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Pastores,
perros, chozas y ganados
Sobre las aguas vi, sin forma y vidas (...)
Luis
de Góngora
—Sáquese
esa ropa, Anselmo— me dijo con irritación
mamá, acomodándose el chal sobre sus espaldas.
Mire si el alcalde lo ve así, todo desguañangado.
Venga, cámbiese. Y coma algo hoy.
Era verdad; no había comido nada desde que murió
papá, dos días atrás, y lo había
olvidado. Aquí, en esta frialdad quemante de
celda, me vuelvo a ver. Vestía una chaqueta carcomida,
sin botones, con el cuello levantado, pantalones de
mezclilla parchados en las rodillas y botas de goma.
Papá siempre fue hosco, solitario, impenetrable.
No nació para mandar ni para obedecer, en un
mundo en que todos mandan y obedecen. Todas las cosas
de su patrimonio nacían de sus manos, únicamente
de sus manos. No le debía nada a nadie. Y nadie
le adeudaba nada a él. La casa emergió
de su cabeza lenta, trabajosamente, como los cimientos
de la casa del tiempo. Papá la construyó
sin la ayuda de nadie, y se metió en ella como
quien se mete en la vida para protegerse de la muerte.
Pasó el tiempo y estas cinco pobres habitaciones
se convirtieron en algo así como compartimientos
de su propia alma, erguidas contra el viento y la lluvia,
contra las admoniciones del río, contra el tenaz
olvido colectivo.
En vano venían, en julio, las inundaciones. Papá
no se rebajaba a huir, como un forajido temeroso, del
acoso de las pacientes y furibundas aguas. Las autoridades
lo maldecían y le pronosticaban un mal fin, pero
contra su arrogancia combativa poco podían. La
condición de "damnificado" no se acoplaba
con su carácter. Odiaba ver a esas gentes arrumbadas
en gimnasios, en colegios, en las iglesias, disminuidos
ante su privacidad delatada, y de pronto decidió
que odiaba también la monotonía de la
vida vecindaria.
Poco a poco nos fuimos quedando solos. Las autoridades
se vengaban de papá trasladando la civilización
más arriba, lejos de las aguas del río.
Los vecinos, exentos de individualidad y coraje, insensibles
a las formas de la naturaleza, subieron la ladera con
los bártulos sobre sus espaldas y de arriba miraron
a mi padre con una mezcla de indignación y lejana
misericordia. Arriba, en la planicie de la colina que
dominaba el extenso panorama del río, desde donde
se veía delinearse confusamente nuestra casa,
los esperaban una casa con calefón e inodoro,
con alcantarilla y vereda, con mayores impuestos y cercanas
escuelas, junto a las inteligencias de la administración,
de la autoridad y del comercio. Año tras año
aquellos hombres siguieron mirándolo de lejos,
como quien contempla desde una culpa un consuelo lejano.
Papá —oscuro, solapado, severo— no
los miraba.
En nuestro entorno, allí donde se asentaban las
casas, fueron medrando el sauce, el eucalipto y la zarzamora.
Mamá refunfuñaba; Leticia, mi hermana
mayor, maldecía su soledad, y Rebeca, la que
más lo quería, lloraba, sólo lloraba.
Las tres conspiraban contra papá calculando posibilidades
de subsistencia en otra parte, con mejores comodidades
y rodeadas de los gestos y las voces de la gente común.
Papá, desde su trono hecho de soledad y tinieblas,
no las escuchaba.
Papá trabajaba en un aserradero y andaba todo
el día oloroso a madera, festejado perpetuamente
por el aserrín. Contra mis quejas, contra mis
temores primitivos, me decía muy de mañana,
con su aliento puro y sombrío, enfebrecido por
las ráfagas del vino de la noche anterior: "Usted
se me levanta, nomás. No vino al mundo a nada.
A mandar vino usted". Pero yo no nací para
estar arriba de ningún pedestal, ni para elaborar
pacientemente ningún desplante. ¿Para
qué habré nacido yo? Ni aun hoy, tras
estas rejas, sé darme una respuesta.
Papá murió una noche de este invierno
lluvioso, tras dar con su cabeza en la borda del bote.
Yo remaba: lo vi perder el equilibrio, lo vi caer, lo
vi hundirse un poco más en su silencio. Tuvo
una muerte sosegada y súbita, sin ostentación,
muy de su carácter. He muerto y saquen ustedes
las conclusiones, pareció decirnos, como siempre
parecía decirnos. Los médicos hablaron
de un derrame cerebral, pero yo pensé que más
que nada lo hicieron para arruinar el misterio de su
última voluntad. Tras su muerte, mi madre y Rebeca
lloraron toda la noche. Leticia, en cambio, se frotaba
los brazos en silencio, movida quizás por un
recóndito sentimiento de alivio.
Ante su cadáver, yo no dije nada. Sólo
pensé: "Si se murió es porque tenía
que morirse". Y ahí se acabó el asunto.
Mamá lo quería velar en otro lugar. Me
lo dijo suave, disimuladamente.
—Papá se queda acá, carajo—
dictaminé sin levantar la voz, mirando hacia
la orilla golpeada por la lluvia. Váyase usted,
si quiere.
Mamá me notó la determinación en
los ojos y no insistió. Así fueron siempre
sus claudicaciones ante las decisiones de papá.
Solitaria, poblada por el musgo y la hiedra, la casa
evocaba una época angustiada de mi vida. Cuando
el temporal la azotaba, el escalofrío invadía
mi espalda infantil al tiempo que oía crujidos
que me llenaban de inquietud. El cauce impío
y soberbio se aproximaba, siempre se aproximaba. Silenciosamente,
en puntas de pie para que papá no me escuchara,
intentaba escapar, pero el agua ilimitada lo rodeaba
todo. Desde mi infancia muerta añoraba la magia
del contacto con otros niños y sólo la
escuela me permitía experimentar aquel fulgor.
Podía llorar, podía gritar; pero sólo
la lejanía me escuchaba.
Nadie se acercaba a nuestra casa, salvo mi tía
Rosalía, hermana de mi madre, y extraños
y solitarios visitantes del otro lado del río,
tras agotadoras cabalgatas. Papá no era amable
ni cordial; tenía una cortesía difícil;
los miraba con una expresión de cansancio, secretamente
perturbado, desde un hastío impasible situado
más allá de todas las acciones humanas.
Ya por entonces dejaba caer sobre mí su oscura
influencia, envolviendo a todo el mundo en un halo de
secreta perfidia ante mis ojos.
En aquella soledad, ¿qué iba a hacer yo
con mis sueños y recuerdos, con mis juegos e
ilusiones, por medio de los cuales deseaba hacer mi
acto de presencia en el mundo? Existía, pero
ya me roía la angustia de no existir. Mi tiempo
era triste y uniforme: no se lo disputaban destinos
opuestos.
No me avergonzaba de no haber podido soltar una lágrima
cuando papá murió. El amor que nos debíamos
con papá era así, profundo, oculto, varonil.
Los demás no se extrañaban; siempre me
consideraron insensible y anormal, como mi padre. Estoy
seguro de que si yo hubiese sido el muerto, papá
no habría derramado ni una sola lágrima,
y yo, desde el más grande de los mutismos, le
habría dado mi aprobación silenciosa,
inmóvil, como la que en ese momento me dio él
a mí. Papá era uno de esos hombres que
nunca rebaten o complacen con energía. Si uno
le estaba contando algo que quería pasar como
verdadero, él lo aceptaba y luego agregaba una
cosa sin énfasis o se callaba, de manera que
era uno el que debías sacar las consecuencias.
No fue infrecuente que los entusiastas lo evadieran,
los politizados evitaran conseguir su militancia y los
religiosos no le presentaran el amparo de la fe. A mí
nunca me hizo sentir culpable, como tantos otros, de
hacerme pensar que era mi brutalidad la que lo obligaba
a complacerme con alguna solicitud.
Rivalizando con graves, irritadas reticencias velamos
a papá en casa. La camioneta que trasladó
el ataúd desde la morgue llegó al atardecer,
hasta el pie de la ladera. Traían el cajón
cubierto con una lona: llovía. Se bajaron tres
hombres de la cabina, se anunciaron con desdén
gritando entre las manos a modo de megáfono hacia
la casa y descargaron el ataúd con prisa pero
sin dar muestras de alivio, pues lo que había
adentro del cajón era sólo un ligero amasijo
de huesos. Se movían con desplante, con esa misteriosa
importancia que suele entregar la atmósfera de
influencia de un cuerpo muerto.
Fui con el bote a cargar el ferétro. Me acompañaban
Leticia y Rebeca. Leticia iba a mi derecha y rebeca
a mi izquierda, reteniendo el ataúd. Recuerdo
vivamente el ruido tremebundo del cajón al posarlo
en el bote, y sin emoción lo imaginé dentro
del cajón rebelándose apenas de la vergonzante
inercia para reprochar nuestra prisa con una mirada
esquinada.
Preparen la casa - dijo uno de ellos, gordo y sonrosado,
con un cigarrilo entre los labios y la barba crecida
-. Ya volvemos.
Remé hasta la casa, me bajé del bote y
até la soga en la manija de la puerta, sabiendo
que su estadía iba a ser provisional. Empezamos
a bajar el ataúd con mayor azoramiento que compunción.
Mamá y yo tomamos las manijas de delante y Leticia
y Rebeca las manijas de atrás. Caminábamos
lenta, trabajosamente. Dejamos el ataúd en el
suelo, a la entrada del comedor. En el comedor aposté
tres caballetes y sobre ellos acomodé una tarima.
Levantamos el ataúd y lo posamos encima. Tomamos
aliento, nos miramos, nos sacudimos las gotas de las
ropas y dejamos solo al muerto. Fuimos a la cocina.
Allí estuvimos un rato en silencio, calentándonos
en torno del brasero.
Mamá fue a su cuarto a buscar sábanas
blancas para adherirlas a las paredes ahumadas. Leticia
hurgó en una alhajerito de porcelana y extrajo
unos cuantos alfileres. Nuestro accionar fue torpe y
descoyuntado. Mis hermanos y yo no teníamos experiencia
en muertes; los padres de papá y los padres de
mamá habían muerto antes de que naciéramos.
Verdaderamente no sabíamos qué hacer en
un momento como aquél. Luego, sentado en torno
del brasero, no sentía nada por el muerto, pero
deseaba sentir: cuando no se tiene nada el sentir es
un recreo. El ajetreo del traslado del féretro,
me prestó la fatiga y el vacío de no pensar
en nada, de ver la muerte sólo como una cesación
de las funciones vitales de un hombre reducido a su
decrépito cuerpo. Y este hombre era mi padre,
mi amado padre, desacralizado por nuestra fe sin práctica
y nuestra ignorancia sin remordimientos.
Una hora después volvieron los de la funeraria.
Trajeron un crucifijo y luces de resplandor nacarado
para animar lo solemne.
- Pasado mañana traemos la carroza - dijo el
gordo barbudo, de piel cetrina, que era al parecer quien
tenía permiso para decir todas esas cosas.
Cuando terminamos de acomodar los aparatos fúnebres,
ya había gente en la orilla esperando para darnos
el pésame. Pacientemente inicié el traslado
de los individuos hacia la sala del velorio con la voracidad
de un avariento trasladando caudales, y dos horas después
algunos de los trasladados retornaban a la orilla para
irse a sus casas, y otros esperaban en la orilla para
entrar por primera vez a acompañar al muerto.
Comencé a sonreír, y la sonrisa se avenía
bien con mis labios. Una sensación de triunfo
traspasaba todas mis ansias, se imponía a mis
sentidos. El frío y la incertidumbre cedían
ante el nuevo vigor de mi sangre.
Mientras tanto, la gente bajaba la ladera y se apostaba
en la orilla, a la espera de mi bote . Amigas de Leticia,
padres de amigos de Segundo, mi hermano menor que se
había ido a la capital y que por propia voluntad,
según nos comunicó en una carta, había
decidido no volver nunca más a casa; un conocido
mío, un profesor de matemáticas, con quien
compartí fugazmente la misma pensión en
anteriores inundaciones; la tía Rosalía,
que amamantaba a una criatura de meses; unos primos
tímidos, de mirar vacuno, y el resto de personas
a quienes no les dediqué ni siquiera una mirada.
Uno a uno los fui trasladando a la sala mortuoria de
nuestra casa, mientras, desolados a propósito,
hacían aseveraciones fatalistas acerca de la
vida o juzgaban injusta la llegada de la muerte para
arruinar todo lo que el hombre había sido en
la vida. Luego, temerosos, frecuentaban los detalles
del accidente: el peligro latente de los asientos a
lo ancho del bote, las rendijas mal calafateadas por
donde penetraba el agua insomne y resbalosa, el entramado
sobresaliente de la quilla, dentro del cual, oxidados
y flotando en el agua, ventrudos como carpas, se presentaban
los tres tarros que se oponían al calmoso naufragio.
Al final me pedían que les indicara el exacto
lugar que acogió la cabeza por última
vez viva de mi padre.
Yo remaba y remaba, con la cabeza baja y en silencio.
Pero ellos insistían. Ante los ojos de los demás,
el muerto consagra en los deudos la autoridad de alguien
tocado por un designio del más allá. Sus
voces rebotaban en mis oídos y se diluían
en mi indiferencia.
La víspera del entierro llegó el alcalde,
acompañado de funcionarios municipales y del
sargento de carabineros. Mamá, olvidada del muerto,
irradiaba una resignación exaltada, y se deshacía
en atenciones.
El intendente, quizás arrepentido de anteriores
disputas, abandonó junto al féretro una
enorme corona de rosas. Mi madre lanzó un sollozo
frente al alcalde, menos de dolor que de estúpido
agradecimiento. Otras coronas fueron llegando. Las fui
amontonando alrededor de la urna: las había grandes,
chicas, más y menos elaboradas; de formas rectangulares,
cuadradas, triangulares o redondas. Había también
varios cadejos de flores descuidadas, mezcladas sin
un sentido de la belleza. Mi piel y mis ropas harapientas
se impregnaron del olor penetrante del ciprés
y de las lilas.
Rostros compungidos, adormecidos, se obligaban a recordar
al hombre que yacía ahí muerto, empeñándose
en que en sus mezquinas almas aflorara el consuelo de
la piedad. Los muertos viven lejos, tan lejos como la
simpatía de quien nos rodea. Encogidos, húmedos,
el pelo aplastado por el sombrero que descansaba llorando
en la percha, esos hombres y esas mujeres desautorizaban
tímidamente la soledad de papá. "En
su ley no más murió", decían
los indiferentes, envueltos en un placer desolado.
"Ya
están casi todos", me dije cuando eran cerca
de las doce y seguía lloviendo. De vez en cuando
una voz desamparada, estirada por el viento, desinflada
por la lluvia, llegaba hasta mi oído: "¡Anselmoooo!",
y yo me iba en el bote a buscar al dueño de la
voz y efectuaba el traslado en silencio, mientras el
pasajero se condolía, movía la cabeza,
se encogia de hombros, sentado en medio del bote, empapado
hasta en la entrepierna, mirando con desconfianza el
avance del río sobre la ladera.
Se vino la noche, pero la lluvia no paraba. En la tarde
del día siguiente las aguas habían penetrado
las habitaciones inferiores y subían.
_ Anselmito, ¿no ve que las aguas ya están
encima? Si el padre ya me dijo que lo lleváramos
a la iglesia.
_ Hasta mañana se queda - le respondía.
Penosamente lo habíamos subido al primer piso
y allí lo seguimos velando el último día.
Ya estaba grande para que me dieran órdenes,
y si el agua tenía que seguir subiendo, ¿quién
puede decir que no era ésa la voluntad del muerto?
El agua había tapado el piso de abajo y continuaba
remontando las paredes con una celeridad que fue atemorizando
a deudos y extraños. En aquella noche lluviosa
debía ahora atar la soga del bote en la baranda
de la escalera exterior que subía al primer piso,
por cuyo trayecto los transportados se dirigían
a la sala mortuoria. Los trataba con ligereza, repugnado
por su cercanía, y gozaba de ver en sus ojos
el espanto de perder el equilibrio cuando el bote tomaba
movimientos inesperados. Una lámpara a querosén,
engarzada en el voladizo de la puerta, iluminaba el
trayecto del río al fin de la escalera.
Las contenciones de más arriba - pequeñas
elevaciones naturales sobre la ribera - debieron de
haber cedido porque el agua venía cada vez más
violenta y crispada. Mi corazón se desbordaba
de una placentera angustia, se abría como la
cola de un pavo real entre ramas resecas, perfecto,
unánime en una extraña mezcolanza de dicha.
—Anselmo —me urgía mamá, sobrecogida—,
el alcalde se está impacientando con la inundación.
Mejor será que no traiga más gente, m'hijo,
y que llevemos el ataúd a la iglesia. La casa
está crujiendo y puede venirse abajo.
No le contestaba.
— ¡Anselmoooo!— gritaba una vez más
alguien desde la orilla.
El viento chocaba en las aristas de la oscuridad y yo
seguía transportando gente; me sentía
ausente, dentro de la resuelta escafandra del alucinado,
como se lo dije después al juez, sin ánimo
de predisponerlo a mi favor. El último fue un
enfermero de bigotes, que me había atendido en
el hospital unos meses antes para curarme unas fiebres.
Mientras el hombre remontaba a gatas la escalera, desde
el bote miré pensativo hacia arriba, hacia la
ventana sombreada por los cuerpos y me dije con satisfacción:
—Es el último.
Y entonces remé lentamente, mirando la casa llena
de gente y los destellos que arrojaban las aguas, y
sentí el fin de una travesía larga, infame,
en la que el bufón que yo era sin elección,
debió soportar la tiranía de un amor que
estaba más allá del amor de padre a hijo,
un amor irrazonable del que mi padre me hizo víctima
desde que vine al mundo, un amor que puede ser el mismo
odio, que merece ser el odio. Y allí estaban
los festejantes, los reidores, dueños de la civilización
de más arriba, en torno del muerto, a quien habían
convertido en un hombre despiadado y sombrío,
rodeados por el agua vengativa del río.
— ¡Anselmo, hijo,¿por qué
se demora tanto?! ¡El alcalde quiere irse! ¡Venga
a comer algo!
Atravesadas por los ruegos, dos horas pasaron. Expuesto,
silencioso, me quedé esperando en la orilla.
El agua bullía bajo la lluvia y se precipitaba.
De pronto, un enorme chorro de agua apareció
a los pies de la ladera y la casa se fue hundiendo en
medio del ajetreo de los que gesticulaban estupefactos,
aterrorizados.
— ¡Anselmo, que no es juego esto, carajo!
¡Traiga el bote, le digo!
Azuzado por olas descomunales, el bote se balanceaba,
como un esquife mordaz. Un hombrecito escuálido,
uno de esos borrachines que sólo van a beber
y comer a todos los velorios, se me acercó. Yo
contemplaba el espectáculo parado junto a un
zarzal, y el hombrecito me pidió que lo trasladara
aguas adentro, hasta el velorio. Las aguas atacaban
con vehemencia la casa y de pronto, tras un seco crujido,
el techo empezó a moverse como una cubierta grotesca,
fugazmente soberana, entre gritos y murmullos desesperados.
Un gesto profundo y risueño ha de haber estado
borrándome la mirada solapada, la languidez ceñuda,
el éxtasis enfático. El hombrecito sonrió
nervioso y aplicando la vital sabiduría de desconfiar
de todo lo que sus ojos ebrios contemplaban, se restregó
los ojos, tragó saliva y dijo con voz arrastrada:
—Mejor vengo mañana, don.
—No va a hacer falta— le respondí,
sin saber que me había quedado solo en el mundo.
©
Jorge Carrasco, 2005
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