Breves comentarios sobre el peso de los ataúdes / Ezio Neyra
¿Quién es ahora mi enemigo? / Rubén Jiménez González
Elipsis / Armando Robles Godoy
Un día cualquiera / Aldo Incio
Una noche muy normal / María de Fátima Salvatierra
Pér

Liliana Fretel
Alonso Rabí do Carmo
Raúl Mendizábal
Arianna Castañeda
Juan Ugarte

 

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Juan Ugarte Izquierdo

por Juan Ugarte Izquierdo

 

Cielo

Él observa:

En la acera su bien encontrado,
su lluvia escondida tras el sepulcro,
En el lúgubre sendero desenreda la osamenta más preciada,
Y en la piel la furia de un montón de esperanzas renacidas.

Vuelve los ojos, y en el valle muchedumbre
hastiada de falacias tendidas
sobre la plateada cerviz de un guerrero,
virando la vista hacia el cielo oscuro y creyente
el pecado se les vuelve una imagen para el sollozo.

El hombre aislado sonríe y burla,
tras su espalda, una niña sonrojada
le pide culpa desvanecida en los ojos de su bondad,
el hombre con brillantez inesperada,
vira su cuerpo y prosigue en el perdón.

La muchedumbre palpita de dolor
olvidados en la risueña fantasía,
El hombre con una hilera delante de su pecho,
avergonzados todos ellos
clamando perdón plena y sana.

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Despertar

Desperté, y me levanté de las sabanas de mi cama, era temprano, “sal, levántate ya”, escuché. No lo siento, a mi cuerpo no lo siento, frágil a vientos eternos. Camino en segundos que se detienen muriéndose de amor. Me visto, y aún no lo siento, camino al baño, y me lavo el rostro. No siento los amores del ayer, ni de mañana, que pensé saberlo, y no siento, ni rabia, ni alegría, ni nostalgia, ni nada parecido, ni sentimientos que me maten de corazón. Le doy de pasos a los suelos, luego a los escalones, y en las paredes oscuras, veo monstruos que son tiernos, y que sonríen a mi rostro que no encuentro. Percibo unos gritos venidos de rincones, percibo unos llantos de niños de balcones tristes, melancólicos, de tardes que nos matan. Alzo un pie y lo poso en el suelo de la cocina, un arma, un hoyo entre mis ojos, oscuro, muertas caras en el hueco. Un arma, un revolver, airándome de las orejas, en mis pestañas, y de pronto, un sonido tormentoso ¡Qué voraz sonido el que me impacta! Observo la venida de un objeto llegando al fin del hoyo oscuro. Se viene, ya viene, muy cerca!

“Hola”, dijo. “Hola”, dije enseguida. Hace mucho frío aquí, estoy, ¿en donde? Me saludó una amiga, ¿qué sucede? ¿colegio? No tiene el menor parecido, camino, sombríos los caminos, camino. Parece el cielo, oh no! Un ángel, no! Un arcángel, tampoco! Otra amiga me saluda, Y aún no lo siento a mi cuerpo, ni a mi alma, ni a mi amar. Sigo en mi camino que prosigo, sigo de pasos en los suelos, pero esto ya no es un suelo. Una llave, dorada y muy grande, en las nieblas que el suelo extinto esconde, lo hallé. (Unos viejos demonios en la mente) Y la llave, la tomo de costado a la llave, ¿para qué la tomo? Si los camino no me traen puertas, ni almas, ni nada, sólo dos amigas que no conozco han pasado. Y me veo sólo en el camino, de pronto, aparecen de arriba dos pasajes terrenales, y del suelo, cinco lagos de sangre de alguien, humano, lo sé; no; es verdad, no sé nada, pues estoy en un mundo en el cual sólo hay un camino delante de mí, dos pasajes de arriba y cinco lagos de abajo, todos de sangre. Y es verdad cuando dices que no sé nada, pues la historia se hace mientras se escribe y hasta donde se llega. Camino sin agotar a mis piernas, y esto parece infinito, siguen los lagos, me miran, me intimidan! Detengo el paso, no sé porque, detengo mis pies. Aparece un rostro y un cuerpo conocido, Simón, me dicen desde el costado derecho unas voces. Se aproxima velozmente hacia mi, me da de besos en la boca, y no hago nada, si es un hombre! ¿Qué pasa? Es un hombre y no hago nada! Me amarga, pero viene de nuevo con sus besos, no! Y no hago nada! Luego, se aleja y no pude pronunciar ninguna palabra, y no sé. “Fue un hombre”, por detrás escucho, volteo los ojos y el rostro y el cuerpo, es ella, pero ¿Qué tiene ésta mujer? ¿Llora? Es ella, qué linda! “¿Qué tienes?”, le pregunto. No responde, me abraza y solloza, sus manos rodean mi espalda y sus lagrimas queman mi hombro, ¿qué sucede? Tiene melancolía, tristeza en sus ojos, un color desconocido el de ella! Y me abraza muy fuerte, se detiene y se separa de mi. La miro a los ojos, y sus cabellos negros largos se mueven dulcemente por su rostro, no me dice nada, y la amo. “Te amo”, despojan despavoridos mis labios. “Hasta luego”, murmura ella. Desaparece. Sigo en mi caminar, y odio todo esto, los lagos, los pasajes, al hombre, al camino, lo odio todo! Pero sigo, y ya siento, amor, odio, qué lindo! Lentamente, yo sigo, infinitamente, camino. Los pasos empiezan a hacerse duros y fuertes, y el sonido retumba en mis oídos, retumba! Una hoz en el suelo, y junto, una puerta, ¿y la llave dorada y muy grande? Maldita sea! La perdí, no! La hoz plateada, la observo con suma delicadeza, la tomo, (no, mejor no) fuertemente la tomo, y te mato (No!) Perdón, mato a mis piernas que no me dejan actuar, no me duele, no siento mi cuerpo, sale sangre y disfruto, no duele, y la hoz llena de rojo! Qué divertido! Pero me caigo, maté a la segunda pierna, me caigo, reposo. La sangre circula, la hoz desaparece, ya no puedo caminar, invalido, no importa. Y la llave la encontré! Bien! Dios! ¿Qué es esto? ¿Y la puerta? ¿No hay puerta ya? Malditos! Quieto, muy quieto, sin músculos que mover, el viento suave, sin nada, nubes ya idas, sólo sentado, sin piernas, al lado mío, muertas. Pasan los minutos, ¿cuáles? Otra arma en mi rostro! Oh! Muero!

De nuevo...

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Llegará con polvos sobre la frente, les digo...

Se sobre entiende,
Llegará con petacas revoloteadas
en inmaculada sensación aromada por alivio
y será como ya es dicho, algún día de septiembre friolento.

Ahora ya es hecho, será como dios mande
Un regalo en julio o lugar a perdón en septiembre
Descomponiendo la insolencia de fatales meses proliferantes
de milagrosa resistencia evaporada en cada atardecer de otoño,
y donde las yemas de mis dedos clavadas en las paredes miraflorinas
recobran ensueños infaustos y deleites padecientes.

Un día que cautivado, se hallará
sonriente y observando de vuelta a la que no esta junto a mi, en
los penetrantes primerizos rayos del sol.
Acompañada de perdición y soledad a
recuperación a largo plazo.
Vendrá y la duda no cabe mas al cavilar
que triunfante el frío viento – será primavera –
dará bienvenida en los cimientos de aquella puerta
resistente.

Así converso entre cada hondo respiro de inmortal fallecimiento
al producir un minuto mas el pensamiento, al instante
de terminado mi conexión, con aquella mujer madre y mártir
en los espíritus adyacentes, que como ya es dicho
volverá y volverá con los polvos sobre la frente
algún sospechoso en misterio, día de septiembre...

© Juan Ugarte, 2004

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Juan Francisco Ugarte Izquierdo (Lima, 1988) Estudiante del colegio Abraham Lincoln. Finalista en el concurso metropolitano de poesía “Espejo de Papel”, sus poemas han aparecido en la antología editada por los organizadores de este concurso. Ha participado en recitales de distintos eventos. Piensa estudiar Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/ugarte.htm


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