Las provincias contraatacan. Regionalismo y anticentralismo en la literatura peruana del siglo XX.

En busca del orden perdido. La idea de la Historia en Felipe Guaman Poma de Ayala (Christian Bernal Méndez)

La república de papel. Política e imaginación social en la prensa peruana del siglo XIX (Lis Arévalo)

El viaje que nunca termina (La verdadera historia de Sarah Ellen) (Catherine Lozano Muñoz)

Como los verdaderos héroes (Lenin Heredia Mimbela)

El rey siempre está por encima del pueblo (Juan Francisco Ugarte)

Buda Blues (Lenin Pantoja Torres)

Ayuda por teléfono y otros cuentos (Francisco Ángeles)

Nocturama (José Carlos Picón)

Cadáveres (Andrés Piñeiro)

Contra el sueño de los justos: la literatura peruana ante la violencia política (César Augusto López Núñez)

 

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El desierto, estanque del abismo

por Catherine Lozano Muñoz

 

Carlos Calderón Fajardo
El viaje que nunca termina (La verdadera historia de Sarah Ellen)
Lima, Ediciones Altazor, 2009.

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La vampiresa londinense que residió en nuestro país a principios del S. XX y cuyo margen de popularidad creció a principios de los ’90, ha sido llevada a la literatura por Carlos Calderón Fajardo en su novelaEl viaje que nunca termina (La verdadera historia de Sarah Ellen) [VNT, en adelante], la cual vio la luz por primera vez en 1993, con la Ediciones Pedernal de Ricardo Sumalavia. Este año, el autor decidió complacernos con una edición considerada por él la definitiva, corregida y aumentada (verbigracia el coda final “La vampiro que hace milagros”, donde nos ofrece una poética de lo gótico y lo fantástico).

La novela se inicia con la aparición de Sarah Ellen, quien se presenta bajo la forma de niña al narrador con el fin de permitirle contar su historia. John P. Roberts y su esposa Sarah se ven obligados a dejar Inglaterra pues ella ha creado un disfraz que poco a poco la va absorbiendo y convenciendo a la sociedad londinense: Es una vampiro. Al principio John P. dedicaba su tiempo a complacer a Sarah, sin embargo termina siendo arrastrado por la fantasía de su esposa. En medio de la persecución, los Roberts deciden emprender un largo viaje hacia América del Sur, subiendo a bordo del Estrella del mar presidido por Diego Álvarez, capitán español supersticioso y romántico. Así, los Roberts encuentran el fin de su travesía en el único lugar que son admitidos: Pisco.

El autor retrata la realidad londinense de principios del S. XX. La modernidad y el imperativo tecnológico se desbordan en toda Europa y con ello se da muerte a la capacidad imaginativa del hombre, devorado “por los apabullantes animales-máquinas, por los aparatos” (42).  Por ello, en un desesperado intento por mantener esta mágica aptitud, la superstición aumenta y las historias sobre Sarah Ellen y su nuevo estado de vampiro también, por ello Diego Álvarez, Sarah y John P. conforman la resistencia ante los bruscos cambios que les ha tocado vivir, actuando cada uno a su modo: el primero se rehúsa a navegar en barcos a vapor, la segunda adopta el mito del vampiro y el tercero vive para ella con un amor que va “ (…) más allá de la muerte: el saber que uno morirá pero que su amada vivirá el día a día de la eternidad” (45).

Se presentan varios elementos góticos, uno de ellos es el encierro. En un inicio la navegación se ve como la exploración de lo desconocido, la apertura del mundo para recibir en su inmensidad, casi infinitud, a los tripulantes del Estrella del mar. Luego, gradualmente el espacio se ve reducido, sobre todo en la deriva por el litoral sudamericano, al mar y el barco, un mar que causa terror por ser el mismo en todas partes, dando sensación de estancamiento, un barco cuyo capitán ha sido destituido implícitamente por el grupo de vándalos habaneros que  desaparece de forma extraña, dejando solos a los Roberts y a Diego Álvarez, cayendo en la inminente claustrofobia: el mundo es una cárcel.

Este aspecto nos lleva a otro, el mundo es además un desierto, y como tal un lugar en donde nada germina, un lugar estéril, un lugar de muerte. “El mar semejaba una especie de desierto” (73), donde la soledad, la melancolía, la monotonía, la nada son sensaciones provocadas por una naturaleza desgarradora y devoradora de sus hijos. Ellos vienen de la muerte y se dirigen hacia ella, pues paradójicamente los Roberts desembarcan en el desierto y Diego Álvarez continúa en su travesía hacia el vacío. La muerte es una presencia en el Estrella del mar: el cólera contraído por John P., la ausencia-presencia de Sarah, los marineros que desaparecen paulatinamente. Así, el barco está doblemente maldito, puesto que se ve obligado a surcar errante el mar debido a “la peste” y a la vampiresa que lo habitan. La muerte es, entonces, una latencia que seduce a los que no la viven ni la aceptan en la cotidianidad de su propia existencia.

Otro elemento gótico presente es el carácter exótico que se le otorga al continente Latinoamericano. Un tópico de las novelas góticas es la recurrencia a locaciones como España o Italia para el desarrollo de la acción, aunque el “exotismo” de estas naciones es en realidad una referencia a su estado bárbaro y subdesarrollado. Lo mismo encontramos en VNT, donde La Habana es representada como corrupta y supersticiosa debido al profundo arraigo mítico y religioso de sus habitantes, como un lugar que emana “(…) olor a coito” (56) y donde todos sus componentes corroen y contaminan. En Sudamérica prepondera otro tipo de negatividad, por ejemplo el hecho que sociedades “casi europeas” como Argentina y Uruguay cierren sus puertas al Estrella del mar debido al Cólera que sufre John P. por el temor a que ocurra una pandemia a pesar de la ya existente cura para combatir la enfermedad. Ello pone en evidencia que los habitantes de dicho continente se rigen por la pasión –miedo– y no por la razón, lo cual los subordina.

Por otro lado, tenemos a Sarah Ellen quien construye su propia ficción. En VNT se señala la influencia que tuvo la lectura de novelas góticas en ella y su consecuente afición a identificarse con “la heroína del drama” de cada pieza de teatro que contaba con su asistencia, la última de ellas, El huésped de Drácula de Bram Stocker, definió su última representación y desde entonces “(…) construyó sobre su cuerpo la imagen de un vampiro” (33), empalideciendo gradualmente hasta ser casi transparente, cambiando su vestimenta por otra extravagante y oscura, maquillándose excesivamente de color violeta. Además de eliminar los espejos de su casa y colgar ajos alrededor de ella, inventa una historia en la que dice fue mordida por un vampiro, y ya en el clímax de su fantasía, no sólo encarga que se lleve a bordo un ataúd para descansar en el día, sino que cree no poder reflejarse en el espejo por lo que recurre a sus manos para reconocer la forma de su rostro. Quien ayudó en gran parte a darle vida al disfraz de Sarah, fue John P., quien comparte los mismos gustos literarios de su esposa lo cual aviva su imaginación y lo empuja a ejecutar y aceptar sus deseos.

No sólo es en sí misma que Sarah construye el personaje del vampiro, sino también se dan una serie de hechos –algunos evidencian la falsedad, otros aumentan el misterio– que legitiman la ficción, como la aparición del fantasma de Stocker (puede ser la visión de alguien inmerso en su mentira), la desaparición de los marineros y la matanza de los pobladores de La Habana (en realidad la autoría de este hecho fue un mandatario, pero aprovecha los rumores del estado de Sarah y la inculpa). De esta manera, el engaño toma forma y pasa de una realidad aparente a fáctica, lo cual sólo pudo ser posible en un ambiente como el de Latinoamérica, un continente que aún mantiene el mito como realidad cotidiana, contrario a la deshumanización causada por  la vorágine que implica la modernidad.

El que Sarah Ellen se haya determinado como vampiro no es una casualidad en la novela. Mediante su figura, el autor toca varios aspectos de la existencia del hombre que son equiparables con el vampiro, como la infinita sed de sangre, no necesariamente de la que se obtiene mediante una mordida pues es metáfora del alma, sino al despojo de ella mediante actos que automatizan al hombre para beneficio propio; también el concepto de la preponderancia del más apto mediante la utilización de los “más débiles”, el miedo a la muerte, la cual “nace cuando la vida se satura de profunda soledad y miseria” (21) y se controla cuando la encaramos, tomando conciencia de su esencia irreducible y conviviendo con ella.

Carlos Calderón Fajardo, crea así un ambiente de misterio, de duda, en el que se combinan elementos en diferentes niveles, jugando así con lo real y lo posible; así, desmitifica la figura del vampiro y expone el lado gótico de la existencia humana que termina siendo el único. En suma, VNT nos relata  la historia de tres sobrevivientes a la modernidad debido a la permanencia de la imaginación. VNT, es la eterna navegación que el hombre –inventor de sus caretas y siempre en estado de búsqueda– realiza en y hacia la muerte, en donde el autor nos recuerda estamos condenados a permanecer.

 

 

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