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John Jairo Junieles
Rafael Robles
Paolo de Lima
Diego Gode

Daniel Contreras

El Velorio / Jorge Carrasco
Entre tuercas y pinceles / Victor Bejarano Noceda
Los pisos de mi casa / Rodrigo Díaz Pino
Un artefacto en Buenos Aires / Pedro Novoa Castillo
El viejo juego /
José Donayre Hoefken

 

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El velorio

por Jorge Carrasco

 

Pastores, perros, chozas y ganados
Sobre las aguas vi, sin forma y vidas (...)

Luis de Góngora

—Sáquese esa ropa, Anselmo— me dijo con irritación mamá, acomodándose el chal sobre sus espaldas. Mire si el alcalde lo ve así, todo desguañangado. Venga, cámbiese. Y coma algo hoy.

Era verdad; no había comido nada desde que murió papá, dos días atrás, y lo había olvidado. Aquí, en esta frialdad quemante de celda, me vuelvo a ver. Vestía una chaqueta carcomida, sin botones, con el cuello levantado, pantalones de mezclilla parchados en las rodillas y botas de goma.

Papá siempre fue hosco, solitario, impenetrable. No nació para mandar ni para obedecer, en un mundo en que todos mandan y obedecen. Todas las cosas de su patrimonio nacían de sus manos, únicamente de sus manos. No le debía nada a nadie. Y nadie le adeudaba nada a él. La casa emergió de su cabeza lenta, trabajosamente, como los cimientos de la casa del tiempo. Papá la construyó sin la ayuda de nadie, y se metió en ella como quien se mete en la vida para protegerse de la muerte. Pasó el tiempo y estas cinco pobres habitaciones se convirtieron en algo así como compartimientos de su propia alma, erguidas contra el viento y la lluvia, contra las admoniciones del río, contra el tenaz olvido colectivo.

En vano venían, en julio, las inundaciones. Papá no se rebajaba a huir, como un forajido temeroso, del acoso de las pacientes y furibundas aguas. Las autoridades lo maldecían y le pronosticaban un mal fin, pero contra su arrogancia combativa poco podían. La condición de "damnificado" no se acoplaba con su carácter. Odiaba ver a esas gentes arrumbadas en gimnasios, en colegios, en las iglesias, disminuidos ante su privacidad delatada, y de pronto decidió que odiaba también la monotonía de la vida vecindaria.

Poco a poco nos fuimos quedando solos. Las autoridades se vengaban de papá trasladando la civilización más arriba, lejos de las aguas del río. Los vecinos, exentos de individualidad y coraje, insensibles a las formas de la naturaleza, subieron la ladera con los bártulos sobre sus espaldas y de arriba miraron a mi padre con una mezcla de indignación y lejana misericordia. Arriba, en la planicie de la colina que dominaba el extenso panorama del río, desde donde se veía delinearse confusamente nuestra casa, los esperaban una casa con calefón e inodoro, con alcantarilla y vereda, con mayores impuestos y cercanas escuelas, junto a las inteligencias de la administración, de la autoridad y del comercio. Año tras año aquellos hombres siguieron mirándolo de lejos, como quien contempla desde una culpa un consuelo lejano. Papá —oscuro, solapado, severo— no los miraba.

En nuestro entorno, allí donde se asentaban las casas, fueron medrando el sauce, el eucalipto y la zarzamora. Mamá refunfuñaba; Leticia, mi hermana mayor, maldecía su soledad, y Rebeca, la que más lo quería, lloraba, sólo lloraba. Las tres conspiraban contra papá calculando posibilidades de subsistencia en otra parte, con mejores comodidades y rodeadas de los gestos y las voces de la gente común. Papá, desde su trono hecho de soledad y tinieblas, no las escuchaba.

Papá trabajaba en un aserradero y andaba todo el día oloroso a madera, festejado perpetuamente por el aserrín. Contra mis quejas, contra mis temores primitivos, me decía muy de mañana, con su aliento puro y sombrío, enfebrecido por las ráfagas del vino de la noche anterior: "Usted se me levanta, nomás. No vino al mundo a nada. A mandar vino usted". Pero yo no nací para estar arriba de ningún pedestal, ni para elaborar pacientemente ningún desplante. ¿Para qué habré nacido yo? Ni aun hoy, tras estas rejas, sé darme una respuesta.

Papá murió una noche de este invierno lluvioso, tras dar con su cabeza en la borda del bote. Yo remaba: lo vi perder el equilibrio, lo vi caer, lo vi hundirse un poco más en su silencio. Tuvo una muerte sosegada y súbita, sin ostentación, muy de su carácter. He muerto y saquen ustedes las conclusiones, pareció decirnos, como siempre parecía decirnos. Los médicos hablaron de un derrame cerebral, pero yo pensé que más que nada lo hicieron para arruinar el misterio de su última voluntad. Tras su muerte, mi madre y Rebeca lloraron toda la noche. Leticia, en cambio, se frotaba los brazos en silencio, movida quizás por un recóndito sentimiento de alivio.

Ante su cadáver, yo no dije nada. Sólo pensé: "Si se murió es porque tenía que morirse". Y ahí se acabó el asunto.

Mamá lo quería velar en otro lugar. Me lo dijo suave, disimuladamente.

—Papá se queda acá, carajo— dictaminé sin levantar la voz, mirando hacia la orilla golpeada por la lluvia. Váyase usted, si quiere.

Mamá me notó la determinación en los ojos y no insistió. Así fueron siempre sus claudicaciones ante las decisiones de papá.

Solitaria, poblada por el musgo y la hiedra, la casa evocaba una época angustiada de mi vida. Cuando el temporal la azotaba, el escalofrío invadía mi espalda infantil al tiempo que oía crujidos que me llenaban de inquietud. El cauce impío y soberbio se aproximaba, siempre se aproximaba. Silenciosamente, en puntas de pie para que papá no me escuchara, intentaba escapar, pero el agua ilimitada lo rodeaba todo. Desde mi infancia muerta añoraba la magia del contacto con otros niños y sólo la escuela me permitía experimentar aquel fulgor. Podía llorar, podía gritar; pero sólo la lejanía me escuchaba.

Nadie se acercaba a nuestra casa, salvo mi tía Rosalía, hermana de mi madre, y extraños y solitarios visitantes del otro lado del río, tras agotadoras cabalgatas. Papá no era amable ni cordial; tenía una cortesía difícil; los miraba con una expresión de cansancio, secretamente perturbado, desde un hastío impasible situado más allá de todas las acciones humanas. Ya por entonces dejaba caer sobre mí su oscura influencia, envolviendo a todo el mundo en un halo de secreta perfidia ante mis ojos.

En aquella soledad, ¿qué iba a hacer yo con mis sueños y recuerdos, con mis juegos e ilusiones, por medio de los cuales deseaba hacer mi acto de presencia en el mundo? Existía, pero ya me roía la angustia de no existir. Mi tiempo era triste y uniforme: no se lo disputaban destinos opuestos.

No me avergonzaba de no haber podido soltar una lágrima cuando papá murió. El amor que nos debíamos con papá era así, profundo, oculto, varonil. Los demás no se extrañaban; siempre me consideraron insensible y anormal, como mi padre. Estoy seguro de que si yo hubiese sido el muerto, papá no habría derramado ni una sola lágrima, y yo, desde el más grande de los mutismos, le habría dado mi aprobación silenciosa, inmóvil, como la que en ese momento me dio él a mí. Papá era uno de esos hombres que nunca rebaten o complacen con energía. Si uno le estaba contando algo que quería pasar como verdadero, él lo aceptaba y luego agregaba una cosa sin énfasis o se callaba, de manera que era uno el que debías sacar las consecuencias. No fue infrecuente que los entusiastas lo evadieran, los politizados evitaran conseguir su militancia y los religiosos no le presentaran el amparo de la fe. A mí nunca me hizo sentir culpable, como tantos otros, de hacerme pensar que era mi brutalidad la que lo obligaba a complacerme con alguna solicitud.

Rivalizando con graves, irritadas reticencias velamos a papá en casa. La camioneta que trasladó el ataúd desde la morgue llegó al atardecer, hasta el pie de la ladera. Traían el cajón cubierto con una lona: llovía. Se bajaron tres hombres de la cabina, se anunciaron con desdén gritando entre las manos a modo de megáfono hacia la casa y descargaron el ataúd con prisa pero sin dar muestras de alivio, pues lo que había adentro del cajón era sólo un ligero amasijo de huesos. Se movían con desplante, con esa misteriosa importancia que suele entregar la atmósfera de influencia de un cuerpo muerto.

Fui con el bote a cargar el ferétro. Me acompañaban Leticia y Rebeca. Leticia iba a mi derecha y rebeca a mi izquierda, reteniendo el ataúd. Recuerdo vivamente el ruido tremebundo del cajón al posarlo en el bote, y sin emoción lo imaginé dentro del cajón rebelándose apenas de la vergonzante inercia para reprochar nuestra prisa con una mirada esquinada.

Preparen la casa - dijo uno de ellos, gordo y sonrosado, con un cigarrilo entre los labios y la barba crecida -. Ya volvemos.

Remé hasta la casa, me bajé del bote y até la soga en la manija de la puerta, sabiendo que su estadía iba a ser provisional. Empezamos a bajar el ataúd con mayor azoramiento que compunción. Mamá y yo tomamos las manijas de delante y Leticia y Rebeca las manijas de atrás. Caminábamos lenta, trabajosamente. Dejamos el ataúd en el suelo, a la entrada del comedor. En el comedor aposté tres caballetes y sobre ellos acomodé una tarima. Levantamos el ataúd y lo posamos encima. Tomamos aliento, nos miramos, nos sacudimos las gotas de las ropas y dejamos solo al muerto. Fuimos a la cocina. Allí estuvimos un rato en silencio, calentándonos en torno del brasero.

Mamá fue a su cuarto a buscar sábanas blancas para adherirlas a las paredes ahumadas. Leticia hurgó en una alhajerito de porcelana y extrajo unos cuantos alfileres. Nuestro accionar fue torpe y descoyuntado. Mis hermanos y yo no teníamos experiencia en muertes; los padres de papá y los padres de mamá habían muerto antes de que naciéramos. Verdaderamente no sabíamos qué hacer en un momento como aquél. Luego, sentado en torno del brasero, no sentía nada por el muerto, pero deseaba sentir: cuando no se tiene nada el sentir es un recreo. El ajetreo del traslado del féretro, me prestó la fatiga y el vacío de no pensar en nada, de ver la muerte sólo como una cesación de las funciones vitales de un hombre reducido a su decrépito cuerpo. Y este hombre era mi padre, mi amado padre, desacralizado por nuestra fe sin práctica y nuestra ignorancia sin remordimientos.

Una hora después volvieron los de la funeraria. Trajeron un crucifijo y luces de resplandor nacarado para animar lo solemne.

- Pasado mañana traemos la carroza - dijo el gordo barbudo, de piel cetrina, que era al parecer quien tenía permiso para decir todas esas cosas.

Cuando terminamos de acomodar los aparatos fúnebres, ya había gente en la orilla esperando para darnos el pésame. Pacientemente inicié el traslado de los individuos hacia la sala del velorio con la voracidad de un avariento trasladando caudales, y dos horas después algunos de los trasladados retornaban a la orilla para irse a sus casas, y otros esperaban en la orilla para entrar por primera vez a acompañar al muerto. Comencé a sonreír, y la sonrisa se avenía bien con mis labios. Una sensación de triunfo traspasaba todas mis ansias, se imponía a mis sentidos. El frío y la incertidumbre cedían ante el nuevo vigor de mi sangre.

Mientras tanto, la gente bajaba la ladera y se apostaba en la orilla, a la espera de mi bote . Amigas de Leticia, padres de amigos de Segundo, mi hermano menor que se había ido a la capital y que por propia voluntad, según nos comunicó en una carta, había decidido no volver nunca más a casa; un conocido mío, un profesor de matemáticas, con quien compartí fugazmente la misma pensión en anteriores inundaciones; la tía Rosalía, que amamantaba a una criatura de meses; unos primos tímidos, de mirar vacuno, y el resto de personas a quienes no les dediqué ni siquiera una mirada. Uno a uno los fui trasladando a la sala mortuoria de nuestra casa, mientras, desolados a propósito, hacían aseveraciones fatalistas acerca de la vida o juzgaban injusta la llegada de la muerte para arruinar todo lo que el hombre había sido en la vida. Luego, temerosos, frecuentaban los detalles del accidente: el peligro latente de los asientos a lo ancho del bote, las rendijas mal calafateadas por donde penetraba el agua insomne y resbalosa, el entramado sobresaliente de la quilla, dentro del cual, oxidados y flotando en el agua, ventrudos como carpas, se presentaban los tres tarros que se oponían al calmoso naufragio. Al final me pedían que les indicara el exacto lugar que acogió la cabeza por última vez viva de mi padre.

Yo remaba y remaba, con la cabeza baja y en silencio. Pero ellos insistían. Ante los ojos de los demás, el muerto consagra en los deudos la autoridad de alguien tocado por un designio del más allá. Sus voces rebotaban en mis oídos y se diluían en mi indiferencia.

La víspera del entierro llegó el alcalde, acompañado de funcionarios municipales y del sargento de carabineros. Mamá, olvidada del muerto, irradiaba una resignación exaltada, y se deshacía en atenciones.

El intendente, quizás arrepentido de anteriores disputas, abandonó junto al féretro una enorme corona de rosas. Mi madre lanzó un sollozo frente al alcalde, menos de dolor que de estúpido agradecimiento. Otras coronas fueron llegando. Las fui amontonando alrededor de la urna: las había grandes, chicas, más y menos elaboradas; de formas rectangulares, cuadradas, triangulares o redondas. Había también varios cadejos de flores descuidadas, mezcladas sin un sentido de la belleza. Mi piel y mis ropas harapientas se impregnaron del olor penetrante del ciprés y de las lilas.

Rostros compungidos, adormecidos, se obligaban a recordar al hombre que yacía ahí muerto, empeñándose en que en sus mezquinas almas aflorara el consuelo de la piedad. Los muertos viven lejos, tan lejos como la simpatía de quien nos rodea. Encogidos, húmedos, el pelo aplastado por el sombrero que descansaba llorando en la percha, esos hombres y esas mujeres desautorizaban tímidamente la soledad de papá. "En su ley no más murió", decían los indiferentes, envueltos en un placer desolado.

"Ya están casi todos", me dije cuando eran cerca de las doce y seguía lloviendo. De vez en cuando una voz desamparada, estirada por el viento, desinflada por la lluvia, llegaba hasta mi oído: "¡Anselmoooo!", y yo me iba en el bote a buscar al dueño de la voz y efectuaba el traslado en silencio, mientras el pasajero se condolía, movía la cabeza, se encogia de hombros, sentado en medio del bote, empapado hasta en la entrepierna, mirando con desconfianza el avance del río sobre la ladera.

Se vino la noche, pero la lluvia no paraba. En la tarde del día siguiente las aguas habían penetrado las habitaciones inferiores y subían.

_ Anselmito, ¿no ve que las aguas ya están encima? Si el padre ya me dijo que lo lleváramos a la iglesia.

_ Hasta mañana se queda - le respondía.

Penosamente lo habíamos subido al primer piso y allí lo seguimos velando el último día. Ya estaba grande para que me dieran órdenes, y si el agua tenía que seguir subiendo, ¿quién puede decir que no era ésa la voluntad del muerto? El agua había tapado el piso de abajo y continuaba remontando las paredes con una celeridad que fue atemorizando a deudos y extraños. En aquella noche lluviosa debía ahora atar la soga del bote en la baranda de la escalera exterior que subía al primer piso, por cuyo trayecto los transportados se dirigían a la sala mortuoria. Los trataba con ligereza, repugnado por su cercanía, y gozaba de ver en sus ojos el espanto de perder el equilibrio cuando el bote tomaba movimientos inesperados. Una lámpara a querosén, engarzada en el voladizo de la puerta, iluminaba el trayecto del río al fin de la escalera.

Las contenciones de más arriba - pequeñas elevaciones naturales sobre la ribera - debieron de haber cedido porque el agua venía cada vez más violenta y crispada. Mi corazón se desbordaba de una placentera angustia, se abría como la cola de un pavo real entre ramas resecas, perfecto, unánime en una extraña mezcolanza de dicha.

—Anselmo —me urgía mamá, sobrecogida—, el alcalde se está impacientando con la inundación. Mejor será que no traiga más gente, m'hijo, y que llevemos el ataúd a la iglesia. La casa está crujiendo y puede venirse abajo.

No le contestaba.

— ¡Anselmoooo!— gritaba una vez más alguien desde la orilla.

El viento chocaba en las aristas de la oscuridad y yo seguía transportando gente; me sentía ausente, dentro de la resuelta escafandra del alucinado, como se lo dije después al juez, sin ánimo de predisponerlo a mi favor. El último fue un enfermero de bigotes, que me había atendido en el hospital unos meses antes para curarme unas fiebres. Mientras el hombre remontaba a gatas la escalera, desde el bote miré pensativo hacia arriba, hacia la ventana sombreada por los cuerpos y me dije con satisfacción:

—Es el último.

Y entonces remé lentamente, mirando la casa llena de gente y los destellos que arrojaban las aguas, y sentí el fin de una travesía larga, infame, en la que el bufón que yo era sin elección, debió soportar la tiranía de un amor que estaba más allá del amor de padre a hijo, un amor irrazonable del que mi padre me hizo víctima desde que vine al mundo, un amor que puede ser el mismo odio, que merece ser el odio. Y allí estaban los festejantes, los reidores, dueños de la civilización de más arriba, en torno del muerto, a quien habían convertido en un hombre despiadado y sombrío, rodeados por el agua vengativa del río.

— ¡Anselmo, hijo,¿por qué se demora tanto?! ¡El alcalde quiere irse! ¡Venga a comer algo!

Atravesadas por los ruegos, dos horas pasaron. Expuesto, silencioso, me quedé esperando en la orilla. El agua bullía bajo la lluvia y se precipitaba. De pronto, un enorme chorro de agua apareció a los pies de la ladera y la casa se fue hundiendo en medio del ajetreo de los que gesticulaban estupefactos, aterrorizados.

— ¡Anselmo, que no es juego esto, carajo! ¡Traiga el bote, le digo!

Azuzado por olas descomunales, el bote se balanceaba, como un esquife mordaz. Un hombrecito escuálido, uno de esos borrachines que sólo van a beber y comer a todos los velorios, se me acercó. Yo contemplaba el espectáculo parado junto a un zarzal, y el hombrecito me pidió que lo trasladara aguas adentro, hasta el velorio. Las aguas atacaban con vehemencia la casa y de pronto, tras un seco crujido, el techo empezó a moverse como una cubierta grotesca, fugazmente soberana, entre gritos y murmullos desesperados.

Un gesto profundo y risueño ha de haber estado borrándome la mirada solapada, la languidez ceñuda, el éxtasis enfático. El hombrecito sonrió nervioso y aplicando la vital sabiduría de desconfiar de todo lo que sus ojos ebrios contemplaban, se restregó los ojos, tragó saliva y dijo con voz arrastrada:

—Mejor vengo mañana, don.

—No va a hacer falta— le respondí, sin saber que me había quedado solo en el mundo.

© Jorge Carrasco, 2005

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Jorge Carrasco (Carahue, Chile, 1964)
Desde 1985 reside en la provincia de Río Negro, Patagonia, Argentina. Es profesor de Lengua y Literatura y ejerce su profesión en colegios secundarios de la provincia. Tiene publicados dos libros de poemas: Permanencia de aves y La huella, su andar. En narrativa mantiene inéditas dos novelas (El nido de la lluvia y Sombras en el agua) y un libro de cuentos (Último carbón de invierno). En poesía mantiene en espera la edición del libro Primera última palabra.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento7_1.htm


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