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Introducción
El presente cuento tiene como eje central la enajenación
del individuo dentro de un mundo que aparentemente tiene
una lógica sensata. La narración crea
un mundo posible absurdo —la única manera
de evitar el enajenamiento total—, dónde
a través de un artefacto se pueden cambiar a
las personas, pero sólo en el aspecto físico.
El protagonista se presenta él mismo como un
fracasado. Todo en él está en decadencia:
su equipo de fútbol, su cabellera, y sobre todo
su autoestima. La aparición del extraño
aparato que transforma y/o desaparece a las cosas, le
da un aliento de esperanza. Sin embargo, el desenlace
es cruel. El protagonista entiende de la peor manera,
que ante el poder (personificado en un jefe homosexual
que le hace la vida imposible), nada lógico es
posible. Decide entonces, recurrir a la locura para
cobrarse una digna revancha con el destino. Y lo logra.
Un
artefacto en Buenos Aires
"Soñé
que había entrado en el cuerpo de un puerco,
que no me era fácil salir, y que enlodaba mis
cerdas en los pantanos más fangosos. ¿Era
ello como una recompensa? Objeto de mis deseos: ¡no
pertenecía más a la humanidad! Así
interpretaba yo, experimentando una más que profunda
alegría. Sin embargo, rebuscaba activamente qué
acto de virtud había realizado, para merecer
de parte de la Providencia este insigne favor...”
(Lautreámont)
“-¡Loco,
insensato! ¿Quieres perecer?
En vano tienes oídos para oír,
o has perdido la razón y la vergüenza”
(Homero, La
Ilíada)
Caminando
por las calles de Buenos Aires, Estéfano Cagna
miraba despreocupado a la gente que se le cruzaba en
el camino. Su mente por lo común ordinaria, se
dio un respiro de imaginación. Uno de aquellos
momentos en que hasta la cosa más insignificante
reclama su lugar en el espacio, y se yergue auténtica
y hasta digna en el universo. Comenzó a idear
en su anodina cabeza de transeúnte, situaciones
extraordinarias.
Se
le ocurrió la posibilidad de que toda esa avalancha
de figuras humanas, podría ser manipulada a su
gusto, gracias a un fabuloso aparato capaz de controlar
todos los cambios de fisonomía posible. Pensó
en cómo podría ser aquel objeto, y comenzó
a imaginar artefactos de insospechadas formas y colores.
Estéfano
venía haciendo el mismo recorrido desde hace
unos veinte años. Ya no era aquel jovenzuelo
que con el torso desnudo y la melena larga, esperaba
los fines de semana para asistir a los estadios a alentar
bombo en mano, al Racing Club de Avellaneda, el equipo
de sus amores. Ni tampoco el que entre bromas y miraditas,
era rodeado por las muchachas del barrio que le pedían
una de los Rolling Stones, y él guitarra en mano
canturreaba Anggie, y las chicas, igualito, hasta se
parece un poco a él.
Ahora
el tiempo lo había sorprendido con cuarenta años
a cuestas y con todas las razones del mundo para no
sentirse orgulloso de lo que era: un simple repartidor
de pizzas en moto. Sí, un veterano y algo calvo
repartidor de pizzas motorizado. A esto se reducía
todo lo que había alcanzado en la vida: un trabajo
de mierda en una pizzería de quinta categoría
y una calvicie prematura. Eso era todo. Para colmo,
ni siquiera el consuelo de la motocicleta los sábados
por la noche, ya que no era suya sino del dueño
de la pizzería, un homosexual rechoncho que le
negó dicho privilegio desde el día que
decidió dejar de sumergirse con él en
la despostillada y sucia bañera que había
en el segundo piso.
Este
sujeto no sólo estaba pasado de grasas sino también
de avaricia. Cada vez que Estéfano salía
en la moto, el rollizo dueño antes y después,
medía el combustible con una larga vara. Y reloj
en mano, cronometraba severamente cada segundo extra
de demora.
Estéfano
recordó la figura que lo esperaba en la pizzería
y no pudo evitar traer la imagen, el olor, y los graznidos
de aquél tipo, cuando por diez largos e insufribles
años tuvo que chapotear con él en aquella
sucia y despostillada bañera. Un verdadero cerdo
con el perdón de estos nobles animales. Sintió
las sobras de pizza que había comido anoche revolverse
en su estómago como un gato dentro de una lavadora.
Acumuló un puñado de saliva en la boca,
que más parecía un sorbo de rabia pura,
y dio un puñetazo de escupe en el suelo.
Miró
de inmediato su reloj, aún había tiempo,
decidió alargar su tradicional recorrido, yendo
por otros lados. Quería seguir viendo más
figuras humanas y seguir imaginando ese artefacto imposible.
Las personas se sucedían vertiginosamente; las
habían de todas formas y colores: grandes, pequeñas,
trigueñas, blancas, flacas, gordas, etc. Lo que
le comenzó a fascinar fueron los rostros, específicamente
las narices. Comenzó a tener una rápida
habilidad en imaginar sus dimensiones. “La de
aquel, debe medir por lo menos unos quince centímetros
y pesar fácilmente unos diez gramos. Si tuviera
ese aparato, le quitaría un poco del largo para
aumentárselo en ancho.” cavilaba en silencio
Estéfano, jugando a ser un buen Dios o algo así.
Se
fue acercando al Obelisco. La pizzería estaba
a unas cuadras de allí. Las avenidas, literales
ríos de autos y microbuses, serpenteaban alrededor
del empinado edificio como si estas fuesen, las arterias
principales de un desesperado corazón.
Se
le ocurrió ver al Obelisco como un enorme y puntiagudo
corazón en forma de nariz. Sí, una inmensa
nariz capaz de esnifarlo todo, pero incapaz de devolver
algo importante. Sólo de vez en cuando una miserable
porción de mucosidad en el asfalto después
de algún estornudo. Consuelo para los despistados,
que ven en ello una hazaña y el momento propicio
para usar sus lamentables pañuelos.
De
golpe, sintió el artefacto en una de sus manos.
Fue cuando los acontecimientos que lo asaltaron, desencadenaron
en absurdos. La idea del artefacto lo dominó
por completo, ahora no era una alucinación, era
una realidad: lo estaba empuñando.
El
delirante aparato era capaz de transformar a cualquier
persona en lo que sea. Esto último lo sabía,
sin saber si lo había leído o escuchado
antes. O quizá lo hubiese imaginado o soñado.
Lo cierto era que simplemente lo sabía, y eso
era lo que contaba por el momento.
Estéfano,
extraviado en su alucinación, no se preocupó
en contenerla. El artefacto era en tamaño, poco
menos que un teléfono celular. El suyo era color
naranja, pero se le ocurrió que podría
haber de otros colores. Su forma era oval, y su peso
era casi imperceptible. Tenía cuatro botones
de distintos colores: rojo, amarillo, verde y azul.
A su vez, cada botoncillo contaba con una pequeña
inscripción en letras negras, que anunciaba sucintamente
la función que cumplía.
El
rojo decía “ON” y servía para
encenderlo. El azul decía “OFF”,
y se usaba para lo contrario. "Rojo para prenderlo
y azul para apagarlo”, repitió Estéfano
como para no olvidarlo. El botón amarillo escribía
encima de sí “ENTER” y era el que
iniciaba la función. Servía para transformar
total o parcialmente a una persona, e incluso, convertirla
en cualquier cosa. Se le podía agregar, quitar,
aumentar, o achicar lo que sea. En algunas ocasiones
se la podía desintegrar por completo si el caso
lo ameritaba. Estéfano pensó de inmediato
en el seboso homosexual que lo esperaba.
Por
último, el botón verde que llevaba inscrito
“STOP”, y que servía para lo opuesto
del anterior. Ya que con presionarlo, todo lo modificado
quedaba en nada, regresando a su estado originario.
Siempre y cuando, no se haya elegido la desintegración
por completo, ya que en este único caso, la situación
era irreversible.
Así
de simple era todo. Estéfano de golpe, pulsó
el botón amarillo “ENTER” al frente
de un policía de tránsito. De inmediato
apareció en la pantalla del aparato, el cuerpo
del policía. Luego eligió su parte preferida:
La nariz. Automáticamente apareció en
la pantalla un recuadro: “agrandar”,
“reducir”, “cambiar”, “desintegrar”.
Estéfano presionó “reducir”.
Como
por arte de magia, el policía lucía ahora
una nariz de perro pequinés enfadado. Dándose
cuenta de la poca ayuda que había realizado,
quiso remediar su error, presionando “agrandar”.
De pronto, si hubiera sido posible traer a Cyrano de
Bergerac al lado de aquel uniformado, hubiera parecido
mas bien ñato. Angustiado, Estéfano buscó
la tecla salvadora: el botón verde que decía
“STOP”.
Todo
artefacto que se precie de bueno tiene que tener la
tecla de “STOP” en buenas condiciones. Recordemos
que toda locura se vuelve tal, cuando pierde o deteriora
el botón de “STOP”. Y para felicidad
y tranquilidad de Estéfano, su aparato lo tenía.
Sin pensarlo dos veces lo presionó. Salió
una ventana pequeña que brindaba cuatro opciones:
“parar último cambio”, “parar
todo”, “regresar al menú anterior”,
“regresar al menú principal”. Estéfano
eligió “parar todo”. Gracias
a ello, el policía de tránsito recobró
su apacible nariz porteña, que consiste en ser
un poco más grande de lo normal, pero sin llegar
a ser inmensa.
Luego
de unos minutos más de caminata hacia cualquier
lugar, Estéfano pulsó “ENTER”
al frente de una atractiva señorita que cruzaba
despreocupada la pista. Como en la anterior vez, apareció
en la minúscula pantalla, el cuerpo de la mujer.
Estéfano, sonrió. Su índice buscó
la parte de la blusa. De inmediato, apareció
en la pantalla el recuadro de: “agrandar”,
“reducir”, “cambiar”, “desintegrar”.
Estéfano presionó “desintegrar”.
En
menos de lo que tardó Estéfano en sorprenderse,
la atractiva mujer se difuminó por completo de
la calle. No lo podía creer, él solo quiso
quitarle la blusa por un momento nada más, no
desaparecerla por completo. Maldijo el aparato una y
mil veces, y si no lo destrozó en ese momento,
fue porque tuvo el presentimiento de necesitarlo para
algo importante más adelante.
Estéfano
quiso retroceder lo hecho, sus dedos buscaron desesperados
el botón “STOP”. El maldito botoncillo
verde, no podía remediar nada. Salió un
mensaje en la pantalla: “Lo siento, acción
inválida, la desintegración es irreversible.”
“Maldita porquería, ¡cómo
que irreversible!” recriminó al aparato
como si este pudiese escucharlo. Lo presionó
varias veces. Varias veces salió lo mismo en
la pantalla.
Indignado,
Estéfano comprendió lo peligroso de desintegrar
a las personas. Y lo estúpido que suele resultar
arrepentirse después de ello.
Cotejó
su reloj. Faltaban tres minutos para las ocho. “Imposible
llegar a tiempo al laburo” recapacitó.
Pensó tomar un taxi. Pero al revisar sus bolsillos,
comprendió que no tenía lo suficiente
para pagar la carrera. Decidió convertir al primer
sujeto que encontrara en un auto o en cualquier otro
vehículo para poder llegar a tiempo. Pero con
la promesa de volverlo después a su estado original.
Alistó
su aparatito anaranjado. Observó que un tipo
con anteojos y chaqueta azul se aproximaba. “Si
dice que es hincha del Racing, se salva”
se dijo para sí, inesperadamente.
—Eh che, disculpá. ¿Hincha de qué
equipo sos? —preguntó Estéfano.
—Del Racing —respondió el tipo sin
detenerse.
“Suerte para vos” dijo entre dientes
Estéfano. Al tiempo que venía un niño
como de diez años por la acera.
—Eh pibe, ¿hincha de qué equipo
sos?
—Del Racing, señor —respondió
el niño y siguió su camino.
Casi de inmediato, un señor tan calvo como Estéfano,
pasó frente de él. La misma pregunta.
Y la misma respuesta ocho veces más. ¡Diez
personas hinchas del Racing!
“Es una locura. Parece que estuviéramos
en la misma Avellaneda” pensó Estéfano.
“Con razón los estadios están
vacíos cuando juega la academia, todos están
en las calles”. En eso, pasó un jovenzuelo
con un polo del Boca Juniors. “Definitivamente
este será” predijo Estéfano.
—Eh pibe, ¿hincha de qué equipo
sos?
—Del mejor del mundo, tío —respondió
sonriendo el muchacho.
—Y podés decirme ¿cuál es
el mejor del mundo?
—Claro che, Racing Club de Avellaneda —el
joven comenzó a reírse.
—Tenés un polo de Boca y me decís
que sos hincha de Racing. ¿Acaso me estás
cargando?
—Pero viejo, sos boludo o qué. Se supone
que soy hincha de Boca, sino no llevaría puesto
esta camiseta. Además Racing es un equipo de
cojos. Sus hinchas en vez de arengas deberían
lanzarles muletas a los jugadores…
—Te daré una lección pibe malcriado
—amenazó Estéfano al tiempo que
manipulaba su aparato anaranjado.
—¡Tomátela viejo de mier…!
—el joven no pudo terminar de completar su frase.
Estaba convertido en una motocicleta azul granate.
Sin
perder más tiempo, Estéfano subió
a la moto y se dirigió al trabajo. Llegó
a la pizzería con media hora de retraso. Maldijo
el destino y pateó un par de veces a la moto.
Iba entrar, cuando recordó que tenía que
regresar a su forma original al malcriado muchacho.
Sacó
su aparato y lo encendió frente a la moto. Pulsó
el botón “STOP”, al tiempo que elegía
la opción “parar el último cambio”.
De inmediato, el chico recobró su forma humana,
y partió de aquel lugar a la carrera, pero algo
cojeando por las anteriores patadas.
Estaba
por entrar, cuando observó al dueño de
la Pizzería desparramado en su acostumbrado asiento
viendo la televisión. Era temprano, no había
clientes, era la oportunidad de deshacerse de él,
de desintegrarlo por fin para siempre, tenía
su aparato para ello. Lo sacó.
Manipuló
el artefacto, y cuando la tuvo reducida en imágenes.
Marcó sin pensar la opción “Desintegrar”.
El aparato comenzó a vibrar y en seguida se vio
el siguiente mensaje en la pantalla: “La opción
desintegrar ha sido desactivada hasta nuevo aviso.”
De
pronto, el jamonudo sujeto apagó el televisor
y manoseó un artefacto rosado, igual de raro
del que supuestamente sólo él tenía
conocimiento. Eso sí que era inadmisible. Estéfano
no lo podía creer. Quizá era el control
remoto de la televisión. Sí, eso debía
ser. Decidió acercarse más a la ventana
y finiquitar sus sospechas.
El
dueño de la pizzería no lo podía
ver porque estaba de espaldas. Estéfano se concentró
en la visión del aparato. Era cierto, a excepción
del color era igual al suyo: cuatro botones: rojo, amarillo,
verde y azul, y con las mismas letras negras que decían
lo mismo: “ON”, “OFF”, “ENTER”,
“STOP”.
El
tipo de pronto volteó. Y como si lo hubiese visto
desde el inicio, “Pasá pibe, y dime
que me querés” exigió.
—Para
mí siempre serás un cerdo. Jamás
te querré —respondió
con crudeza Estéfano, mientras sentía
el gato en su estómago volver a revolverse.
—Acaso,
no lo ves che—dijo él casi llorando, gritándole
a las lunas que los separaban—. Yo he inventado
estos artefactos para nosotros. Para corregir nuestros
defectos y ser felices. Y como sé que vos me
detestás, acabo de desactivar para siempre la
opción “desintegrar”. Utilizá
tu artefacto y transfórmame en lo que quieras.
Mira yo también tengo uno. Sé que vos
siempre has querido más cabello, esperá.
El
obeso sujeto comenzó a teclear su extraño
aparato rosado. De inmediato, Estéfano comenzó
experimentar un violento crecimiento capilar. El otrora
melenudo volvía otra vez. Estéfano no
pudo ocultar su satisfacción. Concedió
una sonrisa y cogiendo su aparato, le devolvió
la cortesía a su rollizo mentor, quitándole
cuarenta kilos de golpe. Él sonrió también.
—Nene,
cerremos el negocio y juguemos un poco arriba —amenazó
el tipo con su nueva figura, sus ropas parecían
globos desinflados—. Así con el cabello
largo has recobrado la pinta, estás igualito
a cuándo te conocí en el estadio…vamos
che, pongo en el estéreo a los Rolling y vos
me movés el culito como Mick Jagger… —se
acercó a las persianas y las corrió.
Estéfano
entró al local, y cerró con seguro por
dentro. Subieron al segundo piso y de inmediato el tipo
comenzó a quitarse los globos desinflados del
cuerpo. En un descuido, Estéfano ocultó
el artefacto del dueño de la pizzería
y el suyo en los bolsillos.
—Esperá un momento —dijo Estéfano—,
¿tenés un papel y un lapicero? Quiero
darte una pequeña sorpresa. Quiero escribirte
algo.
—Acaso un poema, corazón.
—Algo parecido.
—Acaso un poema, corazón.
—Sí, espérame un ratito —Estéfano
entra al baño.
El
dueño de la pizzería ya está desnudo,
busca algo entre sus ropas.
—No encuentro mi artefacto, quería agrandarme
algunas cositas…—murmura más marica
que nunca— ¡Amor has visto mi artefacto!
—grita con voz de tenor desacreditado.
Desde
dentro, ¡no, creo que se ha quedado abajo!
—No importa —pone en el estéreo “I
can´t get satisfaction” —¿Te
gusta nene? —la voz de tenor se alarga como goma
de mascar hasta el baño.
—Sí—responde Estéfano.
—Andá llenando la ducha Estéfano,
ahí me movés el culito como el Jagger,
¿subo el volumen? —invita y comienza a
tararear el coro de la canción.
Al
escuchar la invitación, los rasguños de
las sobras comidas anoche, volvieron nuevamente como
gato desquiciado en el estómago de Estéfano.
Se sentó en el excusado y comenzó a defecar
mientras escribía algo en el papel.
Pasados
unos minutos, se oyó llenarse la bañera.
Estéfano comenzó a manipular su artefacto.
Luego, se dejó escuchar un chasquido como si
rompieran algo. Afuera los canturreos seguían.
Al
minuto, una hoja de papel se deslizaba debajo de la
puerta del baño. El dueño de la pizzería,
entusiasmado y ansioso a la vez, la leyó de inmediato:
“Para que vos sientas lo mismo que yo sentí
durante diez años...” Intrigado abrió
la puerta. A un lado del lavabo, los dos artefactos
completamente destruidos. Caminó unos pasos y
descorrió la cortina de la bañera. Dentro
de ella, en un mar de orines y mierdas flotantes, un
cerdo chapoteaba apaciblemente.
©
Pedro Novoa Castillo, 2005
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