El arte de leer a García Márquez (Gloria Macedo)

Luna llena (Miguel Ángel Vallejo)

Kafka en el jardín (Jack Farfán)

Lo propio y lo ajeno (Rafael Ojeda)

Bonitas palabras (Alberto Villar)

Punto de fuga (Cynthia Campos)

El huevo de la iguana (Giancarlo Stagnaro)

"Seré millones". Eva Perón: melodrama, cuerpo y simulacro (Augusto Carhuayo)

Pelando la cebolla (Claudia Salazar)

 

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Las obras de todos

por Gloria Macedo

 

Juan Gustavo Cobo Borda (Compilador)
El arte de leer a García Márquez
Bogotá: Grupo Editorial Norma, 2007.

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El año que pasó fue uno de coincidencias felices para quienes seguimos con entusiasmo la obra de Gabriel García Márquez. Se cumplía cuatro décadas de la publicación de su libro mayor, Cien años de soledad, y su autor celebraba ochenta años de vida.

Esta casualidad sirvió de pretexto para homenajes y publicaciones sobre el escritor colombiano. Así, apareció (revisada por el autor) la edición conmemorativa del libro sobre la estirpe de los Buendía. En ese marco, también,el grupo editorial Normadio a conocer la compilación El arte de leer a García Márquez (Colombia, 2007). Este trabajo estuvo a cargo del también escritor colombiano Juan Gustavo Cobo Borda, quien aparte de sus libros de ensayo y poesía había ya dedicado su atención a García Márquez. Antes había compilado los libros Testimonios sobre su vida. Ensayos sobre su obra y los dos tomos titulados Repertorio crítico sobre Gabriel García Márquez.

La actual compilación de Cobo Borda es un texto de celebración y homenaje en una edición que, por momentos, nos aproxima a lo más íntimo de Gabo a través de los testimonios de escritores y amigos. La cercanía al autor se combina con análisis rigurosos sobre su obra. Hay artículos que descubren y evidencian la recreación de personajes y sucesos “reales”, lugares comunes en la obra del colombiano, así como ausencias que se repiten.

El libro contiene desde impresiones hasta valiosos testimonios y exhaustivas observaciones. Aunque todo eso está junto, sin un aparente orden. Presenta artículos ya publicados con anterioridad que van del análisis o comentario indistinto de uno a otro libro del autor o sobre algún momento de su vida. Esto no permite ver con claridad a qué García Márquez nos enfrentamos y en qué momento de su evolución personal y narrativa estamos.

En el prólogo, Cobo Borda señala que la literatura de García Márquez ha cumplido un rol social importante: “García Márquez, hombre Caribe, en un país de seculares facciones enemigas, ha logrado lo imposible: que los colombianos se unan por lo menos en relación con el valor de sus libros y el delicioso disfrute de su lectura”. Dice, además, que “han reconocido allí que la soledad es lo contrario de la solidaridad y que si bien el amor puede perder alguna batalla termina en definitiva por ganar la guerra, como lo demuestra Florentino Ariza, el único guerrero triunfante de su narrativa y encarnación de otra constante de su obra: el deseo como esplendor y agonía que nos hostigará más allá de la senectud y hasta el último día” (18). Esta afirmación puede, con facilidad, aplicarse para toda América Latina.

El inglés Gerald Martin escribe “Traducir a García Márquez o El sueño imposible”, donde destaca la dificultad de registrar en otro idioma el significado literal de las palabras con las características propias del lenguaje del narrador colombiano. Por ejemplo, menciona Leafstorm, (“leaf”, jungla; “storm”, huracán) traducción de La hojarasca. Dice de este término que tropicaliza el título (y la novela) y en el proceso nos aleja del uno y de la otra. “Asunto infortunado porque, contrario a la creencia popular, lo que García Márquez hace de manera casi rutinaria es normalizar la vida en los trópicos y por lo general se contiene ante la tentación de subrayar el color local”. Su análisis muestra la dificultad de traducir la obra de García Márquez conservando, al menos en los títulos, la imagen adecuada de América Latina y la forma de hablar de su gente.

Uno de los mejores artículos en esta recopilación pertenece a Perry Anderson, quien en “Memorias tropicales” (publicado en 2005) analiza el discurso de las memorias y las contrapone al discurso biográfico. Anderson señala la diferencia sustancial marcada por la presencia del personaje central de estos discursos y del compromiso con la verosimilitud del material narrado. A partir de esa distinción, arguye que Vivir para contarla es “un pariente muy cercano de las grandes novelas. Se trata, en todo caso, de un imponente y meditado edificio de imaginación literaria. De ahí que sea tentador leerlo como una simple y llana obra de arte, independientemente de su condición de documento biográfico” (98). Señala ciertas argucias retóricas que ayudan a narrativizar las historias que forman parte de la vida del autor.

También se vale de una oportuna comparación con las memorias de Mario Vargas Llosa: El pez en el agua. Al trazar un paralelo entre ambos autores, devela una serie de extrañas coincidencias biográficas que les servirán luego como material de recreación literaria y marcarán el contenido de sus obras. Pero también Anderson remarca las diferencias biográficas que determinan la peculiaridad de sus narrativas. A propósito, indica que, por ejemplo, en el plano social y político “estas trayectorias divergentes tienen sus correspondencias atmosféricas en la obra de cada uno. Durante el tiempo que han durado sus vidas, y si la medimos en término de masacres, represiones, frustraciones y corrupciones, la historia de sus respectivos países no ha podido ser mas siniestra, y tales elementos salen a la superficie, como era de esperarse, en sus novelas”. Sin embargo, el manejo de este material que les brinda la historia será plasmado desde diferentes ángulos: “Pero las descripciones que de su tierra y sus gentes hace García Márquez, incluso en sus páginas más pesimistas, están imbuidas de una cierta calidez lírica, de una especie de amor inmutable que no tiene paralelo en el mundo de Vargas Llosa, donde la relación del escritor con su entorno es siempre tensa y ambigua” (100-101).

Por último, señala algunas omisiones en Vivir para contarla, esos vacíos conscientes que el autor prefiere no narrar. El articulista reclama que no queda claro cómo fue el periodo de su infancia y adolescencia.

El premio Nobel J. M. Coetzee escribe sobre Memoria de mis putas tristes. Para Coetzee, esta novela “tendría mucho más sentido si lo entendemos como una especie de suplemento a El amor en los tiempos del cólera, en donde quien violó la confianza de la niña virgen ahora se convierte en su más fiel adorador” (143). Compara el papel de Florentino Ariza con el narrador de Memoria... Cree que el vínculo que se establece entre estos personajes y las jovencitas con las que se relacionan sexualmente, ya sea por la edad, pero sobre todo por el sentimiento que los une a ellas, funciona a manera de círculo que intenta cerrarse en la inventiva de García Márquez. Mientras que Florentino Ariza seduce a la niña de 14 años y la inicia en el sexo, el personaje de Memoria... se convierte gracias a la pequeña “en un fiel adorador de la virginidad” y le rinde culto al cuerpo de la niña que duerme junto a él.

Por otro lado, en marzo de 1981, Gabriel García Márquez partía a México, luego de que en su país recibiera amenazas contra su integridad personal y cargaba tras de sí cuestionadas filiaciones políticas. En ese viaje, la periodista colombiana Margarita Vidal lo entrevista sobre sus vínculos con Cuba, Fidel Castro y su asilo en ese país de destino.

En esa entrevista presentada en el libro como “Charla en un avión”, el escritor confiesa, entre otras cosas, lo que él considera un acto de justicia. Dice: “La izquierda tiene que enseñarle al pueblo que no es por caridad ni por benevolencia que los ricos tienen que darle a los pobres, sino que es un derecho que le han quitado y que tienen que reconquistar” (287). Antes, da detalles sobre su amistad con Castro. Sus declaraciones permiten ver al presidente cubano desde una perspectiva más personal que social. “Yo soy el único extranjero —dice el escritor— que cada vez que voy a Cuba, y voy más o menos cada tres meses, veo a Fidel. Conversamos horas enteras. Y, ¿sabes de qué hablamos casi siempre? De literatura. Él es un excelente lector, cosa que nadie puede imaginarse, con esa imagen de chafarote y de salvaje que le han dado” (280).

Por su parte, Germán Vargas da un testimonio personal en “García Márquez y el Grupo de Barranquilla”. Él fue miembro fundador del Grupo de Barranquilla y es mencionado en Cien años de soledad como uno de los cuatro amigos del último Buendía. En su testimonio deja ver a un amable Gabo.

El libro tiene la virtud de mostrarnos perspectivas diferentes sobre la lectura que se ha hecho de la narrativa del colombiano y también de su vida e idiosincrasia. En general, son textos de homenaje, de admiración y en parte, también, de agradecimiento por una obra que se ha consolidado desde sus inicios y a través de los años como una de las más lúcidas de América Latina. 

Si bien la mayoría de los artículos tienen ese tono optimista, se encuentra también un texto que, aunque breve, se diferencia de los demás por no compartir ese mismo entusiasmo. Se trata de “Macho en clave menor” del inglés Anthony Burgess, autor de libros como La naranja mecánica. La reseña que escribe sobre Crónica de una muerte anunciada apareció por primera vez en The New Republic en 1983, es decir, cuando García Márquez ya había obtenido el Premio Nobel. Aún así, afirma Burgess que en ese momento no puede coincidir en la afirmación de que García Márquez sea considerado “el escritor más eminente de América del Sur, mientras viva Jorge Luis Borges”. Por ejemplo, menciona que Cien años de soledad fue para él un libro que “me impresionó más bien menos de lo que parece haber impresionado a otros, tiene un poderío indudable, pero no es nada comparado con las exploraciones genuinamente literarias de hombres como Borges y Nabokov” (193-194). El sucinto artículo está dedicado a Crónica de una muerte anunciada. Allí indica que ésta es “una breve novela nueva que es decente, segura, vigorosa, pero indudablemente, menor”, pues “no ofrece una vista, como lo hacen mejores obras de ficción, de las posibilidades humanas que tratan de salir al pantano de la estupidez conservadora. El corazón nunca se levanta. Y todo cuanto queda en un estilo llano de narración y una técnica narrativa ortodoxa manejada con extrema competencia. Tal vez no haya razón para esperar más de un Premio Nobel”. Son las palabras más duras que se leen en todo el libro, aunque no parecen muy justificadas.

También participan el cronista mexicano Carlos Monsiváis, quien escribe sobre el proceso histórico del amor. La estudiosa uruguaya Martha Canfield esboza una lectura de El otoño del patriarca a partir de la distinción barthesiana entre placer y goce. John Updike analiza el tema del amor y de la mujer en las obras del colombiano. Además, escriben los críticos peruanos Julio Ortega comentando Del amor y otros demonios y José Miguel Oviedo relata algunas anécdotas del modo como conoció a Gabo y la amistad de éste con Mario Vargas Llosa.

El venezolano Alexis Márquez remarca el paralelo entre García Márquez y Cervantes. Él no será el único, pues otros autores harán lo propio.

El escritor nicaragüense Sergio Ramírez titula su participación “Celebración de la maravilla”, donde hace un paralelo entre la fama de Rubén Darío y García Márquez.

El propio compilador participa con “Muchos años después frente al libro abierto. Relecturas de García Márquez”. Afirma que la narrativa de éste “ha permeado la realidad con su estilo único, hecho de eficacia nominativa, hálitos de poesía, tradiciones legendarias, citas del Romancero, sentimentalismo a flor de piel, cultura popular y comprensión de las leyes históricas que rigen el continente y, mas aún, el país mismo. Piedad y humor, tragedia y comedia en un solo mundo que la literatura edificó” (86-87).

Dadas las coincidencias evidenciadas en los análisis y comentarios, ya sea sobre los personajes o los temas de los cuentos y novelas, queda la sensación de que todos los articulistas y críticos han analizado en cada obra las partes de un gran libro que continúa ampliándose con cada publicación de García Márquez. Aparecen los personajes pesimistas y tercos, las mujeres fuertes, el clásico “realismo mágico” y el tema del amor, tan utilizado como el de la muerte.

Por último, y aunque no debería opacar las buenas intenciones de esta edición, encontramos errores ortográficos —pocos, eso sí— que no pasan inadvertidos en un libro de esta talla: Aparece “vió” en la página 87  y “en si mismas” en la 179. Por lo demás, este libro  deja a los lectores de Gabo con la sensación de que los que participan en él con sus cometarios y críticas, al igual que los seguidores de este gran autor, hemos asistido juntos a la lectura y relectura de esos cuentos y novelas que se han vuelto, finalmente, no solo por su contenido, sino también por ese estilo tan propio de García Márquez, las obras de todos.

 

© Gloria Macedo, 2008

 

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