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Jorge Otero

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Juan Arabia

Juan Carlos Bustamante Velarde

Takashi Tsuboyama

Ángel Lezama

 

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Los Inocentes

por Juan Carlos Bustamante Velarde

 

La sala del tribunal tenía un aire enrarecido. El estrado del juez se hallaba desierto. El secretario del juzgado iba y venía de un lado a otro cargado de papeles. Salió un momento de la estancia y echó un vistazo al corredor. Un enjambre de gente parecía acelerar el paso por los corredores. El secretario aguzó la mirada hacia el comienzo de la escalera de Palacio, pero no logró avistar nada. En la sala, una señora regordeta, vestida con el hábito del Señor de los Milagros, miraba con aire fatuo la habitación sin nadie. Su gesto, a primera vista, parecía afectar congoja. Tenía las manos apretadas contra su vientre y la mirada petrificada en el piso de mayólicas refulgentes. "Así son estos trámites", pensó maquinalmente, como piensan la mayoría de seres humanos. Su obtuso intelecto emitió otro juicio, deliberadamente malicioso: "Todo es por culpa de este maricón". Sin embargo esta frase pertenece al conjunto de frases que la gente común usa, sin detenerse a pensar realmente en su significado. La señora, como la gran parte de la población del orbe, era un perico, es decir se conformaba en grabar en su mente opiniones que había escuchado con anterioridad para después repetirlas sin detenerse ni tan siquiera un segundo a meditar sobre ellas.

El secretario auscultaba de rato en rato los corredores del Palacio de Justicia con la esperanza de ver llegar al otro interesado en el litigio. Litigio, que por lo demás, él consideraba un tanto absurdo y jalado de los pelos, pero que sin embargo esperaba de su resolución una muestra más de la grandiosidad ética y moral de su venerado juez. Por lo demás estaba muy sorprendido por el hecho de que un asunto como el que se iba a ventilar allí, haya llegado hasta esta instancia y sobretodo que un juez como Don Isidoro haya aceptado intentar darle una solución e impartir la justicia, si es que acaso aquí la justicia estaba en juego. Miró su reloj: era casi la hora en que debía iniciarse el proceso, pero el otro litigante (esbozó una leve sonrisa al pensar en esto), aún no había aparecido. Sin duda que Don Isidoro llegaría muy pronto, y de ser el caso, si la otra parte no se presentaba, tendrían que recurrir a las medidas contempladas en las leyes. Sin embargo, Don Isidoro le había comentado que para él este caso le interesaba demasiado y que de una forma u otra lograría tener a ambas partes en su presencia, aunque no fuera en el burocrático recinto de un juzgado. De ser el caso procedería a buscar tanto a la madre como a su hijo y pugnaría una entrevista con ellos. Don Isidoro era una persona extraña, teniendo en cuenta el cargo que ocupaba. Escapaba a todos los estándares de un juez común y corriente, pensaba el secretario.

Para Don Isidoro la justicia iba más allá de los que las leyes instituían como tal. Muchas veces sus pronunciamientos habían escapado y hasta podría decirse que habían transgredido las normas establecidas. Solía decir que el Derecho actual era una ciencia imperfecta e incompleta, y que a pesar de sus miles de reformas y contrarreformas no había logrado alcanzar a captar el verdadero sentido de la justicia. En una ocasión, con motivo de un proceso a un asesino en serie, había declarado confidencialmente a su secretario que nadie tiene la suficiente humanidad para juzgar a otro y que uno de estos días abandonaría para siempre la práctica profesional para dedicarse al observamiento de las conductas humanas. Pese a ello, aún creía en su oficio y pretendía instaurar la conciliación como único medio de justicia entre los seres humanos, únicamente claro está en los casos en que ésta pudiera darse. Siempre le repetía a su secretario, que en el fondo de su ser, sabía que no existían culpables, sino víctimas, sólo víctimas. Aún así se había procurado el respeto y la admiración de sus colegas. Sus fallos, decían éstos, correspondían a un alto valor de grandeza espiritual y a un alto conocimiento del alma humana y de la vida. Se había propuesto reformar de manera radical las leyes penales. Ante sus ojos habían desfilado los más perversos criminales y ante ellos una infinita compasión lo embargaba. En los comienzos de su carrera como magistrado había derramado muchas lágrimas en la soledad de su despacho. A medida que los casos de homicidios, violaciones, matanzas, secuestros se sucedían, su intelecto se alimentaba, pero no de la forma como pueden estos hechos alimentar a una mente más o menos inteligente, sino de una manera más profunda puesto que su fina sensibilidad, ante estos hechos, lo único que hacía era corroborar una convicción que había germinado en los albores de su adultez. Continuamente repetía para su fuero interno la genial y definitiva frase de Dostoievski: "Cada uno de nosotros es culpable ante todos, por todos y por todo". Era en resumidas cuentas un filósofo del Derecho y de la vida. Sin embargo, hoy tendría ante él uno de los casos más desgarradores que jamás haya visto.

***

Un poco impaciente, saludando distraídamente a otros funcionarios, el secretario esperaba la venida de la otra persona a comparecer. Una joven practicante de Derecho le llamó atención por la belleza de su rostro y por las curvaturas de su cuerpo. Por eso no advirtió la figura macilenta y sombría que se había plantado delante de él. Perdón es este el juzgado número 27, preguntó una voz afeminada. El secretario volvió el rostro y ambas miradas se encontraron. Los ojos del hombrecillo enclenque centelleaban ansiosamente y unas gotas de sudor perlaban su frente. El secretario retrocedió y observó íntegramente la humanidad de este extraño personaje. Sí, dijo con una voz apenas audible. Después se repuso y afirmando su voz con gravedad le dijo: Es usted José Antonio Muñiz.

José Antonio hizo aletear sus pestañas suavemente y dijo: Sí. Pase usted entonces, lo estábamos esperando.

José Antonio penetró en la sala apercibido de un sólido orgullo. Tras él iba el secretario, quién advirtió las sutiles contorsiones que dominaban el andar del muchacho. Su mente quiso decir algo, pero su alto sentido humano reprimió el pensamiento. Se adelantó hacia José Antonio y le mostró el lugar en donde debía esperar. Al entrar, José Antonio había percibido el olor del perfume barato de su madre y esto le produjo una gran turbación que dio paso a una dolorosa nostalgia. "Ahora no me quiere", pensó. La madre al ver que el hijo que tanto odiaba se introducía en la habitación, desvió la mirada y asumió un aire de desprecio. Irguió su mentón y en sus dos ojos color caca el rencor humano bulló intensamente. José Antonio buscó los ojos de su madre, pero estos esquivaron su mirada. Miró entonces al secretario e intentó leer algo en aquellos ojos. El secretario, a su vez, le devolvió una mirada fría e indolente. Entonces, José Antonio comprendió lo que decían esos ojos. "Este es tu dolor y no el mío, lo siento". José Antonio bajó la vista y en medio de estas dos personas que parecían confluir en el mismo lugar que él, y a pesar de la vocinglería que poblaba los corredores, en una palabra a pesar de que el mundo existía se sintió en la más absoluta soledad y se supo perdido. De pronto la nada parecía haberse tragado al mundo por entero. José Antonio tuvo un leve mareo y pensó que se iba a desmayar. Su corazón latió furiosamente golpeando su pecho. Esto sólo duró unos segundos. Apoyando la mano en el respaldar de la silla que se hallaba detrás de él logró dominar su angustia. Ni la vieja ni el secretario percibieron este hecho. Unos minutos después, ante los ojos de José Antonio el mundo pareció reconstruirse. Se supo de nuevo en la sala de un juzgado; al lado de él su madre que tanto lo despreciaba; y enfrente, un ser humano, absolutamente indiferente, ataviado como un burócrata. El sol primaveral limeño penetraba de rato en rato por las cortinas cerradas como la bocanada de un dragón. El polvo bailaba en medio de esa luz dorada y cálida. José Antonio sintió que un tropel de emociones sacudían su cuerpo. En el transcurso de pocos minutos odió y amó a cada ser humano de este planeta, en especial a su madre que ahora cuchicheaba algo con el secretario. Finalmente sintió deseos de lanzarse desde un acantilado. Imaginó su cuerpo destrozándose aparatosamente en las rocas mientras los bañistas horrorizados lanzaban gritos de asombro. Imaginó a los autos corriendo velozmente por la Costa Verde mientras su cuerpo inerte permanecía tendido en las peñas. Al fin, vio a los enormes engranajes del mundo que continuaban su marcha inexorablemente.

Pensó: ¿quién me lloraría? Su aprensión llegó hasta tal punto que quiso marcharse pero algo lo detuvo. Su celular sonó e hizo que la vieja y el funcionario voltearan a mirarlo. Durante algunos instantes, José Antonio no supo que hacer. Sintió la vibración del teléfono dentro de su bolsillo pero parecía no percatarse de nada. Su celular está sonando, dijo el secretario. José Antonio, cuyo rostro exhibía un profundo desasosiego, volvió en sí.

Aló, José, ¿ya estás en el juzgado?

Sí..., pero estoy un poco mal, me ha aturdido tu llamada.

Para qué chucha has ido, la vieja no te va a perdonar, eres un huevón.

La voz que estaba del otro lado del teléfono parecía afectar enojo y rabia. Ambos interlocutores guardaron silencio un instante. José Antonio que hasta hace unos momentos había casi llegado al lado de su madre y del secretario giró sobre sí mismo y dijo en tono confidencial.

Ya sé todo lo que hemos hablado, pero es mi madre, comprende. Alberto yo te amo y sé que no quieres verme sufrir, pero la débil esperanza de una reconciliación nunca morirá en mí el sentimiento de verse incomprendido dominaba a José Antonio y de pronto unas lágrimas brillaron en los abismillos de sus ojos. El amor entre él y Alberto desapareció en esos instantes.

Alberto respiro hondamente y contuvo toda su indignación al escuchar el tenue gimoteo de su pareja.

Okay, supongo que debes hacerlo, llámame en cuanto termine. Sólo no olvides durante todo el alegato que hay un ser humano a quién le importas demasiado.

José Antonio sintió un leve regocijo al escuchar las últimas palabras de Alberto. Volvió los ojos hacia su madre, y apercibido del amor de su pareja pudo contener la repulsión que emanaba de la vieja. Entre tanto el secretario anunció que el juez estaba a dos pasos del despacho. Ambos litigantes se apresuraron a colocarse en sus respectivos lugares. Don Isidoro penetró en la habitación haciendo un burocrático saludo a los presentes. Subió a su estrado, dejó caer una ruma de papeles en el escritorio y comenzó a hablar confidencialmente con su secretario. Mientras ellos hablaban José Antonio observó detenidamente a Don Isidoro. El juez era un hombre de unos 48 años, menudo, de hombros bajos y carente de corpulencia. Su rostro de tez cetrina estaba embellecido por un brillo singular que le daba un aire de distinción. Usaba unos finos anteojos de carey y la espesura de sus cejas combinada con un par de ojillos saltones hacían pensar que poseía una inteligencia fina y analítica. A pesar de su contextura de alfeñique, la enormidad de su rostro y sus rasgos toscos, este hombre da la impresión de poseer una enorme sabiduría, pensó José Antonio.

Don Isidoro, levantó la vista del expediente que examinaba con su secretario y escrutó ,durante unos instantes, tanto a la vieja como al joven. Después de observarlos una aceda impresión comenzó a cernírsele en su mente. Don Isidoro había observado que la vieja miraba con impaciencia a todos lados, menos hacia donde se encontraba su hijo. Llevaba un gesto de incomodidad prendido en el rostro y en sus ojos se leía toda la fatuidad de personas como ella. Mientras tanto el muchacho estaba en actitud contrita, la mirada puesta en el piso y parecía que estuviese a punto de llorar, pero se contenía haciendo un gran esfuerzo. Don Isidoro, a quien el sufrimiento humano le parecía el más virulento de los flagelos, comprendió que este proceso debería terminar muy pronto.

La demanda de la vieja consistía en lo siguiente: apelaba a la justicia para que su hijo, por el solo hecho de ser homosexual, no apareciese más nunca en su vida. Quería ella que José Antonio la abandonará para siempre y que jamás vuelvan ambos a estar en mutua presencia. Y si eso era inevitable, él ni si quiera le dirigiese la palabra ni la mirara. En pocas palabras deseaba que su hijo muriera para ella. (Adivinamos, aunque no hemos penetrado demasiado en el perfil psicológico de la vieja, que por lo demás no nos interesa en lo más mínimo, que ella misma deseaba la muerte de su hijo).

Don Isidoro, decidió apurar las cosas. Dijo a su secretario que procediera con lo establecido por la ley y que lo más pronto posible comenzaran los alegatos. La sala hervía, un débil ventilador repartía un vientecillo tibio por los alrededores del juzgado. El secretario dijo:

Cónsone con lo dispuesto por las leyes peruanas se procederá a los alegatos. Empiece usted señora.

Durante diez minutos la vieja vomitó un gatuperio de ideas y hechos mal razonados y mal comprendidos. Hizo gala de toda la estupidez de gentes de su condición y hubiera continuado profiriendo sandeces si antes Don Isidoro, colmado de indignación y de tristeza, no hubiera decretado que su tiempo se había agotado.

El turno es suyo, José Antonio, hable usted.

Yo no tengo a quién acusar, Doctor. Sólo quisiera por última vez y en ese instante una ola de orgullo y de dignidad sacudió su cuerpo. Era esto la última brazada del que ya está vencido por el mar. Aquí José Antonio esgrimió, con la más alta nobleza humana a la que puede recurrir un hombre vencido por las circunstancias, su último recurso que mi madre me perdone y me acepte tal cual soy o tal cual me han hecho, no lo sé.

¡Nunca! casi gritó la vieja con odio.

Don Isidoro permaneció a la espera por unos instantes. Su rostro tan candoroso hasta hace unos minutos estaba ahora enrojecido por la ira. Sin embargo sus ojos caídos y vueltos hacia los papeles que inundaban su escritorio reflejaban una profunda tristeza. Se aferraba con violencia a los bordes de su mesa y cualquiera hubiera creído que iba a cometer un despropósito. Esto duró unos instantes. Su semblante descompuesto volvió a adquirir la ecuanimidad que lo caracterizaba. Las otras tres personas que concurrían en la misma sala afectaron nerviosismo y la angustia pareció eclipsar sus miradas. Todo pasó.

La voz afable de Don Isidoro se volvió a escuchar:

Daré mi veredicto:

"Señora Gutiérrez me parece usted una persona deleznable. Su presencia hiere la nobleza de mis ojos. Sin embargo, hay demasiados seres como usted pululando por las calles de esta ciudad y por todas las ciudades del mundo. He aquí que su caso me ha dado el puntillazo final. La degeneración del ser humano ha alcanzado con usted un límite que no creí ver jamás. Siempre pensé que el amor de una madre por su hijo era el vínculo más indestructible que existía..., pero me he dado con la aterradora realidad de que ya ni eso se considera sagrado. Hemos llegado al punto en la desacralización del ser humano se ha vuelto absoluta. Estoy realmente horrorizado... Mi sentencia es la siguiente, señora Gutiérrez: fallo que desaparezca de mi presencia en este momento, pero tú, José Antonio, quédate".

La vieja salió sin comprender una sola palabra, pero en su mente común y corriente pensó en la venganza.

José Antonio, acércate dijo el juez con benevolencia y compasión.

¿Tienes a alguien que te ame?

Sí.

¿Y te ama de verdad?

Con todas sus fuerzas.

Eso me consuela en algo dijo Don Isidoro irguiéndose en su silla.

Adiós.

Adiós, doctor.

Don Isidoro pidió a su secretario que lo dejara solo y encendió un cigarrillo. Pensó: ¿qué será de mis hermanos?

 

© Juan Carlos Bustamante Velarde, 2006

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Juan Carlos Bustamante Velarde: (Lima-Perú, 1981) Actualmente estudia Derecho en la Pontificia Universidad Católica, donde cursa el sexto año. Llevó un taller de creación literaria con el escritor Ricardo Sumalavia.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento11_4.htm
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