El arte de leer a García Márquez (Gloria Macedo)

Luna llena (Miguel Ángel Vallejo)

Kafka en el jardín (Jack Farfán)

Lo propio y lo ajeno (Rafael Ojeda)

Bonitas palabras (Alberto Villar)

Punto de fuga (Cynthia Campos)

El huevo de la iguana (Giancarlo Stagnaro)

"Seré millones". Eva Perón: melodrama, cuerpo y simulacro (Augusto Carhuayo)

Pelando la cebolla (Claudia Salazar)

 

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Un muchacho en el mundo

por Jack Farfán Cedrón

 

Haruki Murakami
Kafka en la orilla
Barcelona: Tusquets, 2007.

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Es con Tokio blues (Norwegian Wood), libro aparecido en España en 2005, con el que surge Haruki Murakami (Kyoto, 1949) como un consagrado escritor que rebasó una cifra irracional para ser un autor oriental: más de un millón de ejemplares vendidos.

Las dos historias que teje la trama de Kafka en la orilla, editada por primera vez en 2002, y en 2006 y 2007 en España, están construidas con una magia verbal onírica, y digamos de un tirón, hasta el primer ruido que nos hace venir a la realidad, como en un sueño interrumpido.

Kafka Tamura, un adolescente de quince años, decide escapar de su casa para refugiarse en una biblioteca, en Takamatsu, una isla al sur de Japón, porque no se llevaba bien con su padre, un reputado escultor. Este pretexto acaso no sea la principal razón de la huida del joven, quien llevaba consigo no sólo su mochilla con enseres, sino también los conflictos propios de la edad. Así, como en un viaje por las praderas del inconsciente, se ve envuelto en un mundo diferente al de su hogar desintegrado para habitar en una apacible biblioteca: la madre y la hermana abandonan a Kafka cuando éste tenía sólo cuatro años; y luego el padre, de carácter esquizoide.

Kafka decide abandonar su hogar. En la mochila, un reproductor de CD, el sleeping, la poca ropa bien apretada y una vaga esperanza de cambiar de mundo, lejos de todo, perseguido por esa voz proveniente acaso de su mismo interior, la del joven llamado Cuervo, quien le insta a ratos que no sucumbiera, que éste era el mundo y que, además, tal o cual forma de escapar de él era una cobardía, y esa palabra no debía existir entre nosotros, ya que “tú eres el muchacho más listo y fuerte del mundo”.

Durante el viaje en bus, Kafka conoce a una chica guapa y agradable, Sakura, con la cual recorre el largo trecho desde Tokio a Takamatsu. Es con Sakura con quien tiene una relación masturbatoria la noche en que le pide que lo refugie en su departamento, dado un extraño incidente en el que de pronto apareció tendido en la calle, ensangrentado. No es éste el día en que asesinaron a su padre, el escultor que en los últimos estados esquizoides se dedicaba a cortarles las cabezas a los gatos y a mantenerlas refrigeradas. De todos modos, la cercanía temporal de estos dos hechos atormenta al muchacho.

Kôichi Tamura, el padre de Kafka, siempre sentenciaba al muchacho, como signándole su desdichado destino, de que éste último iba a copular con su madre y hermana, y que iba a matar a su padre. “No escaparía de la profecía”, le decía.  Desde otra perspectiva, esta sentencia de Kôichi casi se cumple, pero en otro lugar y con otras personas, de manera que las palabras del demente escultor acaso tuvieron algo de certeza en los oscuros terrenos del subconsciente.

El destino del adolescente se ve envuelto con el de la secreta señora Saeki, quien a los quince años es retratada en una playa por un pintor de paso por la isla. La señora Saeki compondría, a raíz de la muerte de su joven amado, cuando joven, una canción de contenido surrealista: Kafka en la orilla del mar, que por su sinceridad y sus imágenes inusuales acabaría robándose el cariño del público. Unos acordes inusuales poblarían los recintos espirituales de los oyentes japoneses.

El cuadro en el que aparece retratada la misteriosa señora Saeki, obsesiona al muchacho por la belleza de la adolescente Saeki, que a ratos aparece como un espectro viviente encarnado en una preciosa jovencita por los recintos de la biblioteca donde Tamura se aloja durante su aventura. La señora Saeki, como una obsesionante hipótesis de Kafka, podría ser su madre, quien lo abandonara a los cuatro años.

Narrada en primera persona, presente simple, la voz de Kafka llega como un eco del pasado al destino de la guapa señora Saeki, a quien el muchacho inevitablemente le recuerda a su amado muerto hace muchos años, por los azares con que cumple el amor de dar un instante de felicidad a los amantes para después sumirlos en un pasado sin tiempo, toda una vida de recuerdos abrasantes. Kafka mantiene una tortuosa relación, primero, desflorado por el espectro de la jovencita Saeki, en un sueño erótico; luego los sucesivos encuentros amorosos sostenidos en la paz de la isla, ensopados en los apacibles recintos de la biblioteca, cerca de la boca fresca del mar. Signados por la tragedia de Edipo, los dos destinos se ven envueltos por el latido suave del amor.

Es ahí donde también conoce a Oshima, un hombre que lleva dentro a una mujer: refinado, leído y conocedor de una amplia cultura musical, lo cual le permitía no sólo ser un excelente encargado de la biblioteca, sino que también este carácter haría generar en Kafka toda su amistad y confianza hacia él. El andrógino Oshima ayuda al muchacho a huir a las montañas, en los días en que era buscado por la policía a raíz del asesinato de su padre por el anciano Nakata, quien también huye con el joven Hoshino, un chofer de largo trecho que conoce Nakata en algún punto, camino a la misma isla adonde huyó también Kafka para escapar de su destino proscrito al exilio existencial y al amor llegado del pasado.

Vuelta a la moneda. Satoru Nakata, un anciano que pierde la memoria a los nueve años a causa de un extraño accidente acaecido en la Segunda Guerra Mundial, cuando una profesora joven y sus niños fueron de excursión al bosque. De pronto aparece un objeto sobrevolando arriba de los árboles, el mismo que irradió alguna sustancia radiactiva, que desmaya a los niños; a raíz de este incidente los niños fueron hospitalizados, sin que ello les dejara secuelas; sólo el niño Nakata fue quien no despertó sino hasta pasados varios días; pero ya no saldría igual de este accidente, ya que pierde la memoria, y se ve imposibilitado de continuar sus estudios, quedando, como él mismo se llamara, “un idiota que no comprendía bien las cosas, que lo disculparan”. Pero a la vez esta secuela le trajo el don de hablar con los gatos. Nakata vive de encontrar gatos perdidos y de un estipendio del alcalde, dado que como él mismo lo repetía, era poco dotado de inteligencia y esta característica es lo que le da el carácter de un ser raro cuya forma de expresarse era poco usual y generaba confianza en los demás. Ya anciano, Nakata se ve inevitablemente cercado en los tenebrosos aposentos de Johnnie Walken, un hombre que les arrancaba las almas a los gatos, extirpando sus corazones y comiéndoselos para obtener sonidos de flautas mágicas que le servirán para construir una gran flauta cósmica. Kôichi Tamura, el padre del muchacho, es asesinado la misma noche del tenebroso encuentro entre el anciano Nakata y Johnnie Walken, el devorador de corazones de gatos, quien le pide al anciano Nakata que lo mate —hecho que consuma— para cumplir con su tenebrosa misión. Johnnie Walken no es otro que el padre de Kafka, que debido a su soledad gradualmente llega a ese estadio gradual de locura. Acaecido esto, Nakata y sus dos gatos escapan. Nakata pierde el don de hablar con los gatos, pero adquiere el don de hacer llover peces del cielo o sanguijuelas en el momento oportuno.
 
Las peripecias que pasan Nakata y el joven Hoshino en un viaje improvisado a partir de la lluvia de sardinas y caballas, al lado de la estación policial del barrio comercial del distrito de Nakano; el enigma sin fin de la puerta de la entrada; y el encuentro con la señora Saeki, quien encomienda al viejo Nakata quemar sus escritos de toda una vida signada por el recuerdo del primer amor para anegar el pasado recrean un ambiente como un largo sueño, que sólo el diestro Murakami podría haber trazado. Calmos pero ágiles discurren todos los espacios narrativos que componen la novela Kafka en la orilla.

Una voz esquizofrénica en tercera persona, la del joven llamado Cuervo, le susurra por ratos a Kafka, alentándolo: “eres el muchacho más listo y fuerte del mundo”. Y es en otra atmósfera en la que el joven llamado Cuervo, ya como un cuervo alado, real, y de fuerte pico y garras poderosas, desolla y saca los ojos al malvado Johnnie Walken, cumpliéndose de manera surreal la profecía con la que tanto atormentaba a su hijo Kafka.

Los sucesos fantásticos en Kafka en la orilla ocurren de una manera que no sorprende, y  se deslizan sutilmente en la mente del lector, como los haikus: una lluvia de caballas y sardinas, punto de partida de la odisea del buen Nakata; otra lluvia de sanguijuelas sobre unos pandilleros que golpeaban a un hombre; las sucesos que les ocurren a Nakata y al joven Hoshino, con la piedra de la entrada a cuestas; el enigma que encierra la canción Kafka en la orillla del mar; los destinos que apenas rozan sus extremos para fundirse en una sutil historia ágil y gris, irreal y presente, etérea, cada vez más interesante hasta la última frase en la que, como si hubiera despertado, Kafka Tamura decide empezar todo de nuevo, en un mundo nuevo.

El lector promedio no puede dejar de leer de un solo tirón todo este gran volumen literario, en el que si bien es cierto Murakami no hace esfuerzos denodados por ofrecer una historia perfectamente construida hasta la obsesión, como ya nos ha acostumbrado un Vargas Llosa, por citar un ejemplo; más bien, Kafka en la ORILLA deja cabos sueltos, ojos en la oscuridad, lagunas en el intelecto del lector, quien se las ve negras para comprender más allá de la típica novela, en la que todo se comprende. Ese otro tipo de historia nos trata de ofrecer una realidad “real”. Más bien, Kafka en la orilla nos convierte, de acostumbrados lectores-hembra, en lectores activos, comprometidos con el ir más allá de lo que nos puede entregar un texto ágilmente escrito, como una extensión a la historia, el epílogo personal o el provecho que podamos sacar de la lectura, mediante detalles ambiguos o poco elucidados en el transcurso de la narración. Detalles que tal vez ponen en duda el haber comprendido totalmente la novela, a través de una lectura de reto, activa, provechosa, de crecimiento, de asumir las distancias que puede acortar entre sueño ficticio y realidad.

 

 

© Jack Farfán Cedrón, 2008

 

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