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Entre tuercas y pinceles / Victor Bejarano Noceda
Los pisos de mi casa / Rodrigo Díaz Pino
Un artefacto en Buenos Aires / Pedro Novoa Castillo
El viejo juego /
José Donayre Hoefken

 

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Entre tuercas y pinceles

por Victor Bejarano Noceda

 

Eran las seis de la tarde en Viana do Castello, un pueblo costeño al norte de Oporto, Portugal. Veo el exquisito frío de octubre que desfila por la plaza frente a mí. Bajo la mirada, observo el fondo de mi taza de café y sobre el negro espejo circular, percibo el reflejo de la galería de arte. Las luces del interior se escapan por las transparentes cortinas y se hacen cada vez más intensas; al mismo tiempo que las sombras del atardecer, nos van enterrando. La exposición comenzó hace ya algunas horas, la sala permanece con algunas personas aún. Salimos a tomar algo y respirar un poco de aire salado. El silencio entre palabras toma la palabra y nos quedamos mirando el gran salón que está a sólo unos metros de nosotros. Mi padre, sentado, encorvado frente a mí, con sus pocos cabellos plata y blanco, y su mirada en un punto no definido de la mesa; interrupe con su acostumbrada tos seca que anticipa a cada una de sus intervenciones serias; y me dice: “no pensaba que a estas alturas de mi vida, el destino me tendría preparada esta sorpresa”, mientras yo miraba hacia el gran cartel —que se agitaba ligeramente con el febril viento—, de grandes letras rojas en fondo blanco que decía: Exposição de Pintura “Variedades Peruanas” de Vítor Bejarano Santa Cruz...

Si estiro mi recuerdo hasta tocar lo más lejano en el pasado, veo cuadros pintados al óleo, chisguetes aplastados, lienzos tensados... tuercas, aceite para motor, carros viejos y un gran taller de mecánica. Un taller que tenía la altura del universo para mis ojos de niño. Hasta podía ver las estrellas durante el día en el firmamento de su techo calaminado, que no serían sino orificios causados por el óxido tal vez. También las aves volaban dentro y los gatos dormitaban entre las altas vigas de acero. Un espacio descuidado y vejado por los terremotos que dejaron eternas cicatrices en sus gruesos muros, grietas resanadas por la grasa para autos, tierra y el descuido mismo. Mi padre tendría la edad que ahora tengo, se le veía joven, lleno de fuerzas, siempre debajo de un coche, untado en grasa hasta en su rostro desde donde su luminosa sonrisa nos proyectaba luz a nuestros corazones. El día entero trabajaba, a veces de noche, lleno de energías, invencible. Aún distingo ver su pelo negro, y veo un joven con sueños e imaginación interminables. A pesar de tener un taller de mecánica, él nunca fue un mecánico como se entiende el término, él fue siempre mucho más que eso. Detrás del taller, de los fierros y de autos viejos; se escondía un lienzo a medio hacer sobre un caballete fabricado por él mismo, junto a su inseparable tableta en donde se gestaban innumerables colores, colores petrificados, unos encima de otros, formando una gruesa capa. Daban testimonio de la gran dedicación a su verdadera pasión: la pintura. Desde que nací, viví rodeado de cuadros y el tanto verlos me hizo ciego ante su importancia. Mi casa siempre estuvo llena de pinturas. Las encontraba en la sala, en la cocina, en el patio, en el baño, y muchas hasta en el depósito, pues no alcanzaba espacio para colgarlas todas... Mi padre nunca estudió artes, a veces creo que no lo hizo porque el pintar no le dejaba tiempo para esas “frivolidades”. El aprendió naturalmente. La mezcla de colores la llevaba en la sangre, llegaba a las tonalidades más extrañas sólo por instinto. Podía verlo enamorándose de los paisajes de alguna revista o almanaque (que yo interpretaba como ventanas hacia otro mundo, que sólo sus ojos podrían captar). Las postales eran sus presas predilectas y las devoraba con su pincel hasta reproducirlas en grandes dimensiones. Con la constancia y práctia, extrañamente, mi padre se alejaba de las copias exactas y en su lugar se instalaba un estilo singular. Una carencia de perspectiva y proporción que lejos de desmerecer la pintura, causaba el asombro que a veces yo no comprendía de sabios admiradores lejanos a nuestro limitado círculo, y que sabían apreciar su trabajo. Mi padre no solamente se dedicaba a pintar, sus ideas estaban siempre en actividad. Lo he visto hacer y proyectar de todo; desde muebles, complicadas máquinas que lo ayudaban en su trabajo, juguetes de madera o acero, una casa rodante, y hasta los planos para la contrucción de un submarino. Su vivo ingenio nunca se separó de su alma.
Los años pasaron y el niño que yo era, quedó atrás. Con el tiempo dejé de pensar que mi padre era un erudito y me interesé en mi propio futuro. Salimos de aquel taller que era nuestro hogar y nos fuimos a otro barrio más habitable. Hice mis estudios en la universidad, lo mismo que mis hermanas. Cambiamos de atmósfera, de amigos, de costumbres; los sueños y perspectivas más profundas nos abrían el paso. Buscábamos nuevos caminos en el descontrol de encontrar un destino, todos, menos mi padre. El siguió en aquel taller de mecánica. Cuando lo visitaba, veía que el taller se iba haciendo pequeño, las paredes más oscuras y mis imágenes de recuerdo se rodeaban de una gran sombra negra. Nunca salió de ahí. Siguió con sus costumbres, sus clientes y sus pinturas. Los años también acariciaban su espalda y el pesar de su andar hacía que no sea el mismo joven que mis recuerdos llamaban. Se dedicó más a los lienzos y dejó parcialmente su trabajo de mecánico; los clientes lo visitaban poco por algún trabajo automotriz. Sin embargo, iba descubriendo un nuevo grupo de personas que admiraban su lado artístico; y que con los asombros que provocaban ver sus pinturas, incentivaban su inquietud por mejorar sus obras. Salía muy temprano de casa para llegar y pintar antes que desembarcara el primer cliente de algún auto por reparar. Unas horas al día bastaban para recrearlas con su verdadera pasión, y luego a la vida real, así lo entendí yo...
Con el pasar de los otoños, una hermana se fue a Europa en busca de un mejor destino. Mi ímpetu, más que mi propia voluntad, me lanzó detrás de ella y al otoño siguiente ya estaba también por allá. La mitad de mi familia se quedó en mi país, y con ellos: mi padre, el taller y su adicción por los óleos. Lejos del amor familiar, del ambiente alegre, pícaro, lejos del calor, aprendí de la vida, y sus golpes amoldaban mis intenciones y apagaban sueños que en algún momento o punto de vista eran posibles. La necesidad de un pasado me enseñó a valorar lo vivido. Comencé a recordar con frecuencia a mi madre, mis hermanas.. mi familia. También el ver tantas cosas bellas en el viejo mundo, me enseñó lo que de joven poco sabía apreciar: el arte, e inmediatamente pensé en mi padre. Me di cuenta que él hizo de su vida una obra artística llena de anhelos, proyectos, color y alegría, cosas que pasaron a mi lado y que no supe ver en mi temprana juventud....
Tiempo después, recibí a mi padre de visita. Cuando lo recogí en el aeropuerto, enmarañado en un montículo de maletas, lo ví más viejo. Los abriles se habían adelantado en su rostro, tal vez acelerados por el triste sentimiento de tener tres hijos lejos de él. Ya no era el joven de treintaitantos que evocaba mi neblinoso recuerdo; el paso de los años había hecho lo suyo. Pero seguía pintando con tanta o más de la misma pasion de antaño. Sus pensamientos seguían siendo agradablemente utópicos, y ahora hablaba de observar las estrellas con un telescopio que lo tenía por piezas en su mente, de la contrucción de maquetas de grandes navíos que su recuerdo de niño guardaba, y de seguir pintando, simplemente. Proyectos y sueños que nunca dejaba de producir y que podían verse flotar alrededor de él, como una armoniosa aureola. Será eternamente joven, pensé...

... Ya Portugal quedó atrás y hoy estamos clausurando la segunda jornada de la exposición dedicada a mi padre a sus sesenta y seis años: veintidós pinturas, todas realizadas especialmente para este periplo por Europa. El interés por nuestras raíces es un adicional que se agrega a la obra del artista, representado desde flora, fauna, paisajes y personajes de nuestra diversificada cultura. Muchos amigos y aún gente desconocida también, se congregaron para poder apreciar —justo antes de su partida—, los cuadros que nuestro pintor nos ofrecía en una pequeña sala que albergó la muestra hasta altas horas de la noche, en la cuidad de Louvain-la-Neuve, a treinta kilometros al sur de Bruselas. Todos quedamos contentos. Vendimos algunos cuadros, el número exacto que exigía nuestra inquietud... Finalmente pensé: el estilo en cada una de sus obras será siempre particular. Tardaré mucho tiempo en encontrarle un nombre y en vano lo buscaré, pues finalmente comprendo que es propio de las manos de un autodidacta, de pinceladas azuzadas por el corazón, la amargura y la pasión: un artista de verdad, que no tuvo más escuela que aquella de entre tuercas y pinceles, en el taller de mecánica que ocultan mis recuerdos...

© Victor Bejarano Noceda, 2005

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Victor Bejarano Noceda (Lima, 1971)
Arquitecto. Egresado de la Universidad Nacional de Ingeniería, en Lima. Tiene un diplomado en Arquitectura en la Escuela Paris-Belleville (Francia); y una maestría en Arquitectura Urbana de la Universidad Católica de Louvain (Bélgica). Actualmente, cursa su doctorado en la misma casa de estudios.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento7_2.htm


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