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En busca del orden perdido. La idea de la Historia en Felipe Guaman Poma de Ayala (Christian Bernal Méndez)

La república de papel. Política e imaginación social en la prensa peruana del siglo XIX (Lis Arévalo)

El viaje que nunca termina (La verdadera historia de Sarah Ellen) (Catherine Lozano Muñoz)

Como los verdaderos héroes (Lenin Heredia Mimbela)

El rey siempre está por encima del pueblo (Juan Francisco Ugarte)

Buda Blues (Lenin Pantoja Torres)

Ayuda por teléfono y otros cuentos (Francisco Ángeles)

Nocturama (José Carlos Picón)

Cadáveres (Andrés Piñeiro)

Contra el sueño de los justos: la literatura peruana ante la violencia política (César Augusto López Núñez)

 

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Nocturama, el cinema de la soledad

por José Carlos Picón

 

Diego Otero
Nocturama
Álbum del Universo Bakterial, (Lima 2009), 74 pp.

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Leer Nocturama, último libro de Diego Otero (Lima, 1973), es como estar ante un cine vacío por el que podemos transitar como por una edificación que en algún momento nos cobijó, acogió lo mejor de nuestros días y, ahora, se encuentra presa del polvo. Desde el primer texto, Otero nos va narrando a ritmo de una canción que podría ser Roadrunner de The Modern Lovers —o cualquiera de la primera etapa del grupo de Jonathan Richman—, una serie de estampas que oscilan entre la vigilia y el sueño, sin angustia, más bien con cierta ironía.

Aquí, como en toda la gama de escenas y episodios poéticos del libro, se constata la fuerte influencia que Otero ha recibido de lo mejor de la escuela norteamericana: Spicer, O’hara, Berryman, Ashbery, Collins, Wright, Strand. Un támden luminario que opera semi-conscientemente en el trabajo textual del autor de Nocturama y que resalta la efectividad del decir, o mejor, opera a través del tamiz del poeta como una fuerza revitalizante, reafirmadora y modeladora. Asimismo, sin ir muy lejos, se reconoce el influjo de libros como Pista de baile (1997) de Martín Rodríguez-Gaona.
 
Lenguaje pop, trazos urbanos que despliegan lo que el lector ve a través de una pantalla opaca, imágenes asidas por la memoria y por el asombrado discurso de quien emprende un viaje sin retorno al ruido y al silencio de la ciudad. Porque lo que leemos aquí se delata híbrido del sonido rock de ciertas bandas independientes y voces de tiempos diversos, así como un itinerario de referencias a los 90’s, década en la que Otero desplegó vitalidad y experiencia.

A veces
imagino que son de nuevo los noventa. Y que
estamos todos bailando felices y livianos en el descanso
de una escalera inusualmente amplia.

                                               Y que de pronto
cualquiera de nosotros se detiene
por un instante bajo la bola de
espejos
y pregunta: ¿y qué había en el piso de arriba? ¿de dónde
es que venimos bajando?

(Lo que nos quitaron los noventa y nadie se atrevió a reclamar, p. 35)

Los textos se hilvanan en un juego de saltos de tiempo, y en ese sentido el lenguaje de la novela y el cine acuden a la voz del poeta. También existe, al menos en la primera parte del libro, una suerte de campo idealizado de la acción en el que el yo poético se desenvuelve. Una ciudad alucinada llena de luces cegadoras, personajes delirantes, vivencias, si bien no extremas, sumamente ambiguas, es decir, Otero trabaja en el boceto de una especie de escenografía donde el escritor despliega acontecimientos que dan a conocer a alguien que divaga en su propia búsqueda de sentido.

A las cuatro de la mañana las luces de los postes se hacen miel
en la calle Berlín.
                       
                        Vibra
y se balancea hacia los lados
el rosario fosforescente que cuelga del retrovisor:

Los ojos del taxista se cruzan
de vez en cuando
con los nuestros, y ella decide
ser generosa
y mostrar sus largas piernas doradas a todos los
presentes—

                        yo me hundo
en el asiento

(Miel, p. 27)

No obstante, notamos que el sentido es algo que no se vislumbra en la existencia ni en la operatividad del poema. Es más bien la falta de este lo que nos engancha en la experiencia de la lectura: es decir, por sí solos los textos son momentos que intentan someternos al juego de búsqueda constante, de la constatación del vacío, del llenar espacios que se sostienen por el uso de la palabra. El símbolo contornea de manera práctica los giros y los saltos de tiempo en una constante figuración que tiene lo mejor de sí misma en el planteamiento que Otero ejerce desde el principio: mostrar algo que no se ve.

Alguna vez
escuché la siguiente confesión callejera:
prefiero recibir un puñete o botellazo a regresar
            a casa
sin haber experimentado aunque sea una mínima
transformación.

                        Desde entonces,
cada vez que salgo empuño un paraguas en
la ciudad sin lluvia,
digamos,
y espero que ese mismo viento desordenado
se vuelva extrañamente
poderoso y
me lleve consigo
                                   y me aleje a través de la neblina.

(Canción de bar, p. 26)

Es notable asimismo, cómo Otero recurre al absurdo, a un humor que tiene algo de Beckett, al azar y lo pesadillesco de David Lynch. Por ello no es casual que el libro cuente casi nada sino que encadene una serie de montajes que constituyan un desbalance con efectos de parodia y criticismo.

Al leer Nocturama nos da la impresión de que el yo poético intenta desarrollar una dinámica de la soledad, quizá solo perceptible mediante lo que el poeta llama nocturama, un aparato para ver la soledad. Otero explora la sensación viva de estar siendo observado por alguien a quien no ve.

Las luces del bar se van haciendo cada vez más suaves
y elásticas.

Es tarde en la noche y estamos rodeados de
            desconocidos.

(Noche de día de semana, p. 31)

Las alusiones a la cultura de masas, las subculturas —el rock, los skaters, por poner un ejemplo—, tanto en la escritura como en el concepto que sostiene Otero al afrontar el poema, son sin duda signos del tiempo y del espacio que enmarcan los hechos del texto. Son el apuntalamiento de un lenguaje ambiguo —pero no por eso desordenado— que si bien es característica de los poetas actuales, llega en textos como el que da título al libro, Nocturama, a ser de lo más destacado, actual y particular de la poesía latinoamericana.

Un auto de policía llega a la escena del crimen. La escena del crimen
            está marcada con un aspa
en el centro de la página en blanco: un avión cruza
ese espacio como un breve acontecimiento de luces
en la oscuridad

y su sombra cubre unos segundos
la cara de una mujer que mira un
punto fijo:
                        un punto fijo
que nosotros no podemos ver. Y la circulina que gira
nos ciega de pronto. Rojo y azul. Rojo
y azul sobre los muros
grises y las fachadas blanquísimas.

            Necesitamos algo que nos eleve un
poquito. De otro modo tendremos que permanecer aquí, y
seremos siempre sospechosos de algo. Sospechosos incluso
para nosotros mismos.

                                               Una,
nada más que una sensación de fluidez:
la imagen de un skater deslizándose sobre un tumbo estático de
            asfalto: solo se escucha el ruido de las ruedas

(Nocturama, p. 39)

El libro tiene una segunda parte, Inconstancy, en la que dos personajes intentan, aparentemente, reconstruir la historia de una banda de rock estadounidense. Nuevamente la cultura de masas: una especie de interpelación sobre los referentes, sobre la negociación de símbolos que la cultura estadounidense lidera. ¿Y cómo lo hace? Otero hace hablar a sus protagonistas sobre música, un método que le permite implementar una forma de hablar del quehacer poético o de la creación.

Al final uno de nosotros puso el micrófono en la calle
para que fuera la lluvia
quien cante y bese
                        y electrocute.

(10. El amigo en Inconstancy, p. 64)

De más está decir que el trabajo de diseño del Álbum del Universo Bakterial, una vez más eleva los valores constitutivos de una obra que se encuentra aún en proceso de evolución, pero cercana a la madurez.

Estamos, de lejos, y en palabras del propio autor, ante el mejor libro de su producción. Podría decirse pues que, si Cinema Fulgor fue el testimonio de un adolescente que registra sus primeras impresiones del planeta tierra y Temporal, su segundo libro, en cambio, un libro de crisis, de cambios, incluso el lenguaje al interior del libro está mutando; en Nocturama, de alguna manera, se retoman ciertas obsesiones de Cinema Fulgor, pero nutridas por las experiencias de alguien que ya ha escrito tres libros y que está por la mitad de los treintas, aprendiendo lento, pero aprendiendo.

 

 

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