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“A
comfortable, smooth, reasonble, democratic
unfreedom prevails in advanced industrial
civilizations, a token of technical progress”.
Herbert Marcuse.
One Dimentional Man
En cualquier evento laboral, bueno o malo, Heriberto
hace notar que él es el único perjudicado.
Su queja es tan persistente que sugiere una conspiración.
Una de las empleadas, que es de origen filipino, murmura
que un día de estos el joven quejoso conseguirá
un indeseado final. Ella asegura que lo ha leído,
accidentalmente, en las entrañas de un gallo.
Remarca lo fortuito del hecho explicando que en realidad
el animal fue muerto para ser comido, no para facilitar
una lectura del futuro.
Heriberto dice que en esta oficina él no puede
ni respirar sin sufrir alguna consecuencia negativa.
El hombre repite, con agobiante frecuencia, que su jefa
muestra ojeriza en su contra. Es verdad que ella lo
tiene bajo severo control, pero todos sobrevivimos esas
pequeñas molestias que sólo acontecen
de ocho a cinco, o en el peor de los casos hasta las
seis o siete de la noche. Ese toma y daca es normal.
Debemos trabajar para vivir y a fin de conservar nuestro
empleo, tenemos que aguantar. Es parte de la vida. Debemos
aprender y pensando en ello yo le he dicho a mi amigo,
en diferentes ocasiones, “tienes que hacerte el
cojudo, Heriberto. Haz como si no fuera contigo”,
pero él no hace caso. No acepta consejos ni de
un hombre maduro como yo. Mis canas no significan nada,
en su concepción peculiar de la vida. Heriberto
toma cada una de estas ocurrencias como una ofensa personal.
Cuando hago un esfuerzo para hacerlo razonar, él
eleva la nariz, en un gesto característico, y
me contesta sin vacilación, “esto viola
mis principios esenciales, hermano; quebranta la razón
de mi existencia.” Y claro, yo no intento ir más
allá, nunca. Constituiría una insensata
pérdida de tiempo y temo que hasta peligroso
podría ser para mí.
Si le das
cuerda, Heriberto puede hablar por horas. Lo peor no
es el engorro de tener que escucharlo sin poder ocuparme
de algo útil, no. Lo triste es ver como Heriberto
se destruye poco a poco, ante mis ojos. En ciertas ocasiones
tengo miedo de lo que Heriberto sea capaz de pensar
cuando atraviesa ese estado de desilusión por
todo lo que lo rodea. Temo que algún día
este joven pueda llegar a la conclusión de que
ya nada tiene sentido en la lucha cotidiana y como consecuencia
se le dé por atentar contra su vida.
La verdad es que Heriberto, cuando lo conocí,
era un excelente trabajador. Cumplía con sus
obligaciones al pie de la letra sin prestar atención
a los avatares de cada día. Pero es cierto; creo
que a la doña se le pasaba la mano con Heriberto,
a pesar de que él trataba de no cometer errores
y revisaba sus tareas, varias veces, antes de darlas
por terminadas. Por ejemplo, cuando yo llegué
a la compañía Heriberto era el más
antiguo de su departamento; lo habían contratado
cuando esa oficina se creó, pero su jefa insistía
en tratarlo como recién llegado. Al ser nombrada
esta señora, como jefa del departamento, Heriberto
tenía el grado de especialista de primera. Sin
embargo la vieja se encaprichó en asignarle el
rango más bajo para su especialidad. En cada
actualización de las listas de personal, ella
lo hacía aparecer como especialista de quinta
categoría.
Yo escuché a Heriberto, varias veces, decir con
énfasis marcado, que el día menos pensado
todo se iba a aclarar y que en esa oportunidad cada
quién ocuparía el lugar que por méritos
le correspondía.
Heriberto ama las canciones de Pink Floyd. En especial,
el álbum llamado La pared. A nosotros nos puede
gustar la música y la escuchamos para divertirnos.
Heriberto se transporta dentro de ella. Él me
dice, en tono secretista, que no podría trabajar
una jornada completa si no escucha, como música
de fondo, su favorito “CD”. Heriberto tiene
ideas muy raras. Me cuenta que esa canción de
la pared, es un himno a la libertad. “Porque nosotros
no hemos nacido para trabajar”, me dice con fruición
y cita como defensor de esa teoría a un tal John
de Leyden que vivió en el año mil quinientos
treinta y cuatro. “Nuestra tragedia principia
en la escuela. Allí es donde nos quiebran la
voluntad y el espíritu de lucha, donde desaparecen
nuestra preciosa individualidad”, expresa Heriberto
con tal júbilo que hasta el color de sus ojos
parece más claro. Él dice que en el camino
aparece la Iglesia que nos llena la cabeza de miedos
y grandes ¡NO! “Porque la Iglesia está
implicada en la gran conspiración para amaestrarnos”,
dice Heriberto con los ojos soñadores a este
punto. “Tú no lo ves claro, como yo”,
me dice. Menea la cabeza y continúa: “En
el principio éramos unos cuantos, tan sólo,
y vivíamos felices, claro, sin trabajar; como
verás el volumen es lo que nos caga. De pronto
apareció un cabrón que era muy fuerte
y empezó por obligar al resto a que trabajaran
para él. Otro individuo, en el mismo grupo de
que hablamos, no muy fuerte pero astuto y queriendo
evadir el trabajo forzado, dijo que el rayo era un Dios,
que el trueno constituía la expresión
de su carácter divino y el relámpago la
representación de su espíritu todo poderoso.
Es más, el astuto dijo entre muecas extrañas
de su rostro y contorsiones inverosímiles del
cuerpo, a fin de completar el drama, que él podía
hablar con los dioses y atenuar su inmensurable ira.
El fortachón que nos forzaba al trabajo, halló
graciosa, innovadora y útil aquella gratuita
intermediación. En consecuencia, y como viera
que esta fábula incrementaba su poder, atestiguó,
con solemne devoción, la verdad celestial que
el recién nacido brujo proclamaba. Los hombres
principiamos a bajar la cabeza y a trabajar en silencio
desde ese entonces. En aquel instante perdimos la razón
de nuestra existencia.” Mi amigo, el Enfermo,
guardó silencio con la cabeza gacha, como si
hubiera iniciado un período de profunda meditación.
Heriberto me dice, con extrema seriedad, que la vida,
por el contrario, no tiene otro sentido que poner a
nuestra disposición la oportunidad de prepararnos
para morir en la entera conciencia de lo que somos.
“La mayoría de gente muere sin darse cuenta
del glorioso evento o cagándose de miedo por
lo que le va a pasar”, me comunica cubriéndose
en parte la boca con una de sus manos estirada, como
un alerón a medio abrir.
Pienso que yo me salvé, porque Heriberto me tenía
cierta consideración. No sé, tal vez él
me respetaba porque yo era el único que lo escuchaba
y se interesaba en sus ideas y en sus angustias. Su
vida ha de haber sido miserable. No comprendo por qué
él pensaba que trabajar era una afrenta. “La
vida es injusta con nosotros”, me decía
al referirse a nuestro diario trajín en la oficina.
“Me levanto a oscuras, llego de regreso a mi departamento
cuando ya es noche y aún en esa circunstancia
debo ponerme a cocinar algo que comer”, me decía
con un rostro lleno de ira. “Después de
alimentarme, por las noches, me provoca hacer algo que
a mí me guste, algo que me apasione, pero mi
esposa prefiere ver televisión, estúpidos
programas, y así me quedo dormido en la sala,
otra noche más.” Dicho esto último,
Heriberto habló en un confuso lenguaje acerca
de un hombre llamado Gracchus Babeuf, “un alma
lúcida que cayó víctima de sus
ideas, asesinado por las bestias que pretendían
proteger la revolución francesa”, dice
con los ojos transparentes y llenos de lágrimas,
Heriberto. Acto seguido mi amigo argumenta, en francés,
que yo no entiendo, por más de cinco minutos.
Llena sus pulmones de aire, el enfermo, y retorna al
uso del castellano para recitar un concepto de Grachus,
“la opresión existe cuando una persona
queda exhausta como consecuencia de su dedicación
total al trabajo y constata después de ello que
no posee nada, mientras otro nada en abundancia sin
haber trabajado un segundo en su vida entera”,
declama Heriberto como los sacerdotes gritan el introito
en las misas cantadas. Yo le digo que eso me suena a
comunismo y él arremete para replicar, “eso.
Eso! Ese hombre santo fue el primer comunista de la
historia que conocemos. Mucho antes de que el cabrón
de Marx hubiera podido pensar en ello. Pero la revolución
se lo comió.” Al llegar a este punto Heriberto
me coge suavemente por el cuello y aproxima su boca
a mi oreja para decirme, casi en un murmullo, que Gracchus
se llamaba en verdad Francoise Noel y que él
fue el primero en establecer el paralelismo entre el
trabajo, como lo conocemos nosotros, y la esclavitud.
Agrega, mi amigo, que Francoise poseía una virtud
sin paralelo que le permitía estructurar definiciones
que eran concisas, claras y mortíferas, pero
dulces al mismo tiempo. “Observa esta”,
me dijo, tomó asiento en una banca de cemento
a la entrada de nuestra oficina y con los ojos entrecerrados
principió a decir, “La propiedad privada,
como institución, es una sorpresa introducida
de contrabando en las almas simples y honestas de las
masas. La aceptación de este macabro concepto
justifica la existencia de afortunados e infortunados,
de amos y esclavos.” Heriberto se pone de pie
con inusual agilidad. Enciende un cigarrillo, con curiosidad
por cada una de sus acciones y después de inhalar
una bocanada inmensa de humo me dice con un gesto socarrón,
“me gusta el pata, pero creo que al final, si
hubiera sobrevivido, nos habría obligado a trabajar.
Yo estoy mucho más a la izquierda que él.
Por eso es que te digo que no soy comunista, ¿me
entiendes?”
Mi amigo
se la toma contra el matrimonio también. Habla,
y delira al hacerlo, mientras construye un mundo lleno
de peligro, a mis ojos. “¿Quién
ha inventado esa patraña de que el hombre alcanza
la grandeza cuando se sacrifica por sus seres queridos,
por su familia?”, me dice con un gesto de extrañeza
en el rostro. “Yo, como cada ser humano en este
planeta, he nacido con una misión por cumplir.
Soy una especie de profeta. Debo proclamar, cada segundo
de mi vida, el evangelio de la violencia. Como Seres
humanos, que somos, debemos superar el estado de marasmo
y dominación en que nos encontramos, a través
del ejercicio de la violencia.” A continuación
me coge por las solapas, con ambas manos, y me grita
con su boca salpicando saliva a dos centímetros
de mi nariz, “¿quién que ejerza
dominio sobre ti, que te obligue a trabajar y a doblegarte
cada día, te va a liberar gratis?, ¿ha?”,
me dice y yo me asusto del estado a que nuestra conversación
ha llegado. Le digo, con tímida actitud, que
su esposa, sus hijitos, no lo obligan a trabajar, no
lo doblegan en absoluto y él retorna al ataque
para decir con un dedo índice en alto, “si
vivieras solo, no tendrías que trabajar.”
A Heriberto le gusta escribir, lo hace por las noches,
en su tiempo de sueño. Crea historias sobre el
papel con ardorosa pasión, como él dice.
El problema es que no escribe bien y eso lo llena de
violencia autodestructiva. “Quisiera escribir
historias que al ser leídas produzcan un cambio
tangible en los lectores. Tengo el ansia descontrolada
de desatar violencia en las mentes que leen mis escritos;
violencia destructiva en su reacción contra este
estado perfecto de cosas que nos rodea y en el que estamos
inmersos”, dice vibrante y aceza hasta que poco
a poco recupera el ritmo normal de su respiración.
En una oportunidad yo le sugerí que de repente
se estaba volviendo comunista, sin darse cuenta, por
cierto. Heriberto me respondió veloz como un
látigo que no era un problema de doctrina política
o de teoría económica. “Es algo
más profundo, íntimo y básico.
Tanto como los instintos. Comunistas y capitalistas,
al final, hacen lo mismo, dedican todos sus recursos
a la tarea de domesticar al ser humano para que trabaje
sin protestar. Una vez que lo tienen amaestrado, el
sujeto es como un drogadicto. Teme, con angustia mortal,
perder el empleo que como un cordón umbilical,
lo ata al sistema.” Yo le repliqué con
pausada voz, para ver si así se calmaba que,
“Heriberto, así no se salva nadie. ¿Queda
alguien en este mundo en quién podamos confiar?”,
le dije y en efecto el joven se calmó. Inspiró
profundo una o dos veces y respondió que nadie.
“El día en que todos se den cuenta de su
miserable estado de esclavitud, se alzarán imbuidos
de una violencia colectiva para matarse unos a otros.”
Yo pienso que Heriberto está enfermo. Dice que
nosotros, todos, somos esclavos. “Es la versión
moderna de la esclavitud”, pronuncia con las mandíbulas
cerradas y rechinando las muelas. El otro día
cuando bajamos a tomar un café, en la hora del
almuerzo, nos sentamos al rededor de una mesa de metal,
de esas que tienen un tubo con una sombrilla en el centro.
Entre sorbos del aromático líquido, Heriberto
me explicó el esquema completo detrás
de su teoría de la esclavitud. Sus razones, para
él muy poderosas, no me terminaron de convencer.
Explica Heriberto que los esclavos negros, traídos
a nuestro continente por los europeos, tuvieron una
vida más fácil que la nuestra. Yo le digo
de inmediato que se calle, no vaya a ser que lo escuche
alguno de los negros que trabajan en nuestra compañía
y se arma un despelote. “Cállate, Heriberto”,
le digo yo, “no puedes comparar la vida que llevamos
nosotros con la de un pobre negro tratado como animal
menor de edad.” Y trato con esto de llamarlo al
orden, pero él se empeña en explicar a
voz en cuello que en el pasado los esclavos vivían
en la propiedad de sus amos y no pagaban renta o hipoteca,
El amo les preparaba y pagaba por su comida y finalmente
su dueño les proporcionaba la ropa que necesitaban
para cubrir su desnudez. “Hoy, escúchame,
hermano”, me dice con las venas del cuello saltadas,
“somos esclavos desde las cinco y treinta de la
mañana, que es la hora en que yo me levanto para
ir a trabajar, hasta las siete y media de la noche,
en que llegamos a casa después de una jornada
de suplicio.”
Le pregunto, con inocente humildad, que cómo
es que él ve suplicio en lo que yo aprecio como
una natural jornada de trabajo. En este punto en el
tiempo, a Heriberto le tiembla el labio inferior, tiene
tics horrendos en los párpados de sus ojos y
en la boca, pero aún así continua su explicación,
“a la hora que llegas a tu casa”, me dice,
“el amo no te da de comer. Tú te tienes
que cocinar.” Y a continuación extiende
su perorata para culminar diciendo que ahora nos dan
dinero para que hagamos las cosas que ellos hacían
antes por sus esclavos. Cocinar, con productos comprados
en la tienda del amo. comprar ropa, para vestirnos,
en el almacén de nuestros dueños y por
último, tomar cortas vacaciones de tal manera
de no afectar la planilla de la compañía
y al mismo tiempo darle negocio a los hoteles y aerolíneas
del amo. “¿Te das cuenta de lo sutil que
es este proceso? No disponemos de nuestro tiempo en
absoluto”, repite el buen hombre, mientras menea
su cabeza en signo de desencanto. “Después
de comer, ellos, los amos se encargan de programar tu
mente, a través de la televisión, con
el objeto de que compres bienes en sus tiendas a la
primera oportunidad que tengas y también te adormecen,
mediante programas subliminales, a fin de que no pienses
en nada que para ellos sea peligroso.” A continuación,
Heriberto menciona el film “Fight Club”
y cita una línea en que uno de los personajes
dice: “To buy sheet we don´t need...”,
y al terminar se queda con la cabeza gacha, contemplando
el cuadriculado de las losetas en el piso, con la mirada
disuelta en sus ideas.
El pobre
Heriberto vive en pánico. Teme constantemente
que lo despidan. “El asunto es tenernos aterrorizados,
para que así seamos buenos esclavos”, dice
al pasar frente a mi cubículo. Yo meneo la cabeza
y trato de hacerle entender que no van a botar a nadie,
que las ventas van viento en popa, que los dueños
de la compañía van a tener que contratar
más gente, por el contrario. Heriberto me hace
una seña con los ojos para que me levante y vaya
al baño con él. El enfermo argumenta,
mientras orina, hablando con la boca torcida para que
nadie más que yo escuche lo que me dice, a cerca
de su teoría de que los amos se aprovechan del
volumen de ventas para contratar más empleados
y así poder despedir luego a aquellos que los
supervisores hayan tachado de incompetentes. “En
realidad nuestros jefes se aprovechan de estas oportunidades
para deshacerse de los que no les besamos el poto.”
Yo le digo a Heriberto que talvez él exagera.
Que lo piense con calma y que así podrá
ver las cosas con más claridad. Heriberto me
contempla, como quién mira un niño lloroso,
perdido en la calle y con una enorme sonrisa me dice,
“¿te has dado cuenta que nosotros sólo
tenemos dos estaciones de trabajo? La de angustia por
que no hay negocio y en cualquier momento nos despiden
y la de sufrimiento porque tenemos mucho trabajo y debemos
producir por largas horas durante la semana y luego
los sábados y domingos, ya que si no lo hiciéramos,
nos dicen que los que no aportan, ahora, su cuota de
sacrificio serán los primeros en irse cuando
el volumen de ventas disminuya y se presente el siguiente
período de despido.”
Por momentos llego a creer que Heriberto es un profeta.
Me gusta lo que dice, mas me crea un sentimiento de
nerviosismo irracional que me destroza el pecho. Sí,
él expresa algunas verdades, pero en conjunto,
todo lo que dice es peligroso para nosotros los que
trabajamos sin entretenernos con tanto pensar.
Esta enfermedad
de Heriberto ha trascendido los confines de nuestra
oficina. Ayer fui a ver a mi doctor, porque tengo un
uñero que me está matando, y él
me pidió que hable con Heriberto. “Ese
muchacho se encuentra al borde del colapso”, me
dijo, “tiene la presión sanguínea
constantemente en dieciséis, respira con dificultad
por un asma que para mí es causada por el nivel
de estrés en el que Heriberto se mantiene. Ese
joven tiene que cambiar o algo malo le va a ocurrir.”
Yo le dije al doctor que iba a hacer lo posible, pero
¿qué puedo hacer yo? Heriberto tiene su
propia agenda y es verdad, yo también me encuentro
en un nivel de estrés que es muy alto. Todos
nosotros lo estamos, ¿qué podemos hacer?
Nada. Cada uno tiene que tratar de salir adelante. Trabajar
duro para construir un retiro decente. Comprar una casa,
mantener un estilo de vida que nos satisfaga. Pero yo
creo que todo esto va a pasar. Todo se arreglará
a su debido tiempo. Heriberto reaccionará en
algún momento y se desacelerará. Empezará
a pensar como cualquiera de nosotros y los silbidos
que produce mi pecho desaparecerán también.
Cuando llegamos a la oficina, este viernes que pasó,
todo lucía normal. Los consabidos saludos del
viernes, “buenos días, hoy es viernes,
¿te has dado cuenta?” Y los compañeros
respondían, “sí, ¿no me ves
la cara de contento?, sí sé que hoy es
viernes.” Y este es un intercambio ridículo
de las mismas preguntas y respuestas, como un lamento
disfrazado, que se repite religiosamente todas las semanas.
Ese día
todos notamos que Heriberto había llegado muy
temprano. Primero que todos, tal vez. Allí estaba
él frente a su computadora, contemplando un fólder
abierto sobre su escritorio; en silencio, como siempre,
sin prestar atención a ninguno de los que canjeaban
saludos a su alrededor. El viernes es día de
vestimenta casual en nuestra compañía
y la mayoría de empleados vestía una camiseta
polo y un bluejean. Heriberto, sin embargo, tenía
puesta una casaca larga de lona verde que lo hacía
sudar.
Pasaron dos horas desde que llegamos hasta que nuestra
jefa arribó, oronda y triunfante, para cruzar
luciendo su tremendo trasero ante toda la gente que
la saludaba con fingido entusiasmo y aparente amor.
Nadie había
pensado en un desenlace como el que nos tocó
vivir ese viernes. Bueno, excepto yo. Yo vengo del mismo
país que Heriberto. Todos nosotros, en mi país,
es decir, tenemos una imaginación desbordada.
Yo había imaginado, un día mientras defecaba
y me di con la sorpresa que no tenía nada que
leer, que algo así de grande y dramático
me podía suceder a mí. Lo normal es pensar
que ese tipo de eventos se leen en los periódicos.
Suceden en un pueblo pequeño de Colorado o Missouri,
pero no en Los Ángeles, en nuestra oficina.
Heriberto
lo había planeado todo, al milímetro.
Conocía los horarios de llegada de cada uno y
de cada una. Heriberto caminaba, siempre, muy rápido.
Ninguno de nosotros se explicó nunca por qué
se desplazaba de manera tan veloz. Cuantas veces le
pregunté por una razón, él me respondía,
con cara de ingenua sorpresa, que era su oportunidad
de hacer ejercicio mientras se encontraba en la oficina.
Heriberto se hizo conocido como el veloz caminante de
los corredores. Había llegado el momento en que
nadie se sorprendía de sus raudas apariciones
en los pasillos. Ya no le prestábamos atención
cuando él aparecía sudoroso al doblar
una esquina. Así pues, aquel viernes por la mañana
Heriberto pudo visitar doce oficinas, en un muy corto
período de tiempo, para cumplir con su objetivo
tan meticulosamente planeado. Nadie pensó en
algo fuera de lo común, cuando lo vieron pasar
presuroso al ir de un lado al otro. Ni un alma, en nuestra
oficina, imaginó la verdadera magnitud de aquel
evento.
Yo me resistí a creer lo que veía y oía.
Heriberto me encañonó con un revolver,
de apariencia extraña para mí, y con movimientos
de muñeca y utilizando el arma como complemento
de sus palabras me ordenó que ingresara en la
oficina de nuestra jefa. Mi cubículo se encuentra
a un metro de la puerta a la que él apuntaba.
El cuerpo se me enfrió. Todo lo que yo había
imaginado, antes de experimentar gran sentimiento de
culpa por mis malos pensamientos, se convertía
en realidad. Sólo que en mis sueños yo
nunca fui un elemento participante, como en realidad
fui el viernes de marras.
“¡De rodillas!” me dijo con enérgica
actitud, pero en un tono de voz que muy pocos notaron.
“¡Avanza e ingresa en esa oficina, huevón!”,
continuó diciéndome. Ingresé a
la oficina de nuestra jefa, él me siguió
y cerró la puerta con llave. La señora
intentó ponerse de pie mientras elevando el tono
de su voz dijo algo como “yo no permito estas
irrupciones...”, pero en ese mismo instante vio
el revolver en la mano de Heriberto y languideció,
se fue apagando y se dejó caer de regreso en
el asiento en el que había estado sentada. Heriberto
me pidió que me sentara frente a ella, “no
tengo nada contra ti”, me dijo con naturalidad.
“Deseo que presencies esta última ejecución.
Tú has sido mi amigo por muchos años.
Te has portado bien conmigo. Has escuchado mis penas.
No te voy a matar. Tú vas a ser mi testigo. Tú
darás fe de mis reales intenciones y creo que
además vas a aprender. Espero que después
de presenciar esta muerte pública, se haga la
luz en tu mente y la violencia llene tu corazón.”
Heriberto
habló muy rápido, pero con brillante claridad.
Puedo entender por el tono de su discurso que él
había preparado largo tiempo su mensaje. Meses
diría yo. Él era escritor. Calculo que
habría corregido aquel texto una mil veces, hasta
conseguir que cada palabra significara realmente lo
que él pretendía comunicar. De la misma
manera creo que puedo asumir que él había
depurado el número de palabras hasta que la combinación
del mínimo de ellas produjera una sinergia tal
que pudiera expresar el máximo contenido ideológico.
El hombre, con una tranquilidad sorprendente, le hizo
saber a la mujer frente a él que antes que ella
habían sido ejecutadas once personas. “Con
un tiro limpio, en la frente, y sin ninguna explicación
previa”, le dijo con una voz que a mí me
pareció tierna. “Usted ha tenido suerte”,
le dijo. La quedó mirando como si no la reconociera
y continuó su perorata. Rememoró todas
la injusticias de que él creía haber sido
víctima. Inquirió con seriedad al abordar
el tema de los despidos y la tortura a la que eran sometidos
los empleados con esa amenaza continua. Le pidió
que confesara en alta voz si ella, en verdad, no sentía
vergüenza de ocupar el cargo que tenía sin
conocer en detalle las actividades que sus subalternos
practicaban día a día. Le pidió,
casi le imploró, diría yo, que le confiara
la razón o motivo por el cual ella se empeñaba
en privarlo de su real categoría.
La señora balbuceó frases. Lloró,
pidió clemencia y le recordó que ella
tenía un esposo y tres hijitos. Mi amigo, el
enfermo, volteó los ojos hacia mí y musitó,
“no entienden estos huevones. Creen que pueden
cometer injusticias y abusos y al final recordar que
tienen marido e hijitos para obtener perdón.”
A continuación Heriberto dijo cosas que había
madurado largamente. Repitió, para mí,
ideas y conceptos a los que él recurría
con persistencia militar. Le hizo saber a la pobre mujer
que ella iba a morir como los demás, llena de
miedo y desesperación, “porque su vida
era tan vacía como una calabaza del día
de las brujas.” Trató de hacerle entender
que por el contrario, él, Heriberto, había
llegado al punto culminante de su existencia. Se había
llenado del valor suficiente que le permitiría
independizarse, liberarse de la dominación del
trabajo, de ella y de todos los jefes, para que así,
al final, siendo conciente de su libertad, habiendo
probado con el ejercicio de la violencia, esa mañana,
su entera autonomía, le fuera posible su partida
de este mundo en el momento que él elegía.
Sin temor alguno que turbara su mente. “Yo sé
lo que estoy haciendo. Tú no, vieja cabeza de
torta”, le dijo en un tono que me causo gracia,
a pesar de la seriedad del momento. Luego la miró,
colocó el cañón del revolver sobre
la frente de su jefa y dijo muy despacio, “cuando
se toman decisiones como la que yo he tomado, no hay
perdón posible. ¡Levanta la cara, mierda!”,
agregó con voz enérgica y cuando ella
irguió la cabeza el joven disparó. Heriberto
miró su revolver y cantó en voz baja la
letra de Wish you were here: “So, so you think
you can tell… Heaven from hell… Blue skies
from pain… Can you tell a green field… From
a cold steel rail…¿A smile from a veil?…¿Do
you think you can tell?”
Detrás de su queda voz, montada en el lamento
de aquella melodía, yo escuché un ruido
insignificante, un “pac”, menos sonoro que
un palmazo y la pared de atrás se llenó
de sangre. Era una mancha en forma de estrella, algo
como un cuadro surrealista o más bien una pintura
abstracta a la que bien hubiéramos podido titular
“deceso”. Heriberto dijo, “detesto
estas manchas. ¡Ponte de pie y sal de esta habitación!”,
dirigiéndose a mí.
Ni bien abrí la puerta, aparecieron ante mi vista
varios curiosos; Al mismo tiempo Heriberto, después
de colocar el cañón del revolver contra
su pecho, a la altura del corazón, había
disparado por última vez
Media hora más tarde llegaron los policías.
Obligaron a salir de la oficina a todos los empleados
y se dedicaron a inspeccionar cuarto por cuarto, a fin
de constatar cuantos muertos podían encontrar
y para verificar si aún se encontraba algún
pistolero en la oficina. Los muertos fueron trece. Doce
jefes y un empleado, Heriberto el enfermo.
©
Manuel Aguirre, 2005
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