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currahee
éramos una guerra de espejos, doce millas de ancho por doce de largo.
la simetría de dos muertos encendidos de golpe
prendiendo las luces en el abandono de la noche
buscando los pozos de los abuelos
la muñeca que era la hija.
los ojos que siguen mirando desde la cama y las grietas de todas las paredes.
el paraíso es una isla de tierra roja abierta en dos que mira al agua salada
un conjunto de esqueletos frente al paisaje de la plaza
un centro duro de luz
de animales verdes y amarillos empozando las medias lunas
la navegación de los peces
el soplo de las arañas junto a la flor que mira al techo.
nadie extraña el mediodía, la altura de los rostros.
no hay distancia desde los huesos
nadie suspende la caída
y el mundo es esta tarde que combate / que apenas entreabre un final
que solo mide desde este corazón
el cansancio que trae la sed, los ríos del ancho de un pie
la implosión de las cucharas que lo ven todo desde aquí arriba.
enero.
con un caparazón dulce y de tinieblas, tan lento y descarnado, eres la excusa de los fríos que se hunden temprano cerca de la huerta. eres solo y lleno de sol, todo el vacío leve de los besos y el llanto.
constanza.
temprano cae el sol azul, solo existir esparce las flores./ de perfil,/ solo mamíferos con hambre y madres./ solo días de mantas al lado / y calladas. un sonido que escucha vagando el vientre,/ llorando y despeinado./ máscara que sonríe y luego el humo./ el reflejo desgarrándose de tristeza /como las solapas /y las esferas de luz./ mares silentes eligiendo un beso,/ niños príncipe que de espaldas a los astros /pintan ternura en las mejillas de los peces/ y en el sollozo de los ríos./ humilde estrella de infancia que atraviesa la cocina/ y la habitación de la hermana,/ que se sienta/ serena y furiosa./. humilde estrella de infancia,/ humilde hermana.
© Andrea Cabel García, 2007 |