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[ Recomendamos leer ]
  El libre albedrío de matar en Rubem Fonseca. Hacia una poética narrativa del cuento (por Aldo Incio Muñoz. El Hablador Nº2. Diciembre 2003)

 

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Un día cualquiera

por Aldo Incio

 

Que como a todos le puede
suceder un día cualquiera

Las ciudades son lugares como cualquier otro lugar del planeta. Suceden cosas en ellas. Los hombres y mujeres que las habitan conviven en un mundo falaz. Uno de ellos es Vicente, o Vico según como lo llamen o recuerden sus amigos. Él trabaja para un supermercado y se encarga de reponer los frascos de mermelada o de mantequilla o de leche que pueden estar faltando en los estantes del establecimiento. Vicente esta enamorado de Ana quien es su compañera de turno y esta casada hace tres años y tiene una hija.

Vicente no le ha dicho nada y Ana se sorprende cada vez que él llega con un detalle, esa mañana fue una caja de chocolates, o como la otra vez que se echó la culpa de la ausencia de algunos frascos de manjar blanco en el turno de Ana, y se lo descontaron a él del salario del mes. Vicente tiene un padre que se dedica a robar carteras en la esquina de La Habana y San Mateo. Es usual verlo a Vicente llegar a la comisaría de Mirones a pedir que lo dejen ir aduciendo problemas mentales en el viejo. Los policías del lugar lo sujetan, porque el viejo se resiste y grita y golpea, y a empellones lo sacan a la calle y lo dejan inconciente sobre el pavimento. Vicente gasta las monedas que le faltan y en un taxi se lo lleva del lugar hacia la casa de la abuela que es donde vive junto a los tíos. Vicente es su único hijo.

Esa mañana Vicente llega a trabajar como cualquier otro y encuentra que Ana no ha llegado todavía. Su jefe esta enojado por su ausencia y lo único que hace es repetir que la despedirá si lo hace una vez más, advirtiéndoles de esa manera al resto de empleados. Ana llega como al mediodía y entra a la oficina del jefe con la mirada en el piso. Después de mediahora sale con los ojos llenos de lágrimas y se pone el mandil de trabajo. Le cuenta a Vicente que le ha dicho que a la próxima la echa. Vicente le dice que es un cobarde y le pregunta por las razones de su tardanza. Ella queda en silencio.

La llegada de la tarde hace pensar que todo llega a la normalidad. Juntos salen a almorzar al comedor que queda en la parte trasera de la tienda. Ana le cuenta que esa mañana su hija se ha ido con el padre, y que tiene miedo que él no se la devuelva más. Han viajado con la excusa de ver a la mamá de este a Iquitos. Ella le cuenta que el esposo se dedica a pasar droga por la frontera con Colombia en embarcaciones clandestinas. Ana ha quedado sola. Vicente lo sabe. Se recrimina que su conciencia piense que esta es su oportunidad. Él la ama y haría de todo por verla feliz y tranquila, especialmente feliz. Salen juntos nuevamente a trabajar y de pronto el jefe llama a Ana a su oficina. Ana sale a los cinco minutos y le dice a Vicente que la han suspendido por toda la semana sin pago ni nada. Vicente le dice que no se preocupe, que renuncien los dos en ese momento, que él conseguiría un mejor trabajo, que se vaya a vivir con él. Ella se ríe al principio, luego, viendo la cara de él, enojada le responde que esta loco. Ana se va sin despedirse y Vicente se pregunta porque será tan tonto.

Antes de que acabe su turno Vicente es llamado a la oficina del Jefe. Vicente se siente extraño, recordaba no haber cometido ninguna falta, de repente era por Ana, si era por Ana se preocupaba. Encontró al supervisor de la tienda con el jefe de seguridad. Le dijeron que en la puerta habían encontrado a un hombre saliendo con cuatro frascos de manjar blanco en los bolsillos, que lo habían revisado y que entre tarjetas de crédito falsas, chequera en blanco, billetes de cien y cincuenta dólares falsos, habían encontrado una licencia de conducir con su nombre y con su foto. “El anciano que las tenía dijo ser su padre”, le dijo de pronto uno de ellos. Vicente palideció, pensó que con esto perdería el trabajo. “Yo no tengo padre”, respondió a uno de ellos, y continuó: “Así que es absurdo que continúe en esta oficina, si es que me permiten, me retiro”. “Aun no”, cogiéndolo del brazo lo detuvo el más grande que era el jefe de seguridad: “Si le interesa el hombre se desvaneció en el momento y trasladándolo al hospital murió, según nos informaron de un ataque al corazón, de todas maneras si no es su padre de repente nos ayude a reconocer quien puede ser”. Vicente intentó moverse pero vio que sus piernas no le respondían. Su padre hubiese querido en un momento como ese que llegara para sacarlo una vez más de esa, pero esta vez era diferente. Salieron juntos de la oficina. Fernando, uno de los empleados, lo interceptó fuera: “Ana dejó esto para ti”. Era la caja de chocolates vacía pero con un papel dentro: “Te quise mucho, Vicente, gracias por todo. Un beso, siempre te recordaré”. Vicente recordó que Ana era casada y que tenía una hija y que eso era más fuerte que todo. Recordó la última imagen del rostro de su padre.

Ese día como todos no fue uno más, Vicente amo y lo desamaron, perdió y recuperó algo. En el auto de la policía que lo transportaría al hospital donde se encontraba su padre leyó en la guantera: las plegarias atendidas son el fruto de los días. No leyó más.

© Aldo Incio, 2004

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Aldo Incio Muñoz (Lima, 1981)

Estudia Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha publicado sus textos en diversas revistas del medio, entre ellas Segregación. Pertenece al consejo editorial del periódico de poesía La Unión Libre, y es colaborador permanente de El Hablador.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento27.htm


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