Breves comentarios sobre el peso de los ataúdes / Ezio Neyra
¿Quién es ahora mi enemigo? / Rubén Jiménez González
Elipsis / Armando Robles Godoy
Un día cualquiera / Aldo Incio
Una noche muy normal / María de Fátima Salvatierra
Pér

Liliana Fretel
Alonso Rabí do Carmo
Raúl Mendizábal
Arianna Castañeda
Juan Ugarte

 

____________________________________________________________

Elipsis

por Armando Robles Godoy

 

"Te extraño mucho".

"Llámame a las diez".

El papelito estaba doblado en cuatro y cayó al suelo cuando abrió la portezuela del auto.
Lo levantó automáticamente, lo desdobló y leyó el mensaje.
No sintió nada.
Se dio cuenta de que no sentía nada desde hacía mucho tiempo.
Al detenerse ante el primer semáforo volvió a leer el mensaje.
Estaba escrito a mano con una letra puntiaguda, femenina y desconocida.
Se trataba de un error y su destinatario era otro. Aunque todos lo conocían en la universidad y sabían muy bien cuál era su auto.
Dejó el papel en el asiento, desdoblado como una mano abierta palma arriba, y continuó manejando sin placer.
Llegó a su casa a las dos en punto, como de costumbre; pero esta vez no entró de inmediato y se quedó sentado con la mirada fija en la pared blanca que tenía delante. No podía bajar del auto; había olvidado los movimientos necesarios.
Además, la pared no era blanca.
Volvió a leer el papelito y decidió romperlo y botarlo.
Pero se dio cuenta de un detalle curioso: la segunda oración estaba separada de la primera por un punto aparte.
¿Por qué la pared no era blanca ahora si siempre lo había sido?
Dobló el mensaje por los dobleces originales, lo guardó en un bolsillo del saco y, con gran esfuerzo, recordó los movimientos para bajar del auto.
Se acercó a la pared que había sido blanca.
El almuerzo estaba sobre la mesa: una ensalada de verduras crudas con queso, una fruta, un vaso de leche. Siempre lo mismo, servido por el fantasma antes de que él entrara.
Almorzó sin sabor y bebió la leche sin respirar, aunque era malo para la digestión.
¿Por qué el punto aparte?
La autora, porque no cabía duda de que era una mujer, había separado radicalmente las dos oraciones con un propósito semántico preciso.
Entró en su estudio: pequeño, oscuro y fresco, con las cuatro paredes cubiertas de libros; muchos de los cuales podría releer, ahora que le sobraría tiempo.
Se sentó ante su viejo escritorio, escrupulosamente ordenado, y escuchó al fantasma llevarse los platos y cubiertos a la cocina. Los mismos ruidos, el mismo número de pasos apagados, el mismo rechinar de la puerta.
¿Cómo cambiaría eso ahora? ¿Cambiaría?
Era inevitable que las rutinas fundamentales de su vida se convirtieran en rituales vacíos. O desaparecieran, dejando...¿qué?
Tomó los exámenes que debía calificar para el día siguiente.
La víspera, con una sensación de alivio, casi había terminado. Nada excepcional que fuera más allá de lo esperado; nada que amenazara con un futuro y gran escritor peruano, que probablemente terminaría como una promesa más.
La nada de siempre; su territorio favorito.
Con una excepción molesta.
La había dejado para el final con la esperanza de que desapareciera o se convirtiera en otra mediocridad.
Sacó el papelito.
¿Por qué el punto aparte?
"Te extraño mucho" era una declaración emotiva, que revelaba una situación poderosa ante la cual aquella mujer se había rendido. Pero no se trataba de una debilidad. Todo lo contrario. Expresaba la fuerza de una mujer que exhibía, sin disfrazarla, su vulnerabilidad ante un gran amor, al que se entregaba mediante una orden categórica que no temía ser desobedecida: "Llámame a las diez".
¿Por qué la vacilación de un punto aparte?
En el curso de Literatura Comparada que él mismo había iniciado en la universidad años antes, había ordenado, como examen semestral, un fragmento no mayor de dos carillas, cuyo centro dramático fuera una elipsis enigmática. Nada más. Un examen sencillo y casi imposible.
Eso pensaba con satisfacción anticipada; que se había hecho real ante el desastre de los exámenes.
Con una sola excepción anónima.
Resistió la tentación de quebrar la complicada regla que se había impuesto de no identificar a sus alumnos antes de la calificación del final del curso; cuando (y solo entonces) deberían revelarse los nombres ocultos tras los seudónimos. Como en los concursos literarios.
Colocó en el escritorio el examen inquietante y el mensaje misterioso. Durante un momento pensó en romperlos y quemarlos; pero un sudor frío en la espalda lo contuvo. Ambos tenían el mismo número de palabras: siete.
Lo sabía antes de contarlas.
¿Cómo es que, después de tantos años, no se había dado cuenta de que la pared no era blanca? Estaba seguro de que había sido blanca. Escrupulosamente blanca.
La examinó de cerca, palmo a palmo.
Efectivamente, no solo no era blanca, sino que nunca lo había sido. Su no blancura era muy antigua y muy limpia. No era cuestión de suciedad sino de origen.
Resopló con exasperación porque no soportaba los enigmas que ocultaban la verdad; aunque mucho tiempo atrás había llegado a la conclusión de que, casi siempre, la verdad es una mentira desagradable.
Decidió comenzar por el examen; y en ese instante el mensaje perdió importancia. No se explicaba cómo había perdido tanta atención en semejante tontería: un error estúpido que no valía la pena aclarar. Lo apartó y se concentró en el examen que, a todas luces, parecía otra tontería: una burla que ni siquiera valía un castigo. Pero era un examen y debía calificarlo con toda seriedad y justicia.
"Al morir,
Lázaro recordó que había muerto".
Siete palabras. Como el mensaje. Y también dividido innecesariamente en dos renglones.
La diferencia era que el mensaje estaba escrito a mano, y el examen, a máquina; con un seudónimo que parecía otra burla: "¿Oxímoron?"
Forzándolo podía ser un oxímoron, y con eso bastaba para calificarlo con un 11 generoso. No podía juzgar un trabajo por el seudónimo. Sintiéndose culpable y tonto se concentró en el texto.
¿Por qué los dos renglones? De nuevo el sudor le enfrió la espalda. No podía fijar su atención en el examen sin que le bailaran en el cerebro las siete palabras del mensaje. Con un carajo mudo aceptó la comparación como un desafío.
Se trataba de una broma cretina de la misma persona; hombre o mujer.
Terminaría de una vez con este asunto. Tomó el mensaje, alisó con cuidado el papel y lo examinó detenidamente con una lupa.
Los dobleces habían sido repetidos. Una vez por él, desde luego. La otra era anterior. La autora había doblado, desdoblado y vuelto a doblar el papelito.
Quizás el mensaje había sido la primera oración y ella lo había desdoblado para añadir la segunda. Lo que demostraba que no era una persona tan fuerte. Desdoblar el mensaje para completarlo era fruto de una inseguridad de adolescente, del temor de que no bastara el primer renglón para que se hiciera lo que ordenaba el segundo. Era una señal de debilidad.
Lo dominó una oleada breve y violenta de exasperación. No se trataba de una adolescente. No podía ser ninguna de esas muchachas que meneaban sus culitos apretados por las aulas y los jardines de la universidad, y que lo miraban con ojos ausentes en sus clases. La autora del mensaje debía tener cuarenta años. Tal vez treinticinco. Ni uno menos.
Él no aparentaba más de sesenta años; a pesar de lo cual lo habían jubilado porque tenía setenta.
¿Y esta monumental estupidez, a la que se sumaban las otras dos, justamente ahora, cuando ya había aceptado que era un anciano y que, quizá, los administradores de la universidad eran más sabios que los sabios al percibir el momento en que estos dejaban de serlo aunque aparentaran lo contrario?
Saltó como un gato sobre el examen.
Era más viejo de lo que pensaba.
No se había dado cuenta de algo que saltaba a la vista.
No se trataba de un examen, ni de un modelo de elipsis, ni de un oxímoron.
Se trataba de uno de los cuentos más breves de la historia de la literatura.
Siete.
El mismo número de palabras que el cuento del dinosaurio.
Y este era más rico y dramático.
Además... Sí: era una elipsis precisa y sutil.
No era un examen, sino un complemento del mensaje.
Se levantó y comenzó a dar vueltas alrededor del escritorio.
Era original. Buscó en las erudiciones de su memoria algo semejante, y no lo halló. Era original y estaba destinado a él.
El mensaje no era un error y también estaba dirigido a él.
Se trataba de un solo autor.
O autora.
Desde la primera lectura, y aunque los textos eran demasiado breves para una comparación de estilos, había dado por sentado que el mensaje era femenino, mientras que el examen era de un hombre.
Claro que en el fondo no estaba seguro. Recordaba, en secreto, varios errores y confusiones que lo avergonzaban por haber caído en ellos; a pesar de "Las Canciones de Bilitis"
¿Y si se trataba de la complicidad entre un hombre y una mujer para...?
¿Para qué? ¿Qué sentido tenía todo esto? ¿Alguien le estaba enviando un mensaje críptico, tan importante que debía ser absolutamente secreto? Tan secreto, que ni él mismo sacaba nada en claro. Ni le importaba un comino, que era lo más grotesco.
Se volvió a sentar, exhausto. Pensó que la hermosa mujer estaría aguardando las diez sin saber que el verdadero destinatario jamás había recibido nada, porque él, sin quererlo, había interceptado el mensaje rompiendo el hilo de una historia que no le concernía en lo más mínimo; y provocándole la desagradable sensación de haberse convertido en el agente involuntario de una jugarreta estúpida del destino.
¿Y Lázaro? ¿Dónde encajaba la breve historia de Lázaro y de su doble muerte? ¿Algún alumno ingenioso le estaba jugando una broma pedante o le estaba enviando un mensaje que no tenía nada que ver con el otro?
La coincidencia de esos dos papeles, tal vez relacionados entre sí y tal vez no, le había producido una agitación creciente, rompiendo la paz emocional que le había costado tanto conquistar.
A las ocho no se había movido del escritorio. El papelito del mensaje y la cuartilla del examen brillaban en la oscuridad. Los ruidos del fantasma habían cesado mucho antes.
Entonces, por primera vez, sintió la soledad.
Encendió rápidamente una luz; pero la soledad continuó.
Se refugió en la hipótesis de que los dos mensajes eran uno solo.
Todo era cuestión de encontrar la clave de la conexión entre ambos.
Pero luego de un rápido cálculo de las posibles combinaciones de las catorce palabras, abandonó las matemáticas y se hundió en un esfuerzo intuitivo para buscar un atajo sintáctico. La solución era lógica; la cuestión era verla.
Comenzó por reordenar el texto sin añadir ni quitar una palabra: "Al morir te extraño mucho. Llámame a las diez. Lázaro recordó que había muerto".
No tenía mucho sentido, salvo el de aclarar que no se trataba del amigo de Jesús, sino de un posible símbolo.
Intentó otro camino: reordenaría los conceptos sin limitarse a las catorce palabras: “Estoy muriendo porque te extraño mucho. Llámame a las diez. Recuerda que Lázaro ya murió".
El asunto parecía aclararse; pero debía simplificar: Lázaro murió a las diez. “Llámame. Te extraño mucho".
Si aceptaba que no se trataba del Lázaro evangélico podía tacharlo para simplificar y precisar el mensaje: "Ya murió. Llámame a las diez. Te extraño mucho".
Miró el reloj: las nueve.
Le quedaba una hora.
¿Para qué?
¿Habría matado al marido?
¿Lázaro era el marido?
¿Era un asesinato o una telenovela?
Decidió hacer un esfuerzo más de simplificación, sin abandonar la hipótesis del mensaje único. Quitaría todo lo posible para ver qué quedaba: "Murió. Llámame. Te extraño".

Las cuatro palabras lo hipnotizaron.
Cuatro palabras.
La narración más breve en la historia de la literatura castellana.
¿De manera que era eso? ¿Un proceso creativo estimulado por la coincidencia casual con un mensaje equivocado? ¿Un examen presuntuoso y la necesidad agónica de demostrarse a sí mismo que su jubilación era la estupidez precoz de un sistema universitario asfixiado por dogmas estériles? Tres tonterías distintas y una sola casualidad cojuda.
Se quedó suspendido en el aire.
Acababa de recordar un juguete verbal que había ideado para que sus alumnos comprendieran lo que él denominaba Lógica Literaria:
"Cuánta casualidad en la causalidad.
Y en la causalidad, cuánta casualidad.
¿No será, por casualidad,
casual la causa?
Y lo causal
¿no será casual?”

A pesar de que siempre sucedía lo mismo, lo divertía el alto porcentaje de estudiantes que, o copiaban mal el juguete cuando lo dictaba por primera vez, o no entendían nada antes de varias lecturas. Fuera de los que nunca entendían nada.
Y ahora se encontraba ante un bumerán: su mismo juguete había descrito un círculo perfecto para golpearlo en la cabeza con la contundencia de las leyes de la gravitación.
La casualidad, ese símbolo por antonomasia de la libertad anárquica del destino, era una ley, desconocida como tal, pero cuyos preceptos se cumplían con más rigidez que la muerte.
Estaba en un callejón sin salida. Lo único que le quedaba era retroceder para intentar una escapatoria por donde había entrado.
Se encontró ante tres puertas: un mensaje, que podía ser un error o una broma; un examen, que también podría ser una broma brillante; y la noticia de la jubilación absurda. Las tres, por "casualidad", se habían abierto el mismo día para que él entrara (¿o saliera?) sin darse cuenta de que, a pesar de su disfraz de cosa imprevista, se trataba de la causalidad brutal de una ley implacable.
Implacable si él quería que lo fuera; pero de ningún modo si mandaba todo al carajo y no entraba en el juego suicida de tratar de comprender una ley. Una trinidad de catalizadores que su romanticismo anacrónico, ávido de aventuras misteriosas, intentaba convertir en una estructura fatal del destino, que lo llevaría adonde nunca se había atrevido a acercarse siquiera.
A estas alturas postrimeras de una vida inmunizada de la vida por la ausencia de hados y musas, y la asepsia de la soledad.
Trató de sonreír para neutralizar la indignación que lo amenazaba por haber perdido estúpidamente tantas horas. Había, es cierto, tres puertas; pero saldría por las tres al mismo tiempo para reafirmar sus derechos sobre su propia vida; y, sobre todo, porque en ese mismo instante y con toda seguridad, la hermosa mujer del mensaje y el brillante alumno del examen se estarían riendo con sus amigotes; y el rectorado suspiraría con el alivio de haberse librado del dinosaurio más antiguo de los que aún ambulaban, desorientados, por los jardines, las aulas y los corredores pasteurizados de la universidad.
No calificaría el examen.
Ni ese ni ningún otro.
Que los muertos entierren a los muertos.
En cuanto al mensaje, si es que no se trataba de una tonta equivocación, no tenía importancia. Al fin y al cabo ¿qué la tenía?
Leyó por última vez los dos escritos.
Qué lástima. Qué equivocados. Qué manera de errar el blanco. Qué desperdicio de enigmas. Qué escena final más mediocre e inútil.
Lo peor era que se intuía el material necesario para un final hermoso, apasionado, de una melancolía luminosa e inolvidable, que borraría la rutina gris de la vida en un solo momento eterno de amor y belleza.
Los amantes lo recordarían y lo cantarían siempre para celebrar su felicidad o para llorar sus tristezas. Los que nunca habían amado, o no amaban ya, lo harían por primera vez o de nuevo, arrastrados por ese extraño capítulo final de una historia sin historia, que se despertaba demasiado tarde, demasiado pobre; pero con tanta energía, que encendería estrellas donde nunca las hubo. Aunque solo duraran un instante.
¿Y quién encendería las estrellas? ¿Él? La verdadera burla no estaba en el mensaje, ni en el examen, ni en la injusta estupidez de su jubilación; sino en la convergencia estéril de esos tres factores sin resultado posible; en el error del momento y del destinatario.
El destino, si es que existía y era el autor de esta inspirada jugada de ajedrez, la había desperdiciado en él, que ni siquiera sabía jugar ajedrez.
Pero sí puedo "mirar desde lo alto de mi estéril colina, los verdes paraísos donde nunca entraré". Y ahí se ocultaba la crueldad de la burla. No era un error del destino, sino un acierto preciso; porque él era el destinatario perfecto en el momento perfecto. Lo habían despertado, ya al borde del final, para que fuera testigo de su propia...¿qué? Nada. Eso era. Para que fuera testigo de su propia nada.
Al fin y al cabo era profesor de literatura y estaba capacitado para redactar correctamente, y en seis palabras, su autobiografía: "Soy testigo de mi propia nada". Qué maravilla. Al fin había creado algo sin dejar de ser nada. Un oxímoron precioso, y una elipsis oculta que abarcaba toda su vida.
Algún día tendría que conocer a "¿Oxímoron?" para conversar sobre su examen. ¿Se trataría de otro testigo estéril de la hermandad? En todo caso tenía derecho de conocer la causalidad casual de su examen, y la calificación que merecía. Además, quería preguntarle si el Lázaro de su historieta era él, que, ahora sí, aguardaba su segunda muerte, porque ya había recordado la primera.
En cambio, la mujer, la hermosa mujer del mensaje, seguiría preservando el misterio de la cumbre inalcanzable. Nunca descubriría quién era; salvo que otra casualidad le revelara su identidad y las causas de su broma o las consecuencias de su error.
¿Qué hermosa mujer de treinticinco o cuarenta años había en la universidad?
De nuevo el sudor frío le empapó la espalda.
¿Cómo sabía que era una mujer hermosa?
Encendió un cigarrillo: el tercero y último que se permitía fumar cada día.
Un vacío de angustia le llenó el pecho.
¿De dónde había sacado que era hermosa?
La idea de que se trataba de un juego solo lo alivió un instante, porque si no se conocen sus reglas, el juego no se diferencia de la vida.
La belleza del mensaje no era un juego. Ni una broma. Ni podía ser un error. No existía en su vida un solo recuerdo de un placer tan intenso y tan doloroso como el que le producían las siete palabras del mensaje. Y se lo producían a él. Solamente a él. Era imposible que hubiera otro destinatario. Pero también era imposible que el destinatario fuera él.
¿Imposible?
La angustia ya era insoportable.
Debía vencerla si no quería ahogarse en esa agonía absurda.
Se puso de pie, temblando, y encendió todas las luces de su estudio.
Tenía que proceder con la pasión y la frialdad de un exorcismo.
Con movimientos mecánicos rompió en pedacitos el mensaje y el examen.
No debía quedar nada porque no había nada.
Absolutamente nada.
A la mierda con el mensaje, con el examen y con la jubilación.
A la mierda con la universidad.
A la mierda con la mujer hermosa.
Pero a las diez en punto levantó el teléfono y la llamó.

___________________

(*) “Elipsis” forma parte de su libro de cuentos Un hombre flaco bajo la lluvia, publicado recientemente por Editorial Matalamanga.

© Armando Robles Godoy, 2004

___________________________________________________

Armando Robles Godoy (NY, 1923)

Es el decano de los cineastas peruanos, campo en el que ha conquistado importantes premios internacionales. Como narrador ha ganado varios lauros: finalista en los concursos Copé en cinco oportunidades y conquistó el segundo y tercer puesto de dicho concurso.

___________________________________________________
Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento26.htm


home / página 1 de 1

_____________________________________________________________________________________________________________________________
contacto | quiénes somos | colaboraciones | legal | libro de visitas | enlaces | © el hablador, 2003-2004 | ISSN: 1729-1763
:: Hosting provisto por Hosting Peru ::
Hosting