Breves comentarios sobre el peso de los ataúdes / Ezio Neyra
¿Quién es ahora mi enemigo? / Rubén Jiménez González
Elipsis / Armando Robles Godoy
Un día cualquiera / Aldo Incio
Una noche muy normal / María Salvatierra
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Una noche muy normal

por María de Fátima Salvatierra

 

Doctor, no insista en explicarme lo saludable que es para el cuerpo dormir ocho horas, no ve que en mi caso lo que dice es una broma de mal gusto. Por favor no me interrumpa y déjeme contarle lo que me sucedió cuando pretendía dormir. Primero fue el insoportable zumbido de una mosca que provocó la crucifixión de mis nervios. Minutos más tarde sonó el teléfono, no sólo una vez sino cinco: tres equivocado y dos me colgaron. Pero esto solamente era el comienzo de la noche, ya que luego mi madre me envió un fax que leí con desagrado pues me pedía que le pagara una deuda. Volví a acostarme, pero no podía dormir a causa del monótono reventar de unas gotas al caer en el lavabo. Y finalmente para coronar mi exasperación el despertador sonó una hora antes de lo programado, obviamente que me enojé e intenté apagarlo, pero no pude, aunque la orden salía de las dendritas de mis neuronas luego bajaba por la columna vertebral y se prolongaba finalmente por mis brazos hasta llegar a mis dedos, éstos ni se movían. Ante la impotencia me puse de pie y mis ojos se precipitaron al suelo, uno rodó por el piso perdiéndose entre los libros y el otro cayó en la cama. ¿Mi cuerpo? Doctor no me pregunte por ello. Bueno, mejor se lo digo, mi cuerpo cayó como vaciado de un balde, se desplomó en forma de masa acuosa. Lo único sólido en ese cuadro daliniano en que se había convertido mi habitación eran mis ojos, nadie puede contradecirme cuando digo que intenté armar lo que de mí quedaba, entonces, traté de coger mis ojos, pero fallé en principio pues me acordé que no tenía cuerpo. Advierto que no tomé licor ni me drogué... y si busco el porqué de mi situación en acciones anteriores sinceramente no las encuentro; pero, como es justo para un doctor saberlo todo y conveniente para mí que lo sepa le digo que dormía como de costumbre: tarde. Ah! los ojos me ardían, pero no tiene mucha importancia o ¿si? Sigo, la llave del lavabo estaba mal cerrada y goteaba imperturbablemente; aunque el tronar de las gotas al caer fuese un castigo yo ya no tenía fuerzas para levantarme y cerrar el grifo. Me enojé a los minutos y lo inevitable sucedió, me levanté y lo cerré. Pero, la vida por algo tiene la tendencia a ser cruel: el grifo goteaba de nuevo. Me controlé para no llorar de ira, me levanté y cerré la llave por segunda vez. A la tercera no pude soportarlo, cogí la tapa del tanque del inodoro y lo tiré sobre el grifo. Claro ya sé Doctor, torpeza imperdonable y es que mi razón había sido devorada por aquellas juguetonas gotas, ellas saborearon su mejor festín con mi desesperación. El agua salió sin control inundándolo todo, no lo aguanté más, me metí a la cama y dormí. Me ayudó mucho en mi propósito por conciliar el sueño el discurrir del agua por mi habitación, ya que me arrullaba como si estuviera a orillas de un río. Y cuando sonó el despertador me descontrolé y no sé cómo decirlo... bueno, en pocas palabras reventé.

Unos golpes en la puerta del consultorio del Doctor lo removieron del bloque de concreto en el que se encontraba, debido, al escalofriante testimonio de su paciente. Luego de unos segundos el Doctor articuló algunas palabras las cuales permitieron que la enfermera entrara. Sin embargo, el asombro seguiría en aumento, esta vez por parte de la enfermera, ya que ver encima del escritorio un plato con dos ojos no es nada normal, entonces, no tuvo más opción que preguntarle al Doctor qué pretendía hacer con esos ojos en aquel plato. Él con su voz ronca y cancina le respondió que eran de vaca y que su hijo se los había pedido para su clase de Biología. Es así que la enfermera vio que todo volvía a la normalidad, y con una enorme sonrisa le dijo al Doctor que dejara de mirar tanto aquellos ojos pues terminarían por hablarle.

© María de Fátima Salvatierra, 2004

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María de Fátima Salvatierra (Lima, 1983)

Cursa el tercer año de Literatura en la UNMSM, forma parte del grupo de promoción cultural Ante Remm que en el 2004 inició sus actividades con una conferencia del escritor Miguel Gutiérrez. Se dedica a la creación de cuento y poesía, aún inéditos, actualmente está finalizando su primer libro de cuentos de corte suprarrealista y con tintes de ironía daliniana.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento28.htm


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