Horno de reverbero y Ars Brevis (Christian Elguera)

La Poesía Hispanoamericana y sus metáforas (Camilo Fernández Cozman)

El corrido de Dante (Omar Guerrero Alvarado)

La iluminación de Katzuo Nakamatsu (Giancarlo Stagnaro)

La línea en medio del cielo (Jack Martínez)

El viaje a la ficción (Marlon Aquino Ramírez)

Mi cuerpo es una celda. Andrés Caicedo (Gabriela Falconí)

La horda primitiva (Augusto Carhuayo)

Pecar como Dios manda (Rafael Ojeda)

 

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El verbo mundano

por Christian Elguera

 

José Donayre Hoefken
Ars Brevis
Lima: Mesa Redonda, 2008.

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Ars brevis (Mesa Redonda, 2008) nos coloca ante exceder la fría e incolora verdad, de toda superficie. La lectura del texto significa así una exploración por regiones, sórdidas, misteriosa, mundanas, por las ventosidades humanas, material del cual Donayre extrae una escritura áurea. Esta perspectiva no trata de incidir en escenarios extraordinarios, de una desrealización de la realidad, sino de una nueva mirada de la realidad nuestra, mirada aguda y ficcional, en la cual se desarrollan cada uno de los textos. En última instancia podría decirse que se trata de una desrealización que actúa a partir de una profundización de la realidad. Un ejemplo de esto lo encontramos en el texto “La ruta de los portulanos”, en el cual un marinero al enterarse que la brújula que ha encontrado pertenece Raimundo Lulio Sabía que estaba muy cerca de otra respuesta, aun más importante, que este coleccionista y expertos en cartas de marear pretendían esconder o disfrazar”. Así una simple brújula se convierte en algo trascendental. Destáquese además la presencia de Lulio, la cual es el leit motiv del presente libro, más que por la similitud de títulos (pues Lulio escribió también un Ars Brevis), o ser éste un alquimista (tema que como vimos en HR resulta esencial para la comprensión de nuestro autor), parte nuestra consideración del carácter de respuesta del Ars de Donayre al Ars de Lulio, establecida a partir de una afirmación de la vida que se desarrolla en diversas variantes: lo fantástico, lo mundano, la ficción ante la verdad.

Donayre, a la manera de escritores como Luis León Herrera y José Durand, construye muchas de las ficciones breves de Ars Brevis (AR en adelante) siguiendo la modalidad fantástica, tal es el caso, por ejemplo, de “Incierta manera de ser” donde una incomprensible descripción de la anatomía humana: “Un hombre despierta y descubre que tiene dos manos derechas. La izquierda la palpa con desesperación” (p. 36)  nos enfrenta a lo desconocido y desconcertante, enfatizado al no incurrir el autor en ninguna aseveración de la condición del personaje y en su estado de asombro. En esta medida, Donayre nos ofrece además la posibilidad de otro mundo, cuestión de suma importancia en su obra, ya que de ello trata el juego de la ficción que urde. Otro caso de esta relación fantástico/ficción breve –que por cierto va acorde con la impronta híbrida de este último–, lo encontramos en “Salven  nuestras manos”, texto en el cual, ante una ominosa e indecible presencia, así se dirá: “Quiero imaginar que era tu sombra” (p. 37), la cual provocará el pánico de los espectadores, pues aquella presencia subvierte cualquier estamento racional, tanto es así que la narradora dirá, al referirse a la marca que tal acontecimiento dejó en su marido, lo siguiente: “Pero tú ya no estabas ni volviste a ser el mismo. Jamás regresaste de esa extraña prisión que congeló tu sangre” (p. 37).

Un punto que queremos destacar es la manera cómo, en un breve espacio, Donayre logra no sólo la densidad, sino un desarrollo narrativo, específicamente la peripecia, esa acción que desemboca en otra, lo cual le permite dar un giro sorpresivo a su historia. Encontramos esto en textos como “El tema del escritor delicuescente” y “Sociedad de auxilios mutuos”. En “El tema…” el tema de un hombre que entra en un bar preguntando por un hombre llamado Gary, no parece ofrecernos mayores efectos, no obstante, llega un momento preciso en que se despliega los mecanismos de lo extraño cuando este hombre le dice a uno de los comensales, un poeta: “«Me dijo [Gary] que si no lo encontraba a esta hora con ustedes era porque tú te habías ensuciado las manos de la peor manera»” (p. 27). El asunto cobra así un inesperado traslado, pasamos de lo habitual a lo extraño, resaltado cuando el hombre dispara al poeta, y por el hecho de que nunca se nos brinda ningún detalle físico o psicológico de aquel hombre. Por su parte “Sociedad de…” vuelve a situarnos ante una escena cotidiana: un hombre que llega a su centro de trabajo, quien fija su atención en César del Solar, quien buscaba escribir con la palabra exacta. Ahora, el giro inesperado acaece cuando este hombre saca un navaja oxidada y se acerca a César del Solar, y aún más cuando este le dice: “Prefiero la palabra a la vida” (p. 38). Nos hallamos ante una presencia de muerte en un ambiente estable, que hace que la acción del hombre devenga en explosión. Se trata además de una reflexión sobre la escritura: es necesario que lo estable, lo oficinesco muera para poder liberarse, para poder explorar la palabra, sino se corre el riesgo de que nuestra escritura esté plagada de solecismos. Se trata así de un credo, de una fe por la palabra, por el léxico trabajado, por ese verbo alquímico que Donayre nos brinda desde su ópera prima, La fábulosa máquina del sueño.  

La destreza para el giro narrativo, para generar la imprevisible explosión, el traslado de lo cotidiano a lo extraño, lo apreciamos también en “Carne para tiburones”: El texto parte de la consideración de que hay un temple fuera de lo común para escapar de un revólver en la sien; luego nos enteramos de que dicha consideración se la hace el personaje, Portella, mientras mira su cicatriz en el espejo. Pasamos así de un plano del recuerdo a un plano de la presencia, de un plano general (del temple fuera de lo común) a uno particular (el temple fuera de lo común de Portella), de una escena cotidiana (afeitarse) a una imagen que encierra más de una sugerencia: que la cicatriz tenga forma de sonrisa, si se trató de un intento de suicidio o de asesinato, o incluso que el mismo Portella no se inserte en ninguna de las peripecias anteriores y se trate solamente de una reflexión general que parte de su cicatriz. En cualquiera de los casos la cicatriz se convierte en el detonante de las lecturas, es la huella, única y breve, que desenvuelve una retahíla de mundos posibles.

Otro ejemplo de este giro lo encontramos también en “Antes del almuerzo con su asesino”: el texto se inicia con un hombre que lee el sobre de una carta y concluye con la del mismo hombre abriendo la puerta. Precisar los polos no ayuda de mucho para esclarecer el giro y la densidad que Donayre nos ofrece, para hacerlo es necesario anotar  el parentesco entre el remitente y el destinatario de la carta, relación sugerida por los apellidos y las edades que fluctúan: 19 el remitente, Emilio Dancourt, y 40 el destinatario, Rodrigo Dancourt (el hombre que lee). Ahora, aventurarnos a decir que se trata de padre e hijo sería una sobreinterpretación, pues nada de ello se alude en el texto, mas sí se expresa el asombro que Rodrigo Dancourt presenta ante la visita de Emilio Dancourt, a quien abre la puerta. El misterio de la relación entre ambos se profundiza debido a que la carta nunca es abierta, pero sobre todo, debido a que Emilio Dancourt es el verdugo del otro Dancourt. La situación logra así hacerse álgida a partir de la brevedad, a partir de los vacíos, y -es importante decirlo- a partir del paratexto que nos devela la condición de víctima de Rodrigo Dancourt, la cual, al no explicarse ni manifestarse, complejiza el texto.    

Si bien por un lado tenemos la emergencia de lo extraño, tenemos también la emergencia de la mundaneada a partir de diversas variantes. En esta oportunidad destacamos lo mundano resaltando el tema de la mujer. Nos encontramos así ante incomprensión del sexo femenino en “Culto al Monte Venus”; ante la imagen mundana y lúbrica, el protagonista responde de la manera más displicente: recurrir, para mayor comprensión del asunto, a un “Manual de Procedimientos ante Situaciones Inesperadas” (p. 30). El cuerpo femenino se las verá nuevamente ante la incomprensión en “Demasiado tarde para el angelus Domini” donde la imagen de un cuerpo “desnudo, pulcro, hermoso” va acorde con el solemne espíritu de un velorio; sin embargo, lo vitando para ese ambiente, lo extraño, se presentiza a  través de: “(…) extraños signos tatuados en la pelvis, acertijos que nadie, per ístam se atrevía a esclarecer ni trasuntar (p. 100). El cuerpo en esta medida, a partir de esos signos, significa el reconocimiento de nuestra dobletud, y por lo mismo, implica una liberación de la solemnidad; en tal sentido, se establece una lógica carnavalesca: el cuerpo es vitando para la solemnidad, pero es una regeneración y afirmación de la mundaneidad (vitalidad). La mundaneidad se relaciona también con el erotismo, tema que el autor aborda con agudeza en “El bar de la no ficción”, el asunto conlleva al culmen del deseo carnal expresado sin metáforas, sin ficciones, pues se trata de una experiencia concreta, por eso se acotará en el auge: “Bebo lentamente entre tus pliegues sin apuro –aquí, evidentemente, no caben las metáforas” (p. 69).
  
La concepción de la mujer en los textos se desenvuelve desde lo extraño,  peligroso y la pasión, tal puede establecerse a partir de “Hamamelis Virginica”, donde se subraya el peligro femenil, frialdad y utilización como si se tratase de una diosa oriental, lo cual es precisado cuando se apunta la siguiente imagen: “Ella, en una mesa contigua, pasaba aburridamente las páginas de una revista de modas, como poco después haría conmigo, con cada uno de mis recuerdos” (p. 81). Otro caso similar lo encontramos en “Ficta Confessio” en que el amor rezuma la contradicción y se reconoce a la amante como dueña, se dice así: “Sublimado por el juego sin reglas que supuso desearla o destruirla, fui perdiendo la voluntad de escapar de su perniciosos tentáculos” (p. 85). Esta concepción hace que el autor nos otorgue una lectura desmitificadora de Beatriz, así, de ser el punto excelso de la pureza en la obra de Dante, se convierte en “Asunto de esferas sobre el río Arno” en una mujer seductora que inventó a Dante, lo cual implica, el paso de “una comedia poco humana”, de un completo desconocimiento de lo femenino, al reconocimiento de la dobletud humana de la mujer: lo angelical y la maldad.   

            Donayre, con AR, no sólo nos ofrece un libro de ficción breve más, sino que establece una poética de la brevedad, empresa que también llevaría a cabo en Plesiosaurio. Primera revista de ficción breve peruana con el texto “Tracatatus sobre la brevedad”. El texto de AR que, a nuestra consideración, esboza de manera coherente el hacer de la escritura breve lo encontramos en “Arte breve” –por cierto, el último de la colección– donde la brevedad es relacionada con el silencio y la oscuridad: “… el silencio y la oscuridad que sobreviene naturalmente al arte breve” (p. 106). Esta relación destaca el hermetismo y los vacíos que espesan la significación de la ficción breve, así como su carácter de pliegue entre el decir y el no decir, entre la vida y la muerte. La circunstancia se complejiza cuando la brevedad es relacionada con el instante de la revelación, se trata de un período  reducido y no obstante, denso y complejo, así se nos dirá: “aquella oportunidad perentoria que da la vida como homenaje a sí misma en su momento extremo e improrrogable, a poco de trasponer la frontera de su inquietante término” (p. 106). Asimismo, en este texto Donayre nos ofrece su concepción sobre la escritura al ofrecernos una lectura alternativa de un pasaje de la vida de Ramón Lull. Este, a través de sus diversas Ars, y específicamente, en este caso, su AR, trabajó en la búsqueda de la veracidad; no obstante, Donayre nos lo presenta consciente de su error, el cual desea corregir al construir una máquina más, “una mejor: una que, lejos de manipular la verdad, iba a mostrar a esta como un colorido vitral en movimiento”. Ahora, esta referencia al colorido vitral en movimiento es lo que Donayre ha trabajado a lo largo de AR: la presentación de un mosaico de personajes y situaciones heterogéneas entre sí, un dinamismo. Se trata así de una afirmación de la vitalidad, de la mundaneidad.            


© Christian Elguera, 2009

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