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Celebración de la muerte

por Jack Martínez Arias

 

Santiago Roncagliolo
Abril rojo
. Lima: Alfaguara, 2006.

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El premio Alfaguara de Novela aún no ha logrado tener el prestigio que requiere para establecerse como un galardón que signifique algún paradigma determinante de calidad en el mundo literario de habla hispana. Sin embargo, el abordar la última obra ganadora, esto se torna ineludible porque marca notables diferencias positivas respecto a las anteriores y, además, porque su aparición ha conllevado una cobertura mediática importante en nuestro país, ya que Abril rojo (el libro ganador) pertenece al escritor peruano Santiago Roncagliolo (Lima, 1975).

Refiriéndonos propiamente a la novela, el desarrollo temático de Abril rojo obedece a los clásicos parámetros de una novela policial sangrienta, en la que el protagonista, el fiscal distrital adjunto Félix Chacaltana Saldívar, intenta develar la identidad de un asesino en serie. Sin embargo, la particularidad de la historia (y acaso el acierto más relevante) es que el modelo estructural de la trama —que tiene sus mayores exponentes en novelas norteamericanas de contexto urbano— es aplicado en un escenario atípico, en la serranía rural de Ayacucho.

Así, las acciones de la historia están comprendidas en el transcurso temporal de casi dos meses, desde el 9 marzo, hasta el 3 de mayo del año 2000. Es decir, cuando Ayacucho aún vive los rezagos del terrorismo que, sin embargo, quieren ser ocultados por las autoridades a fin de aparentar paz interna, ya que el presidente de la República de ese entonces, Alberto Fujimori, podía silenciar el terror que aún vivía aquel pueblo —y sus alrededores— con la dominación total de la opinión pública a través de los medios de comunicación.

En estas circunstancias, llega de Lima a Ayacucho el cándido fiscal Chacaltana, quien retorna así, y luego de muchos años, a su pueblo natal en el que vivió cuando infante. En dicha localidad ejercerá las labores propias que competen a su cargo.

Pero el protagonista se siente extranjero en su propio terruño. No está familiarizado con la informalidad imperante de las autoridades estatales en pro de intereses particulares de sus superiores con residencia en la capital, y cree ingenuamente en el aparato judicial, así como en que las leyes en ese lugar se cumplen a cabalidad. En ese sentido, el personaje se torna en un ser enceguecido por la obsesión de querer hacer las cosas conforme mande el reglamento del Código Civil, y así obtener algún reconocimiento que fortalezca su bajo autoestima (reflejada en su egocentrismo excesivo) y, con ello, llamar la atención de quienes siempre subestiman sus investigaciones.

Para tal efecto, en la novela se introducen, entre capítulo y capítulo, informes judiciales que en resumidas cuentas, narran los hechos referidos a la investigación que Chacaltana realiza para dar con el asesino. Fuera de éstos, que son desarrollados con un lenguaje acorde a aquellos fueros burocráticos —incluyendo contadas faltas de ortografía propias de un fiscal mediocre—, el resto de la novela es narrada en tercera persona, por una voz de lenguaje ágil y coloquial, que desde su omnipresencia muestra a Chacaltana como a un limitado mental, a quien no le basta ser la burla de los demás por su neurótica creencia en el normal acatamiento de las leyes y la aplicación de la justicia, sino que, además, en su vida íntima, cree conversar con el fantasma invisible de su difunta madre y protectora. “El domingo tuvo que dormir en la cama de su madre para sentirse seguro”, se puede leer en la página 69.

De esta manera, a través de la historia, Chacaltana pasa por diferentes circunstancias que no hacen más que acentuar su condición de “extraño”, desde su desconcierto ante las celebraciones de la muerte que se concentran con mayor notoriedad en la Semana Santa de Ayacucho, hasta el proceso electoral presidencial, en el que participa como observador en un pueblo a los alrededores de Ayacucho. Chacaltana no puede asimilar con facilidad que las elecciones sean fraudulentas a vista y paciencia del resto, que, a diferencia del fiscal, acepta los hechos con naturalidad y hasta beneplácito.

Respecto a la funcionalidad de la narración, señalaremos que ésta resulta atractiva, ya que traslada con facilidad al lector por los diferentes acontecimientos, los mismos que están marcados por el terror y suspenso propios de un thriller bien estructurado.

Pero si hay algún momento en el que se interrumpe esta llevadera ilación de la historia, es en la parte final, donde los diálogos sugerentes hasta ese entonces se convierten en inverosímiles. Nos referimos a la conversación que desarrollan Chacaltana y el asesino en serie, que a la larga desemboca en la explicación de un poco convincente móvil de los homicidios.

Con todo, se ha dicho ya muchas cosas de esta novela, que ha llevado inclusive a denominar a Roncagliolo como el escritor que tomará la posta que Vargas Llosa ha llevado exitosamente durante mucho tiempo. Ello ha tenido como consecuencia la forzada identificación de aspectos que señalarían la determinante influencia del autor de La casa verde (1965) sobre Roncagliolo. Por ejemplo, se vincula la temática policial de Abril rojo con la desarrollada en ¿Quién mató a Palomino Molero? (1986); o el apego obsesivo al cumplimiento de las leyes del fiscal con el mostrado por Pantaleón Pantoja en Pantaleón y las visitadoras (1973); y el lenguaje utilizado entre los militares de Abril rojo, que remitiría, a su vez, al empleado por Vargas Llosa en La ciudad y los perros (1963).

Pero estas vinculaciones, paradójicamente, no buscan más que quitarle méritos y originalidad a Abril rojo, una novela que, si bien es cierto, se vale de sucesos ocurridos en nuestra reciente historia, alcaza a traspasar los límites del realismo vargasllosiano para internarse en un mundo y en una situación más extrema.

Por todo ello, y aun con las limitaciones del final, consideramos que Abril rojo es la mejor novela escrita por Santiago Roncagliolo.

 

© Jack Martínez Arias, 2006

 

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