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entrevistas
 
“Arguedas encarnó como nadie la convivencia conflictiva de la cultura quechua y la cultura española”
 
 

Hace algunas semanas tuve la oportunidad de discutir con el escritor español Iván Teruel Cáceres (Gerona, 1980) acerca de su libro, ganador del III Premio Rara Avis de Ensayo, El Perú escindido: Antagonismo estético e ideológico entre Arguedas y Vargas Llosa. Tras la lectura del ensayo lo contacté para discutir acerca del acercamiento y contraste que plantea de ambos escritores. Para él no solo se trata de los escritores peruanos que han sabido novelar de mejor modo nuestra compleja idiosincrasia sino también de dos actores sociales que encarnarían la profunda escisión que dio origen a nuestro país y que, de un modo o de otro, todavía seguiría vigente en nuestros días. Esto fue lo que quedó de nuestra conversación.

Lo primero que llama la atención es que un crítico español de tu edad no haya decidido dedicarse a trabajar la literatura latinoamericana actual sino que se haya interesado en la manera cómo evolucionan e interactúan, ideológica, política y literariamente, dos figuras como José María Arguedas y Mario Vargas Llosa. ¿Puedes contarnos cómo fue que te interesaste en el tema de tu ensayo?
Después de quedar deslumbrado por algunos autores del boom durante la licenciatura, decidí que quería hacer un doctorado para profundizar en la obra de alguno de ellos. En un principio, la idea era estudiar la narrativa breve de Vargas Llosa (Los jefes y Los cachorros), pero más tarde surgió la posibilidad de pedir una beca vinculada a un grupo de investigación que tenía como objeto de estudio la mitología prehispánica. La directora del grupo, que también acabó siendo mi directora de tesina, Helena Usandizaga, me dijo que podía seguir estudiando a Vargas Llosa pero que debía conectar algún aspecto de su obra con el tema del grupo de investigación. Vi la posible relación entre el ensayo La utopía arcaica, en el que Vargas Llosa analiza la obra de Arguedas, y el movimiento indigenista. Me empezó a interesar mucho toda la historia del país andino y creí interesante establecer una comparación entre dos escritores que simbolizaban modos opuestos de entender una misma realidad. Esa fue mi tesina. Y años más tarde reelaboré ese trabajo de investigación, con el objetivo de darle una forma más unitaria, conferirle un tono más reposado y pulir algunos desajustes expresivos.

Entonces, ese fue el germen de El Perú escindido: antagonismo estético e ideológico entre Arguedas y Vargas Llosa. ¿Podrías resumirnos sucintamente el planteamiento de este libro?
Como dije, el ensayo intenta confrontar las propuestas estéticas y culturales divergentes de dos de los escritores más representativos del Perú. Dicha comparación se lleva a cabo, básicamente, a través del estudio de los principales ejes de la narrativa arguediana y del análisis del ensayo La utopía arcaica de Vargas Llosa. Hay, también, una primera parte en la que se aborda, por un lado, el inicio de la conflictividad sociocultural del Perú, y, por otro, la gestación y el desarrollo del movimiento indigenista peruano.  

En ese sentido, me parece que hay un par de conceptos, heredados de determinada crítica, que, pienso, fundamentan la tesis de tu libro. Me refiero a “transculturación” y “aculturación”, dos términos con los cuales pretendes entender el panorama literario peruano…
El término “transculturación” fue acuñado en 1940 por Fernando Ortiz en su obra de referencia Contrapunteo cubano del tabaco y del azúcar. Lo propuso como alternativa al concepto “aculturación”, utilizado hasta entonces por la antropología anglosajona para describir aquellos procesos en los que una cultura era asimilada por otra hasta el punto de perder sus señas básicas de identidad. El término “transculturación” se ajustaba mucho mejor a aquellos fenómenos en los que dos culturas que entran en contacto se comportan de manera activa en la configuración de una nueva realidad original e independiente. Esa distinción léxica y conceptual arraigó de tal manera en el imaginario académico que incluso Arguedas, al recibir el Premio Inca Garcilaso de la Vega, pronunció un discurso que tituló “No soy un aculturado”. Ese mismo texto contiene una de las afirmaciones que mejor definen el proyecto transculturador que Arguedas acometió desde su labor intelectual. Dijo, textualmente, que él creía que “el caudal de las dos naciones se podía y debía unir” y que “el camino no tenía por qué ser […] que la nación vencida renuncie a su alma”. Arguedas, además, entendía que la literatura debía tener una finalidad social. Y ese fue uno de sus grandes empeños como escritor: tender puentes a través de sus ficciones entre la tradición peruana y la española.

Por el contrario, Vargas Llosa, de clara filiación occidental, siempre ha hecho una defensa encendida de los valores culturales europeos, y ese eurocentrismo le ha llevado en bastantes ocasiones, tanto en sus artículos o ensayos como en su obra literaria, a asociar las culturas prehispánicas con el primitivismo y la barbarie, siempre en oposición al progreso de occidente.

Vargas Llosa, en un artículo de 1985 titulado “El nacimiento del Perú”, llegó a sugerir lo siguiente: “Tal vez no hay otra manera realista de integrar nuestras sociedades que pidiendo a los indios pagar ese alto precio”. El “alto precio” se refiere a la lengua, las creencias y las tradiciones. Por otro lado, en su obra Diccionario del amante de América Latina, Vargas Llosa afirma que “la única manera de ser hoy un ser de nuestro tiempo, un hombre moderno, es asumiendo buena parte de la experiencia de Europa”. Parece claro, por tanto, a pesar de que en los últimos tiempos ha matizado su posición, que Vargas Llosa está convencido de que el progreso en su país depende, entre otras cosas, de la aculturación de los indios. 

Esas dos sensibilidades culturales diferentes que encarnan Arguedas y Vargas Llosa se reflejan en sus respectivas obras literarias. Arguedas, por ejemplo, reconoce la literatura oral quechua como una de sus principales fuentes de inspiración e intenta ensamblarla en el molde occidental de la novela. Vargas Llosa, en cambio, toma como principal referente estético la literatura escrita, culta y occidental producida por escritores como Hugo, Flaubert, Faulkner o Sartre, a los que Vargas Llosa, entre otros, considera sus maestros literarios.

Es interesante la manera en que lees la trayectoria estética de ambos escritores en función de las dos coordenadas antes mencionadas. Por ejemplo, lees el inicio de la carrera de José María Arguedas como una apuesta por la “transculturación”, mientras que su evolución lo habría decantado por la “aculturación”, lo cual explicaría su crisis final. ¿Puedes desarrollar un poco esta idea?
Arguedas encarnó como nadie la convivencia conflictiva de la cultura quechua y la cultura española. Pertenecía a una familia de grandes hacendados y heredó los rasgos físicos de su padre: cabello rubio y ojos azules. En apariencia era un “misti”, es decir, un blanco. Pero Arguedas, por decisión de su madrastra, aprovechando que su padre pasaba largas temporadas fuera de casa, fue confinado a la cocina, donde creció al cuidado de la servidumbre indígena. En ese tiempo, el niño Arguedas empezó a afianzar su amor a la cultura quechua por el cariño con el que lo trataron los criados indígenas. Así que Arguedas, por decirlo así, se convirtió en un blanco con alma de indio.

Entonces, siguiendo tu planteamiento, con todo y la violencia que esto le significó desde muy niño, José María Arguedas habría vivido en una realidad más cercana de la transculturación…
Lo que ocurre es que el modelo de transculturación que él propuso en sus primeras obras –sobre todo en Los ríos profundos– no fue el que se acabó de imponer en la realidad peruana de aquellos años. De hecho, se produjo una circunstancia que se ha considerado siempre determinante para la crisis final que lo condujo al suicidio. En una mesa redonda organizada por el Instituto de Estudios Peruanos, celebrada en 1965, algunos críticos literarios y sociólogos afirmaron que su novela Todas las sangres no se ajustaba fielmente a la realidad social del momento. Arguedas esa misma noche se preguntaba si había vivido en vano. A Arguedas, que, como he dicho, tenía una concepción comprometida de la literatura, le horrorizaba la idea de no estar siendo parte activa del cambio que él pretendía o de estar interpretando erróneamente el rumbo de la sociedad peruana.

Por lo tanto, no es que Arguedas apostara por la aculturación. Más bien, al contrario: constatar que en la sociedad peruana se imponía un modelo más cercano a la aculturación que a la transculturación que él propuso en sus primeras obras lo sumió en una profunda depresión que le hizo replantearse, al final de su vida, toda su labor intelectual anterior.

Me resultó bastante persuasiva y original la lectura que haces de La utopía arcaica a partir de las categorías de análisis desarrolladas por el mismo Mario Vargas Llosa. Es el caso del discutido estatuto de la “mentira” en la ficción novelesca, por ejemplo. ¿Podrías explicarnos cómo leer la obra de Arguedas como si se tratase de una “mentira” en el sentido que le da el autor de La ciudad y los perros a esta palabra? ¿Cuáles serías los alcances ideológicos y estéticos de esta lectura?
Vargas Llosa popularizó, con el ensayo homónimo publicado en 1990, el oxímoron “la verdad de las mentiras”. El concepto es un fundamento esencial de su poética: para él, la literatura “miente”; pero esa mentira revela “una curiosa verdad”. La explicación está en que, según Vargas Llosa, la literatura, de manera congénita, es irreverente con la realidad, y, al deformarla, al someterla a un código estético, transgrede muchas de sus limitaciones y alumbra franjas oscuras de la experiencia humana. Su otra gran premisa estética es que el resorte creativo se encuentra principalmente en las zonas turbulentas de la conciencia de los escritores –la célebre teoría de los “demonios personales”–. Esas dos convicciones unidas le llevan a una negación: la literatura no nace de “una voluntad social profiláctica”; su dimensión estética, por tanto, no puede quedar supeditada a finalidades sociales o políticas.  

El problema, para mí, es que hay una cierta incompatibilidad entre las dos premisas, si se toman ambas como base para un análisis literario. Aceptando la primera de ellas –la literatura es un artefacto estético cuya calidad no depende de su orientación ideológica, ni siquiera de su nivel de compromiso, sino del cumplimiento de unas leyes de coherencia interna–, el estudio nunca podría exceder los límites de lo estrictamente literario. Las obras se explicarían en función del manejo interno de los recursos compositivos y en relación con una tradición literaria determinada. Vargas Llosa no tira tanto por ahí, sino que fundamenta más su estudio de la obra de Arguedas tomando como referencia la teoría de los demonios personales, lo cual lo conduce a realizar, en muchas fases de su ensayo, una interpretación de la ficción arguediana un tanto psicoanalítica. Así, las escenas de sexo embrutecedor se explican por los traumas infantiles de Arguedas, o, en un movimiento contrario, la configuración de su universo narrativo revela una voluntad no declarada del autor: el anhelo por recuperar el mundo arcádico de su niñez.

Digamos que Vargas Llosa es coherente, en su análisis de la obra de Arguedas, con uno de sus presupuestos estéticos: la literatura nace de los fondos turbios del escritor. Pero eso lo induce a transgredir su otra premisa: la literatura es un producto autónomo que se explica por ella misma, sin necesidad de recurrir a contextos extraliterarios. Si leemos la obra de Arguedas partiendo de este último postulado estético, prescindiendo de motivaciones personales y de enfoques políticos, el principal mérito, para mí, estaría en el ensamblaje exitoso de materiales literarios provenientes de las dos tradiciones de su formación cultural. Cómo en sus cuentos o en sus novelas Yawar fiesta y Los ríos profundos, por poner las obras que a mí me parecen más logradas, consigue acercar y hacer verosímil al lector occidental el universo indígena. Vargas Llosa insiste en que la ficción de Arguedas no puede ser leída como documento histórico. Pero, utilizando esa base de su poética, se podría decir que, a través de la sutil distorsión de sus modelos reales, Arguedas consiguió transmitir parte de la esencia de la cosmovisión andina, y que esa sería la “curiosa verdad” que revelarían sus ficciones.

Dicho logro estético, por otra parte, se relaciona estrechamente con los alcances ideológicos sobre los que me preguntas. Arguedas pretendió ser un mediador cultural, como he dicho en la respuesta a la primera pregunta, y a través de sus ficciones consiguió reivindicar el universo indígena ante los lectores occidentales, gracias al encaje de dos modelos comunicativos cuya relación siempre ha sido conflictiva –y muchas veces excluyente–. Los ríos profundos es un gran ejemplo de cómo, a través del cauce occidental de la novela, Arguedas fue capaz de transmitir el lirismo de la tradición oral quechua. 

Continuando con Vargas Llosa, ¿de qué manera podría manifestarse en su literatura la apuesta por la aculturación de la cual hablaste hace un momento? ¿No tienes la impresión de que la defensa cerrada, incluso fanática, de la idiosincrasia cultural puede ser formulada en sus ficciones bajo rasgos positivos? Pienso, por ejemplo, en el Roger Casement de El sueño del celta….
La obra en la que Vargas Llosa, para mí, es más injusto con la cultura indígena es Lituma en los Andes, porque asocia el fenómeno de violencia extrema que desencadenó en Perú la aparición de Sendero Luminoso con alguno de los aspectos de la cosmovisión indígena –en este caso, el mito del pishtaco (un mito, que, por cierto, no es de origen prehispánico)–. El mensaje de la novela es bastante diáfano: la superstición, que para él no deja de ser una de las formas de la barbarie, conduce inexorablemente a la violencia. El mensaje tácito, a tenor de lo declarado por Vargas Llosa en su prosa de no ficción, también parece claro: la alternativa a la violencia está en el modelo occidental.

Siempre he tenido la sensación –pero sólo es eso, una sensación– de que con Lituma en los Andes, Vargas Llosa intentaba ajustar cuentas por la campaña difamatoria de la que, según él, fue víctima a raíz del “Informe Uchuraccay”, redactado en 1983 por una comisión investigadora que él mismo presidió y que pretendía esclarecer el asesinato de ocho periodistas en esa población andina. Quizás la obra también tenga alguna relación con la campaña electoral de 1990, en la que Vargas Llosa era candidato a la presidencia del país y en la que también fue atacado con virulencia por algunos sectores.

Vargas Llosa ya había abordado esta disyuntiva entre civilización y barbarie en la novela El hablador (1987), que cierta crítica vio como parodia del estilo de algunas obras indigenistas. Más allá de ese aspecto, resulta sumamente interesante la caracterización del protagonista, Saúl Zuratas, un joven judío, “el muchacho más feo del mundo”, que decide asimilarse a la tribu amazónica de los machiguengas porque rechaza la civilización occidental. Saúl Zuratas, por tanto, es un ser marcado por la marginalidad cuyas convicciones utópicas marcan su destino peripatético. Un perfil muy parecido a otros personajes de la obra de Vargas Llosa, que también son marginales, que llevan a cabo un proyecto utópico y cuyo final resulta trágico o irrisorio: el Galileo Gall de La guerra del fin del mundo, el Alejandro Mayta de Historia de Mayta –del que Vargas Llosa, según declaró, se inventó su homosexualidad para resaltar su condición marginal– o, incluso, el propio Arguedas de La utopía arcaica, tratado en algunas fases del ensayo casi como un personaje novelesco y descrito por Vargas Llosa, en uno de los epígrafes, como “serranito, huérfano, provinciano y nómade”.

Pues bien, como digo en mi estudio, el Roger Casement de El sueño del celta, a pesar de estar basado en un personaje histórico, comparte toda esa serie de rasgos: es homosexual –como Alejandro Mayta– y es nacionalista, ideología que, según Vargas Llosa, también es utópica. Con lo cual, en contra de lo que pueda parecer en una lectura superficial, el mensaje que para mí subyace en El sueño del celta es que el nacionalismo, como movimiento utópico que es, y al igual que los intelectualismos de izquierda representados por Galileo Gall y Alejandro Mayta o las utopías culturales de Saúl Zuratas y Arguedas, está abocado al fracaso. Así que no diría tanto que el mensaje ideológico aparece formulado bajo rasgos positivos, sino que existe en la novelística de Vargas Llosa una manera sutil de asociar determinadas peculiaridades de los personajes a un destino particular, y que en ese juego larvado –convertido en patrón estético– se cifra la carga ideológica de sus ficciones. 

¿Cómo entenderías la manera en que durante los últimos años se ha expresado Mario Vargas Llosa con respecto de José María Arguedas? Pienso, por ejemplo, en su discurso de recepción del premio Nobel donde rinde elogio a la intención estética de darle forma literaria a un Perú total, de todas las sangres. ¿Existe un verdadero fondo en ello, que podemos interpretar como un redescubrimiento del autor de Los ríos profundos? ¿O estaría continuando con aquella hagiografía de Arguedas con la que tanto ha contribuido, su final trágico y su vocación devastadora? 
Insisto un poco en lo que he dicho en la pregunta anterior. Tengo la sensación de que Vargas Llosa, por episodios como el de Uchuraccay o circunstancias como su candidatura a la presidencia del Perú de 1990, entró en una relación bastante conflictiva con la sierra, no tanto por una mala predisposición hacia la cultura indígena –que en realidad, apenas conocía–, sino por determinados discursos políticos e intelectuales que aprovechaban la situación precaria del indio para articular y difundir un ideario de izquierdas con el que Vargas Llosa no estaba nada de acuerdo. Creo sinceramente que toda esa tensión política lo llevó a realizar una lectura de Arguedas muy enfocada a intentar desvincular su obra de la utilización política de la misma que habían hecho los sectores de izquierda citados más arriba. Así que tengo la impresión de que, conforme se ha ido alejando de aquella tensión política de los años ochentas y noventas, Vargas Llosa ha valorado la producción de Arguedas desde otra perspectiva.

Finalmente, una pregunta más en el campo de la historia literaria y su constitución. ¿Cómo observas el asentamiento de ambas figuras en el canon peruano? ¿Crees que en algún momento podamos trascender la dicotomía a la cual parecen condenados? ¿De qué manera entiendes los esfuerzos recientes, de críticos y lectores, por valorizar el proyecto estético e ideológico de José María Arguedas?
No tengo un conocimiento lo suficientemente amplio de la actual escena literaria peruana como para responder a la primera pregunta. He leído a un autor como Jorge Eduardo Benavides que utiliza técnicas narrativas y construye ambientes –sobre todo en su novela Los años inútiles– muy en la línea estética de Vargas Llosa. He leído a otros como Óscar Colchado Lucio o Dante Castro, quienes en sus conjuntos de cuentos La cordillera negra y Tierra de pishtacos utilizan como materia prima el universo indígena pero sin renunciar a la utilización de procedimientos narrativos más deudores del boom. He comprobado, por otro lado, que el tema de Sendero Luminoso sigue siendo fuente de inspiración continua: Abril rojo (Santiago Roncagliolo), La hora azul (Alonso Cueto) o El año que rompí contigo (Jorge Eduardo Benavides). Pero lo cierto es que soy incapaz de determinar la importancia de Arguedas y Vargas Llosa en el canon nacional.

Sobre la dicotomía que representan, pues tengo la impresión de que va a ser difícil disociarla de sus obras. Estoy en la línea de la principal tesis desarrollada por Cornejo Polar en el ensayo Escribir en el aire: por más que se intente proponer el mestizaje armónico –él habla de “suturas homogeneizadoras”– como solución al conflicto peruano, la tensión entre las dos culturas asoma siempre de alguna manera. Porque son en esencia muy diferentes. Y respecto al último punto, el de la revalorización de la obra de Arguedas, me parece muy interesante todo lo que se está llevando a cabo, ese empeño por homenajear a Arguedas a través del esfuerzo por continuar, de alguna manera, la labor que él impulsó durante su vida. Comentaba la profesora Helena Usandizaga en la presentación de mi ensayo en Barcelona que hay en la actualidad en el Perú todo un movimiento que está logrando poner en el primer plano de la vida cultural del país las tradiciones indígenas. También afirmó que muy probablemente en el origen de todo este rebrote de la cultura quechua esté el germen plantado por José María Arguedas hace tantos años. De ahí la importancia de su figura y el empeño de la crítica por reconocer su labor.

 
 
©Félix Terrones, 2014
 
 

Félix Terrones (Lima-Perú, 1980). Escritor y crítico peruano. Ha publicado las novelas cortas A media luz (PUCP, 2003) y El silencio de la memoria (Mundo Ajeno, 2008). Este año publicará con la editorial granadina Nazarí su primer libro de microrrelatos titulado El viento en tu cara. Desde 2004 vive en Francia donde enseña lengua y literatura latinoamericanas en la Université François Rabelais. Doctor en literatura por la Université Michel de Montaigne, Bordeaux III, ha editado la antología de la obra del escritor peruano Sebastián Salazar Bondy. Actualmente, traduce la novela Conquistadors, del narrador francés Eric Vuillard.

 
 
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