afrancesamiento de Aurora, quien “había recibido una nueva remesa de libros de la librería francesa de Huaráz [sic]” (30). Pero, asimismo, al interior de la historia de la literatura, de la novela peruana a lo largo del siglo XX, influida por las letras inglesas o galas, en Vargas Llosa, Flaubert y Faulkner por ejemplo, la casa funciona como analogía de esa impronta(20) y, el interior, de los conflictos que su novelística y otras han discutido. “La casa era su único lujo. Construida a fines del siglo por un ingeniero francés, administrador de las minas de Ticapampa que apreciaba el clima de la sierra, era completamente distinta a las casas de Recuay” (90-91), nos dice la narradora. La habita un sujeto homoerótico femenino que da clases a niños indígenas, en una época de silencios y sumisión. Si bien no se caracteriza, se infiere que en esos niños, además de música, también fomentará el gusto literario y la lectura.

 

Conclusión

A pesar de su ambientación de provincia, los personajes no han sido producto ni formado unidad con la tierra y la naturaleza, como lo encontramos en Ciro Alegría, por ejemplo, y la novela regionalista(21). Hay más bien una “geografía imaginativa” de la narradora para biografiar sus ascendientes femeninos. Ese “[s]us hijos se diseminaron por el mundo” (210) reafirma su diálogo con la tendencia global, su inserción en el mercado del libro, sirviéndose del indigenismo y del relato histórico en la representación.

Por un lado, escamotea la “trilogía del mal” del indigenismo ortodoxo: el inicuo hacendado blanco o “misti”, el cura cómplice y la proterva autoridad civil. Por el otro, aunque tiene rasgos del relato histórico, tampoco lo es a la manera de la novela histórica de la identidad nacional y latinoamericana, como lee El siglo de las luces, La guerra del fin del mundo, El general en su laberinto, etc. El crítico Peter Elmore, en La fábrica de la memoria: la crisis de la representación en la novela histórica latinoamericana (1997), sostiene, partiendo del concepto de nación de Anderson, que la novela histórica en América Latina ha sido reveladora de las vicisitudes de la construcción de los estados nacionales en el siglo XIX, así como también del cuestionamiento de las mitologías nacionales en el siglo XX, desde “visiones alternativas del pasado”:

Si, como sostiene Benedict Anderson, las naciones son ‘comunidades imaginadas’, la propuesta de visiones alternativas del pasado cuestiona a las imágenes y los relatos que permiten la integración de los individuos en el dominio abarcador de lo nacional; sin la idea de un sedimento histórico común, de una herencia compartida por gentes de diversas clases y grupos étnicos, el sentimiento patriótico se convierte en una argamasa más bien deleznable (12).

En el caso de La espera posible, esas “visiones alternativas del pasado”, la idea de lo nacional en gran medida se circunscribe a las preocupaciones lectura/escritura y a las “micropolíticas” de género, según lo arriba expuesto, valores unificantes del texto. El asesinato de Vicente, hacendado indigenista que, como el indígena, tampoco lee, y el énfasis en su inadecuación del ideal como presagio de su futura muerte son notorios:

El padre que jamás le escribió una carta, que jamás comentó con ella un libro amado, que estaba privado por completo de ese mundo como si un velo opaco lo separara de su esposa. Sin embargo, él tampoco quiso aprender, nunca intentó cruzar el río, se encerró en su terquedad y hasta ahora la gente se preguntaba cómo era posible que una señorita como ella, quizá la joven más culta de Huaráz [sic], se hubiera unido a un hombre que apenas sabía escribir su nombre (73).

Alfredo Bryce Echenique, en Un mundo para Julius (1970), novela total que representa desde el realismo las taras de una aristocracia criolla y su decadencia como metáfora de un país que debe repensarse, todavía recurría al concepto de clase, de meridiana importancia en su configuración(22). El niño Julius siente simpatía por la servidumbre (proveniente de diversas regiones del país) y el narrador implícito cuenta con una distancia satírica de los refinamientos y frivolidades de la elite peruana: la decadente representada por Susan en la casona de la avenida Salaverry y la del empresariado emergente simbolizada por Juan Lucas. “Susan linda” dice “darling” y lee revistas americanas y a Juan Lucas le fascinan el golf, la tauromaquia y el whisky.

A diferencia, en La espera posible, las angustias de tres mujeres de la elite andina, que leen y desean, constituyen lo esencial del relato. Lo íntimo y simbólico desde una narradora que ha oficiado de omnisciente y que, al final, gira hacia una primera persona mujer, que habla de una primera persona del plural femenino, nosotras, constituye una totalidad mínima a-indigenista(23). Las micropolíticas de género son su espejo discursivo. Ese a-indigenismo, diferenciado de indigenismos literarios previos —el ortodoxo, el de la novela neoindigenista o de superación del indigenismo(24) como clasificaba Cornejo Polar Los ríos profundos (1958), de Arguedas, etc. —, trabaja en función del género. Entre la fusión de Aurora y Vicente, los libros de un lado (o el feminismo), y la acción política por otro (el indigenismo), conforman una semántica narrativa que parecería una cuasi novelización de ciertos rasgos de una figura como Clorinda Matto de Turner: mujer letrada andina de los últimos decenios del XIX y el primero del XX, de un indigenismo romántico de trato paternalista al indio, que abogaba contra el celibato católico(25) que tanto daño había ocasionado, para desembocar en novela de políticas de género e identidades sexuales.

La década se caracterizó por una ausencia de políticas educativas, culturales y de lectoría, abandonadas y empobrecidas durante el régimen autoritario de Fujimori(26), hiperaudiovisualizado, de las llamadas “televisión basura” y “pornoprensa”, proliferación y consumo de prensa amarilla o “prensa chicha”(27) por parte de sectores populares que patrocinara el gobierno.

En La espera posible de Grecia Cáceres, el nexo de quien no lee ni representa la literatura con el indigenismo, Vicente, cuando ya este discurso es menos apto para la representación del otro, podría funcionar como metafora del discurso relegado, la condición prescindible de la novela en el imaginario nacional, pero como planteé antes, también su continuidad, a través de otros personajes lectores. Francisca, guía espiritual y confidente de Isabel, casadera de 20 aňos, igualmente desea el bien para Aurelio, facilitando el romance de ambos sobrinos lectores y su matrimonio. La “espera” para ella, leitmotiv del relato, había terminado. Pero la espera de la narradora-historiadora que habla desde un presente, en sus prácticas discursivas de políticas de género, en pos de respeto y equidad de las identidades femenina/homoeróticas, así como la posibilidad de un incremento de público lector de novela, continúan al finalizar la novela.

© Nelson Ramírez Vásquez-Caicedo, 2009

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Nelson Ramírez Vásquez-Caicedo: (Chimbote-Perú) Doctorado en Lenguas Hispánicas y Literaturas por la Universidad de California, Berkeley (2005). Ha publicado los poemarios Azulejos de cerca (Lima, 1990) y El polen de los helicópteros (Lima, 1998). En la actualidad es profesor de Literatura Hispanoamericana en Arkansas Tech University.

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16 Véase Cotler, Julio y Grompone, Romeo El fujimorismo: ascenso y caída de un régimen autoritario. Lima: IEP Ediciones, 2001, pp. 114-119.

17 Tanto Matto de Turner como González Prada concordaban con la idea prevalente que el país había perdido la guerra con Chile porque los indios carecían de patriotismo. Sin embargo, culpaban de la situación a una anticuada olirgaquía feudal. Era el gamonal el responsable por la degradación del indio. Véase Brooke Larson, Trials of Nation Making: Liberalism, Race, and Ethnicity in the Andes, 1810-1910. New York: Cambridge University Press, 2004, p.198.

18 En la segunda mitad del siglo XIX, la novela se concebía como aporte a la construcción de la nación. Así lo señalan en el “prólogo”, “advertencia” y “proemio” de sus novelas Luis Benjamín Cisneros, Fernando Casós y Clorinda Matto de Turner respectivamente. Véase Marcel Velázquez Castro, ibíd., pp. 52-57.

19 Fenómenos similares al de Bayly en Perú fueron Alberto Fuguet <http://www.elhablador.com/resena16_7.html> en Chile con Mala onda (1990) y Federico Andahazi de Argentina con El anatomista (1997). El primero causó debate crítico y repercusiones nacionales de lectoría por el lenguaje grosero y la actitud hacia la dictadura del adolescente Matías Vicuña. El segundo, que trata de Mateo Colón, el descubridor del clítoris en la anatomía femenina, mereció el Primer Premio de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat, pero la misma Amalia Lacroze de Fortabat, directora de la Fundación, recusó la obra ganadora. “La obra premiada no contribuye a exaltar los valores más elevados del espíritu humano”, declaró la Fundación, expresando en realidad la disconformidad de la Sra. de Fortabat con el contenido erótico de la novela” En: Literatura Argentina Contemporánea <http://www.literatura.org/Andahazi/Andahazi.html>. Jueves, 9 de julio de 2009, 18:45 horas.

20 Lo mismo podría decirse para otros escritores: Onetti, Rulfo y algunos del boom. Rama señala la influencia de la literatura francesa en los escritores de Bogotá (Valéry, Giradoux, Proust) y la angloamericana (Huxley, Faulkner, Woolf), en los de Barranquilla. Véase García Márquez: edificación de un arte nacional y popular (1987), que recoge las cinco lecciones dictadas por Rama en el Centro de Investigaciones Lingüístico Literarias de la Universidad Veracruzana en 1972. Atrás quedan el costumbrismo y el realismo de los años 40 que todavía remitían en su representación al realismo decimonónico. A partir de esos aprendizajes extranjeros, García Márquez pudo reconstruir lo nacional y trascenderlo literariamente. Dice Rama: “Me parece en primer término original, en estos escritores, haber optado claramente contra la tradición nacional establecida, en favor de una tradición literaria extranjera. Esta es una postura absolutamente insólita, absolutamente contraria en apariencia, a los principios de la literatura nacional. Y sin embargo, es la única que ha asegurado la sobrevivencia y la consolidación de una literatura” (23).

21 De La serpiente de oro (1935), Alberto Escobar concluye: “La historia literaria habrá de reconocer que en esta novela la naturaleza sirve a la definición del personaje y exalta el señorío del hombre, afirmando la condición humana en el trabajo y en la libertad. La dinámica heroica de los actores subraya la atracción del paisaje en su calidad de natura contemplada, pero no hay disyunción; pues todos los elementos, inclusive los nimios y fugaces, concurren hacia una imagen totalizadora que aglutina los rastros culturales, los hábitos psicológicos, los patrones éticos, la doble norma lingüística, el carácter individual y colectivo, y los proyecta en un complejo estético, con la autenticidad de una experiencia que dice llanamente de la grandeza del mundo regional ...” (168).

22 Para su representación lingüística véase Jorge Coaguila “Un festín lingüístico”, en El color de la tierra: sobre la novela peruana. Lima: Campodónico Editor, 2005, pp. 69-73.

23 En contraste con la novela total, planteo que la totalidad minima es lo que caracteriza el trabajo de algunos narradores de los 90, es decir, la representación del fragmento como totalidad. Para La espera posible, por ejemplo, sería válido el marco teórico de Linda Hutcheon en relación con la categoría de narrativa como soporte de la representación histórica y literaria. De acuerdo con la crítica, una narrativa es un relato que presenta principio, medio y final, implicando un proceso de estructuración que imparte significado, orden y una teleología; por lo tanto, tiende a la totalización de la representación. Hutcheon, en el capítulo “Re-presenting the Past”, de The Politics of Postmodernism, ha señalado esa tendencia totalizadora en los metarrelatos históricos posmodernos: “The view of narrative that so much current theory challenges is not new, but it has been given a new designation: it is considered a mode of ‘totalizing’ representation.
The function of the term ‘totalizing’, as I understand it, is to point to the process (hence the awkward ‘ing’ form) by which writers of history, fiction, or even theory render their materials coherent, continous, unified—but always with an eye to the control and mastery of those materials, even at the risk of doing violence to them. It is this link to power, as well as process, that the adjective ‘totalizing’ is meant to suggest, and it is as such that the term has been used to characterize everything from liberal humanist ideals to the aims of historiography” (59).

24 Véase Antonio Cornejo Polar Los universos narrativos narrativos de José María Arguedas. [1972]. Lima: Editorial Horizonte, 1997.

25 Véase Marcel Velázquez Castro ibíd. p. 56.

26 Sobre ese cambio de rol del Estado, y “la necesidad de construir un Estado eficiente y eficaz …”, dice Grompone, “en ese tiempo, era entendido como la disminución de algunas de las áreas que históricamente había asumido” (p. 42). Véase Romeo Grompone La escisión inevitable: Partidos y movimientos en el Perú actual. Lima: IEP, 2005.

27 Véase Juan Gargurevich R. La prensa sensacionalista en el Perú. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú Fondo Editorial, 2002, pp. 251, 288-294.

 

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