El arte de leer a García Márquez (Gloria Macedo)

Luna llena (Miguel Ángel Vallejo)

Kafka en el jardín (Jack Farfán)

Lo propio y lo ajeno (Rafael Ojeda)

Bonitas palabras (Alberto Villar)

Punto de fuga (Cynthia Campos)

El huevo de la iguana (Giancarlo Stagnaro)

"Seré millones". Eva Perón: melodrama, cuerpo y simulacro (Augusto Carhuayo)

Pelando la cebolla (Claudia Salazar)

 

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Las pieles de la memoria

por Claudia Salazar Jiménez

 

Günter Grass
Pelabdo la cebolla
Madrid: Alfaguara, 2007.

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El título que Grass da a su autobiografía se revela como una imagen que guía su proceso de construcción y que a la vez pretende organizar la lectura de la misma: una cebolla que se pela al mismo tiempo que la memoria va revelando sus capas. A diferencia de las fotografías que encontramos comúnmente en autobiografías de escritores como el turco Orhan Panuk (Estambul: Memorias y la ciudad) o el cubano Reinaldo Arenas (Antes que anochezca), por mencionar dos ejemplos, el texto autobiográfico de Grass nos presenta una serie de grabados –probablemente del mismo Grass- mostrando una cebolla en las diferentes fases del pelar. Esta inscripción de los grabados desplaza la atención del texto hacia la reconstrucción del proceso de memoria, lo que parecería opacar la construcción de una imagen del escritor: “Cuando se lo atosiga con preguntas, el recuerdo se asemeja a una cebolla que quisiera ser pelada para dejar al descubierto lo que, letra por letra, puede leerse en ella: rara vez sin ambivalencia, frecuentemente en escritura invertida o de otro modo embrollada” (10)

Grass escoge para su relato el período de su vida que va entre los doce años y la publicación, en 1959, de su primera novela, El tambor de hojalata, con la cual empezaría su renombre en el espacio literario. Este renombre que Grass ha alcanzado y lo ha hecho merecedor de premios como el Príncipe de Asturias y el Nobel, se suma también a su activismo político, a partir del cual se ha posicionado como una de las voces más vigorosas de la izquierda europea. Es importante reconocer que es a partir de este lugar como escritor reconocido desde el cual Grass enuncia su relato autobiográfico.

La publicación del original en alemán, en el año 2006, enfocó todas las miradas en una sorpresiva revelación: la participación voluntaria de Grass en las fuerzas Nazis de la SS. Este hecho, silenciado por Grass a lo largo de toda su vida, queda expuesto en Pelando la cebolla como un eje organizador del relato. ¿Por qué fue silenciado durante tanto tiempo? ¿Por qué Grass elige revelarlo apenas en este momento? Y aún de manera más interesante: ¿para qué o para quién se hace esta revelación? El texto intenta una respuesta: “Porque hay que posdatar esto, y aquello también. Porque, de forma descaradamente llamativa, podría faltar algo. Porque alguien, en algún momento, se cayó del guindo: mis agujeros sólo después tapados, mi crecimiento irrefrenable, mi manipulación verbal de objetos perdidos. Y hay que mencionar también otra razón: quiero tener la última palabra” (10).

Uno de los más importante teóricos de la autobiografía, Paul de Man, ha señalado que la prosopopeya es la figura retórica que configura lo autobiográfico(1). Esta figura del lenguaje permite donar voz y rostro a lo ausente, a lo muerto, a lo que no existe. En este movimiento de donación, se construye una imagen del yo que es el efecto del relato de vida. La primera parte de Pelando la cebolla, narra la adolescencia de Grass y su decisión de formar parte del Ejército Nazi. En un interesante aunque también desesperante juego de voces, Grass intercambia aleatoriamente la voz narrativa entre la primera y la tercera persona, incluso dentro de un mismo párrafo, desplazando la mirada sobre sí mismo que oscila entre su propia configuración como sujeto o en el distanciamiento objetivo que impone la voz en tercera persona. En su lucha por “tener la última palabra”, Grass se arriesga a un desnudamiento que pretende exhibir al sujeto en sus momentos más inocentes, incapaz de interrogar lo que sucedía a su alrededor mientras la Alemania Nazi se desmoronaba.

En este proceso de dar voz al adolescente que ya no existe, el texto autobiográfico se configura como un relato de confesión. Sabemos además que la confesión presupone una culpa, la cual es aceptada por Grass en el presente de la escritura. James Fernández ha señalado que la autobiografía manifiesta una tensión entre dos figuras: la apología y el apóstrofe(2). La apología implica una consideración del gran valor que el acto de auto-justificación tiene para el presente y las generaciones venideras. El apóstrofe es definido como una invocación retórica a un oyente ausente. La tensión señalada por Fernández entre ambas figuras me parece muy elocuente en el caso de Grass, pues dentro del modo confesional que el autor asume en la construcción de su autobiografía no quedan muy claras las instancias de recepción, especialmente por el constante vaivén entre la primera y la tercera persona que he señalado anteriormente.

Lo confesional en Pelando la cebolla articula un escenario donde el personaje principal es este joven Grass impulsivo, inteligente, asertivo, guiado por las poderosas fuerzas de lo que él llama las tres hambres: la propiamente dicha que aprieta las entrañas ante la falta de alimento; la sexual, que lo hace desear fervientemente un cálido cuerpo femenino; y, la que es mencionada como la más importante, el hambre del arte. El asunto confesional se relaciona estrechamente con el tema de la memoria, el olvido y lo secreto: “Esa pregunta no preocupa a la cebolla ni al ámbar. Quieren saber otras cosas con precisión. Lo que sigue encapsulado: lo vergonzosamente engullido, secretos con distintos disfraces. Lo que, como las liendres, anida en los pelos de los cojones. Palabras omitidas con profusión de palabras. Astillas de pensamientos. Lo que duele. Todavía hoy…” (70). 

Aquellos fragmentos de memoria que causan dolor (¿o es el olvido que hace resurgir lo que lastima?) se configuran a partir de una mirada ética que en Grass se vincula al develamiento de la verdad. Él es consciente del juego performativo en el que se inscribe todo texto autobiográfico, por lo cual su exposición del secreto ocultado por tanto tiempo se de-forma y se re-forma en la estructura narrativa: “La cebolla tiene muchas pieles. Existe en plural. Apenas pelada, las pieles se renuevan. Cortándola, hace saltar las lágrimas. Sólo al pelarla dice la verdad. Lo que ocurrió antes y después de terminar mi infancia llama ahora a la puerta con hechos y transcurrió peor de lo deseado, quiere ser narrado unas veces así y otras asá, e induce a contar historias embusteras” (11)
            Retomando las ideas de De Man, vemos que en Pelando la cebolla -como en todo texto autobiográfico- aparecen dos sujetos al inicio del relato: uno ocupando el lugar de lo informe, otro en el lugar de la máscara que desfigura. Ambos sujetos son intercambiables, pues nunca han coexistido. Así, la divergencia entre el sujeto recordante y el sujeto del recuerdo queda difuminada, por lo cual la apelación al embuste no es gratuita, sino que revela una comprensión de los límites narrativos del texto y de los límites de la propia memoria. Por otro lado, si relacionamos estas posiciones intercambiables de sujetos con la estructura confesional de Pelando la cebolla, se observa una peculiar inestabilidad del narratario, quien es a la vez juez, acusado y testigo:

 “Ésa es la ignominia, que se las da de insignificante, que se encuentra en la sexta o séptima piel de esa cebolla ordinaria, siempre al alcance de la mano, que refresca la memoria. Por eso escribo sobre la ignominia y la vergüenza que la sigue. Palabras que rara vez se usan, insertas en el proceso de recuperación, mientras mi mirada, más indulgente a veces y otras más severa, sigue fija en un chico que lleva pantalones hasta la rodilla y que husmea todo lo que se mantiene oculto pero, sin embargo, no preguntó “por qué”.
Y mientras continúo preguntando insistentemente a aquel chico de doce años, con lo que sin duda le pido demasiado, pondero, en un presente que desaparece cada vez más aprisa, cada escalón, respiro ruidosamente, me escucho toser y vivo tan tranquilo hacia la muerte.” (18)

La fusión de elementos éticos y estéticos es interesante en este texto, pues se configura una política de la memoria que determina aquello que se debe recordar y lo que debe olvidarse. Como parte de su proceso apologético, Grass justifica el olvido de todo lo desagradable, cifrando esta imagen en el relato de la muerte de su madre, en cuyos labios pone estas palabras: “Todo lo que era malo hay que olvidarlo” (412).  Frente a hechos tan desoladores como la desaparición de familias judías o disidentes, el texto autobiográfico que nos entrega Günter Grass es la reacción contra esta política del olvido y nos apela frente al silencio que a veces guardamos cuando deberíamos preguntar y preguntar y preguntar y nunca quedarnos callados.

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(1) De Man, Paul. “Autobiography as De-facement”, en The Rhetoric of Romanticism, Columbia University Press. New York: 1984.

(2) Fernández, James: Apology to Apostrophe. Autobiography and the Rhetoric of Self-Representation in Spain. Duke University Press, Durham and London: 1992.

 

 

© Claudia Salazar Jiménez, 2008

 

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