Andrea Cabel García

Ximena Lazarte

Paul Cañamero Álvarez

José Cárdenas Jara

Daniel Maguiña Contreras

Natalia Molina Alanoca

Ramón Peralta

Augusto Rodríguez

Daniel Alejandro Gómez

Elena De Yta

Raquel Morán Sernández

Claudia Salazar Jiménez

Tomás V. Richards

Pedro E. Moreno-Vásquez

 

____________________________________________________________

El verano invencible

por Raquel Morán Sernández

 

In the depth of winter I finally learned that within me there lay an invincible summer, su profesora de inglés nunca supo darme la razón por la que era esta cita, y no otra de las incontables que adornaban su aula, la que había conmovido a mi hermana Lucía hasta el punto de escribirla en la primera página de su diario. Era justo que fuese aquella frase, tantas veces leída mientras escuchaba las palabras de Mrs. Richards en la clase de inglés, la que yo decidiese grabar en su lápida, a modo de epitafio.

        ¿Qué clase de niña escribe en la primera página de su diario una frase como aquella? ¿Qué clase de criatura era mi hermana?

        La lectura del diario de Lucy, que me fue devuelto por la policía a cargo de su caso a las pocas semanas de la desaparición de mi hermana por considerarlo de importancia irrelevante en la investigación, contribuyó en gran medida a agudizar la depresión que se apoderó de mi ánimo en los meses que siguieron al nacimiento de mi hija. Había evitado el librillo rosa durante mucho tiempo: tras devolvérmelo la policía, lo había escondido bajo pilas de revistas viejas. Sus cuadernos del colegio, sus pocas novelas, su agenda escolar, su libro de la Primera Comunión…, todo había quedado enterrado bajo aquella espantosa pila de revistas antiguas, revistas inútiles de música, de coches o de ordenadores que Jason, por cualquier espúrea razón suya, se negaba siempre a tirar a la basura.
Cuando Jason se fue de casa, con las dos mil libras de Ms. Williams y su destartalado Citroën Saxo, llené tres bolsas negras con aquellas revistas y las deposité, aliviada, en el cubo de la basura. Al fondo de la pila reencontré las cosas de Lucy. Les quité el polvo e invertí una mañana calurosa en hojearlas. Lucy tenía una bonita letra de adulto y apenas cometía faltas de ortografía.

        Su diario comenzaba apenas un año antes de la muerte de nuestra madre y se interrumpía apenas una semana antes de su desaparición. La niña no escribía sobre las cosas que ocurrían a su alrededor, sino acerca de lo que bullía en su interior profundo. Y hablo de ‘ebullición’ con absoluto conocimiento de causa. Lucy atesoraba un espléndido verano en su interior; estaba floreciendo, a pesar de la tristeza de contemplar a una madre que se moría de cáncer y de la soledad de perder a una hermana mayor que se había independizado prematuramente, aquella criatura se apasionaba descubriendo el ilimitado mundo en el que se desenvolvía: había amores platónicos, Brad Pitt y un niño llamado Jonathan que nunca la miraba a los ojos en clase; había tímidas ambiciones ya, como la de poseer una guitarra o la de conocer Francia. Y también había dolor: ‘mamá ha perdido casi todo el pelo. Los fines de semana, como no voy al colegio, mamá me deja dormir en su cama, junto a ella. Huele a cama de hospital, pero no me importa. Ella cree que me engaña, como todos, pero yo sé que mamá se morirá pronto. Me gustaría abrazarla durante esas noches en que dormimos juntas, pero no me atrevo. Me gustaría abrazarla fuerte, como hacía cuando sólo tenía cuatro o cinco años, pero no me atrevo. Sandy apenas viene a vernos, estúpida, ahora que tiene a su propia familia no nos necesita. No sabe lo que su ausencia daña a mamá. No sabe lo que echamos de menos a Ethan. ¿Qué será de mí cuando mamá falte? Le importo una mierda a todos. Todos tienen a alguien a quien cuidar y proteger, yo sólo tengo a mamá’.

        La última página escrita se leía así: ‘Jason ha entrado en mi dormitorio mientras me cambiaba de ropa. Lo hace a posta. Si lo vuelve a repetir, pienso contárselo a Sandy. Otra cosa es que Sandy me crea o, creyéndome, haga algo al respecto. Estoy harta de sus continuas peleas, me hacen sentirme culpable. Pero yo no pedí vivir con ellos. Sandy me repite continuamente, ‘es esto o unos padres de acogida, ¿qué prefieres?’. ¿Cómo hemos acabado en esto? ¿Qué fue de nuestra pequeña familia? ¿Por qué se me ha negado algo tan simple como una familia normal? Qué duros son estos once años. Me pregunto cómo será mi vida dentro de otros once años, cuando pueda decirle adiós a Sandy y a Jason, y a toda su amargura. Porque esta larga noche silenciosa no puede durar para siempre…’

        Aquella era la poderosa voz interior de una niña que lloraba en silencio por las noches, a solas. Tenía razón, nunca la quise. Hizo bien en condenarme, insultarme y compadecerme en aquel diario suyo. Sobre todo, tenía razón al compadecerme: yo ya había estropeado mi vida juntándome con Jason, mientras que a Lucy aún le quedaba la esperanza de realizar sus pueriles sueños: conocer Francia, conocer a Brad Pitt, poseer una casa en Devon, ir a la universidad… Supongo que esa es la grandeza de todos los diarios: los sueños se escriben siempre en tiempo presente y son, por ello, permanentemente actuales.
Sueños y proyectos desbaratados al día siguiente, con la vida física de uno. Pero, sobre aquel papel rosa, se convierten, como el verano que comienza el cuadernillo, en invencibles.

        Las palabras de mi hermana mudan con el color de las estaciones y, pese a que no creía nada de eso la primera vez que leí el diario de Lucy, lo creo marmóreamente ahora, gracias a Randall y a mis tres hijos.

        I dream of Lucy everyday
. En inglés. En castellano. A veces, los sueños son apacibles recuerdos de la época en que mamá y ella vivían: Lucy, mamá y yo en Victoria Park; Lucy, mamá y yo disfrutando de un helado o comiendo palomitas en el cine. Con frecuencia, los sueños devienen pesadillas: veo a Lucy atada a un árbol; la veo desnuda, llorando, suplicando a dos hombres sin rostro que la dejen vestirse; la veo dejarse arrastrar por la corriente de un río; la veo cubierta de horribles llagas… Sé bien que estos vívidos sueños sobre mi hermana son producto de mi embarazo y, en menor medida, de la aprensión por parte de la policía española de ese individuo llamado Hodge al que se relaciona con el asesinato de mi hermana. El hombre del saco ha regresado a quebrantar la quietud de las aguas bajo las que reposa la memoria de Lucy.

        No habrá descanso para ninguna de las dos hasta que ese hombre reconozca su delito. De su boca o de su mano ha de salir, algún día, una declaración de culpabilidad.
Mi comadrona se llama Rose. Es la misma persona que me atendió durante los embarazos de Ethan y Lucy. Me dice en cada visita que este niño que ahora crece dentro de mí, este niño que debe heredar lo mejor de su padre y de su madre, va a venir con un pan debajo del brazo.

        -Porque tú ya has tenido tu buen porcentaje de mala suerte, ¿o no? Ahora las cosas sólo pueden ir a mejor.
Y eso me hizo recordar un día lo que mamá susurró horas antes de morir:
-Cuídame a Lucía. Quiérela como yo os he querido a ambas. Lucía va a morir pronto. Tú tendrás muchos hijos, pero dos de ellos no te sobrevivirán. Ganarás dinero con tus pensamientos pero morirás sola, como yo.
¿Qué quiere decir ‘morirás sola’? ¿A qué se refería mamá? ¿Viviré sin Randall cuando llegue mi hora final? ¿Dónde estará Randall? ¿Por qué, en mi felicidad presente, me resulta inconcebible imaginar un futuro totalmente distinto de este presente, un futuro negro en que no tendré a Randall a mi lado?

        Lo he pensado cientos de veces, a mi pesar, y creo que lo que mamá previó en su lecho de muerte fue a una hija mayor que viviría hasta anciana edad, tan anciana que habría sobrevivido a la muerte de su último compañero y de dos de sus hijos. Una anciana que ha hecho dinero con sus pensamientos… ¿Con sus historias? ¿Será publicado esto un día? La historia del martirio de mi hermana y de mi propia supervivencia a pesar de todo: la pobreza congénita, la soledad y el desamor.

        ¿Y previó también mamá, en su lecho de muerte, el espantoso final de su hija pequeña? ¿Supo entonces cómo iba a morir Lucy? ¿Vio mamá a un hombre malo acechando a espaldas de mi hermana en su hora final? Qué final tan terrible, entonces, para ambas.

        ¿Volveremos a reunirnos un día? Las tres. ¿Podré ese día, en esa vida después de la muerte de la que hablan algunos, reunirme con ellas y demostrarles sin vergüenza el enorme amor que les profesaba?

        Preguntas sin respuesta. Lo bueno es poder planteárselas. La vida, dicen, no es más que esto: preguntas sin respuesta y el coraje de creer que una puede ir a buscarlas a alguna parte.

        ¿Qué queda, después de nuestra muerte, en la memoria de otros? ¿Quedan todos los recuerdos, los buenos y los malos? ¿Qué pesa más, tras nuestra muerte, los momentos felices que regalamos a alguien o los oscuros momentos con los que castigamos a tantos? ¿Seremos recordados con amor, con devoción, incluso, si son los momentos felices los que otros recuerden con mayor frecuencia, aparcando a un oscuro rincón lo desagradable?

        ¿Qué pesa más en mi memoria, cuando pienso en Lucy y en mamá? ¿Acaso no recuerdo con vergüenza el rencor que sentí siempre hacia mamá por habernos criado en la pobreza? ¿Acaso no recuerdo con remordimiento las manchas de grasa que mi sopa depositaba en los cuadernos de Lucy a propósito?
-Tu madre era una mujer de gran corazón –dice siempre Ms. Williams-. Tú quizás no te acuerdes, Sandy, pero cuidó muy bien de mí cuando regresé del hospital después de haber dado a luz a Anthony. Hacía una comida riquísima y me enseñó cómo dar de mamar al niño. Pero tú no te acuerdas de esto, eras muy joven.

        No, de eso no me acuerdo, Ms. Williams, pero me acuerdo de los collares de dulces que mamá fabricaba por mi cumpleaños: de un hilo de bramante y de una aguja gorda de coser, enzarzaba rosquillas, donuts diminutos, caramelos, bombones, regaliz y nubecitas en un collar largo que colocaba alrededor de mi cuello en la mañana de mi cumpleaños para que los comiera cuando y en el orden que se me apeteciera. Ese era su regalo más personal.

        De eso no me acuerdo, Ms. Williams, pero recuerdo cómo los viernes y los sábados por la noche me dormía frente al televisor, con mi cabeza sobre sus rodillas.
Me acuerdo de su Nissan destartalado, en el que, un par veces cada verano, nos sacaba fuera de Londres, a que conociéramos el rostro de la vieja Inglaterra, old and kind England, la Inglaterra que no estaba hecha para ella, pero sí, tal vez, para sus hijas, para el futuro.

        Y sé que es esta congoja que engarfia mi corazón cada vez que el recuerdo me lleva de la mano a esos lugares familiares del pasado donde la alegría existió, la que atenazará el corazón de mis hijos un día, cuando yo falte, porque sé que el amor que les he dado es más fuerte que cualquier rencor nacido de cualquier frustración. Yo también seré recordada con amor un día.

 

© Raquel Morán Sernández, 2008

 
___________________________________________________

Raquel Morán Sernández (Asturias - España, 1969)Cursó estudios de Geografía e Historia en la Universidad de Oviedo, licenciándose en Geografía en el año 1994. Dos años después se marchó a estudiar a Londres, en Inglaterra. En la actualidad, trabaja como profesora de Francés y Español en un Instituto de Secundaria en Londres. Apolo y los centauros es su primera novela publicada, disponible en www.trafford.com. También ha comenzado a colaborar escribiendo reseñas para diversas revistas literarias en línea, como www.laurahird.com y www.barcelonareview.com. En la actualidad escribe su segunda novela, No smoking.

___________________________________________________
Para citar este documento: http://www.elhablador.com/cuento15_3.html
home / página 1 de 1

contacto | quiénes somos | colaboraciones | legal | libro de visitas | enlaces | © el hablador, 2003-2008 | ISSN: 1729-1763
:: Hosting provisto por Hosting Peru ::
Hosting