Las provincias contraatacan. Regionalismo y anticentralismo en la literatura peruana del siglo XX.

En busca del orden perdido. La idea de la Historia en Felipe Guaman Poma de Ayala (Christian Bernal Méndez)

La república de papel. Política e imaginación social en la prensa peruana del siglo XIX (Lis Arévalo)

El viaje que nunca termina (La verdadera historia de Sarah Ellen) (Catherine Lozano Muñoz)

Como los verdaderos héroes (Lenin Heredia Mimbela)

El rey siempre está por encima del pueblo (Juan Francisco Ugarte)

Buda Blues (Lenin Pantoja Torres)

Ayuda por teléfono y otros cuentos (Francisco Ángeles)

Nocturama (José Carlos Picón)

Cadáveres (Andrés Piñeiro)

Contra el sueño de los justos: la literatura peruana ante la violencia política (César Augusto López Núñez)

 

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Los cadáveres de Susti

por Andrés Piñeiro

 

Alejandro Susti
Cadáveres
Lima: Editora Mesa Redonda, (Lima, 2009), 76 p.

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En un pasaje del Zohar, libro fundamental de la corriente cabalística judía, para dar cuenta del entendimiento que tenemos de la Biblia se menciona a una pareja de amantes que se buscan desesperadamente por los pasillos de un palacio. La amada se esconde en uno de las numerosas habitaciones de dicho palacio con la esperanza de que el amante logre encontrarla. El amante va abriendo habitación tras habitación, encontrando en cada una de ellas mundos inaccesibles, hasta que abre la habitación correcta y puede contemplar por un instante el rostro deslumbrante de la amada.

En Cadáveres, tercera entrega poética  de Alejandro Susti, tenemos la misma sensación del amado en busca de la amada según el Zohar. El poeta nos va abriendo habitación tras habitación, cadáver tras cadáver de la memoria para mostrarnos sus hallazgos resplandecientes por un instante. En una primera habitación se encuentra la infancia y un verano que acaba de iniciarse con sus arenas limpias y sus gaviotas hundiéndose en un mar cristalino. En una segunda habitación, se arremolinan los recuerdos de acontecimientos no vividos: la hermana, el amor o el juguete que no tuvimos. En una tercera habitación, pueden apreciarse las fascinaciones adolescentes, el despertar del sexo, el fanatismo por el deporte o sus objetos que los evocan. En una cuarta habitación, se aprecia una interminable procesión que lleva sobre sus hombros la imagen de un Cristo crucificado. En una quinta habitación, se puede escuchar un río de sangre que viene clamando desde lo alto palabras en un idioma incomprensible.

Obsérvese también que cada habitación posee un lenguaje o cadáver distinto. En la primera habitación el cadáver es mucho más remoto e inaccesible. Se va anunciando con prudencia, hasta con cierto hermetismo. En la segunda habitación, a pesar de tratarse de recuerdos de acontecimientos no vividos, el cadáver va tomando cuerpo y vivencia, lo sentimos más cerca de nosotros, porque comparte los mismos pesares. Aquí el lenguaje se torna menos hermético y más abierto. En la tercera habitación el cadáver reclama un lugar entre los vivos, nos habla en un lenguaje coloquial, experimental por momentos –como en el poema “Inviernos”, en donde se consigna una tabla de equipos de fútbol de los setenta-, y comparte con nosotros la pequeña muerte de un encuentro amatorio. En la cuarta habitación, desde la aproximación al primer amor, pasando por las caricias de la madre en cada verano, se ha llegado el erotismo de lo sagrado presente en la crucifixión, como en el poema “Descalzos”. En la quinta habitación, un cadáver habla con otro cadáver con la estricta claridad de sus huesos. Incluso se ha tomado un fragmento del testimonio de Cipriana Huamaní Janampa dado a la Comisión de la Verdad y Reconciliación en Huanta. A raíz de este acontecimiento, el poeta, en “Nómina de huesos”, nos dice:

Me pongo a buscar palabras para nombrar los huesos
            las voces enterradas
escarbo en la tierra y encuentro tu hueso y el mío
soldados por el mismo olvido
pero miento como mienten los vivos
porque tú y yo sabemos que nos quedamos
tan solos como los nombres:
espinosas ramas de palabras
que no alcanzan a cubrir los agujeros las fosas los restos
            de nuestros padres
y en la página virtual de la memoria sentimos
que todo el sol no basta
porque los muertos
regresan
como el mar sediento
que todo lo reclama.

Al término de la lectura de Cadáveres de Alejandro Susti tenemos una sensación de pérdida y nostalgia frente a la muerte; pero también nos provoca una actitud reflexiva acerca de nuestro pasado individual y colectivo. Incluso esta división en el poemario se vuelve tenue –y este es uno de los méritos del autor-, en donde irrumpe con toda su violencia el testimonio de Cipriana Huamaní, para ser colocado acaso entre la más grave de nuestras pérdidas. Aquí el poeta no solo nos ha referido su experiencia frente a una pérdida, como en los poemas anteriores, sino que acá se muestra dicha pérdida en toda su crueldad, como si no existieran palabras para dar cuenta de tan terrible acontecimiento. Como si solo nos quedara, para redimir nuestro pasado, abrazar a nuestros cadáveres y echarnos a andar, como diría Vallejo.

 

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