John Jairo Junieles
Rafael Robles
Paolo de Lima
Diego Gode

Daniel Contreras

El Velorio / Jorge Carrasco
Entre tuercas y pinceles / Victor Bejarano Noceda
Los pisos de mi casa / Rodrigo Díaz Pino
Un artefacto en Buenos Aires / Pedro Novoa Castillo
El viejo juego /
José Donayre Hoefken

 

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Un artefacto en Buenos Aires

por Pedro Novoa Castillo

 

Introducción

El presente cuento tiene como eje central la enajenación del individuo dentro de un mundo que aparentemente tiene una lógica sensata. La narración crea un mundo posible absurdo —la única manera de evitar el enajenamiento total—, dónde a través de un artefacto se pueden cambiar a las personas, pero sólo en el aspecto físico.
El protagonista se presenta él mismo como un fracasado. Todo en él está en decadencia: su equipo de fútbol, su cabellera, y sobre todo su autoestima. La aparición del extraño aparato que transforma y/o desaparece a las cosas, le da un aliento de esperanza. Sin embargo, el desenlace es cruel. El protagonista entiende de la peor manera, que ante el poder (personificado en un jefe homosexual que le hace la vida imposible), nada lógico es posible. Decide entonces, recurrir a la locura para cobrarse una digna revancha con el destino. Y lo logra.

Un artefacto en Buenos Aires


"Soñé que había entrado en el cuerpo de un puerco, que no me era fácil salir, y que enlodaba mis cerdas en los pantanos más fangosos. ¿Era ello como una recompensa? Objeto de mis deseos: ¡no pertenecía más a la humanidad! Así interpretaba yo, experimentando una más que profunda alegría. Sin embargo, rebuscaba activamente qué acto de virtud había realizado, para merecer de parte de la Providencia este insigne favor...”
(Lautreámont)

“-¡Loco, insensato! ¿Quieres perecer?
En vano tienes oídos para oír,
o has perdido la razón y la vergüenza”
(Homero,
La Ilíada)


Caminando por las calles de Buenos Aires, Estéfano Cagna miraba despreocupado a la gente que se le cruzaba en el camino. Su mente por lo común ordinaria, se dio un respiro de imaginación. Uno de aquellos momentos en que hasta la cosa más insignificante reclama su lugar en el espacio, y se yergue auténtica y hasta digna en el universo. Comenzó a idear en su anodina cabeza de transeúnte, situaciones extraordinarias.

Se le ocurrió la posibilidad de que toda esa avalancha de figuras humanas, podría ser manipulada a su gusto, gracias a un fabuloso aparato capaz de controlar todos los cambios de fisonomía posible. Pensó en cómo podría ser aquel objeto, y comenzó a imaginar artefactos de insospechadas formas y colores.

Estéfano venía haciendo el mismo recorrido desde hace unos veinte años. Ya no era aquel jovenzuelo que con el torso desnudo y la melena larga, esperaba los fines de semana para asistir a los estadios a alentar bombo en mano, al Racing Club de Avellaneda, el equipo de sus amores. Ni tampoco el que entre bromas y miraditas, era rodeado por las muchachas del barrio que le pedían una de los Rolling Stones, y él guitarra en mano canturreaba Anggie, y las chicas, igualito, hasta se parece un poco a él.

Ahora el tiempo lo había sorprendido con cuarenta años a cuestas y con todas las razones del mundo para no sentirse orgulloso de lo que era: un simple repartidor de pizzas en moto. Sí, un veterano y algo calvo repartidor de pizzas motorizado. A esto se reducía todo lo que había alcanzado en la vida: un trabajo de mierda en una pizzería de quinta categoría y una calvicie prematura. Eso era todo. Para colmo, ni siquiera el consuelo de la motocicleta los sábados por la noche, ya que no era suya sino del dueño de la pizzería, un homosexual rechoncho que le negó dicho privilegio desde el día que decidió dejar de sumergirse con él en la despostillada y sucia bañera que había en el segundo piso.

Este sujeto no sólo estaba pasado de grasas sino también de avaricia. Cada vez que Estéfano salía en la moto, el rollizo dueño antes y después, medía el combustible con una larga vara. Y reloj en mano, cronometraba severamente cada segundo extra de demora.

Estéfano recordó la figura que lo esperaba en la pizzería y no pudo evitar traer la imagen, el olor, y los graznidos de aquél tipo, cuando por diez largos e insufribles años tuvo que chapotear con él en aquella sucia y despostillada bañera. Un verdadero cerdo con el perdón de estos nobles animales. Sintió las sobras de pizza que había comido anoche revolverse en su estómago como un gato dentro de una lavadora. Acumuló un puñado de saliva en la boca, que más parecía un sorbo de rabia pura, y dio un puñetazo de escupe en el suelo.

Miró de inmediato su reloj, aún había tiempo, decidió alargar su tradicional recorrido, yendo por otros lados. Quería seguir viendo más figuras humanas y seguir imaginando ese artefacto imposible. Las personas se sucedían vertiginosamente; las habían de todas formas y colores: grandes, pequeñas, trigueñas, blancas, flacas, gordas, etc. Lo que le comenzó a fascinar fueron los rostros, específicamente las narices. Comenzó a tener una rápida habilidad en imaginar sus dimensiones. “La de aquel, debe medir por lo menos unos quince centímetros y pesar fácilmente unos diez gramos. Si tuviera ese aparato, le quitaría un poco del largo para aumentárselo en ancho.” cavilaba en silencio Estéfano, jugando a ser un buen Dios o algo así.

Se fue acercando al Obelisco. La pizzería estaba a unas cuadras de allí. Las avenidas, literales ríos de autos y microbuses, serpenteaban alrededor del empinado edificio como si estas fuesen, las arterias principales de un desesperado corazón.

Se le ocurrió ver al Obelisco como un enorme y puntiagudo corazón en forma de nariz. Sí, una inmensa nariz capaz de esnifarlo todo, pero incapaz de devolver algo importante. Sólo de vez en cuando una miserable porción de mucosidad en el asfalto después de algún estornudo. Consuelo para los despistados, que ven en ello una hazaña y el momento propicio para usar sus lamentables pañuelos.

De golpe, sintió el artefacto en una de sus manos. Fue cuando los acontecimientos que lo asaltaron, desencadenaron en absurdos. La idea del artefacto lo dominó por completo, ahora no era una alucinación, era una realidad: lo estaba empuñando.

El delirante aparato era capaz de transformar a cualquier persona en lo que sea. Esto último lo sabía, sin saber si lo había leído o escuchado antes. O quizá lo hubiese imaginado o soñado. Lo cierto era que simplemente lo sabía, y eso era lo que contaba por el momento.

Estéfano, extraviado en su alucinación, no se preocupó en contenerla. El artefacto era en tamaño, poco menos que un teléfono celular. El suyo era color naranja, pero se le ocurrió que podría haber de otros colores. Su forma era oval, y su peso era casi imperceptible. Tenía cuatro botones de distintos colores: rojo, amarillo, verde y azul. A su vez, cada botoncillo contaba con una pequeña inscripción en letras negras, que anunciaba sucintamente la función que cumplía.

El rojo decía “ON” y servía para encenderlo. El azul decía “OFF”, y se usaba para lo contrario. "Rojo para prenderlo y azul para apagarlo”, repitió Estéfano como para no olvidarlo. El botón amarillo escribía encima de sí “ENTER” y era el que iniciaba la función. Servía para transformar total o parcialmente a una persona, e incluso, convertirla en cualquier cosa. Se le podía agregar, quitar, aumentar, o achicar lo que sea. En algunas ocasiones se la podía desintegrar por completo si el caso lo ameritaba. Estéfano pensó de inmediato en el seboso homosexual que lo esperaba.

Por último, el botón verde que llevaba inscrito “STOP”, y que servía para lo opuesto del anterior. Ya que con presionarlo, todo lo modificado quedaba en nada, regresando a su estado originario. Siempre y cuando, no se haya elegido la desintegración por completo, ya que en este único caso, la situación era irreversible.

Así de simple era todo. Estéfano de golpe, pulsó el botón amarillo “ENTER” al frente de un policía de tránsito. De inmediato apareció en la pantalla del aparato, el cuerpo del policía. Luego eligió su parte preferida: La nariz. Automáticamente apareció en la pantalla un recuadro: “agrandar”, “reducir”, “cambiar”, “desintegrar”. Estéfano presionó “reducir”.

Como por arte de magia, el policía lucía ahora una nariz de perro pequinés enfadado. Dándose cuenta de la poca ayuda que había realizado, quiso remediar su error, presionando “agrandar”. De pronto, si hubiera sido posible traer a Cyrano de Bergerac al lado de aquel uniformado, hubiera parecido mas bien ñato. Angustiado, Estéfano buscó la tecla salvadora: el botón verde que decía “STOP”.

Todo artefacto que se precie de bueno tiene que tener la tecla de “STOP” en buenas condiciones. Recordemos que toda locura se vuelve tal, cuando pierde o deteriora el botón de “STOP”. Y para felicidad y tranquilidad de Estéfano, su aparato lo tenía. Sin pensarlo dos veces lo presionó. Salió una ventana pequeña que brindaba cuatro opciones: “parar último cambio”, “parar todo”, “regresar al menú anterior”, “regresar al menú principal”. Estéfano eligió “parar todo”. Gracias a ello, el policía de tránsito recobró su apacible nariz porteña, que consiste en ser un poco más grande de lo normal, pero sin llegar a ser inmensa.

Luego de unos minutos más de caminata hacia cualquier lugar, Estéfano pulsó “ENTER” al frente de una atractiva señorita que cruzaba despreocupada la pista. Como en la anterior vez, apareció en la minúscula pantalla, el cuerpo de la mujer. Estéfano, sonrió. Su índice buscó la parte de la blusa. De inmediato, apareció en la pantalla el recuadro de: “agrandar”, “reducir”, “cambiar”, “desintegrar”. Estéfano presionó “desintegrar”.

En menos de lo que tardó Estéfano en sorprenderse, la atractiva mujer se difuminó por completo de la calle. No lo podía creer, él solo quiso quitarle la blusa por un momento nada más, no desaparecerla por completo. Maldijo el aparato una y mil veces, y si no lo destrozó en ese momento, fue porque tuvo el presentimiento de necesitarlo para algo importante más adelante.

Estéfano quiso retroceder lo hecho, sus dedos buscaron desesperados el botón “STOP”. El maldito botoncillo verde, no podía remediar nada. Salió un mensaje en la pantalla: “Lo siento, acción inválida, la desintegración es irreversible.” “Maldita porquería, ¡cómo que irreversible!” recriminó al aparato como si este pudiese escucharlo. Lo presionó varias veces. Varias veces salió lo mismo en la pantalla.

Indignado, Estéfano comprendió lo peligroso de desintegrar a las personas. Y lo estúpido que suele resultar arrepentirse después de ello.

Cotejó su reloj. Faltaban tres minutos para las ocho. “Imposible llegar a tiempo al laburo” recapacitó. Pensó tomar un taxi. Pero al revisar sus bolsillos, comprendió que no tenía lo suficiente para pagar la carrera. Decidió convertir al primer sujeto que encontrara en un auto o en cualquier otro vehículo para poder llegar a tiempo. Pero con la promesa de volverlo después a su estado original.

Alistó su aparatito anaranjado. Observó que un tipo con anteojos y chaqueta azul se aproximaba. “Si dice que es hincha del Racing, se salva” se dijo para sí, inesperadamente.
—Eh che, disculpá. ¿Hincha de qué equipo sos? —preguntó Estéfano.
—Del Racing —respondió el tipo sin detenerse.
“Suerte para vos” dijo entre dientes Estéfano. Al tiempo que venía un niño como de diez años por la acera.
—Eh pibe, ¿hincha de qué equipo sos?
—Del Racing, señor —respondió el niño y siguió su camino.
Casi de inmediato, un señor tan calvo como Estéfano, pasó frente de él. La misma pregunta. Y la misma respuesta ocho veces más. ¡Diez personas hinchas del Racing!
“Es una locura. Parece que estuviéramos en la misma Avellaneda” pensó Estéfano.
“Con razón los estadios están vacíos cuando juega la academia, todos están en las calles”. En eso, pasó un jovenzuelo con un polo del Boca Juniors. “Definitivamente este será” predijo Estéfano.
—Eh pibe, ¿hincha de qué equipo sos?
—Del mejor del mundo, tío —respondió sonriendo el muchacho.
—Y podés decirme ¿cuál es el mejor del mundo?
—Claro che, Racing Club de Avellaneda —el joven comenzó a reírse.
—Tenés un polo de Boca y me decís que sos hincha de Racing. ¿Acaso me estás cargando?
—Pero viejo, sos boludo o qué. Se supone que soy hincha de Boca, sino no llevaría puesto esta camiseta. Además Racing es un equipo de cojos. Sus hinchas en vez de arengas deberían lanzarles muletas a los jugadores…
—Te daré una lección pibe malcriado —amenazó Estéfano al tiempo que manipulaba su aparato anaranjado.
—¡Tomátela viejo de mier…! —el joven no pudo terminar de completar su frase. Estaba convertido en una motocicleta azul granate.

Sin perder más tiempo, Estéfano subió a la moto y se dirigió al trabajo. Llegó a la pizzería con media hora de retraso. Maldijo el destino y pateó un par de veces a la moto. Iba entrar, cuando recordó que tenía que regresar a su forma original al malcriado muchacho.

Sacó su aparato y lo encendió frente a la moto. Pulsó el botón “STOP”, al tiempo que elegía la opción “parar el último cambio”. De inmediato, el chico recobró su forma humana, y partió de aquel lugar a la carrera, pero algo cojeando por las anteriores patadas.

Estaba por entrar, cuando observó al dueño de la Pizzería desparramado en su acostumbrado asiento viendo la televisión. Era temprano, no había clientes, era la oportunidad de deshacerse de él, de desintegrarlo por fin para siempre, tenía su aparato para ello. Lo sacó.

Manipuló el artefacto, y cuando la tuvo reducida en imágenes. Marcó sin pensar la opción “Desintegrar”. El aparato comenzó a vibrar y en seguida se vio el siguiente mensaje en la pantalla: “La opción desintegrar ha sido desactivada hasta nuevo aviso.”

De pronto, el jamonudo sujeto apagó el televisor y manoseó un artefacto rosado, igual de raro del que supuestamente sólo él tenía conocimiento. Eso sí que era inadmisible. Estéfano no lo podía creer. Quizá era el control remoto de la televisión. Sí, eso debía ser. Decidió acercarse más a la ventana y finiquitar sus sospechas.

El dueño de la pizzería no lo podía ver porque estaba de espaldas. Estéfano se concentró en la visión del aparato. Era cierto, a excepción del color era igual al suyo: cuatro botones: rojo, amarillo, verde y azul, y con las mismas letras negras que decían lo mismo: “ON”, “OFF”, “ENTER”, “STOP”.

El tipo de pronto volteó. Y como si lo hubiese visto desde el inicio, “Pasá pibe, y dime que me querés” exigió.

—Para mí siempre serás un cerdo. Jamás te querré —respondió con crudeza Estéfano, mientras sentía el gato en su estómago volver a revolverse.

—Acaso, no lo ves che—dijo él casi llorando, gritándole a las lunas que los separaban—. Yo he inventado estos artefactos para nosotros. Para corregir nuestros defectos y ser felices. Y como sé que vos me detestás, acabo de desactivar para siempre la opción “desintegrar”. Utilizá tu artefacto y transfórmame en lo que quieras. Mira yo también tengo uno. Sé que vos siempre has querido más cabello, esperá.

El obeso sujeto comenzó a teclear su extraño aparato rosado. De inmediato, Estéfano comenzó experimentar un violento crecimiento capilar. El otrora melenudo volvía otra vez. Estéfano no pudo ocultar su satisfacción. Concedió una sonrisa y cogiendo su aparato, le devolvió la cortesía a su rollizo mentor, quitándole cuarenta kilos de golpe. Él sonrió también.

—Nene, cerremos el negocio y juguemos un poco arriba —amenazó el tipo con su nueva figura, sus ropas parecían globos desinflados—. Así con el cabello largo has recobrado la pinta, estás igualito a cuándo te conocí en el estadio…vamos che, pongo en el estéreo a los Rolling y vos me movés el culito como Mick Jagger… —se acercó a las persianas y las corrió.

Estéfano entró al local, y cerró con seguro por dentro. Subieron al segundo piso y de inmediato el tipo comenzó a quitarse los globos desinflados del cuerpo. En un descuido, Estéfano ocultó el artefacto del dueño de la pizzería y el suyo en los bolsillos.
—Esperá un momento —dijo Estéfano—, ¿tenés un papel y un lapicero? Quiero darte una pequeña sorpresa. Quiero escribirte algo.
—Acaso un poema, corazón.
—Algo parecido.
—Acaso un poema, corazón.
—Sí, espérame un ratito —Estéfano entra al baño.

El dueño de la pizzería ya está desnudo, busca algo entre sus ropas.
—No encuentro mi artefacto, quería agrandarme algunas cositas…—murmura más marica que nunca— ¡Amor has visto mi artefacto! —grita con voz de tenor desacreditado.

Desde dentro, ¡no, creo que se ha quedado abajo!
—No importa —pone en el estéreo “I can´t get satisfaction” —¿Te gusta nene? —la voz de tenor se alarga como goma de mascar hasta el baño.
—Sí—responde Estéfano.
—Andá llenando la ducha Estéfano, ahí me movés el culito como el Jagger, ¿subo el volumen? —invita y comienza a tararear el coro de la canción.

Al escuchar la invitación, los rasguños de las sobras comidas anoche, volvieron nuevamente como gato desquiciado en el estómago de Estéfano. Se sentó en el excusado y comenzó a defecar mientras escribía algo en el papel.

Pasados unos minutos, se oyó llenarse la bañera. Estéfano comenzó a manipular su artefacto. Luego, se dejó escuchar un chasquido como si rompieran algo. Afuera los canturreos seguían.

Al minuto, una hoja de papel se deslizaba debajo de la puerta del baño. El dueño de la pizzería, entusiasmado y ansioso a la vez, la leyó de inmediato: “Para que vos sientas lo mismo que yo sentí durante diez años...” Intrigado abrió la puerta. A un lado del lavabo, los dos artefactos completamente destruidos. Caminó unos pasos y descorrió la cortina de la bañera. Dentro de ella, en un mar de orines y mierdas flotantes, un cerdo chapoteaba apaciblemente.

 

© Pedro Novoa Castillo, 2005

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Pedro Novoa Castillo (Huacho, 1974)
Ha obtenido la Segunda Mención en el Concurso de cuentos de Ciencia Ficción del Fanzine Fobos Púlsares 2004, en Santiago de Chile. En junio del 2004 obtuvo una mención honrosa en los juegos florales de la UNFV con el poemario Pastor de Asteroides. Asimismo, ha obtenido el diploma y trofeo en el IV Concurso Nacional de Narrativa Escolar 2004 "El cuento de mi pueblo" Ministerio de Educación, y el Instituto Nacional de Cultura (filial Junín).

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento7_4.htm


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