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La soledad de la página en blanco (Guillermo Amorós Uribe)

 

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La ciudad escriturada. Lima como sujeto de la poesía peruana contemporánea

por Rafael Ojeda


Luis Fernando Chueca, José Güich Rodríguez y Carlos López Degregori (editores).
En la comarca oscura. Lima en la poesía peruana 1950-2000. Lima: Universidad de Lima, 2006.

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En el ámbito de las representaciones textuales que se hacen de las urbes contemporáneas, las ciudades no sólo son presentadas como realidades políticas y sociales, sino también como realidades físicas, psicológicas, estéticas, además de realidades simbólico-discursivas que tienden a tornarse en un documento ilustrativo del momento histórico en el que ésta se ha producido.

De toda esa diversidad de representaciones urbanas, la literatura ha ocupado un espacio privilegiado, debido a las múltiples descripciones surgidas a partir de aquella aspiración de recrear el espacio urbano decorándolo, como una salida esteticista hacia la ciudad letrada expuesta por Ángel Rama, o más precisamente, en la indagación planteada por Laura Scarano, en su Ciudades escritas, ensayo que, por lo expuesto en el libro, al parecer sirve como referencia a lo que Luis Fernando Chueca, José Güich Rodríguez y Carlos López Degregori desarrollan en En la comarca oscura. Lima en la poesía peruana 1950-2000, valioso estudio cuyas líneas proponen un acercamiento a la ciudad-capital peruana, vía las múltiples representaciones que se han hecho de ella en poéticas diferenciadas como las de Wáshington Delgado, Carlos Germán Belli, Pablo Guevara, Luis Hernández, Marco Martos, Antonio Cisneros, Jorge Pimentel, Abelardo Sánchez León, Cesáreo Martínez, Carmen Ollé, Róger Santiváñez, Domingo de Ramos, Monserrat Álvarez, Martín Rodríguez-Gaona y Miguel Ildefonso, en el último medio siglo.

La pretensión de recorrer “la ciudad de Lima y sus laberintos durante los últimos cincuenta años”, vía un análisis parcial de la producción lírica peruana, tomando a nuestra capital como sujeto representacional de la poesía contemporánea, nos sitúa en un contexto trascendental debido a los conflictos sociopolíticos que afectaron a nuestra capital durante el período estudiado. Sobre todo porque aquellos años significaron el tránsito y clausura definitiva de la noción de ciudad tradicional, celebrada aún como una suerte de “Arcadia colonial” por los gustos aristocráticos que subsistieron a las primeras décadas de la era republicana, hacia la configuración actual de una Lima convulsionada por el desborde popular y los nuevos sujetos sociales que han marcado la nueva imagen limeña. Es decir, los años en que la capital ha dejado de ser la aclamada ciudad jardín para convertirse en “Lima la horrible”, frase que —a decir de los autores— sintetiza “apropiadamente la actitud de la poesía de la segunda mitad del siglo hacia la ciudad que, ha pesar de ser en muchos casos conflictivamente amada, no ha dejado de ser objeto de denuestos y origen de remordimientos” (14).

Pese a que un acercamiento al estudio de la ciudad, a partir de sus representaciones poéticas, puede permitirnos una reconstrucción de la historia limeña reciente y de los procesos sociales que la han afectado durante las últimas décadas, cabe el riesgo de tener que aceptar algunas lecturas distorsionadas de la realidad, debido a que, en la mayoría de los casos, estas descripciones suelen ser confesiones de parte, mediatizadas por sus particulares sensibilidades. Y quizá, debido a esa carga emocional, deberíamos detenernos en un parágrafo tomado del sociólogo George Simmel, citado en este libro, que encabeza uno de los poemas de Abelardo Sánchez León: “La ciudad es un estado mental”, frase que podría darnos la clave para una lectura esclarecedora del presente volumen, afectado por las constantes hiperbólicas y la descarga emotiva de los textos tratados.

A lo largo de sus 264 páginas, En la comarca oscura. Lima en la poesía peruana aborda, desde una perspectiva poco estudiada y partiendo de la lectura acuciosa de las transformaciones urbanas registradas por la poesía del período en mención, algo que, en términos de Pierre Bourdieu, podría definirse como la incidencia de un campo sobre otro, es decir el cómo los conflictos del campo sociopolítico han incidido en lo literario, transformando la particular retórica de los autores seleccionados.

Allí la asociación Chueca, Güich y López Degregori ha logrado plasmar, no sólo esa imagen atormentada, monstruosa y conflictiva de la ciudad-capital que recorre la poesía contemporánea —actitud que por lo demás ha sido una característica relevante de todas las vanguardias—, sino también, además de un acercamiento descriptivo a la obra de los quince poetas tratados, reconstruir el itinerario estilístico seguido por la poesía urbana en estos últimos 50 años, evolución que va desde un tradicionalismo retórico formal, hacia un coloquialismo y desestructuración discursiva tendiente al hermetismo, formas que han sido las cualidades que mejor explican la poesía actual.

Partiendo de una clasificación generacional que se extiende por un lapso diez años —es decir una década—, el libro aborda el estudio de quince escritores “fundamentales” para entender la dinámica de las representaciones de la ciudad en la poesía peruana del período en cuestión —división que de por sí ya es problemática debido a que resulta, en términos de tiempo, insuficiente si se quiere abarcar, como distintivo generacional, la “sensibilidad vital” de un período específico que, a decir de Ortega y Gasset, debería tener un intervalo de 15 años—. Mas lo cierto es que “temporalizaciones” de este tipo, obedecen más bien a la afinidad que tiene la literatura presente con las secuencias establecidas por la contracultura y las movidas underground de las grandes urbes, caracterizadas por la fugacidad como reflejo de las renovaciones sociales.

Los poetas de la generación del cincuenta estudiados en este libro —Wáshington Delgado, Carlos Germán Belli o Pablo Guevara— abordan la ciudad sólo de manera tangencial, pues sus referencias oblicuas a Lima, son innominadas y deslocalizadas, lo cual podría hacernos pensar que la inclusión de estos en el volumen, sólo puede entenderse forzadamente, pues sus referentes urbanos, cuando los hay, están situados en un espacio que podría referirnos a una ciudad cualquiera, aunque esa omisión referencial se explique en el hecho de que la capital de los años cincuenta, era aún una metrópoli incipiente, no distante del entorno rural que lo circundaba, y conservaba aún el ambiente tradicional que lo caracterizaba. A diferencia de los recursos poéticos de referentes casi universales y la búsqueda permanente de nuevos causes expresivos de Wáshington Delgado, esa cercanía rural es notoria en la producción de Belli, que se refiere todavía a Lima como un valle; algo que irá cambiando en las representaciones de la generación siguiente, insinuadas ya en las críticas de Guevara a la “ciudad moderna”, presentada como represora y negación de un pasado áureo y de justicia pre-occidental.

Los estudiados de la generación del sesenta, son Luis Hernández, Marco Martos y Antonio Cisneros. En ellos las referencias a Lima ya son directas, pero con una hostilidad que asumirá ya aquella imagen conflictiva que será llevada al extremo por la generación siguiente. En ellos, la poesía se detiene en una estética conversacional, explorando en el antilirismo, la ironía y la narratividad. Características que en Hernández se plasma en una poética con registros de los modos marginales y usos lingüísticos del barrio, con seres desventurados habitando en una ciudad terrorífica, violenta y represiva, ante la degeneración del poder; en tanto en Martos las percepciones urbanas están presentadas como visiones desencantadas por un desarraigo provinciano, que Cisneros describe como una confrontación de tradiciones, de referencias historicistas que tienen su centro en la ciudad.

La del generación del setenta será la que reflejará por antonomasia por los efectos de las migraciones, algo sobre todo sensible en la poética de Hora Zero, con Jorge Pimentel, que desde aquella actitud neovanguardista —características a todos los integrantes del movimiento—, que, negando las tradiciones precedentes, buscará destruir el canon enarbolado por las instituciones poéticas nacionales, con la imagen de Lima representada como una catástrofe a ser poetizada, vía la poesía integral, cuyas incidencias en el habla popular serán muy marcadas. En tanto, Cesáreo Martínez —caso no tan atípico durante ese período— describirá una fuerza social y política desgarrada inundando la ciudad, con una incursión provinciana no presentada como opción por el exilio que alude convencionalmente a los migrantes, sino como un retorno a la ciudad originaria, tras el destierro perpetrado por los conquistadores a sus antiguos habitantes. Cambios de configuración descritos desde otro sentido en la poesía insular de Abelardo Sánchez León, donde Lima es presentada como una “ciudad subjetivada”, descrita con intensidad casi narrativa en poemas que dejan vislumbrar el particular caso de un limeño de extracción burguesa, que ve como testimonio de parte, cómo su entorno urbano, la ciudad soñada, se desmorona ante la incursión del otro que revela su obsolescencia.

Ese mismo hilo conductor, puede verse en la generación de los ochentas. En actitudes como las de Carmen Ollé, continuación de las inquietudes horacerianas, que irá abriendo el espacio limeño hacia un cosmopolitismo urbano descrito desde su sensibilidad femenina; el caso de Domingo de Ramos, que nos revela una ciudad que emerge de manera expresionista, como un espacio del espanto poblado de seres marginados —cabros, putas, niños aspirando terokal, zonas punk-metal-chicha— pero tratados, ya no desde la visión de los excluidos, que caracterizara a la generación anterior, sino desde una sensibilidad más bien subterránea heredera de las contraculturas ligadas al rock, en boga en los espacios culturosos, y que caracterizará también a la poética de Roger Santiváñez, quien presentará a Lima como una gran cloaca de calles nocturnas y violentas, y cuya poesía estará inundada de atmósferas alucinadas, psicodélicas, que devendrán en un hermetismo impresionista, ante ausencias descriptivas.

En líneas generales, Monserrat Álvarez y Martín Rodríguez-Gaona continuarán en esa misma ruta pero desde una sensibilidad despolitizada característica de los noventas, la primera presentada desde una mirada expresionista y desalentada ante una ciudad violenta en la que campea la precariedad, la mediocridad y la podredumbre; el segundo, desde una mirada intimista de referencias extraídas de la cotidianidad juvenil de un integrante de la clase media limeña vía un uso coloquial, claro e irónico del lenguaje; además de la mirada de Miguel Ildefonso, cerrando el volumen, con una representación de la capital inusitada y dispersa, y una obra en proceso que ya nos permite ver algunos frutos relevantes.

Tal vez la importancia mayor de la presente publicación resida en que su aparición viene a llenar ese casi vacío dejado por la crítica literaria, ante la escasez de reflexiones de este tipo y reconstrucciones de la historia de Lima a partir de la poesía. Algo que podría situarla como una obra inaugural, de no ser que este estudio deba ser visto más bien como continuación y complemento del libro Presencia de Lima en la literatura, publicado en 1986, sobre todo en el apartado desarrollado por Abelardo Sánchez León, La presencia de Lima en la poesía actual, citado constantemente en los múltiples ensayos aquí compilados.

Es evidente que todos los intentos críticos y lecturas exegéticas, pese a la honestidad de las interpretaciones, tienden a ser subjetivos. Algo de esto se evidencia en algunos excesos que se desprenden del libro en cuestión, como en el análisis de la obra de Carmen Ollé, en la que a Güich le resulta llamativo (177) que el distrito de Lince sea considerado como una ciudad “bella”.

Pese a que los autores han planteado como pretexto aglutinante la idea de que la selección obedezca a un orden cronológico, que los estudiados tuvieran procesamientos diferentes y enfrentados de la experiencia de la ciudad y visiones en las que predomine un diálogo crítico, conflictivo y hostil con la capital peruana que, pese a ostentar chispazos sorprendentes de belleza, es sobretodo monstruosa, infernal e inhumana (13-14); tras una lectura atenta del libro, nos queda la inquietud de saber cuáles han sido los criterios de selección de los autores que estudiados, debido a las visibles ausencias y omisiones de autores emblemáticos que se dejan extrañar, debido a las recreaciones del espacio urbano como sujeto poético que trasuntan sus libros. Y tal vez, sólo como una muestra parcial del espectro poético contemporáneo, este estudio está destinado a convertirse en un material imprescindible que por ahora espera ser complementado.

 

 

© Rafael Ojeda, 2006

 

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/resena12_1.htm
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