Johann
Page
Los puertos extremos
Lima: Editorial Estruendomudo, 2004.
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Muchas
veces al tratar de calificar una obra literaria se incide
en el buen manejo del lenguaje y en lo original de la
propuesta. En la mayoría de ocasiones, los autores
caen en una verborrea aterradora, que los catapulta
por ese afán a veces expositivo de querer decir
mucho sin los elementos necesarios; más aun,
tratándose de una primera entrega. Así,
un primer libro (un primer libro honesto) siempre es
el proyecto arriesgado de un incipiente autor que quiere
trazarse un camino literario. Algunas veces lo consigue,
otras veces se queda en el intento. Este libro de Johann
Page es el paso inicial de un autor interesante y arriesgado,
pero que aún no despega de la consecución
de un estilo netamente propio. Y esto, pues creemos
que el autor conoce el oficio y se encuentra en el rumbo
correcto —donde se notan los destellos de una
obra personal pero todavía deudora de la impronta
cortazariana o borgeana—. O en todo caso continuador,
en el Perú, su país de origen, de una
tradición que pudo haberse iniciado con Clemente
Palma, continuar con algunos cuentos de Ribeyro, además
de otros seguidores. Veamos las razones de estas afirmaciones.
Los
puertos extremos está dividido en dos partes
que guardan cierta correspondencia: "Traslaciones"
y "Telegrafía". El primer cuento de
esta sección inicial se titula “Sobre el
muro”, y es una alusión directa al mito
del minotauro. En él, como en el famoso relato
de Jorge Luís Borges, “La casa de Asterión”,
el personaje es un recluso de su propio destino, que
es su prisión tras el muro. Page acierta en el
nuevo giro que puede imprimirle al relato en su base
argumental. Centra la tensión en el límite
que existe entre la prisión y el mundo exterior
para darnos cuenta de lo ambigua que puede resultar
la libertad y lo que ella implica en los confines del
mundo, además de la relación tan especial
que existe entre víctima y victimario. En este
caso el personaje es el inquilino de su naturaleza,
que es el espacio que se encuentra en lo que lo separa
a él de lo exterior, que en un primer momento
comparte con otros, que construye junto a otros, para
luego ser él quien sea el solitario protector
de su hábitat.
En el relato de Page, el mundo se muestra como una estructura
mayor, superior e inabarcable. Tras el muro, en el espacio
que le es externo, se encuentra el peligro y con él
el enemigo que lo acecha. Lo inevitable surge a través
de la inconsistencia de una parte de la edificación,
punto débil de esa función de defensa
que cumple el muro. Además, este es el mundo
propio, el hogar, para quien lo habita. En él
nuestro protagonista es el órgano vital de ese
organismo que es más parecido a una placenta
protectora. Sobre las alusiones a la naturaleza del
protagonista en un momento se denomina hombre, en otras
habla de garras que hacen alusión a un ser de
naturaleza no humana. Otro punto a resaltar es la utilización
de un narrador protagonista de la historia desde un
nosotros, primero, para luego asumir la responsabilidad
de la narración desde un yo, siempre desde el
punto de vista homodiegético. Sobre este aspecto
se construyen, asimismo, dos partes que son un antes,
en donde se tiene la responsabilidad de la construcción
del muro junto a otros; y desde un ahora que contempla
la soledad del individuo y la ausencia de toda forma
humana que lo acompañe, y que toma un matiz de
amenaza para su propia supervivencia. La paradoja de
la historia se sostiene en la gran metáfora de
la libertad-reclusión, que cumple en los límites
del muro que lo alberga. Otro aspecto a rescatar es
la proximidad del hombre de la barba que se menciona
al final del relato. En esta alusión directa
al otro, se muestra las ganas de querer ser como él,
y después, ante la incertidumbre de su muerte,
la inocencia y luego un sentimiento de culpabilidad,
injustificado para él, mas no para el resto.
Es curioso como se refiere en su contra, por su naturaleza,
un profundo sentimiento de hostilidad e indiferencia.
Al final del cuento asistimos a la revelación
del protagonista sobre los muros paralelos que se construyen
alrededor del suyo. La inminencia de un encuentro entre
él y los otros es la resolución final
de la ambigüedad de su libertad, sobre lo que lo
convierte a él en víctima o en victimario
de sus congéneres, como sucede en el desarrollo
del mito del minotauro, donde este puede acceder por
fin a un liberador que será su verdugo final.
Puede ser este relato la reafirmación de un antiguo
mito o la reescritura de nuevas preocupaciones sobre
este tema, lo que sí queda claro es que el autor
maneja con eficacia esa capacidad de síntesis
y de tensión sobre temas que llevan a una reflexión
mayor; esta característica será una constante
en el resto de relatos que componen el libro.
El
cuento “Nueva sombra del árbol” remite
inevitablemente a otro célebre relato: “Casa
tomada”, de Julio Cortázar. Las semejanzas
primarias son evidentes: existe una casa, dos hermanos
y una amenaza, que a diferencia de la de Cortázar,
en este cuento es “real” y tangible. Son
dos los espacios primordiales, la casa en sí
y la habitación de la hermana, que es donde late
la amenaza real. Los castores, en este caso, cumplen
el papel de aquello que se torna inevitable para la
propia convivencia, o son ellos o somos nosotros, pero
nunca ambos. Por eso, ante la amenaza, la huida cae
por propio peso. Aquí, como en el relato aludido
de Cortázar, el papel de la hermana es fundamental.
Hace las veces de ojo inquisidor y de filtro de la maldad,
pues sobre ella, sobre la mujer, es que se cumple el
abyecto destino de los protagonistas. Se nota claramente
que se intenta establecer paralelos entre un antes y
un después, inclusive en los propios comportamientos,
así se incide mucho en una forma oscura, turbia,
en una visión inobjetable, en la imagen última
de los castores royendo las fortificaciones de la habitación
y con él el destino de los personajes, su insalvable
devenir, además de todo lo que conlleva a la
destrucción de la casa sobre el pasado simbolizado
con acierto en la imagen de los retratos olvidados.
En
el relato “Con Schiele”, podemos observar
la actitud experimental que intenta imprimir el autor
sobre su estilo. En esta imagen surrealista este se
encuentra en la tarea de ficcionalizar al pintor Egon
Schiele. Decimos surrealista porque el autor trabaja
sobre imágenes oníricas; lo mismo sucede
con el relato que se encuentra a continuación:
“Las telas”. La fantasía subyacente
a la atmósfera impregnada de elementos pictóricos
permite ese final de locura y de irrealidad, en donde
otra vez la figura de la mujer y ese elemento demoníaco
que se le atribuye es manejado con eficacia, además
de la reproducción del tiempo y de las imágenes
a través de los espejos. En “Las telas”,
la impronta es más calma, porque se trabaja sobre
un aire de cotidianeidad que los personajes asumen a
pesar que el relato maneja un elemento sobrenatural
como es la araña monstruosa. En este relato de
ribetes kafkianos, la imagen de Gina sirve para que
el protagonista construya la idealización casi
perversa de la mujer en esas palabras que parecen acariciarla
pero que son al final el tránsito hacia lo inesperado.
El
cuento que puede despertar más interés,
porque también de da título al libro,
es “Los puertos extremos”, pues resulta
el más eficaz y sobre el cual se puede ensayar
una poética del autor (el título del cuento
que toma el libro mismo será visto en muchos
de los pasajes de los cuentos como justificación
de aquello que quiere mostrar el autor). Son dos relatos
paralelos que al final convergen a través de
no solo un propio hilo narrativo sino que los elementos
que les pertenecen llegan a una relación de familiaridad
que deja una sensación de único fin mortífero
en que se convierte la cuerda que ahorca al soldado
y a la niña entrometida llamada Sonia; en ambos
casos pareciera se da una caso de correspondencia entre
ejecutores de ambos actos entre el guardia, el abuelo
y la niña. Puertos extremos que al final terminan
encontrándose en esa enmarañada de coincidencias
que viene a ser el destino final de los protagonistas
con respecto a sus vidas. A mi entender es el cuento
que resume con más precisión el tema que
subyace a los demás relatos, el de la cercanía
de elementos que en algún momento de nuestras
vidas pueden ser lejanos pero que irremediablemente
terminan convergiendo sobre ese hálito de irrealidad
y sueño. A continuación, Page incide mucho
más con el experimento lingüístico
a la manera de su maestro Cortázar para elaborar
un pequeño relato llamado “Toponimia”,
el cual no resulta muy claro para nuestro propósito.
Sobre
"Telegrafía", que es la segunda sección
del libro, podemos afirmar que el autor se aventura
aún más en trabajar el lenguaje hacia
extremos, al punto que bordea la prosa poética,
que por momentos se vuelve muy intensa. “Mecánica
de suelos”, el cuento que abre esta segunda parte,
nos hace recordar mucho al Cortázar de Historia
de cronopios y de famas, primero por el manejo
del lenguaje, y segundo por ese aire de cotidianeidad
que se confunde con la observación casi minuciosa
de elementos que pasan inadvertidos. En “Attis”,
el autor le hace un guiño a la mitología
y construye una historia salpicada de intriga sobre
aquello que se protege y oculta en el cuarto de la madre
como si se tratara de algo maligno y poseedor de una
revelación. “Las hojas reunidas”
es la revelación de un amor no consumado que
transita por la imagen de un hombre que lo despoja de
toda posibilidad, Georgette, como lo fue Gina o Germaine,
es por momentos la idealización de esa imagen
común que las une y que transita por las páginas
del libro. El relato más inquietante de esta
parte viene a ser, que duda cabe, “Residencia”.
En este se elabora la ficcionalización del autor
como protagonista central del relato. Al parecer es
una práctica concurrente en los nuevos representantes
de la actual narrativa joven. En el cuento, Page, tributa
a quien parece ser la inspiración para el relato,
Pedro Lazo. El cuento alcanza su mayor clímax
fantástico al elaborar el cuento dentro del elemento
que lo contiene, que es el libro. Todo procede mediante
las notas que le envía aquel amigo que murió
ya hace muchos años y que irrumpe en su vida
como la advertencia de un pasaje no zanjado y que busca
saldar. Al final, el autor se ve presa de una circunferencia
terrorífica que lo tiene a él dudando
de la elaboración de un relato llamado “Residencia”
dentro de un libro que él escribió hace
muchos años llamado Los puertos extremos;
sobre los que su infortunado amigo le pide saldar cuentas
en cuanto a algunos amores que expone y que son la consecución
final de su destino. Al final asistimos al desdoblamiento
de la imagen del autor que es quien debe saldar deudas
sobre él mismo y su conciencia. Los relatos finales
“Búsqueda de casa” y “Brújula”,
son el complemento de lo que es una constante en todo
el libro: la búsqueda de la intriga sobre lo
desconocido y lo incierto, y las ganas de construir
un lenguaje que permita anclar en puertos que le son
extremos y algo arriesgados. Existe un apartado al final
del libro que intenta ser más un homenaje de
parte de otro autor. Renato Sandoval elabora “Fuga”
con el afán de redondear las imágenes
salpicadas del libro, pareciendo el propio Page en un
intento por sorprendernos una vez más.
El
sello de los relatos de Page se encuentra bajo la impronta
de la tradición de la literatura fantástica.
En ellos se refleja una elaboración a la usanza,
en cuanto al estilo, de sus maestros en el rubro, como
los mencionados Borges y Cortázar. Lo mejor de
Page en este despegue debe ser lo que en algún
momento señaló otro de los referentes
mayores, Horacio Quiroga, en aquel famoso decálogo:
el “plagio” de los maestros es una consecución
en la búsqueda de un estilo propio. Esperemos
que ese sea el inicio de una obra que adquiera ribetes
de un lenguaje realmente original y propio, cuándo
no, salpicado de toda la literatura aprendida y asimilada.

©
Aldo Incio Muñoz, 2005
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