Aleqs Garrigóz

Estefany Yamil Morales Blanco

Eduardo Reyme Wendell

Ángela Vera Temoche

Roger Santivanez

Jim Alexander Anchante

Christian Ávalos Sánchez

Carlos Germán Amézaga

a Iris Silva Aliaga

 

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La Otra Orilla

por Jim Alexander Anchante

 

La nuit descend
On y pressent

Un long destin de sang
                                                                                                          Guillaume Apollinaire


Estaba con Érika… A ella siempre le ha gustado mucho el mar… Por eso, después de dar un paseo por las calles del Puerto Viejo, fuimos rumbo al malecón. Era un día poco caluroso. Motivo de más para estar contentos y tranquilos, pues ella había terminado sus clases en la universidad y yo había hecho la última entrega de mi novela, la cual, según mi editor, vería publicada en noviembre.  En fin, era una tarde hecha para el descanso, la brisa marina y la tranquilidad. Ya habíamos almorzado, con la compañía un fresco malbec argentino, el cual, por cierto, según los entendidos suele dejar sus gratas secuelas.

Unos niños jugaban a la pelota por la plaza. Fue entonces cuando le conté a Érika una historia que sucedió hace trece años, el último de mi colegio, en este mismo escenario, pero para ser más exactos, en esa enorme y oscura casa que teníamos frente a nosotros. Rememoré aquel lejano año de 1995. Yo estaba con mis camaradas de entonces, con quienes habíamos decidido tomarnos un día libre. Nos fuimos, como de vez en cuando, por allí, y llegamos caminando hasta las antiguas calles del Puerto Viejo. Y, como ahora con Érika, aquella lejana tarde también nos llamó la atención esa mole de gastado color plomizo y enorme puerta de madera. Parecía una construcción colonial, de quincha y no de concreto como las modernas casas aledañas. Su imponente torre cuyo pináculo sostenía una especie de campanario era ajena al paso del tiempo. También observamos un enorme balcón, el cual –según interpretamos– había sido construido con una madera de una mayor antigüedad. Era esta una casona de pasado aristocrático sin duda alguna, pero envuelta en una evidente decadencia.
“¿Entraron?”, me preguntó Érika. Sí, pues notamos que una de las alas del portón estaba entreabierta. Uno por uno y lentamente. No sólo porque alguien nos viera entrar, sino porque supusimos que, de moverla, daría un terrible chirrido.

Una vez adentro observamos detenidamente el recinto. En efecto, daba a un enorme salón de paredes blancas y gastadas. El piso era una combinación de losetas blancas y rojas, descoloridas por el tiempo, que daba cierta calidez al lugar, ya de por sí tenebroso. Era un salón bastante amplio y recargado. Sillones rojos y de estilo señorial, imponentes candelabros llenos de telarañas que se perdían entre las bóvedas del techo. Ah, y lo más importante, a mi parecer: una enorme y anchísima escalera de madera laqueada, de color marrón claro, y barandas muy pero muy negras y que se abrían hacia los costados en lo alto de una segunda planta que, por extensión, debía congregar un sinfín de habitaciones.

No había ni un alma aparentemente en esa casa, salvo las nuestras. “¡Diablos!” o “¡qué casa tan rara!” fueron algunas de las expresiones vertidas por mis antiguos condiscípulos. Yo, por mi parte, sentencié sin tapujos que esta casa tenía necesariamente que estar habitada por fantasmas y que, si no nos marchábamos inmediatamente, íbamos a pagar muy cara nuestra aventurilla. Esperaba una respuesta contundente de objeción a mi aparente cobardía, pero no fue así. Unos pasos más y… ¡SAZZZZZZZ!... un ruido único, airoso y profundo, hasta el punto creo de que hubo un leve movimiento de paredes. Como es imaginable, salimos disparados como por un resorte y, minutos después, mientras conversábamos en el malecón, observábamos pensativos el campanario de la enorme casona. Era lo único que se veía a la distancia. Decidimos caminar por la playa y, pasados unos días, nos fuimos olvidando del asunto.

Érika mostraba una enorme curiosidad por lo narrado. Me preguntó si la casa estaba igual que entonces. Medité por algunos minutos frente al portón y quise traer a mi mente un rasgo, una mancha, una ligera sombra… Algo que diferenciara lo que tenía frente a mí de lo que vi hace años… Nada. Ningún rasgo distintivo. Parecía que el tiempo se hubiera detenido en esa casa (no se lo quise decir, pero observé con cierta extrañeza que no había nadie a nuestro alrededor: ni en la plaza, ni en el malecón… Los niños de la pelota habían simplemente desaparecido sin que me diera cuenta de en qué momento).

¿Y si entramos? sentí como una lejana voz, pero cuando reaccioné, ya estaba ella pegada a la puerta. Deseé que esta estuviera cerrada…, pero no fue así. Fue casi como si lo hubiera previsto: una de las alas de la puerta se abrió. El chirrido que había imaginado hace años era realidad.

Érika dio un pequeño saltito de estremecimiento que me causó cierta gracia pues el miedo se puede mezclar con la risa, como saben muy bien los orates; estaba pálida y, al tocar su mano, me di cuenta de que lentamente se le bajaba la presión, como es común en ella. Apreté fuerte su mano para que recordara mi protección. Ella se percató, sonrió y mejoró la situación.

Entonces entramos. Era una sensación extraña, pues estaba justo ante la casa de mis recuerdos. No había una sola huella que me diera la entrañable seguridad del inexorable paso del TIEMPO... La imaginación nos suele hacer jugadas de tipo sorpresivo, de consecuencia inesperada… y así era: la soledad de una casa de puertas entreabiertas durante trece años me parecía algo totalmente sospechoso... como una sombra que siempre hubiera caminado por la misma orilla…

Traté  de  que  mis  emociones  no  se  exteriorizaran.  Érika (esa disposición de su ánimo me pareció también nueva y totalmente desconocida en ella), mientas iba entrando, miraba… auscultaba… analizaba con encanto, sentía el hechizo por lo desconocido, lo prohibido de entrar a una ajena casona solitaria… mientras el sol caía y las tinieblas iban tenuemente opacando la luz del día.

¿Y si subimos?

Yo no me había movido de la puerta. Ella (y esto sí comenzó a sobrecogerme) estaba subiendo las escalinatas. Me impresionó cómo su bello cuerpo se deslizaba entre las tenues sombras que ya iban ocupando ciertos fragmentos de la casa.

Espera susurré.

Al subir las escaleras, sentí mis piernas como si fueran dos bloques de cemento. Mis movimientos eran lentos y torpes. Sin embargo, debía acelerar, pues Érika se me perdía de vista. Ella se dirigió hacia el lado derecho. Volteé y vi un similar pasadizo que comenzaba justo donde terminaba la baranda negra. Era idéntico al lugar adonde nos dirigíamos: todo oscuro y tenebroso… Caminé por entre las sombras sin ver dónde estaba... cuando en eso sentí su mano tomando la mía, mientras con la otra trataba de taparme la boca y evitar así una posible exclamación, que hubiera sido terrible en ese momento. Aún no me daba cuenta de lo que pasaba…, pero pronto… pude ver todo lo que sucedía.

Érika y yo apretadas las manos y muy cercanos nuestros cuerpos estábamos viendo por una puerta semiabierta de una de las tantas habitaciones de ese oscuro pasadizo. No sé si ella la había entreabierto. No podía preguntárselo. Simplemente no podía hacer el menor ruido. Ni siquiera el mínimo movimiento. Sólo sé que estaba detrás de ella y que lo que veíamos reclamaba la mayor concentración.

En la recámara había una pareja. El hombre estaba sentado en un fino sillón recubierto de raso rojo. Frac, bigotes y cabellos rubios, expresión madura y cigarrillo entre los dedos. Se veía que era todo un caballero. La mujer estaba frente a un espejo plateado, tenía puesto un vestido color topacio, con encajes también muy brillantes. Su piel era muy blanca. Su cuerpo, delicado; su expresión, risueña. El cabello era castaño y estaba recogido en un enorme moño de sabor clásico. En eso él se levantó, se fue acercando lentamente hacia la dama sin decir palabras, sólo la expresión de los ojos. Besó su nuca descubierta con finura mientras iniciaba sus caricias y, al parecer, despertó en ella tal sensación que levantó lentamente el rostro y, abriendo la boca con delicadeza, comenzó a dar ciertos respiros quedos que sin duda eran una invitación al hechizo de la piel.

Él ya tenía las manos sobre su amante, y realmente sabía dónde ponerlas, pues hurgaba entre las mayores delicias de la mujer. La piel blanca de sus pechos se sonrojaba debido a las caricias que se le otorgaban, mientras con la otra mano la había finamente apresado por la cintura, y ya se dirigía a los listones… y en ese preciso momento le jalaba lentamente los listones y el vestido vino a dar directamente en la alfombra.

Lo que sucedía en aquella habitación era algo realmente intenso… y sobre todo por esa finura y delicadeza de los movimientos. Y Érika allí a mi lado. Poco a poco fue apretando fuertemente mi mano, causando una presión que se relajaba o intensificaba creo yo de acuerdo con las caricias de los amantes. Érika, quien estaba delante de mí, comenzó a pegarse a mi cuerpo y a frotarlo, con cuidado, a acercar mis labios hacia sí, y yo respondía, contrariado y excitado a la vez (en nosotros se iban fusionando el miedo al descubrimiento y la atracción a ese peligro… porque sin duda los placeres más intensos son los marcados por la sorpresa y la prohibición…).

Pero de pronto… toda la excitación  desapareció como un golpe seco. Fue algo en que demoramos en reparar… como hechizados: mientras el caballero acariciaba el claro cuerpo de la hermosa mujer, había ido sacando una oscura daga de entre sus ropas… la cual se balanceaba al ritmo del cuerpo de la excitada mujer… y… en eso le hundió la daga… en el pecho. ¡La blanca piel se fue tiñendo de SANGRE!... Todo estaba consumado: ella expiraba y caía muerta ante nuestros ojos… y… de pronto… él levantó la mirada: ¡nos había descubierto! Era su expresión la que nos envolvía y nos llevaba a una situación confusa… ¡La presencia de la MUERTE en nosotros!

Érika dio un grito terrible y se desmayó. Yo sólo atiné a tomarla y tratar de correr… pero no podía. ¡No podía!... Mis pasos eran lentos… su cuerpo se hacía cada vez más pesado… y mis piernas… no respondían. Eran como dos bloques de mármol. No sé cómo llegué hasta la escalera… y él… lentamente… se acercaba con la daga ensangrentada en la mano… y… no sé muy bien lo que pasó… Dejé a Érika en el suelo. ¡Él no le haría daño! Miré a mi alrededor: ¡nada con qué defenderme!... Él se acercaba y a pesar de la oscuridad logré observar su figura y… sobre todo… esos brillantes ojos que solo despedían maldad… y deseo de venganza.

Érika… ¡Érika!

Ya no podía descubrirla de entre la oscuridad… y las tinieblas… ¿Había desaparecido?... El corazón me latía con gran intensidad… ¡Y las piernas que no me obedecían! Él se acercaba más y más... en sus ojos pude descubrir el MAL... ¡Porque Él era el MAL!... ¡Y había venido por nosotros!... ¡Por mí!... No se había olvidado de aquello de lo que tanto me he arrepentido… y hoy está aquí… como había temido, desde aquel día… ¡Que alguien me ayude!... ¡No puedo moverme!… A…

¡Despierta! ¡Despierta!

¡Qué! ¡Qué pasa!... Érika… Qué pasa…

Era una pesadilla, mi amor. Estabas soñando.

Qué… Soñando… ¿Soñando?

Sí, amor. Te quedaste dormido y estabas soñando. ¡Pobrecito! ¡Ven! No te preocupes. Yo te voy a cuidar. Ven, abrázame fuerte. Yo te voy a cuidar.

Caramba… Qué tal sueño.

¿Te sientes bien?

Sí… Sí… Ya se me pasará… Tranquila… Ven, bésame.

Ya… Ya pasó, mi amor. Ya sé. Mejor salgamos a caminar un rato. Todavía no son las cinco. Así te despejas un poco. ¿Qué te parece?

Perfecto. Será bueno respirar un poco de aire, ¿no?

Sí… Ya sé… Vamos al Puerto Viejo… Al malecón… Tú sabes cuánto me gusta el mar.

 

© Jim Alexander Anchante, 2009

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Jim Alexander Anchante (Callao-Perú, 1979) Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Dedicado a la docencia y a la investigación, está preparando una tesis sobre la poesía de Martín Adán. En el invierno del 2006 publicó el poemario Resquicios. Obtuvo el segundo puesto de los juegos florales de poesía (2008) de la Alianza Francesa de Lima con su poema “Intime transformation de l’automne”..

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento16_1.html
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