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El Velorio / Jorge Carrasco
Entre tuercas y pinceles / Victor Bejarano Noceda
Los pisos de mi casa / Rodrigo Díaz Pino
Un artefacto en Buenos Aires / Pedro Novoa Castillo
El viejo juego / José Donayre Hoefken

 

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El viejo juego

por José Donayre Hoefken

 

Algunas veces la belleza no tiene que ser perfecta para conmover. Pero lo exacto es que Alicia me erizaba; era como oír las veinticuatro horas del día el Concierto para mandolina de Vivaldi o vislumbrar un vasto tejido de filamentos cuánticos y cuerdas cósmicas. Demasiado para una persona tan parsimoniosa como yo.

Alicia vivía a dos puertas de mi departamento, con un tipo huraño de extrañas costumbres y nada amistoso. El maltrato entre ellos era evidente. Sin embargo, estaban unidos por un conjunto de cláusulas que, a medida que yo iba descubriendo, alejaba cruelmente el cumplimiento de mi deseo: tenerla ante mí por unas horas.

Cuando ya no aguardaba la más mínima esperanza de que Alicia se deshiciera de su patán conviviente, el azar vino a tocar mi puerta una noche. Primero una retahíla de timbrazos me sacaron de un sueño agradable y luego una sucesión de golpes desesperados me obligaron a saltar de la cama. Avancé en la oscuridad sin comprender el estruendo. Abrí la hoja de madera y encontré a Alicia sollozante, bañada por la luz del pasadizo. Pero más me asombró verla vestida con tan sólo un bikini de vedette y, sobre todo, encontrarla con las manos ensangrentadas.
— Lo he matado.
— Pasa.

Entró y se acomodó en el chaise longue de mi recibidor. Encendí unas luces dicroicas lo suficientemente intensas como para advertir que el frío cuero del mueble le había puesto la piel de gallina.
— ¿Ya has llamado a la Policía?
— No.
— ¿Has tocado otra puerta además de la mía?
— No.
— Ya vengo, te prepararé algo.
— No me dejes sola.
— Entonces acompáñame.

Entramos en la cocina y busqué a ciegas.
— ¿Quieres que encienda la luz? —sugirió.
— No. No hay que llamar la atención.
— Tú jamás llamas la atención.
— ¿Cómo?
— Nada, olvídalo.
— ¿Por qué estás vestida así? –pregunté mientras destapaba el termo.
— Es un juego, ya sabes.
— Detrás de ti están las tazas.

Más acostumbrado a la penumbra, vi a la sombra de Alicia hurgar sobre el repostero y encontrar un bloque de madera con cinco cuchillos incrustados.
— ¿Es cierto que matar excita?
— ¿Me preguntarías eso a plena luz? –increpó, en tanto que empuñaba el mango de la hoja más grande.
— Quizá no. La oscuridad es la mejor máscara –respondí sin moverme.

Alicia se acercó a mí y susurró:
— Detesto que me deseen.
— ¿Por eso lo mataste?
— ¿Crees que no me he dado cuenta cómo me miras? —y colocó el cuchillo entre mis piernas.
— ¿Aún no te lavas la sangre de él y ya vienes por la mía?
— Yo hago las preguntas.
— Es un juego, simplemente eso.
— ¿Desearme es un juego?
— Ajá. Es el viejo juego de adivinar gestos y calcular el lance.
— ¿Cómo te llamas?
— ¿No lo sabes?
— No hemos pasado del buenos días, buenas tardes y buenas noches. ¿No te has dado cuenta? Eres muy callado, sólo miras y escuchas esa música clásica a todo volumen.
— Es mi estilo.
—También eres frío —retrucó moviendo el cuchillo entre mis muslos, para luego pasar su lengua por mi mejilla—. Vamos al chaise longue.

Alicia dejó caer el cuchillo y caminó delante de mí. Una vez sobre el mueble, como una esfinge elástica, me pidió que la observara. Con un movimiento suave se colocó boca abajo. Su mano derecha —que era como una mano ajena desde mi punto de vista— fue arrancando la parte superior del bikini. De pronto, no pareció tener prisa. Sus dedos no se decidían entre manipular el broche o acariciarse la espalda bajo la tela. Hasta que por fin, de un tirón imprevisto, se deshizo de ella. Luego, con ambas manos, fue en busca del hilo dental. Flexionó las piernas y sus nalgas se elevaron. En dos segundos lo corrió hasta la mitad de sus muslos. E inmediatamente, con una rítmica contorsión de sus piernas, las bragas avanzaron hasta sus pies. Un último esfuerzo lanzó la trusa fuera de escena.

Lamió su índice derecho y lo dirigió al encuentro de sus nalgas. Hurgó entre sus turgencias con calma, hasta detenerse en su ano, donde empezó a sobarse con fruición. Se colocó de lado y llevó los dedos ensangrentados de su otra mano a la boca. Cubiertos de saliva, los dirigió directamente a su orificio apenas dilatado. Entornó los ojos y lanzó un breve jadeo: el dedo del corazón penetraba rauda y completamente. En ese instante la espalda de Alicia se cubrió de miles de perlas de sudor, y su cuerpo adquirió el temple de una flexible y delgada lámina de metal. Entre una ondulación y otra, el dedo intruso bailó dentro de la estrecha cavidad a fin de dar espacio al índice y luego al anular. El pulgar y el meñique se replegaban y extendían, en una danza que intentaba dar pellizcones a sus glúteos perfectamente abombados.

Tras sucesivos estremecimientos que la llevaron a proferir maldiciones, la mano libre fue a la desesperada búsqueda de los efluvios de su vagina. Embadurnada de la jalea —y sin descuidar su deleite anal— se dedicó a amasar sus prominencias y salientes. Comenzó por acariciar en espiral su hombro derecho, hasta rozar el nacimiento del seno próximo. En aquella perfecta duna, las yemas de sus dedos se hundieron con insistencia frenética, hasta que en una súbita maniobra, atraparon un pezón delicadamente erecto y rosado. Arqueó el torso y la punta de su lengua jugueteó en aquella fresa excitada. Y antes de que la extremada tensión venciera sus fuerzas, mordisqueó la pequeña fruta entre gimoteos. Al retirar la mano súbitamente de aquel busto, éste cayó como un globo de agua para volver a formar una especie de culito con el nacimiento del otro.

Alicia se tendió boca arriba y atacó su cadera izquierda con las uñas hasta irritarse la piel. Cuatro líneas coloradas adornaron aquel costado y después el otro flanco sufrió el manoseo de lo que ya era una araña enloquecida sobre aquel terreno torneado. Para entonces tenía la pelvis ligeramente levantada por la otra mano —que estaba a punto de entrar completa en su culo— y las piernas completamente abiertas, de manera que pudo recoger con facilidad más baba de su palpitante vulva para untarla en sus muslos, mientras era sacudida por espasmos tan efectivos como descargas eléctricas. Afiebrada, trepidante y cubierta de sudor, concentró los dedos de su mano inquieta en la raja jugosa de su entrepierna. Sus yemas dispersas alrededor de la hendidura presionaron lo suficiente como para ahogarle un rosario de blasfemias y conjuros.

Un largo suspiro pudo sugerir que ya había acabado, pero una nueva y brusca acometida contra su grieta, con sus dedos firmemente unidos y extendidos, la hizo prorrumpir en una elocuente expresión que se ventilaba entre una injuria y un sagrado sortilegio. Por último, mientras se contraía, una embestida tras otra de su fálica zarpa la sumió en un agitado ritmo que concluyó abruptamente en la introducción plena y profunda de ambas manos en sí misma. Su éxtasis se tradujo en un grito más allá del placer y del dolor, haciendo astillas la noche. Después me miró radiantemente complacida. Retiró sus manos poco a poco entre quejidos y se sumergió en el sueño que me había robado no mucho tiempo antes: un mediodía eterno en medio de laderas y hondonadas cubiertas de bromelias. Avancé hasta el chaise longue y, cerca de su cara, mascullé:
— Maldita.

Caminé vacilante hacia el baño y encendí la luz. Me vi al espejo. El joven entre las bromelias había desaparecido. Ante mí sólo encontré al octogenario que Alicia seguía ignorando.

© José Donayre Hoefken, 2005

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José Donayre Hoefken (Lima, 1966)
Estudió Literatura y Lingüística en la PUCP. Ha publicado las novelas La fabulosa máquina del sueño (1999) y La trama de las moiras (2003), además del libro de cuentos Entre dos eclipses (2001).

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento7_5.htm


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