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Giancarlo Andaluz Queirolo

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Ángel Lezama

 

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Asuntos de familia

por Giancarlo Andaluz Queirolo

 

Locuma estaba sentado en la mesa de al fondo de la taberna del chino Lee, siempre una botella y un vaso despostillado, el licor rubio a siete grados de temperatura, la mesa coja, dos sillas para los nada casuales amigos; el gordo y la vieja eran seguros en toda mesa redonda, Locuma nunca estaría del todo solo con tan incondicionales amigos. Las siete de la noche marca el viejo Omega que cuelga su lánguido orgullo europeo del dispensario de licores, al lado, siempre, de una botella ámbar de los mil ochocientos y tantos, y una vieja jaba de nísperos maduros y olorosos, el viejo televisor japonés de las seis y treinta con el mismo programa de hace diez años, el viento hosco y húmedo del muelle esparcía el exquisito olor de un las presas de pescado a lo macho que descansan como estatuas en una gran bandeja de lata opaca, junto a un bloque de arroz con arvejas y otro de mazamorra de cochino, todo preparado por las generosas manos de doña Gertrudis, desde que el sol se asoma con su inexplicable paciencia de felino agazapado por el lejano este de la costa chalaca, acariciando a los cerros del centro y abrazado a la ausencia de nubes que eludir.

A mitad de un tanganazo cae como un meteoro la vieja con sus tres dientes delanteros y una mano atrás y otra adelante, como siempre, Locuma se percata que entre los labios rugosos trae un cigarro indefinido, ajado y de olor penetrante, tiene una tonalidad amarillenta, el cigarro, aunque a decir verdad -pensó Locuma- la vieja también; era una gran cebolla blanca echando raíces, de una tonalidad amarilla desvaneciéndose de lo viejo, rugoso como la piel de un lagarto centenario y los ojos pequeño, caídos y patéticos, lo ojos de una tercera edad con dos anteriores vividas de la peor manera.

—Siéntate, vieja —dijo Locuma, dejando el vaso sobre la mesa y chorreando un hilo de espuma por la boca.

—Gracias Locuma, ¿me puedo servir? —dijo la vieja con el vaso entre los largos y delgados dedos y la botella a medio inclinar.

—Claro hombre, tú sabes que no me gusta tomar solo —dijo extendiéndole la mano como una invitación para seguir inclinado la botella. La vieja lleno el vaso hasta el borde desgastado, la experiencia de éste, impidió malgastar siquiera una gota de e cerveza sobre la mesa, levantó el vaso—. A tu salud, amigo —y lo bebió de un sorbo, dilatando la garganta lo máximo posible, el sorbo entró como un cuchillo romo en su cuerpo, el dolor inicial desapareció para dar paso a la satisfacción del helado líquido enfriando su organismo, mezclado con el cargado humo de su extraño cigarrillo a punto de sucumbir.

—¿Sabes lo de esta noche? —preguntó la vieja, alcanzándole el vaso a su compañero.

—Sí, por eso estoy aquí, calentando el cuerpo, tú sabes —respondió con mucha seguridad para luego servirse medio vaso de cerveza y encender un cigarro rubio que sacó de la cajetilla que traía en el bolsillo de la camisa.

—¿Y qué piensas? ¿Crees que el gordo tiene posibilidades? —volvió a interrogar a Locuma, estaba lloviendo y ambos dirigieron la mirada despierta hacia el portón de la taberna, miraban complacidos la rala llovizna que caía esa noche sobre el antiguo piso del Callao, el sonido de la calle había disminuido para dar paso a una inquebrantable tranquilidad cómplice de lo malos hijos del puerto, que aprovechaban la oscuridad para sus fechorías.

—Al gordo le va a ir mal si va solo, pero si llega a la cancha con nosotros las cosas pueden mejorar —dijo.

—Ese gordo no da sino problemas al grupo, un día nos va a cagar la nota —sentenció la vieja mientras se servía otro vaso de cerveza. La lluvia se había detenido un instante, el viento soplaba fuerte enredándose en las hojas de palmera del malecón.

Unos minutos más tarde llegamos Lucho, el chato Porras, Chino Pepe, Tilingo y yo, estábamos todos los del grupo, pero el gordo no asomaba entre las puertas de madera añeja y la azulada noche estrellada con cuarto menguante, al instante llegaron a la mesa de Locuma cuatro cervezas más bien heladas; en la televisión acababa de terminar el programa concurso de las tardes, el chino apagó el televisor y encendió la radio National, el dial escupía una salsa socarrona del recuerdo, “ay negra si tú oyeras los latidos que mi corazón da por ti, acabarías con esta angustia y no tendría más motivos para sufrir...”, las voces se levantaron de su aletargado ruedo, el grupo adora la salsa dura, los golpes bajos y malintencionados, las peleas y el chupe de pescado; ellos son una raza torcida, un recuerdo que los demás quieren dejar en el olvido, son el lunar que todos queremos ocultar ante los demás, pero no les importa mucho, a decir verdad sacan ventaja de ese pequeño titulo de indeseables ante la comunidad para aprovechar en hacer sus trastadas.

Un grupo de señoras pasa por la puerta del bar del chino Lee, vienen de la misa de seis del padre Omar, son cinco señoras cegadas por lo que ellas aseguran es la fe que Dios pide, miran de reojo a los borrachines de siempre, miran con odio a Locuma, saben que es el líder del grupo, el que más pelea da, entre ellas está la madre del gordo, andando con la mirada triste y con un libro de Salmos en las manos, llevaba en el cuello un rosario de oro de dieciocho quilates. Si supiera que ese rosario se lo robó su hijo a una vieja pituca que salía muy distraída de la iglesia del Sagrado Corazón, en el momento en que se disponía a abrir su Peugeot 306, viejas cojudas —dijo en voz baja—. Todavía creen que sus hijos son unas blancas y dulces palomas, la iglesia las tiene tan ciegas que no ven lo que ocurre en el medio de su casa —concluyó antes de voltear nuevamente la mirada hacia el grupo, olvidó a las señoras que de seguro ya habían dado la vuelta a la esquina, se quedó callado un segundo, recordando tal vez que su madre fue como ellas, hasta antes de morir en manos de unos hombres como el que él era.

—Ahí viene el gordo —dijo la vieja agudizando la mirada para enfocar la curva silueta en la oscuridad de la noche. El gordo se estaba acercando por la vereda del frente, ocultándose entre las sombras de la pared y el silencio de la calle a esas horas de domingo, traía un cuchillo de cocina en la mano izquierda a la vista de todos, estaba tan asustado que no se había percatado de la luz que hacía tremenda arma. El chino Pepe y Tilingo se acercaron hasta él, por órdenes de Locuma, para protegerlo de cualquier ataque imprevisto de sus enemigos, aprovechando la completa soledad de la calle.

—Qué chucha haces, gordo —dijo el chino Pepe, a la vez que ocultaba el cuchillo dentro de su casaca.

—Tú eres huevón o qué, cómo se te ocurre llegar así, con tremenda punta en la mano —le llamó la atención al gordo, notaron después que éste estaba muy nervioso, se podía oler el miedo en él, todos sabían que nunca antes había estado en una pelea y mucho menos en una que lo tuviera a él como personaje principal, el reloj del bar marcaba las ocho y cuarto de la noche, cada minuto que pasaba se iba apagando el cielo, las estrellas desaparecían bajo un mar de nubes nocturnas al igual que la luna, que menguaba con cada minuto que pasaba, acelerando su desaparición que se suponía debiera ser natural.

—Ese es mi gordo carajo, yo sabía que no iba a arrugar —dijo Locuma, alcanzándole el vaso y la cerveza al recién llegado que temblaba notoriamente sin que nadie se percate sus contracciones.

—¿Listo para la pelea, gordito? —preguntó Locuma, esbozando una sonrisa macabra en el rostro.

—Tú sabes que no me gustan las peleas —contestó el gordo, avivando las risas de sus compañeros.

—No te gustan las peleas, pero para la pendejada si eres bueno, ¿no?, para hincarlas eres el bravo —dijo Locuma borrando la risa de su cara y cambiándola por un gesto huraño y amargo. Todos sabían lo que el gordo había hecho y sabían que la única forma que lo dejaran en paz era luchando en la cancha como habían quedado para esa noche.

—A asumir nomás gordo, si eres pendejo tienes que serlo para todo, sea bueno o malo, así es la vida mi querido gordo, así es de jodida la puta vida que nos tocó vivir —dijo Locuma antes de chocar vasos con el gordo en un salud mudo, todos en la mesa sentían el miedo del gordo, podían olerlo a leguas de distancia, pero eran sus amigos y eso el gordo debería saberlo, porque por algo estaban allí con él, nunca iban a dejar que algo malo le pasara a su menor integrante.

Hacía dos meses que el gordo lo notábamos raro, como distraído, pensábamos primero que estaba así por su viejita, a ella no le gustaba la forma como vivía sus días en medio de tanto delincuente. Mi niño sólo tiene diecisiete años, nos decía siempre su madre, cuando nos encontraba en descansando en el muro a la salida de misa, perdiendo el tiempo en nada productivo y haciéndole perder la juventud a su hijito querido.

Pero no era eso lo que lo tenía así, lo que realmente ocurría era que el gordo estaba enamorado. Eso estaba bien, aunque ahora no paraba mucho con nosotros y dedicaba su tiempo libre a matar las tardes con su enamorada, Estela, una chica linda de otro barrio a la que nadie conocía.

Pasaban los días y el gordo se había alejado más del grupo, eso no nos molestaba, al contrario, él seguiría siendo nuestro amigo, en la buenas y en las malas, pero ahora ya no lo incluíamos en nuestros planes, desde que estuvo Estela, decidimos alejarlo por completo de la pandilla.

Eso tenía alegre a su madre, más aliviada se le veía los domingos después de misa, ya no se acercaba a nosotros para decirnos lo que sea, total ya estábamos perdidos, y lo único que quería era salvar a su hijo antes de que acabe como nosotros, convertido en un delincuente juvenil. Ahora ella estaba feliz, a veces la veíamos caminando del brazo con su nuera y con su hijo, saludábamos con cortesía y volvíamos a lo nuestro a la difícil tarea de no hacer absolutamente nada, que para eso habíamos venido al mundo.

Pasaron dos meses y ocurrió lo impensado, ella salió embarazada. Nadie podía imaginar que con sólo dos meses de una relación tan trivial como suelen ser los enamoramientos a esa edad hayan incurrido en tener relaciones y para colmo que ella termine embarazada a tan corta edad, eso es de cojudos, sobre todo en el Perú, porque valgan verdades, hay que ser verdaderamente un imbécil para traer un bebé no planeado al mundo, y sobre todo a un país como el Perú, el único lugar en el mundo que apunta para abajo. La cagó el gordo, puta madre, por pinga loca —comentábamos en el barrio, cuando ya no lo veíamos pasar como cada tarde del brazo de su chica y de su madre en dirección a la panadería de la esquina, atrapados por el aroma estremecedor del pan recién horneado que expedían las largas chimeneas.

Una semana después, llegó Estela en compañía de su padre y dos hermanos a reclamarle al gordo que cumpla con su deber de hombre, el gordo no estaba o estaba muy bien escondido, todo el discurso se lo tragó su pobre madre, nosotros desde la esquina podíamos oír todo lo que conversaban, casi treinta minutos duró la conversación en la puerta de la casa del gordo, al cabo de ese lapso, llegó un vehículo conocido por nosotros, era el auto Ford Taurus del Che Pablito, nada más y nada menos que el jefe de la banda enemiga conocida como

“Los feroces de Loreto”, el che resultó ser primo hermano de Estela y eso era muy peligroso para la tranquilidad del grupo, ahora el problema no era sólo del gordo, sino que se había convertido en un inconveniente para todos nosotros, porque sabíamos que las cosas no iban a terminar con esa tibia conversación entre las dos familias, porque sabemos que así no se arreglan las cosas aquí en nuestro bajo mundo.

Las últimas dos botellas se disipaban a medida que la noche avanzaba, ya no importaban los horarios ni la disminución de la temperatura, los vasos espumosos y blondos amenazaban desaparecer sin el menor aviso, el miedo seguía adueñado del gordo, no lo demostraba, salvo por algunos espasmos esporádicos que le hacían botar unas cuantas gotas del líquido elemento sobre la sucia mesa, todos reían, el miedo lo manejaban a su antojo, no podía demostrar su temor a afrontar una pelea que sabía iba a perder. Locuma secó el último vaso de cerveza, seco y volteado, el culo de vidrio golpeó fuerte la mesa, los demás vasos temblaron al unísono, como una araña en la pared al cierre furibundo de una puerta malgeniada, se puso de pie, su enrome y peludo brazo buscó en la cercanía de las sillas, atravesando el denso aire nocturno del puerto, al gordo, que seguía temblando igual que una gelatina cuajada camino hacia la mesa de cumpleaños.

—Muchachos, llegó la hora —dijo, abrazando de forma paternal al gordo.

—Guarden los verdugos en la bolsa —ordenó, antes de dar el primer paso hacia la batalla.

La cancha lucía tenuemente iluminada por la débil luz de un foco del único poste del pobre alumbrado público, la luz amarilla le daba un aire a viejo oeste, a media noche en el desierto, la cancha era en realidad un desierto, un pequeño rectángulo desecho en medio de un pueblo fantasma, nadie lo habitaba, salvo por un grupo numeroso de perros chuscos y medio muertos, no había un solo ser salvable en ese lugar.

La banda del che Pablito estaba amontonada en el arco este de la cancha, eran doce en total, todos armados con oxidados cuchillos y astillados palos, el che se paró al medio del arco, o de lo que quedaba de uno, fumando un enorme cigarro amarillo y apestoso, desprendiendo impresionantes cortinas de humo gris, el mismo que terminaba irrumpiendo en la noche como esas nubes aletargadas que cubrían a las estrellas del cielo porteño.

Llegamos, no éramos muchos pero estábamos inspirados, alcoholizados y dementes, cargábamos unos cuantos verduguillos hechos de fierro oxidado, vidrios rotos, cuchillos de cocina curados con caca de perro, palos, un bate de béisbol, lagunas piedras, Locuma traía su manopla de acero, la misma que mostraba una sutil coloración rojiza e la parte exterior, lo que hablaba de su ferocidad en las batallas. El gordo estaba a su lado, temblando doblemente, de frío y de miedo, llevaba el bate en la mano, lo arrastraba en el piso agreste, deformando la parte gruesa del madero; unas cuantas astillas se erguían amenazantes en el bate, ahora el gordo estaba más tranquilo pues sabía que no estaba solo.

—Bueno muchachos —dijo Locuma, con extremada calma.

—Creo que llegó la hora del hombre, a ver... somos cuatro menos que ellos, pero eso no importa, ¿o sí? Yo voy adelante con el gordo y con el Taita mayor para acordar los términos de la pelea, ustedes esperen mis indicaciones —dijo con voz de mando a su séquito de corajudos hombres dispuestos a luchar por un amigo en común.

—Bueno gordo, empieza a caminar muy lento y siempre a mi costado —le hablaba en voz baja y al oído, pero logré oír lo que decía, caminábamos los tres al encuentro con el rival del gordo, yo estaba algo cansado por la hora avanzada y por los vasos de cerveza del bar, Locuma, al contrario, lucía envalentonado, corajudo, como preparado siempre para lo peor.

El che Pablito se acercó hasta el medio de la cancha, acompañado de cuatro tipos de la peor calaña, estaban demasiado drogados, la pasta los estaba consumiendo en vida, sus rostros eran cadavéricos, manchas negras crecían en sus pómulos y un olor nauseabundo brotaba de sus demacradas humanidades. Eso me despreocupó bastante, ese tipo de hombre es más fácil de derrotar en una pelea, primero, como mi viejo siempre decía, tú eres un hombre de casa, comes tus tres comidas diarias, en fin llevas una vida podría decirse decente en cierto sentido, él, en cambio, sólo nació para la droga, desayuna, almuerza y cena droga, está llenó de ella, un solo golpe bien dado lo pondría en un estado de desmayo inducido, de semiinconsciencia, esos tipo sólo son pura pantalla, una vez que ven a su contendor decidido a darle lucha, su porca mente empieza a preguntarse qué es lo que le salió mal en la previa etapa de amilanamiento del rival, y así, lo único que le quedaría es enfrentarse en una pelea desde el comienzo la dio por perdida.

—Bueno gordo, vamos a hablar los términos de la pelea, tú estate tranquilo nomás todo va a salir bien —le dijo Locuma a nuestro intranquilo amigo, que mientras más cerca de la hora de pelea estaba, más nervioso y tembloroso se ponía.

—A ver che, cómo es —pregunté.

—Yo no hablo con huevones —me dijo.

—Che Locuma, esto va a ser rápido porque ya se hizo tarde —dijo.

—¿Entonces? —preguntó Locuma.

—Entonces, un círculo humano, los tuyos y los míos, yo y esa mierda en el centro, sin armas y sin casacas, ambos con nuestros polos cortos y a puño limpio —dijo.

—Me parece bien, pero, ¿y el tiempo? —volvió a preguntar.

—Hasta que unos de los dos se rinda, quede inconsciente en el piso o terminé muerto, da igual, estoy seguro que ése va a ser ese seboso —dijo el che Pablito, muy seguro de su victoria. El gordo temblaba más ahora, su miedo lo había dominado, Locuma trató de tranquilizarlo, fue en vano, ya no era más que un insignificante manojo de nervios. Traté de inculcarle valor, hablándole suave y al oído, quédate tranquilo gordo, este huevón es pura finta, yo mismo le he sacado la mierda un par de veces, te voy a decir algo, cuando tengas la oportunidad golpéalo en el estómago, eso lo va a debilitar, y una vez débil sigue dándole golpes en el estómago, ahí tiene un recuerdo mío de hace varios años, una recuerdo que nunca podrá borrar.

El circulo se armó, torres de humo gris se levantaban de él, el gordo y el che en el medio, ambos había dejado sus armas y sus sacos en el piso, el che llevaba puesto un polo blanco recién sacado de su envoltorio, el gordo traía puesto un polo recortado color granate, o algo parecido, estaba desteñido y se podían avistar manchas de grasa en la parte delantera, era una mierda en apariencia, sus nervios estaban a punto de deshacerse, la pelea iba a comenzar y ya la había perdido, el che sonreía con sus secuaces por una victoria adelantada, sin destilar una sola gota de sudor.

Lo demás fue puro trámite, la pelea inesperadamente estaba pareja, imposible de creer, el gordo había seguido mis consejos y le había propinado hasta tres puñetes en el estómago, lo que había debilitado, su polo blanco lucía ahora una aureola roja en el centro, gotas de sangre caían de la herida abierta hasta acabar inmóviles en sus zapatos. Un golpe tras otro, los ánimos estaban caldeados en el circulo, los seguidores del che no podían creer lo que estaban viendo, su líder estaba a punto de sucumbir ante un oponente a primera vista más débil e inexperto, el che Pablito yacía en el piso, muy adolorido, con la camiseta llena de sangre y con el orgullo devastado, el gordo parecía invencible, parecía estar determinado a dar muerte a su oponente, nuestra gente, el grupo, estaba calmado, seguro de la victoria y del fin de los problemas con la banda del che, los cigarros se encendieron en señal de triunfo, los brazos se cruzaron demostrando superioridad, faltaba poco para la victoria del gordo, el che estaba muy golpeado en el suelo, ya no podía levantarse por sí mismo, se tambaleaba un instante antes de que nuevamente el gordo lo mandé al suelo de un sendo golpe en el rostro, las esperanzas de la otra banda estaban desechas, su líder había caído en manos de un don nadie, que además de haberse burlado de su familia, embarazando a sus prima, se había ensañado con rudeza contra su propio cabecilla, quien ahora no era más que una masa sanguinolenta arrojada igual que una insignificante e ignorada bolsa de basura en un pampón lejano y abandonado. La noche crecía en oscuridad, la tenue luz ámbar se apagaba lentamente, empezaban a aparecer estrellas en el cielo, las nubes se estaban moviendo hacia el norte, dejando ver la belleza de la noche porteña, noche de cuarto creciente y estrellas como un collar de diamantes separado sobre una cartulina negra. Era la noche de celebrar, Locuma estaba hinchado de alegría, orgullosos de su pupilo menor, de pronto, una mano se levante desde el suelo pidiendo ayuda para reincorporarse, una mano vencida y ensangrentada de un hombre derrotado que no le quedaba de otra que pedir ayuda a su enemigo, aceptando su triunfo y también su derrota, el gordo le extendió la mano, todos reían en el circulo, ese era el gesto de los vencidos, lo conocía muy bien, alguna vez hice lo mismo en una pelea. El gordo se acercó y cogió la mano del che, quien se tomada el vientre rojo con la mano libre, lo trató de levantar de un impulso, no pudo, trató otra vez, el che Pablito es zorro viejo, yo lo conozco muy bien, pero en ese momento no me percaté de los hechos, separó la mano del vientre rojo, traía un verduguillo envuelto en un trapo sucio y deshilachado, extendió el brazo ante la inmovilidad del gordo, recordé ese momento como si hubiera sido ayer, el puñal se enterró entero en su corpulento vientre, el che retorcía el fierro con fiereza animal, nadie se había percatado del hecho, segundos después y ya con el che repuesto en sus dos piernas, el gordo caía abrazándose a las extremidades de su adversario con el sucio y grasoso polo lleno de sangre, sangre que formó un charco en el polvoriento piso de la cancha, igual a aquel día en que el che repetía esa misma escena después de un cobarde manotazo de ahogado de un rival, y nunca dio la pelea por perdida.

© Giancarlo Andaluz Queirolo, 2006

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Giancarlo Andaluz Queirolo: (Lima-Perú, 1978) Estudió comunicaciones en un instituto con poco renombre pero con muchas ganas de hacer bien las cosas. Sus primeras incursiones en la literatura fueron en los años de primaria cuando leyó sus primeros libros; las fábulas escogidas de Esopo (que fueron un regalo inesperado de su madre). Sus primeros cuentos los escribió en sus años de estudios superiores. Actualmente convalida Periodismo en la Escuela Jaime Bausate y Meza.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento11_2.htm
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