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Jorge Otero

Alberto Valdivia Baselli

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Juan Arabia

Juan Carlos Bustamante Velarde

Takashi Tsuboyama

Ángel Lezama

 

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Vampiros y simios

por Takashi Tsuboyama

 


     Quiero entregarme pero no tanto
     Yo no soy un santo para suplicar

     Abuelos de la Nada


Las luces de esta ciudad extraña se cuelan por los resquicios de unas inmundas cortinas. Cambio los canales de la televisión casi sin fijarme. Sólo voces incomprensibles salen del aparato. Estoy muy cansado para intentar descifrarlas. Me llevo a la boca una botella de agua helada. Tendré que conciliar el sueño, mientras el ventilador gime al dar vueltas sobre mi cabeza. Mañana será otro día, como siempre. Y como todos los días desde hace semanas, años, quizás más, me despertaré en las mugrientas sábanas de un hotel barato con una estaca en la mano, poco antes que se oculte el sol.  

Se colocan a cuatro monos en un recinto cerrado. En la parte alta se deja fruta, además de cuerdas para que sólo un simio pueda subir. Al rato, el más inquieto de todos se trepa y coge el premio. En ese momento se procede a mojar con una manguera a los otros primates. Con esto se logra que la próxima vez, cuando el intrépido del grupo intente ir por el alimento deseado, los otros lo agarren a golpes. 

Pasado un tiempo es normal ver pudrirse la fruta ante la pasividad de los monos. Entonces, se cambia al azar a uno de ellos. El nuevo intentará ir por los manjares que ve arriba, pero los otros se lo impedirán violentamente. Cuando ya el recién llegado haya asumido las costumbres del grupo, se vuelve a cambiar a uno de los antiguos primates. El recién llegado tratará de alcanzar el apetecido alimento pero se opondrán los más antiguos... Y el simio que le precedió. Este último será el más entusiasta a la hora de darle la paliza al novato.  

Y la experiencia se repite hasta que no queda ninguno de los antiguos monos a los que alguna vez se le mojó con agua fría. Pero igual, ni uno de los nuevos intenta ir por la inalcanzable fruta.

Las fachadas de los edificios aledaños están cubiertas por azulejos, recuerdo de la remota época de esplendor de la región. A pesar de una gruesa capa de herrumbre, en ellas se refleja y distorsiona la luz de la luna. El frío de la madrugada que ya llega y el olor a mar obnubilan mis sentidos. Qué no daría por un desayuno caliente. Por poder tomarlo. Pocas personas cruzo en las empinadas calles de esta urbe. Siempre balbucean palabras ininteligibles para mí. Evito ver sus rostros, recordar los detalles de cada uno. No quiero conocer a nadie, ni fijarme en como visten ni nada. Sólo anhelo caminar por unas calles vacías que no conozco y que mañana abandonaré para siempre. Miento. También deseo que el viento seque la sangre que me gotea de la comisura de los labios de la última persona que miré a los ojos.  

¿Cuándo asumí este raro deber? No lo sé. He visto gente extraña, muchas personas raras, con costumbres que nunca entenderé. Tantas que ya dudo sobre quién es el grotesco, si ellos o yo. En verdad no me siento a gusto en ninguna parte. Todo parece una eterna espera. Durante el día me escondo, descanso, recobro energías, igual que al extraño ser que persigo. Por las noches recorro los lugares sobre los que nunca más posaré el pie. El cielo, dicen, nunca es igual en ninguna parte. No me consta, nunca lo veo. Sólo camino y camino, buscando encontrar en la expresión de quienes cruzo una señal que me indique que ya llegué al final. Mientras, oprimo la estaca contra mi pecho y sigo mi ruta. 

En diferentes latitudes y continentes, poblaciones primitivas practican una extraña manera de cazar a los primates. La técnica es simple en apariencia, pero apela con sutileza a una debilidad muy humana, la codicia. 

La trampa empleada es tan sencilla como un taparrabo. Se coge un coco vacío o algo similar en los sitios donde este fruto no es frecuente. Se hace un hueco tan amplio como para que la mano abierta de un mono pueda entrar pero lo suficientemente estrecho como para que, si ésta está cerrada no pueda salir. Luego, se coloca algún manjar dentro. Al tratar de sacar infructuosamente la carnada, algunos simios desistirán, tal vez oliendo el peligro, quizás por pereza o falta de decisión. Pero otros no soltarán la fruta, aún si los cocos le impiden movilizarse. Y dicen que hasta la aprietan con mayor fuerza cuando divisan a los cazadores acercárseles. 

El mar no es el mismo en ninguna parte donde he estado. No hay dos olas iguales. Puedo dar fe de ello. Durante todo este tiempo en que he estado huyendo siempre me he dado un respiro, antes del amanecer, para contemplar el rítmico vaivén de las aguas, quizás lanzar una piedra que se pierde formando círculos a su alrededor. Nunca me he podido alejar del océano. A pesar de lo mucho que he viajado y de las incontables gotas de agua que han desfilado ante mis ojos, nunca me canso de mirarlo. Qué no daría por verlo al amanecer. Desafiar a la ley y a la rutina y  contemplar a solas el reflejo del sol en el oleaje de un mar sin nombre. Pero es inútil. Ya se secaron las últimas gotas de sangre. Debo volver a mi guarida. 

El rumor de la ciudad que se despierta me sorprende. Tanto tiempo sin ver mucha gente junta. No sé por qué no desisto y me voy a descansar. Pero sigo. Algo me dice que mi penitencia va llegando a su conclusión. El sol está por salir. Tanto tiempo que no lo veo en su plenitud que no me apetece. Pero igual mantengo el paso. Algunos madrugadores rayos me calientan la cabeza pero no me inmuto. Tal vez al final de esta empinada calle pueda encontrar a quien tanto persigo. Empuño la estaca. Siento que esto se acaba. Debo doblar esa esquina. Me late el corazón más rápido que lo normal. El murmullo de las olas no me tranquiliza. La humedad y el olor del agua salada tampoco. Mis pasos en la arena no me han relajado ningún músculo. No he viajado tanto para ver mi reflejo en el mar. 

 

© Takashi Tsuboyama, 2006

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Takashi Tsuboyama: (Callao-Perú, 1975) Estudió literatura en la PUCP. Actualmente trabaja de burócrata en una oficina del Estado y se encuentra en busca de una editorial que le publique una novela que conserva inédita. Asimismo, este es el primer cuento que publica.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento11_5.htm
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