Eran
las seis de la tarde en Viana do Castello,
un pueblo costeño al norte de Oporto, Portugal.
Veo el exquisito frío de octubre que desfila
por la plaza frente a mí. Bajo la mirada, observo
el fondo de mi taza de café y sobre el negro
espejo circular, percibo el reflejo de la galería
de arte. Las luces del interior se escapan por las transparentes
cortinas y se hacen cada vez más intensas; al
mismo tiempo que las sombras del atardecer, nos van
enterrando. La exposición comenzó hace
ya algunas horas, la sala permanece con algunas personas
aún. Salimos a tomar algo y respirar un poco
de aire salado. El silencio entre palabras toma la palabra
y nos quedamos mirando el gran salón que está
a sólo unos metros de nosotros. Mi padre, sentado,
encorvado frente a mí, con sus pocos cabellos
plata y blanco, y su mirada en un punto no definido
de la mesa; interrupe con su acostumbrada tos seca que
anticipa a cada una de sus intervenciones serias; y
me dice: “no pensaba que a estas alturas de mi
vida, el destino me tendría preparada esta sorpresa”,
mientras yo miraba hacia el gran cartel —que se
agitaba ligeramente con el febril viento—, de
grandes letras rojas en fondo blanco que decía:
Exposição de Pintura “Variedades
Peruanas” de Vítor Bejarano Santa Cruz...
Si
estiro mi recuerdo hasta tocar lo más lejano
en el pasado, veo cuadros pintados al óleo, chisguetes
aplastados, lienzos tensados... tuercas, aceite para
motor, carros viejos y un gran taller de mecánica.
Un taller que tenía la altura del universo para
mis ojos de niño. Hasta podía ver las
estrellas durante el día en el firmamento de
su techo calaminado, que no serían sino orificios
causados por el óxido tal vez. También
las aves volaban dentro y los gatos dormitaban entre
las altas vigas de acero. Un espacio descuidado y vejado
por los terremotos que dejaron eternas cicatrices en
sus gruesos muros, grietas resanadas por la grasa para
autos, tierra y el descuido mismo. Mi padre tendría
la edad que ahora tengo, se le veía joven, lleno
de fuerzas, siempre debajo de un coche, untado en grasa
hasta en su rostro desde donde su luminosa sonrisa nos
proyectaba luz a nuestros corazones. El día entero
trabajaba, a veces de noche, lleno de energías,
invencible. Aún distingo ver su pelo negro, y
veo un joven con sueños e imaginación
interminables. A pesar de tener un taller de mecánica,
él nunca fue un mecánico como se entiende
el término, él fue siempre mucho más
que eso. Detrás del taller, de los fierros y
de autos viejos; se escondía un lienzo a medio
hacer sobre un caballete fabricado por él mismo,
junto a su inseparable tableta en donde se gestaban
innumerables colores, colores petrificados, unos encima
de otros, formando una gruesa capa. Daban testimonio
de la gran dedicación a su verdadera pasión:
la pintura. Desde que nací, viví rodeado
de cuadros y el tanto verlos me hizo ciego ante su importancia.
Mi casa siempre estuvo llena de pinturas. Las encontraba
en la sala, en la cocina, en el patio, en el baño,
y muchas hasta en el depósito, pues no alcanzaba
espacio para colgarlas todas... Mi padre nunca estudió
artes, a veces creo que no lo hizo porque el pintar
no le dejaba tiempo para esas “frivolidades”.
El aprendió naturalmente. La mezcla de colores
la llevaba en la sangre, llegaba a las tonalidades más
extrañas sólo por instinto. Podía
verlo enamorándose de los paisajes de alguna
revista o almanaque (que yo interpretaba como ventanas
hacia otro mundo, que sólo sus ojos podrían
captar). Las postales eran sus presas predilectas y
las devoraba con su pincel hasta reproducirlas en grandes
dimensiones. Con la constancia y práctia, extrañamente,
mi padre se alejaba de las copias exactas y en su lugar
se instalaba un estilo singular. Una carencia de perspectiva
y proporción que lejos de desmerecer la pintura,
causaba el asombro —que a veces yo no
comprendía— de sabios admiradores
lejanos a nuestro limitado círculo, y que sabían
apreciar su trabajo. Mi padre no solamente se dedicaba
a pintar, sus ideas estaban siempre en actividad. Lo
he visto hacer y proyectar de todo; desde muebles, complicadas
máquinas que lo ayudaban en su trabajo, juguetes
de madera o acero, una casa rodante, y hasta los planos
para la contrucción de un submarino. Su vivo
ingenio nunca se separó de su alma.
Los años pasaron y el niño que yo era,
quedó atrás. Con el tiempo dejé
de pensar que mi padre era un erudito y me interesé
en mi propio futuro. Salimos de aquel taller que era
nuestro hogar y nos fuimos a otro barrio más
habitable. Hice mis estudios en la universidad, lo mismo
que mis hermanas. Cambiamos de atmósfera, de
amigos, de costumbres; los sueños y perspectivas
más profundas nos abrían el paso. Buscábamos
nuevos caminos en el descontrol de encontrar un destino,
todos, menos mi padre. El siguió en aquel taller
de mecánica. Cuando lo visitaba, veía
que el taller se iba haciendo pequeño, las paredes
más oscuras y mis imágenes de recuerdo
se rodeaban de una gran sombra negra. Nunca salió
de ahí. Siguió con sus costumbres, sus
clientes y sus pinturas. Los años también
acariciaban su espalda y el pesar de su andar hacía
que no sea el mismo joven que mis recuerdos llamaban.
Se dedicó más a los lienzos y dejó
parcialmente su trabajo de mecánico; los clientes
lo visitaban poco por algún trabajo automotriz.
Sin embargo, iba descubriendo un nuevo grupo de personas
que admiraban su lado artístico; y que con los
asombros que provocaban ver sus pinturas, incentivaban
su inquietud por mejorar sus obras. Salía muy
temprano de casa para llegar y pintar antes que desembarcara
el primer cliente de algún auto por reparar.
Unas horas al día bastaban para recrearlas con
su verdadera pasión, y luego a la vida real,
así lo entendí yo...
Con el pasar de los otoños, una hermana se fue
a Europa en busca de un mejor destino. Mi ímpetu,
más que mi propia voluntad, me lanzó detrás
de ella y al otoño siguiente ya estaba también
por allá. La mitad de mi familia se quedó
en mi país, y con ellos: mi padre, el taller
y su adicción por los óleos. Lejos del
amor familiar, del ambiente alegre, pícaro, lejos
del calor, aprendí de la vida, y sus golpes amoldaban
mis intenciones y apagaban sueños que en algún
momento o punto de vista eran posibles. La necesidad
de un pasado me enseñó a valorar lo vivido.
Comencé a recordar con frecuencia a mi madre,
mis hermanas.. mi familia. También el ver tantas
cosas bellas en el viejo mundo, me enseñó
lo que de joven poco sabía apreciar: el arte,
e inmediatamente pensé en mi padre. Me di cuenta
que él hizo de su vida una obra artística
llena de anhelos, proyectos, color y alegría,
cosas que pasaron a mi lado y que no supe ver en mi
temprana juventud....
Tiempo después, recibí a mi padre de visita.
Cuando lo recogí en el aeropuerto, enmarañado
en un montículo de maletas, lo ví más
viejo. Los abriles se habían adelantado en su
rostro, tal vez acelerados por el triste sentimiento
de tener tres hijos lejos de él. Ya no era el
joven de treintaitantos que evocaba mi neblinoso recuerdo;
el paso de los años había hecho lo suyo.
Pero seguía pintando con tanta o más de
la misma pasion de antaño. Sus pensamientos seguían
siendo agradablemente utópicos, y ahora hablaba
de observar las estrellas con un telescopio que lo tenía
por piezas en su mente, de la contrucción de
maquetas de grandes navíos que su recuerdo de
niño guardaba, y de seguir pintando, simplemente.
Proyectos y sueños que nunca dejaba de producir
y que podían verse flotar alrededor de él,
como una armoniosa aureola. Será eternamente
joven, pensé...
...
Ya Portugal quedó atrás y hoy estamos
clausurando la segunda jornada de la exposición
dedicada a mi padre a sus sesenta y seis años:
veintidós pinturas, todas realizadas especialmente
para este periplo por Europa. El interés por
nuestras raíces es un adicional que se agrega
a la obra del artista, representado desde flora, fauna,
paisajes y personajes de nuestra diversificada cultura.
Muchos amigos y aún gente desconocida también,
se congregaron para poder apreciar —justo antes
de su partida—, los cuadros que nuestro pintor
nos ofrecía en una pequeña sala que albergó
la muestra hasta altas horas de la noche, en la cuidad
de Louvain-la-Neuve, a treinta kilometros al
sur de Bruselas. Todos quedamos contentos. Vendimos
algunos cuadros, el número exacto que exigía
nuestra inquietud... Finalmente pensé: el estilo
en cada una de sus obras será siempre particular.
Tardaré mucho tiempo en encontrarle un nombre
y en vano lo buscaré, pues finalmente comprendo
que es propio de las manos de un autodidacta, de pinceladas
azuzadas por el corazón, la amargura y la pasión:
un artista de verdad, que no tuvo más escuela
que aquella de entre tuercas y pinceles, en el taller
de mecánica que ocultan mis recuerdos...
©
Victor
Bejarano Noceda,
2005
|