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Las Hermanas Rosales

por Manuel Aguirre

 

Each of us bears his own Hell
Virgil (70 BC-19 BC)

María Ester era una joven preciosa. Las monjas del colegio para señoritas no se cansaban de repetir, todos los días, “nadie tan bella como María Ester”. Sin embargo, y a pesar del persistente halago, la niña siempre estaba triste. No le importaban las lisonjas ni las expresiones de sorpresa ante la vista de sus inmensos ojos, sus pestañas rizadas, la tersura de su piel o su pequeña nariz respingada. La tristeza escoltaba su presencia como si fuera una amiga imaginaria que la acompañaba de principio a fin, cada día; mas ella nunca reveló ningún indicio que permitiera entender su profunda pena. No explicó jamás, a monjas o alumnas, el porqué de la pesadumbre constante que la agobiaba tanto de día como de noche. Sólo murmuraba, “mi destino es incierto y mi futuro muy cruel”. Ante esta frase, de manera invariable, Sor Alegría del Santísimo replicaba con una proposición de advertencia: “De tanto repetirlo, uno de estos días terminará por convertirse en una verdad”.

Ana Sofía, la hija mayor de los Rosales y hermana de María Ester, tenía el cuerpo más atractivo de la ciudad. Los hombres detenían su paso en la calle para verla caminar. Se quitaban el sombrero, lo apretaban contra el pecho y suspiraban en silencio, ya que nadie hubiera intentado siquiera un murmullo de admiración. Ana poseía un carácter tajante, drástico y autoritario; “¡indios de mierda”, decía entre dientes cuando pasaba junto a ellos. Los jóvenes le temían, pero más que a ella el miedo era a su hermano gemelo que era el rey de varias cantinas y muchos salones de billar. Julio, el hermano de marras, era un muchacho muy fuerte y velludo que había dado golpizas grandes a cientos de rapaces que se le intentaron cruzar. Él llevaba la cuenta, conocía el número preciso y lo pregonaba a los demás. Julio repetía el guarismo, bajo el influjo de su enérgica mirada, en cada bar, café o salón de juego que se le ocurriera visitar. La barba de Julio era tan prieta y tupida que aún después de afeitado se podía apreciar en su rostro una mancha oscura debajo de la piel. Sus ojos pardos constituían una amenaza real y su imagen revelaba una hermosa musculatura, sin un gramo de grasa que la contaminara, para respaldar las habladurías de que no había persona en esa ciudad que se le pudiera oponer.

La familia Rosales tiene una inmensa casona, de varios patios, en cuyos zaguanes corretean tres mujercitas, María Ester, Marta Alejandra y Valentina Daniela. Ana se considera muy mayor para entregarse a esa clase de juegos. Ella es la niña de los ojos de su padre que le permite siempre lo que ella desee, incluido un dormitorio, con baño privado, que tiene puerta a la calle. El caballero, Carlos Alberto Rosales Echevarría, es un famoso notario público colegiado que vive por los ojos de Ana, la niña que es su adoración. La madre, Sofía Isabel Valencia de la Ronda, es una dama de muy buen apellido que posee una fina bodega de vinos especializada en la venta de odres y se entrega a la crianza de sus hijos en el tiempo que le queda.

El secreto de Ana es grande y peligroso. Ella, a sus dieciocho años, ha decidido darse el lujo de alternar con un hombre casado. Nadie lo sabe en su casa, pero ella juega con fuego todos los días al final de la madrugada. El amante, un individuo de piel canela llamado Roberto, deja su vivienda, su esposa y sus dos niñas, cada mañana, alegando gran volumen de trabajo en su oficina. Camina cabizbajo, por el frío matutino, con ansiosa prisa y la imagen de la joven desnuda en el fondo de sus ojos. Ella le entreabre la puerta de su alcoba y él ingresa sudoroso por la caminata y el deseo que lo inflama. Nadie conoce lo que allí hacen hasta las siete y media hora en la que Trinidad, la vieja criada, viene desde la cocina hasta el dormitorio de Ana con una fuente de plata en la que carga el humeante desayuno para la niña preferida de papá.

María Ester llora todas las tardes. Ella se sabe muy linda, pero siente que una tragedia muy grande se cierne sobre toda su familia. “¿Por qué lloras, mi niña?”, le pregunta con frecuencia Trinidad, la criada, y ella responde casi siempre, “por algo que va ha pasar”. María Ester no puede explicar, a pesar de saberlo, qué es lo que pasará. Ella intuye en su mente llantos y sangre que corre por entre las tumbas, pero cuando trata de fijar la vista en aquello que transcurre de lado a lado, sobre su frente, la visión se le apaga y su entendimiento se desploma como un toro bajo el impacto de la puntilla sobre la nuca. Esa ignorancia caprichosa incrementa su pena y la hace gemir.
Hay, sin embargo, un mozo que la ronda. Aurelio es alto, guapo, de fino bigote y nariz perfilada. Sus ojos son soñadores, su pelo liso y engominado. Su andar, como el de un gato, denota soltura y dominio de sí mismo, lo cual atrae la completa atención de nuestra bella damisela. María Ester se siente protegida cuando está cerca del joven, más aún estando con él, pero las lágrimas pesan tanto que no se puede controlar y llora en lugar de suspirar o reír. Aurelio la consuela lleno de ternura y le jura que él no piensa como los demás jóvenes de la ciudad. “Yo no acepto la patraña de que ustedes se creen aristócratas y por eso no hablan con nadie”, le confiesa y enfatiza, “tú eres la chica más gentil y natural que he conocido. Cualquiera se te podría acercar”.

Era sábado, muy de mañana, cuando se escuchó el disparo. Todos los que estaban en la casona supieron que el sonido venía del excusado. Los ojos de cada uno de los miembros de la familia, y los de todos los vecinos, se dirigieron irremisiblemente hacia la puerta del retrete. Trinidad, la vieja criada, y sus ayudantes, dos niñas aymarás, principiaron a llorar y a continuación las tres se dedicaron a rascar las paredes con las manos abiertas como arañas, cual si intentaran hacer surcos para sembrar quinua en la superficie de yeso. El intenso raspar de sus uñas produce un ruido agudo que destempla los oídos y persiste hasta que ellas se quiebran, se desprenden de la carne y la sangre que brota de los muñones tiñe sus huellas sobre el estuco. Al contemplar este cuadro, la madre de las niñas se desmaya. Se les va. Trinidad le aplica un algodón con amoniaco en el labio superior para traerla de regreso, pero ella se les va, se desvanece en su ausencia. María Ester inicia una letanía proclamando que ella ha conocido ese hecho trágico desde el año anterior. Julio, raudo como un fugitivo, llega al recinto donde se hallan las mujeres, se dirige hacia la puerta de la que había salido el grueso sonido y la abre. Su padre, bañado en sangre fresca, yace sin vida en el suelo. Lo carga, rodeado del llanto de las hembras y las rasgaduras de sus vestidos, y como puede lo arrastra hasta su cama. El joven de oscura barba retorna varias veces al charco de sangre para recoger pedazos de cráneo y de cara, hasta que termina por parchar la imagen de su padre aún con los ojos abiertos y en el fondo de ellos la sorpresa, la locura, el horror, la tragedia y el irreparable dolor que lo empujaran a tan extrema determinación.

Marta culpa a Ana Sofía de la tragedia que envuelve a su familia. Dice que su embarazo fue el que causó el embrollo fatal. “¿Cómo se te ocurrió hacerle eso a papá?”, pregunta Marta tomándose la cabeza con las dos manos. Valentina Daniela, por el contrario, dice que Marta está loca. Explica que Ana no es la madre de su hermanita Roberta Adela, que tiene días de nacida. Valentina explica: “Roberta en realidad es la criatura póstuma de mi mamá Sofía Isabel. Todos sabemos que ella murió de mal parto al nacer la susodicha”. A continuación, Valentina Daniela repite sin cesar, en alta voz, que su hermana Ana nunca, nunca estuvo embarazada.

Ana se ha sacrificado para criar a la hermana menor, Roberta Adela, que naciera, según dicen, al expirar su madre querida. La buena señora no pudo sobrevivir la pena ante el deceso intempestivo de su esposo, el renombrado doctor en leyes y notario público colegiado. María Ester, que llora día y noche por el aire de muerte que la rodea y por la vergüenza que cierra las puertas de la morada de los Rosales, dice que ahora ya ninguna de las hermanas se podrá casar. Les cuenta que ella sacó la cabeza por una de las ventanas, una mañana de sol, y que quince muchachos, entre ellos el joven Aurelio, en círculo frente a ella, le preguntaron en alta voz que si su padre se había metido un tiro por la boca debido a que todas ellas, las hermanas Rosales, eran putas mañaneras.

Nadie creyó lo que Julio ha contado en cada antro de los que suele frecuentar, cuando dijo que en realidad él fue el causante de la muerte de su padre. Que por ganarse un dinerillo, sustrajo papeles importantes de la notaría de su progenitor. Los guapos de cada barrio lo escuchan con cara seria y asienten con afirmaciones de cabeza porque tienen miedo de sus puños, pero cuando él se marcha hacia su próximo auditorio lanzan la carcajada para repetir con sorna, tantas veces como les es posible, que las niñas, sus hermanitas, son trabajadoras matinales. “Abren la puerta a sus clientes desde las seis de la mañana”, dicen, y luego se doblan en dos, asfixiados por la risa.

Buscando con minucioso afán una peineta española que le trajera su querido papá, en uno de sus viajes a la madre patria, Ana Sofía ha encontrado debajo de su cama, un documento en el que su difunto padre declara una herencia por anticipado. Allí la joven descubre que es la única heredera de todas las propiedades de su familia. Después de mucho meditar, Ana decide, por el bien de todos los hermanos Rosales, no divulgar el hallazgo fortuito hasta que el tiempo aclare la visión de cada uno.

María Ester, la mujer más bella de la ciudad, ha perdido su galán. Aurelio ya no ronda su casa. Ella es, ahora, doblemente infeliz ya que es triste por naturaleza, pero encima de ello conoce que su condición se agudiza porque su amado ya no la mira bien. Él también se ha convencido, por lo que escucha en cada esquina, de que ella abre su puerta a las seis de la mañana, para recibir a cualquier hombre que quiera ingresar.

En sus años de encierro, Marta Alejandra ha tejido diecisiete mil ciento cincuenta y cinco colchas de lana de alpaca. Todas ellas fueron vendidas primero por Trinidad, la vieja criada, y luego, después de su natural desaparición, por su hija bastarda, Trinidad segunda, la hija del jardinero, Amador Rodríguez. Esta venta constituye la fuente principal de ingreso para las hermanas Rosales. Con el correr del tiempo, Julio terminó por colgarse de un ciprés retorcido que crecía en la huerta de su abuela. Dicen, los borrachos en los bares y prostíbulos de la ciudad, que el pobre no pudo vivir con la realidad de tener unas hermanas tan putas. Valentina Daniela murió muy joven. Se le reventó el corazón, a los veintiocho años de edad, por falta de amor masculino. Dice María Ester, quién a estas horas ya es una persona madura, que al contrario de cuando era joven, ella ahora puede ver el pasado. Tiene visiones claras de lo que pudo haber sido cada una de sus vidas. Les dice a sus hermanas que no se preocupen, que en las alternativas que ella ve, todas han sido muy felices. Han tenido muchos hijos, varones y mujeres. Que sus esposos fueron grandes hombres; claro, en ese camino paralelo todas ellas han tenido una vida normal. Ciertos días María Ester se despierta muy temprano y canta. Son bellas melodías que narran sus visiones del pasado. En esencia estos días de música y canciones ocurren cuando ella ve, entre nubes y velos húmedos, a su padre, joven aún, repartiendo su atención y su amor a partes iguales entre sus cuatro hijas.

Ana ha vivido todo este tiempo dedicada a criar a su hermana menor. “¡Ah, todo este sacrificio que debo sufrir porque mi madre murió al dar a luz a esta criatura!”, repite incansable, Ana, mientras se soba el vientre y la cadera con ambas manos.
Cuando Roberta Adela se convirtió en una mujer, Ana estaba casi ciega, coja y medio paralítica, la había atacado una rara vejez precoz. De allí que se tuvieran que invertir los papeles y ahora es Roberta Adela quién cuida de Ana.

Roberta está obsesionada con la herencia que su hermana mayor le puede dejar. Dice Roberta que si Ana la ha criado como si fuera su madre, quién mejor que ella para heredar esos bienes que en realidad son los de su mamá. Por esta razón Roberta ha encerrado a Ana Sofía en su aposento. No quiere que nadie tenga a su alcance la herencia de quien por uso y costumbre ha sido su mamá todo este tiempo que ella conoce como su vida.

Desde que Ana está impedida por su rara enfermedad, no puede salir de la cama. Allí come, orina y caga. Roberta ya no limpia sus descargas humanas, como al principio lo hacía, pero nadie se da cuenta de ello porque Marta no deja de tejer colchas más que para ir al baño y María Ester vive en las nubes.

Un tibio día de invierno Marta Alejandra dejó de tejer. Tornó el rostro con suma curiosidad y preguntó a María Ester: “¿Tú crees que todas nosotras somos putas?”. María Ester, como era su costumbre, se entregó al llanto y comiéndose una uña le contestó, con dificultad en el hablar, “no sé hermana mía; tantas veces lo he oído repetir que no te podría asegurar si somos o no”. Roberta Adela que pasaba por allí les comentó que hasta Valentina Daniela, que había muerto veinticinco años atrás, creía que las habladurías de la gente tenían algo de verdad. “No puede ser que tanta gente diga lo mismo por tanto tiempo sin que todos terminen por aceptarlo como verdad”, dijo la menor de las Rosales, a la pasada, sin dar mucha importancia al tema que tanto acongojaba a María Ester. “Entonces será verdad pues”, dijo Marta Alejandra y reanudó su tarea de tejer.

Al cumplir los cincuenta y nueve años, María Ester se levantó muy alegre. Por primera vez en mucho tiempo era feliz. Corrió hasta llegar al dormitorio de Marta Alejandra. “Soy tan feliz que hoy me puedo morir, hermana”, le dijo. Marta replicó: “¿Qué te ha hecho ver la vida de manera tan diferente a lo que siempre ves?”, y María Ester le confió que había visto por última vez el futuro. “He visto al joven Aurelio y él ya no me miraba mal. Aurelio me contempló lleno de afecto y su ternura llegó hasta mí. Me siento querida, hermana”, le dijo a Marta Alejandra que ya no veía bien. “¿Sabe él que tú eres puta?”, preguntó con extrema curiosidad, Marta Alejandra. María Ester le contestó que sí, pero también le dijo que lo más extraordinario era que el joven Aurelio le había confesado que él conocía la verdadera verdad. Que en secreto él conocía que ella no era puta; que ella era tan sólo una niña asustada viviendo su existencia dentro de una casa tan grande como una ciudad.

Al día siguiente, Roberta Adela, que por ser la hermana más joven paseaba todas las habitaciones cada mañana, encontró el cadáver de María Ester rodeado de palomas torcazas que piaban sin cesar. La difunta se había vestido de blanco, tenía las manos cruzadas sobre el pecho y entre los dedos una fotografía del joven Aurelio con su tez morena, su nariz romana y el bigote fino, bien demarcado, para resaltar sus veintidós años de hermosa juventud.

Marta Alejandra sintió que su día estaba al alcance de la mano y cuando Roberta Adela la visitó, como lo hacía todos los días, se lo confesó, “creo que a partir de mañana ya no podré tejer. Por lo tanto, vas a tener que ver cómo haces para conseguir billetes”, le dijo con mucha calma. “Tienes que producir dinero para que puedas cuidar a tu mamá”, le explicó con mayor claridad.

Roberta la sacó de su error de una manera brutal: “Yo vivo de las rentas. He alquilado todas las propiedades de mi mamá. El hijo del jardinero, Amador Rodríguez, me cobra los alquileres y por la noche me da calor”, dijo sonriente. “Desde el año pasado gozo de ese privilegio. Ana me transfirió la herencia por anticipado que le dejara papá. Son más casas de las que te puedes imaginar”. Roberta hizo un rápido movimiento de cabeza para lanzar hacia atrás el cabello que le cubría la mitad del rostro y continuó: “Ana murió hace varios meses”, le confirmó. “Está en su cuarto, en la cama, para expresarme con mayor precisión”, abundó. “Pero está muerta. Pienso enterrarla cuando te mueras. Así tendré un solo gasto. Las voy a poner a las dos en un cajón. Viejas locas que me han tenido por tanto tiempo encerrada, en esta casa, haciéndome pensar que yo también era una puta, como dice la gente que ustedes son”.

© Manuel Aguirre, 2006

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Manuel Aguirre: (Arequipa-Perú, 1940) Publica un solitario libro de poemas en 1972, Razón de silencio. Se casa, se dedica a trabajar, se hace master en administración de negocios, se marcha hacia California en 1987 y descubre, en 1994, que no puede vivir sin escribir, pero tampoco puede dejar de trabajar. Se entrega a la escritura nocturna y sabatina hasta que diez años después aprende a escribir.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento11_1.htm
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