Las provincias contraatacan. Regionalismo y anticentralismo en la literatura peruana del siglo XX.

En busca del orden perdido. La idea de la Historia en Felipe Guaman Poma de Ayala (Christian Bernal Méndez)

La república de papel. Política e imaginación social en la prensa peruana del siglo XIX (Lis Arévalo)

El viaje que nunca termina (La verdadera historia de Sarah Ellen) (Catherine Lozano Muñoz)

Como los verdaderos héroes (Lenin Heredia Mimbela)

El rey siempre está por encima del pueblo (Juan Francisco Ugarte)

Buda Blues (Lenin Pantoja Torres)

Ayuda por teléfono y otros cuentos (Francisco Ángeles)

Nocturama (José Carlos Picón)

Cadáveres (Andrés Piñeiro)

Contra el sueño de los justos: la literatura peruana ante la violencia política (César Augusto López Núñez)

 

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Melodía ideológica

por Lenin Pantoja Torres

 

Mario Mendoza
Buda Blues
Bogotá: Planeta, 2009. 276 pp.

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La última novela del escritor colombiano Mario Mendoza (Bogotá, 1964) sintetiza tentativamente la confluencia de una filosofía oriental con un género musical a partir de una propuesta social. De esta manera, la novela toma el nombre de Buda Blues (Planeta, 2009). Sin embargo, la alusión al tema musical es pobre con respecto a la inclusión del budismo. El nombre no termina de sintetizar el contenido total de la obra. Por otro lado, la comprensión conceptual de dicha novela tiene que enmarcarse dentro de la tradición de la novela neopolicial, en su variante latinoamericana. Como Jorge Franco y Fernando Vallejo, Mario Mendoza ya había incursionado en este género novelesco con un considerable éxito editorial y crítico. Su novela Satanás (2004) es ejemplo de ello, sin olvidar la presencia de sus otros títulos. Finalmente, Buda Blues mantiene intacto los principios de la novela neopolicial latinoamericana, aunque con algunos matices propios.

La crítica ha tomado como novelas representativas del género neopolicial latinoamericano, entre otros textos, a La virgen de los sicarios (1993) de Vallejo y Rosario Tijeras (1999) de Franco. Estas obras trabajan bajo tres principios o componentes argumentales: policías, víctimas y los grandes ases del narcotráfico en el contexto de los problemas sociales que aquejan no solo a Colombia sino a toda Latinoamérica. Este cambio es relevante pues se ha superado la excesiva atención puesta en el detective (novela policial de inicios del siglo XX) o en el asesino (novela negra de mediados del siglo XX). Ahora los problemas sociales, desde la pobreza hasta el narcotráfico, le dan un tono propio o particular a las novelas latinoamericanas. Las dos obras mencionadas están narradas desde una voz en primera persona, confiriendo una visión unilateral a la historia, es decir, estamos ante narraciones monológicas(1) en términos bajtinianos. Más que una desventaja, este tipo de narrador se configura como una necesidad para poder mostrar, con mayor verosimilitud, lo que le sucede al(los) protagonista(s). Por otro lado, en Buda Blues los principios estructurales adquieren sentidos simbólicos.

Más que renovar el género, la novela de Mendoza complejiza la naturaleza de dichos componentes. La policía, o fuerzas del orden, están maximizadas y simbolizadas a través de la figura de La Cosa; las víctimas son los dos personajes principales, Vicente y Sebastián, inmersos en una atmósfera inquietante; y los ases corresponden a todas aquellas fuerzas que combaten a La Cosa. Ahora bien, la variante radica en que la historia no se centra en los ases ni en las víctimas, sino en La Cosa, pero no como la que impone el orden o soluciona el problema, sino como la causante de dichas desgracias. Buda Blues está dividido en tres capítulos, cada uno con dos cartas. En ellas se cuentan las peripecias personales de los dos amigos que siempre están en distintos lugares. Ellos mantienen comunicación a raíz de la inesperada muerte del tío de Vicente, Rafael Estévez. De este misterioso personaje conocemos, desde la versión de Vicente, que fue una suerte de relegado de la sociedad, el intelectual incomprendido, el lector voraz que necesita libros y un mínimo de comida para sobrevivir, el que desprecia a todos los sujetos que buscan una vida convencional adhiriéndose a los preceptos de lo que él llamó, en vida, La Cosa. Este nombre simboliza la abstracción de todo elemento vinculado al sistema hegemónico de la sociedad posmoderna. Todo lo que ha provocado la existencia de diversas manifestaciones de lacra social como la pobreza y la delincuencia. Rafael no es el personaje principal, es el que ha detectado la presencia de La Cosa y no solo ha optado por alejarse de ella, sino también por luchar y destruirla.

Mario Mendoza, de esta manera, aborda una empresa excesivamente ambiciosa cayendo, irremediablemente, en una abierta postura de demanda social que toca los límites del panfleto político. Ya Bajtín refirió que la novela tiene la capacidad de “refractar”(2) todo lo existente fácticamente. Esto es, la novela no “refleja” la realidad, sino la procesa y a partir de ella crea un ambiente que no se ubica en la historia social, sino en la transhistoria cronotópica (un mundo representado ficcional). No es un pecado que la novela de Mendoza maneje temas políticos y sociales, el problema es el tratamiento de los mismos. En Buda Blues se ha dejado de lado toda técnica narrativa que implique la sugerencia semántica para optar por una referencia “directa” de los contenidos narrados. En este sentido, podemos encontrar fragmentos como: “El futuro significa grandes condensaciones de riqueza en una franja mínima de la población, y multiplicación de la pobreza para la gran mayoría. Por ley de probabilidad, los hijos de los hijos de nuestros hijos serán indigentes. Esa es la única probabilidad” (p. 186). Es la opinión de Sebastián; sin embargo, este aire enrarecido de salvar al planeta envuelve a toda la obra desde sus páginas iniciales hasta el final.

El primer capítulo de la novela es el más interesante y, sin duda, nos prepara para una aparente historia descomunal que nunca se teje. Es en este apartado donde conocemos a Rafael y toda la labor que hizo dentro de los bajos fondos de Bogotá un par de décadas atrás con referencia a nuestra época actual. Hay momentos muy álgidos en la historia como cuando Vicente recibe la noticia de la muerte de su tío y pregunta cómo es que saben que llevaba días abandonado en estado de descomposición, le dicen: “Por el tamaño de los gusanos” (p. 18). También nos enteramos de la naturaleza de La Cosa y cómo es que ha provocado la existencia de fuerzas que responden ante ella. Existe toda una organización encargada de enfrentar a La Cosa. Curiosamente el nombre de dicho ente es La Organización, la cual se encarga de ejecutar el Proyecto Apocalipsis en Colombia. El fin de este proyecto es bombardear o contrarrestar cualquier manifestación de La Cosa. Pero la dimensión del problema no queda en Colombia. Rafael, el teórico de La Cosa, conoció a un congolés llamado Dongo Mnubungo que se hace llamar Pablo, quien lleva el Proyecto Apocalipsis hasta el Congo donde le adjudica un nombre distinto, lo llama La Célula. En el continente africano el discurso contra La Cosa es la liberación del negro de manos del hombre blanco. Incluso se mencionan ídolos de la organización como Mohamed Alí y Nelson Mandela, entre otros. Esta organización se convertirá en un órgano paramilitar asociado con otros entes ya conocidos dentro del discurso de la historia social, también se menciona el financiamiento del narcotráfico para enfrentar a La Cosa.

Este primer capítulo nos presenta una atmósfera atractiva, sin embargo, cada capítulo posterior mostrará el rápido agotamiento del tema para incidir en otros aspectos a nivel de personajes y situaciones. Por otra parte, la carta de Vicente en el segundo capítulo ahonda en la aparición de Bárbara, una mujer que llevó una relación con su tío Rafael cumpliendo el papel de “María Magdalena”. Esta carta es la más literaria a nivel de historia narrada porque ahonda en la relación tormentosa que se produce entre Vicente y Bárbara dejando el enfrentamiento a La Cosa como telón de fondo. En esta misiva podemos ver que el tratamiento de un problema social puede llevarse a cabo indirectamente, el concepto más preciso sería el ya citado “refracción” de dichos problemas en la narración. Justamente, la demanda social excesivamente directa de los narradores en la novela implica actualizar las opiniones del realismo que profesaba el segundo Lukács en los años veinte del siglo pasado. Recordemos su debate con Bertolt Brecht donde el primero argumentaba que la manifestación de la obra debía “reflejar” críticamente la realidad. Por otra parte, el autor alemán asumía una defensa de la libertad creativa del artista, es decir, el aspecto crítico de la obra estaba en la capacidad transgresora del autor. Así, Buda Blues actualiza un debate anacrónico y hasta cierto punto superado, ya que aún ha producido momentos tensos en nuestra tradición literaria y en otras.

La introducción de los contenidos de la filosofía budista en el segundo y tercer capítulo no aligera el tono melodramático que implica enfrentar a los desastres de la sociedad. Por el contrario, el budismo es una forma de enfrentar el problema, una alternativa más. En este momento la novela ya no transita sobre las huellas de un realismo ingenuo, sino se acerca tendenciosamente a los libros de autoayuda. Una frase que puede resumir el espíritu del libro es: “Fundaremos una religión donde abandonaremos el yo para unirnos a los otros en un largo abrazo musical, como en el blues, en el rock, en el rap o en la salsa, y cantar a coro la alegría de un nosotros poderoso y resistente. Buda Blues” (p. 274). Esto es lo que propone el libro de Mario Mendoza, abandonar la preocupación personal para universalizarla en una preocupación general por la sociedad. Se tiene que liquidar la preocupación individual, dejarla vacía. De esta manera, los seguidores y los opositores de La Cosa buscan una verdad inexistente ya que solo pretenden destruirse a sí mismos. Por otro lado, también se trabaja el concepto de “resiliencia”, que implica la capacidad de restituirse anímica y físicamente luego de pasar por una presión mental que provoca estrés, trauma o sufrimiento interior. También se la entiende como la capacidad de imponer la jovialidad por encima de cualquier adversidad. Y es Vicente, a través de su trabajo social, quien busca esta capacidad en las personas que han caído en desgracia. Un concepto que pretende homologar las funciones de la filosofía budista.

En líneas generales podemos decir que ambos personajes (Vicente y Sebastián) cumplen tareas abocadas hacia el mejoramiento anímico del sujeto y la sociedad. El género epistolar asumido por el autor implica una dosis especial de intimidad narrativa. Todo lo narrado es para un receptor particular, la novela se arma como un diálogo personal. Ambos narradores están en un mismo nivel de enunciación, pues ninguno subordina al otro en cuanto a lo contado. Al configurarse una horizontalidad discursiva no podemos catalogar a esta novela como dialógica en términos bajtinianos. Es cierto que ambos narradores no se subordinan, pues hablan de eventos distintos, no son dos puntos de vista sobre una misma acción. Pero ambos narradores-personajes monologizan sus enunciaciones ya que canalizan las opiniones de los demás a través de las suyas. Conocemos a los otros personajes y sus acciones por lo que nos dicen los dos narradores, no por lo que ellos mismos digan o sientan. Ahora bien, desde el inicio advertimos que ambos personajes son la antítesis del otro a nivel emocional. Vicente es más mesurado y tranquilo, Sebastián es pasional e impulsivo. Ambos tienen en común el gusto por la cultura libresca alimentada por el tío Rafael; no obstante, notamos en el transcurso de la historia que ambos personajes asumen roles que antes no poseían. Vicente ingresa a La Organización y acata un papel activo frente a La Cosa para finalmente enredarse con Bárbara, una mujer que le hará vivir como nunca antes lo hizo. Sebastián adquirirá la tranquilidad de un monje budista al enrolarse en esta filosofía oriental, de esta manera, dejará de lado el trauma de cargar con la imagen de una joven que dejó morir en su juventud. Ambos personajes son dinámicos, pero no apreciamos un cambio de roles entre ellos al modo, por ejemplo, de ese proceso simbiótico tan conocido como “sanchificación del Quijote y la quijotización de Sancho”.

Respecto a los escenarios, es relevante el uso ambicioso de muchos espacios físicos. Sin embargo la novela no crea atmósferas complejas pues el objetivo es que explicitar la presencia de La Cosa en cada resquicio del planeta. De manera que Mendoza asume una técnica necesaria para la universalización del problema social que pretende mostrar. La Cosa no solo está presente en Colombia, sino también en el Congo, en la India, en Brasil y en todo el mundo. La variada topografía es una consecuencia del tema y el tratamiento del mismo, es una necesidad discursiva. El tiempo de la novela está configurado desde las disposiciones de una carta, es decir, se cuenta lo ya ocurrido. En todo caso, las analepsis y las prolepsis tienen un papel menor dentro de la historia, sus apariciones no son relevantes. Buda Blues es una novela que se construye bajo el modelo lineal, las cartas son correlativas temporalmente ya que una responde a la otra hasta el desenlace.

Finalmente, podemos decir que la última novela de Mario Mendoza asume una empresa ambiciosa temáticamente. El tratamiento del tema cae en una suerte de apología ambiental y social. Se privilegia el compromiso social del autor en desmedro de la configuración discursiva del mundo representado. No pretendemos polemizar si la obra debe comprometerse con los problemas de su tiempo o no, pretendemos afirmar que la “buena literatura” siempre nos ha contado “buenas historias”. El libro de Mendoza no logra este objetivo por tener en cuenta otro fin: explicitar sus ideas políticas en el contexto posmoderno. Sabemos que la interpretación de una obra debe partir de los contenidos de la misma, sin embargo, escuchar las opiniones de Mario Mendoza es como leer algunas ideas de su libro. Buda Blues nos permite apreciar las diferentes aristas que ahora asumen los narradores que otrora trataron el tema del narcotráfico y los asesinos a sueldo. Recordemos a Jorge Franco, que en 2006 nos sorprendió con Melodrama, una novela totalmente distinta a lo antes escrito por él. Desde otra perspectiva, Mario Mendoza asume la responsabilidad de refrescar y sofisticar un género que gozó de gran fama. En este sentido, Buda Blues nos recuerda que la fidelidad a un contenido no implica, necesariamente, la exageración de la forma narrada.

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1 Cf. Mijail Bajtín. Problemas de la poética de Dostoievski. México D.F., FCE, 2003. También se precisa el concepto de novela dialógica.

2 Cf. M. Bajtín. El marxismo y la filosofía del lenguaje (1era edición). Madrid, Alianza Editorial, 1992. La idea de la refracción y el reflejo también ha sido trabajada en sus otros textos.

 

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