John Jairo Junieles
Rafael Robles
Paolo de Lima
Diego Gode

Daniel Contreras

El velorio / Jorge Carrasco
Entre tuercas y pinceles / Victor Bejarano Noceda
Los pisos de mi casa / Rodrigo Díaz Pino
Un artefacto en Buenos Aires / Pedro Novoa Castillo
El viejo juego /
José Donayre Hoefken

 

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Diego Gode

por Diego Gode

 

La batalla perdida

No supieron de mi diaria lucha contra el polvo,
de mis insistentes esfuerzos cargados de tedio,
de inculcada rutina, y, a veces, incluso,
de alegre melancolía.

No supieron de este desesperado delimitar y organizar,
poniéndole fronteras al polvo, pidiéndole cuentas,
importunando a escarabajos transeúntes,
residentes del asfalto largo y ancho.

Esta tarea en ciertos momentos ardiente,
el besar de la escoba en vedados rincones,
la persecución implacable de la araña,
que corre siempre frenética,
galopando con su delgado racimo de patas,
y siempre en la dirección equivocada,
terminando invariablemente
tatuada en una postura extraña.
Y las energéticas moscas
que no entienden ni entenderán,
que no quieren entender,
en su vuelo obstinado hacía ningún lugar,
y saltan de la sopa a mi cabeza
y viceversa, mientras me susurran en la oreja
que tú no entiendes,
y las flores escupiendo polen al viento,
y el viento desbaratando nubes,
y la lluvia deshaciendo y mezclando
casitas de adobe y enteros campos,
y los ríos raptando árboles
para que las algas tengan lechos,
y las olas desorganizando conchas,
y tú aquí,
perdiendo el tiempo.

Nadie supo de mi lucha diaria contra el polvo,
el desorden, la juguetona pelusa y otros enemigos,
porque los arqueólogos de mí solo encontraron
huesitos desordenados.

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Recortando las estrellas

En mi ciudad natal los hombres son como gatos
que desenredan pacientemente una húmeda madeja
en el veraniego patio de las novias,
lento para no espantar a la madre,
con arte para que no se aburra la niña,
con los dientes para que no diga el padre
que metió mano a su hija.

Pasteleros precisos que confeccionan palabras
dulces y blandas, una después de otra,
fríamente calculadas con destreza de ingeniero
pero lanzadas con espíritu futbolista.
Palabras como tenazas o tijeras,
disimuladas con una capita de nata,
palabras enormes como redes,
palabras largas con manos y labios.
Y con suaves ademanes bajan a su niña
la luna, las estrellas, el sol y lo que haga falta
y para que no se atraganten, una fría horchata.

Pero a las doce de la noche en mi ciudad natal
los hombres se convierten en vampiros
dando tumbos por calles desiertas y anchísimas
buscando con alas pegajosas a mujeres ya desmadejadas.

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Sin título


Hay veces que mi mano no es más que un revoltijo de alambres,
mis sentimientos son como los gorgojeos tristes de un canario desaliñado
y mi entusiasmo negro como el entero mundo estreñido,
con su centro duro y seco
que encierra granulosos desiertos,
la estación de tren los domingos,
el verano de la capital,
la siesta tras el genocidio.

Me paseo, y me paseo
con los ojos febriles
y el alma golpeándome el tórax,
como la fiesta del pueblo
que pregona con piel de tambor
y que el silencio recorta
para que no entendamos
su canto: rebelión.
Me paseo, y me paseo
y en círculos me voy enterrando
hasta quedar momificado
por hormigas en un lecho de raíces,
y el sueño me hincha los ojos
de anestesia, y hasta me pongo a cantar
con la voz de un lecho de piedras,
con la voz de un mudo queriendo hablar.
O me lanzo desde un quinto
pensando, buscando la adrenalina
que me haga fosforescente
aunque sea por un instante,
pero quedo roto como una vasija,
vasija, vasija hueca.

Hoy es uno de esos días
y el mundo obstinado sigue
sin piedad por los enfermos
que atiborra de pastillas,
sin piedad por los lisiados
reconstruidos de cualquier manera,
sin piedad por los locos como yo
que por llorar no producen.

Hoy saco algo de mi interior
aunque sólo sean dolores resecos y mutilados
que en el hueco de mis manos
se yerguen en posturas que dan risa,
para demostrar que yo también aporto algo,
que este mundo
lo hicimos todos
no sólo de tornillos y cemento.

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Supongamos María

Gitana rotunda revuelves mi sangre
con un dedo, rompes el suelo
con muslos de toro y dos pies pequeños,
pensando que pisas siempre granito,
roca madre y mármol.

Gitana cordobesa, ¡por fin una mujer de carne y hueso!,
muerdes y pataleas al compás del llanto
de un hombre gastado y una caja de muerto.
Tu espíritu grande infla tus bonitos pechos
reventando tu vestido en un estruendo de cuervos,
eres un desastre natural que aviva la llama
de este difunto reino.

Haces trizas la pena antigua con tus manos,
con brazos de enredadera
vestidos de enormes flores blancas
siembras los pedazos de tu lamento
esperando a la intemperie la nueva tormenta
que te cale los huesos.

Mujer insolente y maldita que me desprecias,
me insultas sin perder ni el sentío ni la cabeza,
con todo tu cuerpo me rechazas,
pero aún así espero emocionado a que bajes del tablao
para que me apuñales suave con tu entrepierna,
inútilmente, porque no sabes de piedad,
con tu baile me pisoteas,
con cada paso, con las fintas de tu pelo,
rompiendo el aire con la cadera,
humillando porque sabes ser mujer
de los pies a la cabeza.
. . Tus meneos dejarían frío
al rojo diablo, al humeante belcebú,
que es antes hombre
que ángel estrellado
y encima, después de ti,
sólo un pobrecito chamuscao.

Bailaora, vete de gira, vete lejos
si no quieres que te enjaule en mis besos
y si te quedas, desafiante,
por favor, comete crudo mi corazón, mátame de pena,
mátame, mátame,
para que viva poco
pero viva con pasión.

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A los cobardes

¡Cargad las margaritas!
¡detonad las amapolas!
¡incendiad los jaramagos!
ahora sí llegó vuestra hora, miserables,
de morir acribillados
por grises,
por mezquinos,
por cobardes,
que la primavera os arrase
el sueldo fijo,
el amor táctil
y los sueños de libertad
envueltos en un ridículo seis cifras
de lotería,
porque el dinero no inventa
el coraje que falta.


 

© Diego Gode, 2005

 
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Diego Gode(México, 1977) Ha publicado une breve muestra de sus poemas en dos revistas virtuales, El interpretador y El Ideario. Cofundador de la revista El Ideario de reciente creación y forma parte del consejo de la editorial Anagal, semicírculo de creación, radicada en Barcelona.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/gode.htm


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