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Para
mis colegas
Esta
es la historia de un profesor que andaba molesto desde
que se levantaba hasta que se acostaba.
En las mañanas se vestía a toda prisa
y si su corbata no coincidía con el quinto botón
de su camisa, ya empezaba mal el día.
Iba al colegio y en el camino gustaba mirar las flores,
porque amaba los colores.
Pero si en la hilera de pétalos rojos aparecía
un pétalo blanco, enseguida se enfadaba y miraba
fijo en otra dirección.
Entraba a la sala de profesores y saludaba a sus colegas,
con frases del estilo: “bienvenido al tormento”,
que ellos respondían con un gruñido.
En la clase no aguantaba pulgas. No quería risitas
al fondo ni preguntas tontas, porque eso lo ponía
de vuelta y media.
Al mediodía se sentaba solo, con un libro abierto
y tomaba su merienda. Mientras leía, masticaba
con gusto los bocadillos que su mujer le preparaba.
Pedía un café. Si el líquido rebasaba
la línea de la taza, volvía a su sitio
apretando el plato y maldiciendo.
Afuera, la algarabía de los niños le ponía
los nervios de punta.
Porque también detestaba los recreos, sobre todo
cuando atravesaba el patio y alguna pelota rozaba su
cabeza.
O cuando un chico, colorado como un tomate, tropezaba
con él. De inmediato volaba al baño a
limpiarse el sudor.
A la hora de salida, una pequeña sonrisa animaba
su rostro. Pero enseguida volvía su fastidio
si escuchaba murmullos en la fila.
Permanecía un rato más en el colegio,
corrigiendo cuadernos. Cada dos segundos decía
palabrotas porque faltaban tildes o sobraban comas.
A menudo le provocaba estrujar un cuaderno y tirarlo
al tacho.
Regresaba a casa cargado de libros para preparar la
clase del día siguiente.
En el camino disfrutaba la caída de la tarde:
poca gente en las calles, las tiendas desoladas y los
parques sin niños.
Seguía con los ojos la sombra de su cuerpo. Le
agradaba que su figura se alargara, pero si se recortaba
y ensanchaba se ponía de un humor de perros.
En casa lo esperaban su mujer y su hijo. Él ya
había terminado las tareas y ella lo atendía
como a un rey.
Juntos comían en silencio. Sólo el profesor
decía unas palabras y su mujer asentía.
Nunca su hijo hacía preguntas.
Más tarde veían unos programas de televisión
y al primer bostezo del profesor, todos se acostaban
sin hacer ruido.
El profesor sentía que su hogar era perfecto,
pero había algo que le molestaba y no lo dejaba
dormir tranquilo.
Así era todos los días, hasta que un día
leyó un cuento titulado The grumpy teacher.
Estaba en plena merienda y de a pocos abandonó
el bocadillo que había preparado su mujer.
La historia contaba de un profesor que renegaba todo
el santo día y que una tarde se disfrazó
para saber si su hogar era perfecto, como él
creía.
Llegó vestido de fontanero, con nariz y bigotes
falsos. Ni su mujer ni su hijo lo reconocieron y él
los encontró correteando por la casa.
“Nunca los había visto así”,
se dijo el profesor.
Los escuchó después, mientras fingía
reparar una fuga de agua. Hablaban de ciencias naturales
(eran sin duda las tareas) y el niño hacía
mil preguntas.
“Como mis alumnos”, pensó el profesor.
Luego de un silencio, la mamá y el hijo soltaron
grandes risas.
“Parecen felices… sin mí”,
se dijo el profesor muy triste. Tan triste que no pudo
continuar y ahí terminó el cuento.
Nuestro profesor se quedó pensando, de codos
sobre la mesa con su pan mordisqueado y su café
frío.
Un buen rato después, se puso de pie. Caminó
a la Dirección del Colegio y conversó
con el Director. Salió del despacho, atravesó
el portón del colegio y volvió a su casa,
que a esa hora estaba vacía.
De qué otro modo puede terminar este cuento,
si no es que el profesor se sentó a escribir
el cuento que lees.
Del
cuaderno inédito Notas de colegio (Memorias)
©
Jorge Eslava, 2005 |