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Algunas
veces la belleza no tiene que ser perfecta para conmover.
Pero lo exacto es que Alicia me erizaba; era como oír
las veinticuatro horas del día el Concierto
para mandolina de Vivaldi o vislumbrar un vasto
tejido de filamentos cuánticos y cuerdas cósmicas.
Demasiado para una persona tan parsimoniosa como yo.
Alicia
vivía a dos puertas de mi departamento, con un
tipo huraño de extrañas costumbres y nada
amistoso. El maltrato entre ellos era evidente. Sin
embargo, estaban unidos por un conjunto de cláusulas
que, a medida que yo iba descubriendo, alejaba cruelmente
el cumplimiento de mi deseo: tenerla ante mí
por unas horas.
Cuando
ya no aguardaba la más mínima esperanza
de que Alicia se deshiciera de su patán conviviente,
el azar vino a tocar mi puerta una noche. Primero una
retahíla de timbrazos me sacaron de un sueño
agradable y luego una sucesión de golpes desesperados
me obligaron a saltar de la cama. Avancé en la
oscuridad sin comprender el estruendo. Abrí la
hoja de madera y encontré a Alicia sollozante,
bañada por la luz del pasadizo. Pero más
me asombró verla vestida con tan sólo
un bikini de vedette y, sobre todo, encontrarla
con las manos ensangrentadas.
— Lo he matado.
— Pasa.
Entró
y se acomodó en el chaise longue de
mi recibidor. Encendí unas luces dicroicas lo
suficientemente intensas como para advertir que el frío
cuero del mueble le había puesto la piel de gallina.
— ¿Ya has llamado a la Policía?
— No.
— ¿Has tocado otra puerta además
de la mía?
— No.
— Ya vengo, te prepararé algo.
— No me dejes sola.
— Entonces acompáñame.
Entramos
en la cocina y busqué a ciegas.
— ¿Quieres que encienda la luz? —sugirió.
— No. No hay que llamar la atención.
— Tú jamás llamas la atención.
— ¿Cómo?
— Nada, olvídalo.
— ¿Por qué estás vestida
así? –pregunté mientras destapaba
el termo.
— Es un juego, ya sabes.
— Detrás de ti están las tazas.
Más
acostumbrado a la penumbra, vi a la sombra de Alicia
hurgar sobre el repostero y encontrar un bloque de madera
con cinco cuchillos incrustados.
— ¿Es cierto que matar excita?
— ¿Me preguntarías eso a plena luz?
–increpó, en tanto que empuñaba
el mango de la hoja más grande.
— Quizá no. La oscuridad es la mejor máscara
–respondí sin moverme.
Alicia
se acercó a mí y susurró:
— Detesto que me deseen.
— ¿Por eso lo mataste?
— ¿Crees que no me he dado cuenta cómo
me miras? —y colocó el cuchillo entre mis
piernas.
— ¿Aún no te lavas la sangre de
él y ya vienes por la mía?
— Yo hago las preguntas.
— Es un juego, simplemente eso.
— ¿Desearme es un juego?
— Ajá. Es el viejo juego de adivinar gestos
y calcular el lance.
— ¿Cómo te llamas?
— ¿No lo sabes?
— No hemos pasado del buenos días, buenas
tardes y buenas noches. ¿No te has dado cuenta?
Eres muy callado, sólo miras y escuchas esa música
clásica a todo volumen.
— Es mi estilo.
—También eres frío —retrucó
moviendo el cuchillo entre mis muslos, para luego pasar
su lengua por mi mejilla—. Vamos al chaise
longue.
Alicia
dejó caer el cuchillo y caminó delante
de mí. Una vez sobre el mueble, como una esfinge
elástica, me pidió que la observara. Con
un movimiento suave se colocó boca abajo. Su
mano derecha —que era como una mano ajena desde
mi punto de vista— fue arrancando la parte superior
del bikini. De pronto, no pareció tener prisa.
Sus dedos no se decidían entre manipular el broche
o acariciarse la espalda bajo la tela. Hasta que por
fin, de un tirón imprevisto, se deshizo de ella.
Luego, con ambas manos, fue en busca del hilo dental.
Flexionó las piernas y sus nalgas se elevaron.
En dos segundos lo corrió hasta la mitad de sus
muslos. E inmediatamente, con una rítmica contorsión
de sus piernas, las bragas avanzaron hasta sus pies.
Un último esfuerzo lanzó la trusa fuera
de escena.
Lamió
su índice derecho y lo dirigió al encuentro
de sus nalgas. Hurgó entre sus turgencias con
calma, hasta detenerse en su ano, donde empezó
a sobarse con fruición. Se colocó de lado
y llevó los dedos ensangrentados de su otra mano
a la boca. Cubiertos de saliva, los dirigió directamente
a su orificio apenas dilatado. Entornó los ojos
y lanzó un breve jadeo: el dedo del corazón
penetraba rauda y completamente. En ese instante la
espalda de Alicia se cubrió de miles de perlas
de sudor, y su cuerpo adquirió el temple de una
flexible y delgada lámina de metal. Entre una
ondulación y otra, el dedo intruso bailó
dentro de la estrecha cavidad a fin de dar espacio al
índice y luego al anular. El pulgar y el meñique
se replegaban y extendían, en una danza que intentaba
dar pellizcones a sus glúteos perfectamente abombados.
Tras
sucesivos estremecimientos que la llevaron a proferir
maldiciones, la mano libre fue a la desesperada búsqueda
de los efluvios de su vagina. Embadurnada de la jalea
—y sin descuidar su deleite anal— se dedicó
a amasar sus prominencias y salientes. Comenzó
por acariciar en espiral su hombro derecho, hasta rozar
el nacimiento del seno próximo. En aquella perfecta
duna, las yemas de sus dedos se hundieron con insistencia
frenética, hasta que en una súbita maniobra,
atraparon un pezón delicadamente erecto y rosado.
Arqueó el torso y la punta de su lengua jugueteó
en aquella fresa excitada. Y antes de que la extremada
tensión venciera sus fuerzas, mordisqueó
la pequeña fruta entre gimoteos. Al retirar la
mano súbitamente de aquel busto, éste
cayó como un globo de agua para volver a formar
una especie de culito con el nacimiento del otro.
Alicia
se tendió boca arriba y atacó su cadera
izquierda con las uñas hasta irritarse la piel.
Cuatro líneas coloradas adornaron aquel costado
y después el otro flanco sufrió el manoseo
de lo que ya era una araña enloquecida sobre
aquel terreno torneado. Para entonces tenía la
pelvis ligeramente levantada por la otra mano —que
estaba a punto de entrar completa en su culo—
y las piernas completamente abiertas, de manera que
pudo recoger con facilidad más baba de su palpitante
vulva para untarla en sus muslos, mientras era sacudida
por espasmos tan efectivos como descargas eléctricas.
Afiebrada, trepidante y cubierta de sudor, concentró
los dedos de su mano inquieta en la raja jugosa de su
entrepierna. Sus yemas dispersas alrededor de la hendidura
presionaron lo suficiente como para ahogarle un rosario
de blasfemias y conjuros.
Un
largo suspiro pudo sugerir que ya había acabado,
pero una nueva y brusca acometida contra su grieta,
con sus dedos firmemente unidos y extendidos, la hizo
prorrumpir en una elocuente expresión que se
ventilaba entre una injuria y un sagrado sortilegio.
Por último, mientras se contraía, una
embestida tras otra de su fálica zarpa la sumió
en un agitado ritmo que concluyó abruptamente
en la introducción plena y profunda de ambas
manos en sí misma. Su éxtasis se tradujo
en un grito más allá del placer y del
dolor, haciendo astillas la noche. Después me
miró radiantemente complacida. Retiró
sus manos poco a poco entre quejidos y se sumergió
en el sueño que me había robado no mucho
tiempo antes: un mediodía eterno en medio de
laderas y hondonadas cubiertas de bromelias. Avancé
hasta el chaise longue y, cerca de su cara,
mascullé:
— Maldita.
Caminé
vacilante hacia el baño y encendí la luz.
Me vi al espejo. El joven entre las bromelias había
desaparecido. Ante mí sólo encontré
al octogenario que Alicia seguía ignorando.
©
José Donayre Hoefken, 2005
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