Breves comentarios sobre el peso de los ataúdes / Ezio Neyra
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Breves comentarios sobre el peso de los ataúdes

por Ezio Neyra

 

A veces me lo pregunto, pero es difícil. Cuando lo hago, empiezan a aparecer recuerdos que cumplen un papel inquisidor que no quiero llevar conmigo. O simplemente están ahí, esperando mansamente sentados o apoyados contra una de las paredes el momento exacto para asomarse y malograr mis tardes y mis mañanas y mis días enteros.

Por suerte, aunque debido a un riguroso entrenamiento, he empezado a adquirir niveles de fortaleza que nunca tuve y, cada vez que se manifiestan, decido darme aún más crédito y convencerme de que quizá no sea necesario ir tanteando en otras mentes que no sean la mía si lo que pasa en el mundo, y en el mío particularmente, sea objeto de estudio en una sala en la que todos dicen entender lo que se debate.

Se me ha dicho que el primer paso para poder sanar es ser consciente de la magnitud de mi enfermedad, pero no les creo, o les creo solo a medias. Y es que ya he pasado por las recomendaciones que se indican en los manuales que me fueron entregados: he culpado al resto durante las dos o tres primeras semanas, he maldicho como un condenado a muerte, y me he culpado una centena de veces llegando incluso a causarme moretones.

No hay novedad en este asunto. Ya me lo había dicho Julia, y también mi madre, que no me iría bien si seguía con esas juntas. Que las amistades hablan de quién es uno realmente y que depende de uno mismo inclinar la balanza hacia el juicio positivo o negativo, o lo que fuera que esto signifique. Ahora veo que ninguna tenía razón. Soy capaz de darme cuenta de que, al igual que me pasó a mí tantas veces, emitieron juicios sin haberse sentado a reflexionar mientras preparaban la comida del lunes o mientras pasaban toda la mañana del jueves sentadas frente a un aparato ruidoso.

Quizá sea mejor no perder más tiempo –ya perdí demasiado– tratando de encontrar entre mis músculos rojos y azules si fui yo o fue el mundo. Prefiero ahora dedicarme a actividades más mundanas, como cuando solía ir al banco vestido decentemente –trabajaba en un banco–, y pensar en si es mejor estar oculto debajo de estas sábanas tan grises como sucias o si es más conveniente pararme e ir a observar cómo los jardineros que vienen cada mañana podan el jardín con un sentido de la estética envidiable. Creo que elegiré lo primero. Hace semanas prefiero lo mismo. Incluso cuando viene la enfermera, Rosa, creo que le llaman, y me dice que me pare, y pone la balanza en el piso y me invita a subir, con la cabeza siempre mirando hacia delante, por favor, ya sabe cómo es. Y yo que aún me avergüenzo, cómo no avergonzarme si tan solo llevo esta bata verde que me cubre únicamente la parte delantera.

Hay días calurosos en los que se me da por pensar que la cama en donde estoy echado desde hace ya un tiempo (no sé exactamente cuánto, nunca fui justo con las medidas) es la misma en la que pasaba mis días de casado. La misma de la que me paraba todas las mañanas para ir al banco y sentar mi vida a sellar y a firmar y a sí señor y a tiene usted razón. Es más, ha habido mañanas en que incluso he llegado a estar convencido de que es la misma, de que nada ha cambiado y de que mi enfermedad no existe más que en la mente de algunas personas malintencionadas. Sin embargo, como me ha sucedido tantas veces también, no fue difícil darme cuenta de que estaba equivocado. Y una vez más todo gracias a los recuerdos, que finalmente son los únicos que se mantienen siempre y que no se van y que si se van regresan.

Julia, con quien ahora ya tendría cinco años de matrimonio, compraba ollas arroceras como quien intenta atrapar a su presa con la mejor carnada. Mamá llamaba, y a veces yo mismo levantaba el teléfono, pero era Julia la que hablaba, y que sí, Graciela, se trata de una buena olla, y que sí, que pronto se lo diré, que empiezo a preocuparme por lo poco que duerme, pero se le ve bien, aún no es nada grave. Entonces a mí me molestaba profundamente esa complicidad femenina que tanto daño me hacía, y me recostaba en el sofá, el que estaba junto a la planta que mamá nos regaló el día de nuestra boda, y esperaba a que el día terminase, y me hacía la firme promesa de no comer arroz esa noche.

Pobre Julia. A veces creo estar convencido de que esos tres años que convivimos le resultaron imposibles. Sobre todo a partir de mi decisión de convertirme en trompetista y dejar el trabajo –trabajaba en un banco– y tocar de bar en bar y tener hambre y comer solo arroz y polenta con cebolla si era necesario. Supongo que ese fue el acabóse, como llamaba mamá a lo que estaba ocurriendo. Y entonces volvía a repetir que esas decisiones deben tomarse antes de compartir el techo con una mujer, cuando aún se puede creer que las fronteras existen solo en nuestras mentes, cuando uno puede tener hambre sin dejar de sentirse hombre. Pero Julia se mantuvo firme al frente del barco; me ayudó a comprar mi primera trompeta –una de las maravillosas Calicchio Ultra Copper Gold que había en la ciudad– y pasábamos las noches fumando y escuchando a Manusardi, a Bergonzi y a Coltrane, mientras ella se convencía, y yo también, de que triunfaría gracias a mis pulmones, que entonces estaban sanos, y a la entonación que iría adquiriendo con el tiempo.

Por esa misma época empecé a conquistar, según pensaba entonces, la capacidad de no cuestionar algunos sucesos extraños que empezaron a ocurrirme. Todavía compartía la cama con Julia, como es habitual en los matrimonios que recién empiezan, y de pronto me levantaba a media noche y me dirigía a la mesa de la sala y sacaba un mazo de cartas y jugaba sin ningún rival al póquer, con apuestas y todo. Pensaba que era una actividad sensata, y la adjudicaba o al cambio radical que había emprendido o a las trompetas o a la elección de no usar nunca más saco y corbata. Pero Julia no había pasado por esos cambios, y era ella quien bajaba a la sala, encendía la luz –casi siempre jugaba a oscuras–, me cuestionaba con naturalidad y me pedía que regresara a la cama.

Durante esas primeras semanas –donde no solo jugué al póquer en la madrugada sino también al monopolio y al dominó– Julia se preocupó pero no se alteró. Adjudicó mis escapadas nocturnas al insomnio que según ella se debía al cambio en mi ritmo de vida, y aún entonces se sentaba junto a mí sin importar la hora, me servía una taza con anís e incluso me alcanzaba una frazada y jugábamos a que jugaba conmigo. Ahora pienso en lo dulce que se le veía con esa cabeza llena de ataduras y pelos largos y amarillos, con el dulce alargamiento casi geométrico del labio anterior y con la extraña manera que tenía de inflar el estómago hasta formar una barriga perfectamente embarazada. Pero yo estaba pero no estaba. Seguía interesado en conocer ese mundo nuevo que empezaba a descubrirse ante mí. Sin importarme las largas noches en vela, que al final no me concernían porque era músico y los músicos no tienen horarios, y sin notar que cada vez las situaciones empezaban a adquirir mayores niveles de complejidad.

Si bien hoy en día he perdido la capacidad de encontrar en mi memoria fechas exactas, creo que fue hacia la cuarta semana de empezado el insomnio cuando desperté cerca de las tres debido al sonido de trompetas que se originaba en el patio de casa. Me acerqué hasta la ventana y pude observar a un grupo de catorce cadetes que entonaba un himno: distribuidos en dos filas, llevaban una bandera con colores pasteles, trompetas, platillos y bombos. Desde abajo, el teniente a cargo, un hombre enjuto pero de costillas grandes, hizo callar a sus soldados, y bastó con un grito seco y bien entrenado para que me obligara a bajar. Cuando me hube formado en la columna de la izquierda, todo fue más fácil: sentí como si hubiera pertenecido al regimiento desde su origen y empezamos a cantar con naturalidad junto a mis primeros compañeros de armas el himno que nos identificaba como ciudadanos del mismo territorio. Cómo extraño el viento helado de esas madrugadas. Los parques siendo tomados por las ardillas y, sobre todo, las calles como vírgenes enteras solo para nosotros.

Pasaban por mí a la misma hora y reproducíamos la dinámica inicial: formar dos filas, cantar el himno, marchar unas cuantas cuadras para entrar en calor y atender a la explicación del teniente sobre el recorrido de la jornada. Con el uniforme puesto era capaz de ver a la ciudad diferente. La imaginaba como uno de esos territorios aislados y futuristas que aparecen en las historietas, en donde solo crecían plantas durantes las noches.

A diario, como parte de la jornada, el teniente ordenaba que pusiéramos trampas en las puertas de salida de algunas casas seleccionadas con un criterio que solo él entendía, argumentando que vivíamos en un territorio tomado por los durmientes y que era nuestro deber detenerlos o al menos retrasar su salida al mundo.

Entonces cada mañana y ya de vuelta en casa y junto a Julia nos enterábamos de historias de personas que, ya con el periódico y con el café para llevar en la mano, habían sido atrapadas en grandes redes o que esperaban ser rescatadas de profundos huecos cavados frente a las fachadas de sus hogares. Tenía ganas de contarle a Julia que yo era uno de los artífices de aquellas acciones, pero preferí omitir esa parte de la historia. Sin embargo Julia no era tonta y empecé a estar seguro de que cuando me ausentaba movía su mano buscándome en la oscuridad y no me encontraba. Y entonces entendí por qué empezó a salir con más frecuencia por la tardes, por qué mamá ya no llamaba tan a menudo como antes y a cambio prefería hablar con Julia en un café o en la banca de un parque.

Fueron duras esas tardes de soledad, cuando incluso me olvidé de cómo tocar la trompeta mientras esperaba que Julia regresara. Creí que lo mejor era calmar su preocupación, y una noche a la hora de la cena cuando ya estábamos compartiendo un anís y empezábamos a mover nuestras piernas por debajo de la mesa buscando compañía, le conté con mucha seguridad que si bien había participado en la colocación de algunas trampas, no había sido mi intención hacer daño a nadie. Espantada, me preguntó por qué lo hacía, y yo en silencio. No tenía nada que decir, y fue lo peor. La transformación de sus gestos fue inmediata. Por suerte pareció entenderme, pero se paró y dijo que se marchaba a caminar.

Empecé así a perder cercanía con Julia, a pesar de haber decidido sellar las ventanas y no salir más con la tropa. Pero hay veces en que la voluntad de uno no es suficiente. Seguían llegando hasta mi patio todas las noches, tocando la trompeta con potencia creciente, diciéndome que bastaba con acatar una última orden y me dejarían en paz. Pero ya lo había decidido, y quería cumplir mi promesa, no obstante sus herramientas de presión poco a poco haberse tornado más eficientes: seguimientos cada vez que salía por las mañanas a hacer alguna diligencia doméstica, cartas conteniendo bichos raros y más de tres decenas de llamadas al día.

Fue tanta y tan diversa la presión, que tuve que reconocer que lo mejor era cumplir la siguiente y última orden con tal de no ver nunca más a esos militares rondando por mi vida. La orden llegó al siguiente día, con un hombre que llamó a mi puerta y me dio un sobre cerrado. Esperar que esposa duerma. Abrir armario. Sacar ataúd. Depositarlo en la base. Destruir este papel. Máxima discreción. Libertad prometida.

Usando varios adverbios, me dije que no podía haber un ataúd en mi armario. Por más que hice memoria, no recordé haber comprado uno nunca. Barajé la posibilidad de que en alguna de mis rutinas nocturnas con la tropa hubiese podido adquirir uno. Sin embargo preferí dejar las suspicacias para otro momento y abrir el armario cuando ya no solo Julia dormía sino también cuando la ciudad había adquirido ese tono oscuro y palpitante de las madrugadas. Allí estaba: blanco, con metales plateados bordeando los lados, y con fotos de mamá y de Julia pegadas en la superficie.

Recuerdo que pesaba mucho, como si hubiera habido dentro cuatro o hasta cinco cuerpos. Aún así lo levanté y lo coloqué sobre mi hombro derecho, abrazándolo hasta donde podía con la mano izquierda. Salí de casa y la noche me pareció hermosa.
Caminé decidido por el centro de la avenida hasta que llegué a la primera esquina y me di cuenta de que no tenía la menor idea de dónde quedaba la base en la que debía dejar el ataúd. No tenía por qué saberlo. Siempre los recorridos con la tropa se habían llevado a cabo por las arterias principales de la ciudad, mas nunca, de eso sigo estando seguro, fuimos a algún lugar donde los cadetes bajaron las armas y se echaron por fin a descansar. Traté de hacer memoria, qué más podía hacer, pero nada. Vinieron a mi mente algunas misiones que ya había realizado exitosamente: la construcción de aquella embarcación sin forma con la que recorrimos distantes territorios o la vez en que me obligaron a pararme en el centro de dos rieles de ferrocarriles mientras me peinaba con el viento originado por los trenes en movimiento.

Barajé varias opciones, y decidí seguir recorriendo la ciudad hasta recordar dónde quedaba la base. Así lo hice, mientras una cantidad alucinante de voces empezó a cercarme y llenarme la cabeza; pero aún así, evitando reconocer sus autorías, caminé hacia el sur con la idea de que en aquella zona podría depositar el ataúd.

El camino era largo y la fuerza se me agotaba, sobre todo cuando aparecían en mi mente imágenes que no deseaba observar. Quizá en otra ocasión la presencia de Julia y de mi madre hubiese sido divertida o al menos hubiera pasado inadvertida, pero entonces solo retrasaron el proceso de llevar a cabo mi última misión, mientras trataban de detenerme abrazándome por la cintura o jalándome de los pelos fuertemente hasta estar a punto de perder el equilibrio. Basta ya de estas estupideces, decía mi madre, ¿acaso no ves que Julia te sigue esperando? ¿Acaso no te das cuenta de que te estás perdiendo?

Algo extraño empezó a ocurrir de inmediato. Llevaba ya recorrido un buen grupo de cuadras cuando noté la presencia de otro ataúd, esta vez apoyado sobre la acera, esperando solo en una esquina. En un principio no le presté atención, pues no tenía cómo cargarlo. Sin embargo, en la medida en que iba llegando a la intersección de las avenidas, me sentí tentado a intentar levantarlo. Apoyé entonces el otro ataúd, descansé un par de minutos, y luego me puse ambos encima: uno en cada hombro, por supuesto. Al cruzar la esquina, y ya con la nueva calle frente a mí, me encontré con algo que no esperaba: una suerte de camposanto donde yacía más de una centena de féretros.

En ese momento hubiera querido abrir uno a uno los ataúdes y descubrir qué o quién se escondía adentro; pero me hubiese quitado mucho tiempo. No obstante, sentí la necesidad de llevarme algunos conmigo: si ya estaba allí, lo menos que podía hacer era darme el gusto de ver hasta dónde podía forzar mi esfuerzo. Así, y luego de contar nueve ataúdes una vez terminada la calle –cinco en el hombro izquierdo y cuatro en el derecho–, seguí mi camino.

No sabía que en la ciudad existiera un lago, pero luego de caminar alrededor de cuatro kilómetros y ya con los hombros hinchados y rojos y pidiendo varias treguas, encontré uno. Me senté en la orilla luego de depositar los ataúdes en la tierra. Recordé –lo hacía cada vez que estaba frente a una cantidad considerable de agua– cuando de niño me divertía permaneciendo en lo más profundo de la piscina de casa por uno, al comienzo, por cuatro, a los dos meses, por siete minutos, al tercero.

Luego de un merecido descanso, empecé a meter uno a uno los ataúdes al agua. Cuando todos estuvieron adentro, algunos féretros se abrieron y desde su interior empezaron a aparecer especies de figuras humanas que gritaban y maldecían más de la cuenta. Tenían la apariencia de hologramas, pero pensar eso hubiese sido muy inocente: eran, sin ninguna duda, las imágenes más reales y maravillosas que jamás había visto. Ya hubiese querido cualquiera observar cómo los peces saltaban por encima de los féretros blancos y marrones para luego sumergirse y así empezar de nuevo y de nuevo y de nuevo. Sin embargo, cuando ya empezaba a olvidarme del dolor, debí dejar de observar aquella gala, ya que a mis espaldas aparecieron veintidós personas que coreaban mi nombre como si hubiera sido el capitán de algún equipo nacional exitoso. Se sentaron inmediatamente detrás de mí, al mismo tiempo que dos de ellos me agarraron por los brazos y a la fuerza trataron de levantarme y llevarme de regreso; al mismo tiempo que los cadetes llegaron nuevamente hasta el patio de casa; al mismo tiempo que Julia se movía en la cama y estiraba su brazo y me acariciaba la cabeza; al mismo tiempo que mamá me sacaba de la piscina y me regalaba besos; al mismo tiempo que sentía cómo el viento frío que entraba por la ventana que dejé abierta me revolvía los cabellos.

Hace dos semanas recibí una invitación para el nuevo matrimonio de Julia. Se casa con un hombre al que nunca conocí, o del que nunca fui capaz de percatarme. Espero que sea feliz. Estoy seguro de que se lo merece. Quizá ahora, en este mismo momento, anda inflándole la barriga a su nuevo hombre, moviendo las comisuras de sus labios y las puntas de sus cabellos, y sonriendo como si todo le sonriera.

Finalmente esta mañana decidí pararme de la cama, pensado en que me hubiese encantado haber tenido un hijo y que ahora me visitase a diario, o cuando tuviera tiempo libre; o al menos poder tener una foto de ambos abrazados o besándonos. A veces lo imagino, tan alto y flaco como yo, corriendo por la sala de espera en busca de su padre, llevándome a caminar, y, sobre todo, convenciéndome de que de ninguna manera es la mejor opción estar metido en esta cama mientras dejo pasar la vida delante de mis ojos.

© Ezio Neyra, 2004

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Ezio Neyra Magagna (Lima, 1980)

Estudia Sociología en la Universidad Católica. Ha publicado cuentos y artículos periodísticos en diversas publicaciones peruanas y extranjeras. El 2003 fundó el sello editorial Matalamanga.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento24.htm


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