Las provincias contraatacan. Regionalismo y anticentralismo en la literatura peruana del siglo XX.

En busca del orden perdido. La idea de la Historia en Felipe Guaman Poma de Ayala (Christian Bernal Méndez)

La república de papel. Política e imaginación social en la prensa peruana del siglo XIX (Lis Arévalo)

El viaje que nunca termina (La verdadera historia de Sarah Ellen) (Catherine Lozano Muñoz)

Como los verdaderos héroes (Lenin Heredia Mimbela)

El rey siempre está por encima del pueblo (Juan Francisco Ugarte)

Buda Blues (Lenin Pantoja Torres)

Ayuda por teléfono y otros cuentos (Francisco Ángeles)

Nocturama (José Carlos Picón)

Cadáveres (Andrés Piñeiro)

Contra el sueño de los justos: la literatura peruana ante la violencia política (César Augusto López Núñez)

 

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Continuidades de una tradición

por Francisco Ángeles

 

Juan Carlos Bondy
Ayuda por teléfono y otros cuentos
Iquitos: Tierra Nueva, 2009, 105 p.

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Los ganadores y finalistas del Premio Copé de Cuento de 1998 fueron publicados en un volumen marrón que llegó a mis manos hace exactamente una década por cortesía de uno de los finalistas. Yo era, por decirlo de alguna manera, admirador de la obra de ese finalista y él respondía a mi hinchaje regalándome dicho ejemplar. Y de esa manera, entre noviembre y diciembre de 1999, me la pasé leyendo, releyendo, subrayando y anotando en los márgenes de los veinte cuentos seleccionados por el jurado (entre otros, aparecían autores como Fernando Iwasaki, que se llevó el primer premio; Iván Thays, Armando Robles Godoy, Gregorio Martínez y José de Piérola). Otro de los finalistas era un tal Juan Carlos Bondy, comunicador social de San Marcos, nacido en 1973 y sin libro publicado previamente, que figuraba con un cuento titulado “Agustín Mendoza, héroe nacional”. Como aún conservo ese ejemplar marrón, antes de empezar a escribir esta reseña decido, solo por curiosidad, echarle una mirada. Compruebo que el cuento de Bondy está lleno de anotaciones. La más grande, escrita sobre el título, sentencia: “Este debió ganar”.

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Quizá Bondy pensó lo mismo que yo y por eso decidió volver a probar fortuna. Su suerte no fue ni mejor ni peor que la primera vez, y así quedó como  finalista del Copé un par de veces más (2004 y 2006, con “Torres” e “Isabel”, respectivamente). Después quizá tiró la toalla y pensó que era el momento de la reivindicación: juntar esos tres cuentos, añadirle otros nuevos y publicarlos como libro. Y eso es precisamente lo que ha hecho: Ayuda por teléfono y otros cuentos reúne esos tres finalistas y les suma, de manera algo mezquina, solo un par de inéditos: el que le da título al conjunto y “Cuco”, el que cierra la pequeña colección.
 
Suponiendo que los dos inéditos han sido escritos en los últimos años, no es difícil sacar cuentas y concluir que la escritura de los cinco cuentos que Bondy presenta en Ayuda por teléfono se extiende por toda una década. Un lapso de tiempo tan amplio, sobre todo para un escritor debutante, puede tener como consecuencia varios cambios de estética, estilo o temática. A pesar de ello, intentaremos definir qué tienen en común en los cinco cuentos y así perfilar el territorio que el autor ha elegido como campo de acción para su escritura.

 
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Primero: Bondy opta siempre por un lenguaje y una estructura de relato clásicos, y por el momento no parece sentir la necesidad de ir contra la tradición de ese tipo de cuento peruano, urbano y clasemediero que tiene a Ribeyro (influencia decisiva para el libro) como su máximo representante. Ese tipo de cuento donde los protagonistas suelen ser gente común, casi siempre solitaria, a veces con pretensiones intelectuales o gustos más o menos refinados, con los bolsillos estrechos pero sin llegar a la pobreza, con una vida gris pero sin mayores tragedias que lamentar. Gente tibia, aburrida, que vive al margen de la otra vida, esa que no les ha tocado y que suponen patrimonio universal y que intuyen mucho más placentera y excitante. Sus historias, por tanto, no narran grandes aventuras ni mayores peripecias, sino que se construyen como el registro de las pequeñas batallas que libran estos seres solitarios, sus intentos (a veces absurdos) de rodear con un aura épica a las mínimas aventuras que se han inventado como buscando una tibia reivindicación a su vida insulsa.

 
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De lo dicho hasta aquí se desprende la segunda característica de los cuentos de Bondy: sus personajes definitivamente no son gente en normal. Por el contrario, son obsesivos hasta la patología: tienen ideas fijas, se enfocan en un punto y de ahí no los saca nadie. Pero lo curioso es que su anormalidad es, por decirlo de alguna manera, inofensiva: exteriormente pueden pasar como “gente de bien” (o realmente serlo) y su locura, obsesión o paranoia no le hacen daño a nadie. Tipos simpáticos, que incluso ayudan a los demás, llevan la procesión por dentro y con ella la angustia de sus batallas absurdas e insignificantes, que son las que en última instancia definen su identidad: estos personajes son los que buscan o lo que reclaman. Sin ese detalle, la vida de estos pequeños Quijotes no tendría sentido. Lo curioso es que si en Ayuda por teléfono todos los personajes son enfermos, es sintomático que quienes al finalizar la historia terminan “curados” (palabra que se emplea literalmente al final de uno de los cuentos) sean precisamente quienes protagonizan los relatos nuevos. Difícil que sea casualidad. 
 
Pero, para entender mejor de qué estamos hablando, hagamos un pequeño esbozo de cada uno de los cuentos, en orden de aparición. En “Agustín, Mendoza, héroe nacional”, un cincuentón que enseña Ciencias Sociales en un colegio gasta tiempo y esfuerzo escribiendo y enviando indignadas cartas a editoriales extranjeras, quejándose cada vez que encuentra alguna mínima inexactitud en una de sus enciclopedias. En “Torres”, la situación es esencialmente la misma: un escritor se enfrasca en un duelo (cartas de por medio) con un crítico literario que no ha tratado su obra como él cree que merece. En “Isabel”, un sacerdote que sufre malestares estomacales, es invitado a una cena en casa de los Flores, donde busca obsesivamente la prueba que ponga en evidencia que la niña de la casa, la futura Santa Rosa de Lima, es en realidad pura figura y cero devoción. En “Ayuda por teléfono”, un tipo que trabaja en una institución que brinda asistencia anónima a desesperados es el objeto de la obsesión de una mujer cuyas llamadas son recurrentes. Y en “Cuco”, un niño aburrido que juega con su cachorra para matar el tiempo, sin que en apariencia tenga amigos ni hermanos ni nadie más con quien jugar, se obsesiona por descifrar el misterio de un enigmático vecino con aparentes poderes sobrenaturales. Ninguno de estos personajes parece tener una vida demasiado activa; todos echan mano de lo que tienen al alcance para encontrarle un sentido a su existencia; todos convierten su pequeña obsesión en el aspecto central de su vida.

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Tercera característica: sobre todo cuando utiliza narrador en tercera persona, Bondy se acerca a sus personajes con una especie de cómplice piedad. Es irónico con ellos, pero no de un modo despiadado, sino tierno, como entendiendo que sus pequeños dramas pueden efectivamente ser catastróficos (para ellos) y sus curiosas indignaciones más reales de lo que uno, desde afuera, es capaz de suponer. Esta característica explica en buena medida el éxito de los dos primeros cuentos, los más logrados de la colección: Bondy parece estar de acuerdo con quienes piensan que no vale la pena escribir una historia cuyo protagonista uno detesta, y actúa en sentido contrario: parece querer a sus personajes lo suficiente como para que sus historias resulten necesarias. Y como en el fondo es un realista a carta cabal, cuando asume sin reservas la posición de narrador omnipotente y omnisciente, el lector percibe que en todo momento se encuentra manejando los hilos de los personajes y que, a pesar de los tropiezos, trata de darles un final si no feliz, al menos apacible.

 
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Cuarta característica: siguiendo el modelo de Ribeyro, la prosa de Bondy respira bien: fluye segura, correcta, sin excesos y con ritmo sostenido. Esta línea clásica que utiliza no deja de lado los inicios de cuento que pretenden pintar todo un personaje de un solo brochazo: “El profesor Mauro Mendoza, que soportaba la vida gracias a su cheque mensual por dictar clases de Ciencias Sociales…” (“Agustín Mendoza, héroe nacional”).
 
Bondy, como vemos, se apropia bien de ese modelo de relato y se mueve con solvencia dentro de él, aunque quizá cabría reprocharle que por momentos parece haberse acomodado demasiado dentro de él, sin interés alguno de subvertir el modelo original. Los dos primeros cuentos remiten casi con urgencia al Ribeyro del volumen Silvio en El Rosedal, sobre todo al de “Tristes querellas en la vieja quinta” y “Alienación”. Pero esto no quiere decir que no haya conseguido dar algunos pasos hacia un estilo propio: sobre todo en los dos cuentos mencionados, Bondy anuncia que tiene para entregar algo adicional, un aspecto desde el cual puede despuntar su diferencia: la correcta utilización de la ironía, no a manera de chispazos inconexos, sino como eje mismo del relato, como una mirada que atraviesa todos los planos del relato (tono, ritmo, personajes, desarrollo del argumento). A eso le suma un sentido del humor fino y efectivo, que aprovecha con inteligencia para, por ejemplo, dirigir sus sutiles dardos hacia algunas miserias del ejercicio (pseudo)intelectual: las poses del escritor, la retórica grandilocuente, el tomarse demasiado en serio.

 
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Aquí terminan las similitudes y empiezan las diferencias. Si los dos primeros cuentos son prácticamente gemelos, los otros plantean caminos más o menos distintos. “Cuco”, el que cierra el libro y el más flojo de la colección, coquetea con lo fantástico y prueba sin mucha fortuna una aproximación al mismo universo desde la perspectiva de un niño. “Isabel” iba por buen camino, simulando una versión alternativa, contra la oficial, de Santa Rosa de Lima. Pero a esta versión, que a su manera es una anti-“Tres versiones de Judas”, le agrega un giro fantástico (fantástico al menos para los no religiosos) que resta más de lo que suma. Fallido y todo, no deja de ser un buen intento de llevar su narrativa por otras rutas.
 
“Ayuda por teléfono”, en cambio, es quizá el más interesante. A pesar de ser menos logrado que los dos primeros, en este cuento Bondy deja la tercera persona y asume la primera, gesto más simbólico que meramente técnico: aquí se percibe por primera vez el riesgo de meterse en la piel del protagonista y de arañar una narrativa más descarnada, más “verdadera”, cualquier cosa que eso signifique.
 
Si somos mezquinos, podemos decir que Bondy ha demostrado que se ha adueñado de los instrumentos adecuados para ejecutar buenos covers, y que incluso ha sido capaz de improvisar brillantemente sobre la marcha. Si somos más generosos, podemos afirmar que nos he entregado al menos un par de cuentos memorables y uno adicional que parece la puerta abierta a lo que puede ofrecer en adelante. ¿Qué le faltaría para dar un salto más grande? Después de demostrar que se mueve con comodidad y eficacia en un registro ya transitado, quizá faltaría aventurarse con mayor decisión por una ruta más personal, explotar más sus virtudes (la ironía y, sobre todo, el sentido del humor) y arriesgarse a romper del todo con ese modelo de cuento que por ahora le trae buenos resultados.

 

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