Las provincias contraatacan. Regionalismo y anticentralismo en la literatura peruana del siglo XX.

En busca del orden perdido. La idea de la Historia en Felipe Guaman Poma de Ayala (Christian Bernal Méndez)

La república de papel. Política e imaginación social en la prensa peruana del siglo XIX (Lis Arévalo)

El viaje que nunca termina (La verdadera historia de Sarah Ellen) (Catherine Lozano Muñoz)

Como los verdaderos héroes (Lenin Heredia Mimbela)

El rey siempre está por encima del pueblo (Juan Francisco Ugarte)

Buda Blues (Lenin Pantoja Torres)

Ayuda por teléfono y otros cuentos (Francisco Ángeles)

Nocturama (José Carlos Picón)

Cadáveres (Andrés Piñeiro)

Contra el sueño de los justos: la literatura peruana ante la violencia política (César Augusto López Núñez)

 

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La mirada humana del héroe

por Lenin Heredia Mimbela

 

Percy Galindo.
Como los verdaderos héroes
Lima: Editora Mesa Redonda, (Lima, 2009), 76 p.

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La I Bienal de Novela «Premio Copé Internacional 2007», promovida como las ya tradicionales de Cuento y Poesía por Petróleos del Perú (Petroperú), otorgó su Copé de Oro a Como los verdaderos héroes, del escritor Percy Galindo Rojas (Huancavelica, 1968). Dividida en dos partes, la novela presenta las peripecias de un ingeniero limeño en Huancavelica, ciudad a la que llega tras una ruptura sentimental y en donde, para distraerse del sosiego aburrido de la provincia, para hallarle cierto orden al caos íntimo, dirige un programa radial de jazz, El Club de la Serpiente.

Pese a que, a grandes rasgos, es posible resumirla de esta manera, la novela de Galindo es muchas otras historias a la vez. En la Primera parte, en sus casi doscientas páginas, siempre en primera persona, destaca la investigación de ribetes detectivescos que realiza el narrador en torno al asesinato de Adelguisa Ñahui (extraña mujer huancavelicana que termina siempre por escapársele de las manos). En la Segunda, los personajes “secundarios”, que parecen resistirse a tal status, toman la palabra y como en un atestado policial cuentan su versión de los hechos, su relación con el narrador personaje, su lugar en la narración principal.

El lenguaje fluido en que se plantea la historia, mezcla de norma culta, giros populares y quechuismos, una prosa que acusa largo cuidado estilístico, permite
que la novela posea la cualidad básica de envolver al lector. Mantener además el tono íntimo, el ritmo ascendente a lo largo de sus cuatrocientas páginas, refiere un mérito mayor del novelista. Salvo contados casos, en que la narración se detiene so pretexto de una precisión histórica, o por cierta digresión respecto de la ficción, Como los verdaderos héroes alcanza picos muy altos de imaginación y poesía. Una noche, por ejemplo, atormentado por la muerte de “la loquita de Quichkahuayqo”, imbuido en el recuerdo de su único encuentro, el narrador concluye con esta imagen poderosa: “retomo la blanca humanidad de Adelguisa retorciéndose como una anguila atravesada por un arpón desesperado” (148).

En la novela sobresalen tres personajes sólidamente definidos. En primer lugar, Catty con C, “la única persona en la radio que no me trata como un advenedizo” (22), comenta el narrador. Esta muchacha huancavelicana, estudiante de enfermería, a quien confía finalmente su destino, pese a las carencias –hija de una madre alcohólica-, otorga a la novela una ternura ponderable. La luz que define a este personaje corresponde en exactitud a la grisura, a los vaivenes del narrador.

Mención aparte merece Adelguisa Ñahui. Aun cuando toda relación en la ciudad varía a partir de su asesinato, y los pobladores no hacen sino comentar sobre ella; aun cuando para la novela resulta determinante reconstruir su vida y milagros, encontrar a su asesino, Adelguisa deja entrever su figura apenas en una ocasión ante el narrador. El lector se encuentra frente a ella como frente a un acertijo. A este ser esquivo lo define la dinámica presencia-ausencia. En su desaparición, en lo dificultoso que resulta determinar su real catadura, reside quizá el poder de este personaje sinuoso, enigmático. ¿Quién mató a Adelguisa Ñahui?, ¿por qué motivo?, son interrogantes que flotan aun en las últimas líneas. En la novela no se alcanza una verdad última, precisa, una versión oficial, sino apenas múltiples asedios.

El otro gran personaje, por supuesto, el narrador de la historia, aquel extraño limeño que escamotea su nombre en toda la novela, pero cuya identidad es posible reconstruir a través de sus gustos, sueños, vicios y manías. Ahora bien, construir un personaje de hondos arrestos reflexivos funciona cuando se busca destacar algún matiz psicológico. En ciertos pasajes de la novela, sin embargo, este prurito reflexivo llega al límite. Para justificar sus noches frente a la computadora, por ejemplo, el narrador afirma: “puedo reconstruir los fragmentos de mis días con la libertad de la ficción, tratando de (…) llenar los vacíos sin enfrentar el dilema de lo exactamente real, que no tiene sentido cuando lo que dispongo es solo de mi punto de vista, siempre desordenado, parcial, incompleto” (95), frase propia de un autor en busca de una poética y no de un ingeniero displicente y apático.

Ya en el apartado “Dos” de la Primera parte, el narrador hace mención de sus “demonios” (léase, sobre todo, en su sentido vargaslloseano). Se sienta cada noche, bebiendo una botella de vino, fumando un cigarrillo, a “escribir lo primero que me venga a la mente sin orden lógico ni plan preconcebido” (51), un “breve tecleo de textos carentes de pretensión y sentido absoluto” (54), “la conversación ciega de mis noches frente a la computadora” (96). Desde ya un lector atento puede detectar, hasta predecir, que la historia que tiene ante sí es aquella que el narrador, sin decírnoslo, escribe cada noche. Sucede así finalmente. En este punto, digamos, el interés por sorprender al lector cae más bien en el recurso avisado.

La novela de Galindo destaca en otros niveles. Es también, por ejemplo, una recreación intensa de la ciudad serrana de Huancavelica. El lector constata una representación bastante viva de la ciudad –sus cerros, sus alrededores, su plaza- y sus costumbres. Huancavelica es una ciudad provinciana, algo aburrida, rutinaria, pero habitada ante todo por personajes particulares: la mujer que se resiste a la rutina aplastante (Adelguisa), el marido cornudo avocado al trabajo (Ordóñez), el profesor cargado de ideales en bien de su ciudad, finalmente defraudado (Ramírez), el abogado con aspiraciones políticas (Huarancca), la gran población que asimila un suceso en la lógica de su cosmovisión, etc. En torno a ellos, debido a ellos, se crea el clima perfecto para que un suceso menor –un asesinato pasional- cree absoluto revuelo en la ciudad.

Para representar Huancavelica el autor apela a diversos recursos: el dato histórico, el habla quechuizada de sus habitantes (situación que resuelve a través de la sintaxis). Casi al inicio, rememorando una anécdota, el narrador comenta: “añade algo que no entiendo porque lo dice con palabras de sonidos dulces pero ajenos, en quechua” (16). Esta frase define la visión general del narrador-personaje respecto de lo andino. Por un lado, reconoce la imposibilidad de acceder, por sus propias carencias, por su formación básicamente urbana, al conocimiento de lo andino (“no entiendo”, “sonido ajeno”), pero le otorga ese cariz atractivo (“palabras de sonidos dulces”). De esta manera, lo quechua, lo andino, no es un marco exótico, no representa lo subalterno.

Puesto que no existe la pretensión de “entender” el mundo andino, de reescribir o traducir sus misterios, su magia, a través de la Razón, no cabe una perspectiva condescendiente del narrador hacia los huancavelicanos y su cultura. No existe interés por ser o parecer superior. Existe más bien una mirada humana del héroe, de identificación: trátase ante todo de un ser solitario frente a otros seres solitarios. Pese al fuerte impacto de “ondas radiales capitalinas” en Huancavelica, no existe un interés por hacer de Lima una ciudad superior, menos de establecer la oposición civilización-barbarie. Antes bien, para el narrador Lima representa el espacio de dolor, una ciudad “grande, desordenada, caótica, bulliciosa, gris, triste, sucia, fea” (60) que ciertamente lo tiene a la deriva.

Por el espacio imaginario en que se ubica, por el tiempo “histórico” en se desarrolla, la novela discute además, de manera inevitable, el tema del terrorismo. Se hace frente a las distintas versiones y puntos de vista. Por un lado, existen personajes como el profesor Alberto Ramírez, atenazados por el mal recuerdo del terror. Por el otro, algunos más jóvenes como Carlitos Limachi, que vivieron la época como una juerga interminable, la gran adolescencia donde el trago y la música eran la ruta ideal para escapar. El narrador no pretende pontificar, no abunda en reflexiones sobre el tema, se interesa más por ofrecernos las versiones y dejarnos en libertad para sopesar, discernir y elegir.

 

 

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