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Pedro E. Moreno-Vásquez

 

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Un día cualquiera

porPedro E. Moreno-Vásquez

 

El canto de los gallos resuena en el firmamento gris. El eco de fugaces vehículos motorizados y el sonido de la bocina del panadero, se aúnan a otros sonidos, extraños y difusos, casi imperceptibles, originados afuera. Son los murmullos de la ciudad que acaba de despertar. Pero Efraín no la escucha.

        La oscuridad se ha debilitado y los rayos de la aurora se filtran por la ventana de su habitación. A duras penas logra abrir los ojos. ¿Qué hora es?, se pregunta. Intenta consultar con su reloj de pulsera, pero parece que sus brazos estuvieran imantados a su cama. Sus párpados vuelven a cerrarse.

        Instantes después, otro gallo cantarín persiste en quebrantar su somnolencia. Hace un esfuerzo y ahora sí distingue las manecillas del reloj. Son las seis en punto.

        –Todavía es muy temprano –piensa–, voy a dormir dos horitas más.

        Dio una media vuelta sobre la cama y recordó que las vacaciones culminarían muy pronto.¿Pero cuándo exactamente?

        En un segundo dos señales vienen de forma simultánea, provocándole un sobresalto. La primera señal, un hincón bajo el ombligo le advierte que tiene la vejiga inflamadísima y debe acudir al baño de inmediato. La segunda, su impecable uniforme escolar tendido sobre el sofá.

        –¡Diablos! –gruñe, entre bostezos– ¡Hoy es el primer día de clases!

        Se incorporó de un salto y, encolerizado, abandonó el dormitorio. En el pasillo se topó con Rosita, su madre, quien enrumbaba a la cocina, para retomar el hábito que inició desde que su retoño ingresó al kindergarten: preparar el desayuno y la lonchera.

        –¡Apúrate, Efraín, alístate que se te va a hacer tarde! –le reclama ella.

        Rosita todavía mostraba algunos estragos de somnolencia. Siempre le ocurría lo mismo. Al inicio del año escolar la señora se despertaba casi sonámbula, arrastrando los pies y luciendo ojeras profundas. Pero con el tiempo llegaba a habituarse, y a la segunda o tercera semana, ya estaba en la cocina desde temprano, con el ánimo presto para disponer el desayuno en la mesa.

        Efraín se desnudó e ingresó a la bañera. Intentó despejar su mente para olvidar cuánto detestaba ducharse por las mañanas. Tenía muchos asuntos en qué pensar. No había alistado los útiles escolares. Desconocía los cursos nuevos en la currícula. ¿Y quién sería el nuevo tutor asignado? Con la mente copada de ideas agobiantes, se sentía inducido a seguir durmiendo. Pronosticó que le esperaba una semana horrorosa, en la cual estaría aprisionado en su pupitre, conteniéndose los bostezos y disimulando atender a las monótonas clases del profesor.

        Giró la llave de la ducha rápidamente. Un chorro de agua helada cubrió su cuerpo y la sensación gélida le quitó el aliento. Mientras el agua acaparaba su piel, él sentía que una culebra revoloteaba en sus entrañas y atravesaba su espinazo. La imagen del pecho desnudo de su padre y una hebilla metálica cruzó por su mente. Sus dientes empezaron a tiritar.

        Bañarse en la mañana lo ponía nervioso por el resto del día. Por ello acostumbraba ducharse por las noches; pero anoche había olvidado hacerlo. ¿En qué estuvo pensando para dejar pasar algo tan crucial?

        –¡Esa maldita manía tuya de distraerte y pensar en las musarañas! –le había recriminado su madre muchas veces– Tienes que planificar tus cosas, ser más despierto y extrovertido. ¡Seguro que en el salón estás arrinconado y callado, y todo el mundo te toma de tonto!

        El hecho de poseer un carácter introvertido y de soñador, no lo lamentaba de veras. Escapar de su vida miserable y monótona era una redención. Además, la personalidad introvertida le daba una gran ventaja: siempre se caracterizó por tener buena conducta. Permanecía quieto en su asiento, conversaba poco, y cuando sus compañeros le tomaban el pelo al profesor, él no participaba en el alboroto.

        Pero ese carácter peculiar también acarreaba problemas. En circunstancias su ensimismamiento era tal, que se desconectaba drásticamente de la realidad. Y el colmo sucedió cuando una tarde al regresar del colegio, no se percató que en el centro de la vereda había un poste. Fue un golpe que lo derribó al suelo. Llegó a casa con la nariz ensangrentada, y su madre casi se desmaya de la impresión. Efraín se divertía recordando aquel incidente.

        Ingresó al cuarto muy nervioso. Se puso el uniforme escolar. Tuvo la certeza que hoy sus demás compañeros estrenarían el flamante modelo de uniforme que el San Antonio había impuesto. De colores vivos y logo nuevo. Pero en cambio, él vestiría la misma camisa, la misma chompa y el mismo pantalón de hace dos años. A pesar de las limitaciones económicas, sus padres se empecinaron a que continuara estudiando en el San Antonio. El año pasado las boletas sin cancelar se acumularon, y el Director había conversado con Rosita en varias ocasiones, exhortándola a retirar a su hijo pues su deuda causaba un desbalance financiero a la institución. Les fijó un plazo límite para saldar su cuenta, el cual sus padres no pudieron cumplir. Luego, el Director le advirtió a Rosita que la administración se valdría de cualquier excusa para expulsar a Efraín. Sobrevino una etapa de incertidumbre en la que Rosita controlaba a su hijo al centímetro. Revisando sus tareas y obligándolo, correa en mano, a estudiar hasta muy tarde en temporada de exámenes. Llegó Diciembre y, gracias a la misericordia del Director, Efraín no fue expulsado. En la ceremonia de clausura, su padre por fin pudo costear la deuda acumulada.

        Se pasó el peine por la cabeza. En el escritorio halló un cuaderno viejo para sus apuntes.

        En el comedor lo esperaba su madre con el desayuno listo. Una taza de leche y tostadas con mantequilla. Se apuró en beber la leche. Pero apenas dio un mordisco a la tostada, tuvo náuseas. Deben ser los nervios que la ducha fría me produjo, pensó.

        La señora extrajo unas monedas del bolsillo.

        –Ahí tienes, mijo –dijo ella–. Ahora escucha bien lo que te voy a decir. Atiende la clase, memorízate bien las explicaciones de cada tema y participa. Si el profesor hace alguna pregunta trata de ser el primero en responder. Aprovecha tus estudios por favor.

        –Esta bien mami –dijo él, intentando calcular en cuantas ocasiones su madre le había repetido el mismo consejo.

        Se despidió de ella con un abrazo.

        La estela gris del cielo se proyectaba sobre las calles. Las casas, pistas y veredas presentaban un matiz opaco que afantasmaba el ambiente. Efraín trotó las tres cuadras que separaban su casa de la avenida.

        La entrada estaba pactada para las siete de la mañana y nadie debía retrasarse un segundo. De lo contrario, tendrían que vérselas con el auxiliar del colegio: el señor Esquerre. A las seis y cincuenta de la mañana, el señor Esquerre se armaba de una gruesa varilla metálica y se cuadraba en el portón principal. Usando un cronómetro portátil empezaba a contar, impaciente, los minutos que faltaban para las siete. Faltando treinta segundos para la hora pactada, Esquerre iniciaba la cuenta regresiva. ¡Treinta, veintinueve, veintiocho…!, vociferaba, para alertar a los alumnos que aun no habían ingresado al plantel. Su vozarrón se amplificaba por toda la calle y los alumnos corrían, tropezaban, se empujaban, con el propósito de llegar a tiempo. Cuando finalmente gritaba cero, Esquerre obstruía la entrada con su rechoncha figura y enfilaba a los rezagados, preparándolos para el castigo: una hora de ejercicio físico. Y luego, antes de enviarlos a sus respectivas aulas, les daba la "yapita": un varillazo en el trasero.

        Despues de diez minutos el omnibús todavía no aparecía. Bajo los primeros destellos de sol que se abrían paso entre los nubarrones, Efraín se encontraba rodeado de oficinitas, jovenes universitarios, secretarias y escolares. Omnibuses de distintas rutas pugnaban por ganarse un espacio en el paradero, y los gritos de los cobradores se mezclaban con el irregular coro de claxones.

        Un colectivo de la línea 148, cruza a unos metros de la esquina. Efraín esquiva a los cuerpos en el tumulto y logra encaramarse al microbús. El vehículo avanzó a lo largo de la avenida Germán Aguirre, y se detenía en cada esquina para recoger mas pasajeros. Faltando pocas cuadras para llegar a la avenida Universitaria, todos los asientos quedaron ocupados. Los pasajeros iban serios y en silencio, otros dormitaban. Efraín estaba instalado en un asiento de la parte trasera. De pronto el colectivo frenó de improviso y la puerta corrediza se abrió bruscamente. Una gélida brisa le rozó la nuca, y percibió el eco de algunas voces agudas. Echó un vistazo fugaz y percibió varias siluetas femininas.

        Un grupo de colegialas eufóricas ingresa al vehículo. Efrain fijó su vista en la ventana para fingir que no les tomaba importancia. Sus mejillas se calentaron e intuyó que sonrojaba.

        A punto de cumplir quince años, su innata timidez se había acentuado a un nivel sobrehumano. La presencia de chicas le provocaba un temor inusitado. El género femenino era como una especie que solo existía para arruinar su tranquilidad. Por eso no tenía amigas ni tampoco asistía a fiestas. La única vez que, por insistencia de sus amigos, había ido a una, se sintió un completo idiota. Se pasó la noche cuadrado en un rincón, observando como los demás se contoneaban en la pista de baile. En el intermedio, sus amigos se acercaban y descargaban el tufo sobre su oreja: "Oye Efraín, mira a esa flaca, esta guapísima, ¿no?. En la siguiente pieza le voy a pedir su telefono". En el baño la mayoría de jóvenes se amontonaban frente al espejo, y pasaban varios minutos arreglándose el cabello, acomodándose el cuello de la camisa, y ensayando poses de galanes de telenovela.

        Se animó a probar uno, como máximo dos traguitos para ver si la noche mejoraba, pero su aburrimiento persistió. Rafo no cesaba de preguntarle: ¿Por qué no bailas?¿Te da verguenza?, y él permanecía mudo y negaba con la cabeza. Luego que su amigo se alejó para continuar bailando, Efraín analizó detenidamente el rostro y la silueta de cada chica. Era inútil. Ninguna le gustaba. En los paseos en bicicleta por la quinta había divisado chicas guapísimas, pero ninguna fue capaz de encender el fuego de la "atracción física". Rafo regresó a su costado y, luego de secarse el sudor, le insistió:"Vamos Efraín, ¿De que tienes verguenza? No seas aguafiestas, mira, esa chica narizona te está observando desde hace rato, ponte los cojones y sácala a bailar".

        Lo mas cercano a "atracción" que pudo sentir, fue cuando a los seis años conoció a su prima Patty. Una niña de tez pálida y labios carmín, que de entrada le guiñó un ojo y supo arreglárselas para caerle de maravilla. En las reuniones familiares ambos no se despegaban ni un instante. Correteaban por los alrededores, jugando a las escondidas, y cuando se sentaban frente al televisor se cogían de las manos. Los adultos, al verlos tan acaramelados, entre broma y broma, les inventaron un romance. ¡Que bonita parejita hacen, Efraincito y Patty!, festejaban. El tío Rodolfo y la tía Angelina difundieron la noticia, y el recuerdo de ese enlace ficticio perduró. Pero ningun acto trascendente ocurrió entre ellos, ni siquiera un inocente besito en la mejilla. Aunque una inquietud nació en él, al percatarse que su primita le observaba detenidamente. Se sintió confundido, pues en su corazón de niño experimentó una sensación extraña, algo que jamás había sentido y no supo como definir. ¿Se había enamorado de su prima? Imposible. Los niños de seis años jamás se enamoran, señor. Con el correr de los años, sólo vería a Patty una vez a las quinientas. Pero en cada ocasión la veía mas hermosa, mas desarrollada. Por desgracia, la timidez de Efraín fue incrementando casi al unísono con la belleza de su prima. Ahora era demasiado tarde. El cuerpo de Patty era fenomenal y la timidez de Efraín infinita. Ahora Efraín se percataba que su prima deseaba abordarlo, pero él se ponía muy serio, y la evadía constantemente.¿Por qué la evitaba? No podía negar que Patty se había vuelto un bombón, pero simplemente había perdido interés en ella. Además era su prima. Dios no permitía esas barbaridades. Con la adolescencia fue paulatinamente perdiendo el interés por el sexo opuesto.¿Era culpa de su timidez? Quizás ¿Pero no era extraño que un adolescente no sienta atracción por una mujer?

        Una pregunta le paraliza la respiración: ¿No me estaré volviendo marica? Marica. Ese fue el sobrenombre que le pusieron en segundo año. Cuando en plena clase el cabezón Alva interrumpió al profesor para decir: "profe, creo que Efraín se maquilla los ojos, sus pestañas parecen de mujer, venga a ver, parecen pestañas de marica". Todo el alumnado estalló en risas, y desde entonces Efraín se convirtió en el hazmerreír del grupo. Cada vez que salía a exponer o rendir un examen oral, los demas imitaban gemidos femininos......

        Hizo lo posible por defenderse pero descubrió que era un calvario enfrentar a la multitud. El daño fue irremediable.

        Con aquel apodo se volvió muy popular e incluso algunos daban por confirmado que él pertenecía al "otro equipo". No lo descubrió hasta que un mal día a la hora de salida, el cachetón Trujillo le acarició la mano y le susurro al oído: si te dejas culear en el baño te doy diez soles. Efraín se echó a correr espantado y no se detuvo hasta extraviarse en la multitud que se aglomeraba a la salida del colegio. Al llegar a casa se encerró en la recámara de sus padres. Se observó frente al espejo del tocador. Sus pestañas lucían mas femeninas que nunca. No lo soportó mas.¿Qué cosa?, ¿marica yo?, dijo indignado. ¡Eso nunca!¡A ver si después de esto me siguen llamando marica!. Zas, Zas. Dos tijerazos, y sus rizadas pestañas eran sólo un mal recuerdo. Excitado bajó al comedor, y se dispuso a almorzar junto a Rosita. Saboreando el guiso de carne, su madre no pudo despegar los ojos de él. Hay algo distinto en ti, le dijo. Luego de una pausa ominosa, la señora sufrió un atracón de carne al comprobar que su hijo ya no tenía pestañas. ¡¿Qué has hecho?!, le recriminó. Le resondró por varios minutos, le propinó dos bofetadas y lo largó a su cuarto. Tendido sobre su cama, Efraín se echó a llorar de rabia por toda la tarde. Mordiendo las sábanas para desfogar sus emociones, se dijo que este incidente era injusto; pero no importaba, ya no lo llamarían marica. Nunca más, señor.

        ¿Por qué no me gustan las mujeres?, se cuestionó. Sin que mediara motivo razonable consideraba que el enamorarse era una pérdida de tiempo. Todos sus amigos ya tenían enamorada, y en las noches concurrían a los parques con ellas para intercambiar arrumacos. Kike y Rafo lo animaban,"consíguete una hembrita huevonazo", y el decía que no le gustaba ninguna de las chicas de por aquí. La tía Elena le preguntaba con picardía, ¿Y ya tienes enamorada Efraincito?, y él replicaba que todavía era muy chico para tales asuntos.Y el tío Rodo y la tía Angelina le bromeaban: ¿No estarás esperando reencontrarte con Patty para que te decidas a tener una enamorada?

        Efraín observa la calle. Ya cruzaron la Universidad Católica y la próxima parada es la avenida La Mar. Hora de bajarse.

 

© Pedro E. Moreno-Vásquez, 2008

 
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Pedro E. Moreno-Vásquez (Lima - Perú, 1979) En 2002 emigró a los Estados Unidos. Actualmente reside en Washington D.C. Estudió Literatura Inglesa en Montgomery College. Este sería el primer cuento que publica.

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Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento15_.html
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