El arte de leer a Gabriel Garcia Marquez (Gloria Macedo)

Luna llena, de Miguel Almeyda (Miguel Ángel Vallejo)

Kafka en el jardin, de Murakami (Jack Farfán)

Lo propio y lo ajeno (Rafael Ojeda)

Bonitas palabras (Alberto Villar)

Punto de fuga (Cynthia Campos)

El huevo de la iguana (Giancarlo Stagnaro)

Seres Millonarios. Eva Perón: melodrama, cuerpo y simulacro (Augusto Carhuayo)

Pelando la cebolla (Claudia Salazar)

 

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Contra el destino

por Miguel Ángel Vallejo Sameshima

 

Miguel Almeyda Morales
Luna llena
Lima: Sinco Editores, 2007.

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El teatro de Villa El Salvador es aún poco estudiado entre los círculos académicos peruanos. No se habla mucho de él en las universidades ni se le dedican muchas notas en revistas o periódicos. Sin embargo, grupos como Arena y Esteras, Cijac (Casa Infantil Juvenil de Arte y Cultura) o Vichama tienen una larga lista de reconocimientos internacionales, que incluyen varias giras en Europa. Esto no es gratuito, ya que cuentan con poéticas propias en sus obras y representaciones.

Estos elencos, a la vez centros culturales, son herederos del clásico grupo de Comunicaciones de Villa El Salvador. Aunque están muy lejos de hacer únicamente teatro social —como se les quiere encajonar las pocas veces que en el Perú se les reseña o comenta académicamente—, los grupos tienen propuestas diversas, que van desde la dinámica del circo y la interacción con el público, como hace Arena y Esteras, hasta obras con cierto carácter político. Incluso, se apropian de tradiciones varias, como sucedió con el teatro del absurdo de Samuel Beckett, que apareció en la versión libre de Esperando a Godot montada por Vichama en 1999.

No se trata sólo de un fenómeno colectivo, pues han surgido autores con sello propio y dados a conocer por editoriales fuera del circuito convencional. Miguel Almeyda Morales, quien prefiere no confesar su edad pero sí su lugar de nacimiento: Lima, es uno de ellos. Es bueno presentarlo. Vivió muchos años en Villa y fue partícipe de una grata experiencia en Comunicaciones. Estudió en el grupo de Teatro de la Universidad Católica y continuó sus estudios en Canadá. Asimismo, ha trabajado con diferentes grupos teatrales como: Yuyachkani, el Parminou Theatre y, actualmente, el Cirque du Soleil y Cijac.

Son, pues, pergaminos suficientes para publicar en una editorial grande, no obstante prefiere hacerlo por su cuenta. Sus novelas Barrio (2003) y Zicario Azul (2005) alcanzaron tirajes que bordean los ocho mil ejemplares en total; por ello, no podemos darnos el lujo de no comentarlo. Almeyda es sólo un ejemplo de tantos narradores que vienen publicando como independientes en Lima pero también en provincias, masivamente, fuera del ojo “oficial”, y quizá por ello más merecedores aún de atención y análisis.

 

Para despertar muertos

Miguel Almeyda Morales acaba de presentar Luna llena, colección de cuatro piezas dramáticas cortas: “Barrio” (basada en su novela homónima), “Luna llena”, “Para despertar muertos” y “Circo Edipus”. Cabe mencionar, sin apasionamientos, que en momentos el discurso pierde fluidez por las erratas ortográficas de la edición. Hecha esta salvedad, démosle una mirada a sus obras.

“Barrio” transcurre como un diálogo dentro de un hospital psiquiátrico. Utiliza movimientos físicos como danzas y música —principalmente al inicio de la obra—, en su intención de mostrar un delirio inicial que luego se centrará en los personajes mismos: dos esquizofrénicos. Ángel (el nombre no es casualidad) y Vovo conversan desvariando, contando sus vidas, tratando de entenderse, ver quiénes son, recuperar sus recuerdos e, incluso, los recuerdos del otro. Junto a ellos habla un narrador y la superposición de las voces crea el ambiente caótico.

Villa El Salvador y la violencia política aparecen en este caos de ideas y percepciones. Vovo es testigo de la muerte y cruenta desaparición del cadáver de la “Negra”, la dirigente María Elena Moyano, a manos de Sendero Luminoso. Es recurrente también la evocación de imágenes de miseria en el arenal. Y un personaje de peluche, un perrito, cuenta en la voz del narrador cómo ayudaba a las víctimas del terrorismo y el ejército a pasar al otro mundo, llevándoles “agüita en las orejitas” (31).

Estas situaciones acercan a “Barrio” al teatro del absurdo pero sin el recurso del gag, en un ambiente un tanto sombrío y expresionista. Parece cercano al realismo socialista en cuanto a su contenido político, pero el narrador usa un lenguaje recargado, misterioso y, por momentos, lumpenesco.

Vemos una falta de identidad luego de la violencia que destruyó sueños y vidas mientras nadie se percataba de ello. Y las secuelas están en la migración. Ángel, cuyo padre fue cartero, acabó por trabajar en lo mismo en otra ciudad. Cuando regresa, encuentra una sociedad violenta donde no reconoce a nadie, y enloquece. Al momento de acercarse a la lucidez, se acepta como transmisor de mensajes, como una figura casi religiosa.

Estos temas se repiten en “Para despertar muertos”, historia de un pintor al borde de la muerte, quien conversa con una mujer misteriosa. El protagonista coincide con Ángel en el desarraigo y vocifera una cita de Arthur Rimbaud: “He tomado un formidable trago de veneno, me arden las entrañas, la violencia del brebaje tritura mis miembros, me deforma, me derriba, me ahogo, no puedo gritar y muero” (69). Además, reza versos cercanos al estilo del poeta maldito: “Truenos y relámpagos / estallen e iluminen / nuestro destino / en la calle del silencio / un canto quedó detenido” (82).

Esto, sumado a la degradación del personaje por venderse a los gustos de la mayoría y perder su pasión, coloca a la obra en la línea de la literatura sobre artistas. La idea romántica del artista atormentado que desea ser liberador de conciencias. Cierto malditismo termina en algunas finales danzas eróticas, descritas como “hacer el amor” (85). Y es que la religiosidad, otro elemento romántico, aparece también en estos personajes, con la mujer que se insinúa es un ángel.

 

Destino cruel

Por otro lado, “Luna llena” traza la historia de cuatro generaciones de mujeres, que aparecen huyendo de un pueblo rural con dinero robado, luego de linchar al esposo de la madre. Pareciera ser una ficción que continúa la historia real del alcalde de Ilave; por consiguiente, la tensión es constante en los diálogos y discusiones. Requiere por momentos de efectos de sonido ambientales como el ruido del mar. También necesita la transición de espacios en el fondo mismo del escenario, lo que centra la historia en la evolución de estas mujeres.

La abuela y la madre, que siempre vivieron en el pueblo, son condenadas a seguir un destino terrible, sin posibilidad de elección y castigadas a permanecer con hombres que las destruyan. Al respecto, la abuela dice: “En este pueblo sólo podías escoger entre un pastor de ovejas, un minero o un agricultor y ya sabes, el pastor te iba a dar soledad, frío, alcohol y golpes, el agricultor, tierra, cansancio, alcohol y golpes, y el minero soledad, enfermedad, alcohol y golpes, los tres me iba a llenar de hijos, ése fue mi destino” (49). Estas mujeres han claudicado totalmente en su interés por aferrarse a la vida: la abuela solo busca la muerte y la madre continuar en la rutina.

Sin embargo, la hermana es distinta. Ella ha regresado embarazada de Lima, sin importarle el padre pero sí la maternidad. Debe elegir entre volver a sus raíces y el deseo de progreso lejos de ellas. No quiere un parto a la intemperie ni un destino infeliz para su hija no nata, que sería la cuarta generación de una familia trágica. Finalmente, la nieta, una adolescente, cree en la movilidad social, en una independencia de los hombres, y que debe huir de ese círculo vicioso, evadiendo el pueblo y su familia.

Quizá la pieza con mayor ambición técnica sea “Circo Edipus”, reconstrucción del clásico griego de Sófocles, pero con personajes pertenecientes a un circo errante durante tiempos de guerra. Extranjeros atrapados en situaciones fuera de su control, lo que trae ciertas reminiscencias también al teatro de Beckett.

Menos densa que las anteriores, “Circo Edipus” requiere proyecciones multimedia de videos con imágenes bélicas y escenas grabadas de sus mismos personajes. Esto abre a la obra en dos planos de desarrollo de la acción, algo así como un teatro cinematográfico. Aparecen también elementos circenses como malabares y rutinas de payaso, además de música en vivo. La idea clásica del destino como algo inquebrantable se mantiene, pero en una atmósfera moderna, un tanto delirante y recargada. Esto se mezcla con un trágico pensamiento: no hay que molestar al pasado, lo enterrado debe permanecer como tal.

 

La caza del teatro

Lo anterior pareciera hacer de Luna llena un amasijo de técnicas, búsquedas e incluso posturas. Pero en una lectura profunda, los puntos de coincidencia son claves: personajes marginales, conflictuados, evocando su memoria, en perpetua lucha con su pasado, con sus recuerdos, sus errores, sus esperanzas a punto de truncarse, o su tradición familiar. Un pasado que toma la forma de un destino terrible, que no los deja en paz. Y es preciso contar las historias, porque sino se desaparece en la locura.

El discurso de Almeyda, al utilizar tantos elementos, tiene algo de barroco, pero persigue los mismos temas: los temas de nuestros traumas recientes. La atmósfera es de autodestrucción y autoregeneración, de Tánatos y Eros. Una idea romántica que rinde culto al arte, pero no sólo por conflictos internos, sino porque se vive en un campo de batalla: la guerra, sus secuelas, la violencia, la miseria, el ‘recurseo’ por sobrevivir. Se representa una sociedad degradada donde, sin embargo, brota la ternura de los personajes y sus ansias de cambiar las cosas. Un rol transformativo. Lo romántico ‘achorado’ y social en el Perú de inicios de siglo XXI.

Sentimos la necesidad del lenguaje, que busca revivir y redimir en una pelea contra un destino aparente, en el que no siempre se gana. Ésta es una búsqueda de contar y explicar nuestra(s) historia(s) contemporánea(s). El teatro de Almeyda representa a personajes que se debaten entre permanecer inmóviles y desaparecer, o pelear con sus demonios y con la sociedad, generando cambios; dos opciones que tenemos los peruanos. Así se produce una cacería: el teatro tras los pasos de la historia.

 

 

© Ángel Vallejo Sameshima, 2008

 

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